En las tardes en que había «banquete de Platón» (que así denominábamos
esas fiestas de truchas e ideas generales), yo, vecino e íntimo,
aparecía al declinar el sol, y subía familiarmente a las habitaciones
de nuestro Jacinto, en donde le hallaba siempre incierto entre sus
levitas, porque las usaba alternadamente, de seda, de paño, de franelas
Jaegher y de _foulard_ de las Indias. El cuarto respiraba el frescor
y aroma del jardín por dos vastas ventanas, obliteradas magníficamente
(aparte de las cortinas de seda muelle Luis XV), de una vidriera
interior de cristal entero, de un toldo arrollado en el cimacio, de
un estor de seda floja, de gasas que se fruncían y se enroscaban
como nubes y de una celosía móvil de gradería morisca. Todos estos
resguardos (sabia invención de Holland y C.ª, de Londres), servían
para resguardar la luz y el aire --según los avisos de termómetros,
barómetros e higrómetros, montados en ébano, y a los cuales un
meteorologista (Cunha Guedes) todas las semanas venía a verificar la
precisión.
Entre estas dos ventanas destacaba la mesa de toilette, una mesa
enorme, de vidrio, toda de vidrio, con el fin de hacerla impenetrable
a los microbios, y cubierta de todos esos utensilios de aseo y aliño
que el hombre del siglo XIX necesita en una capital para no desentonar
en el conjunto suntuario de la civilización. Cuando nuestro Jacinto,
arrastrando sus ingeniosas chinelas de pellico y seda, se acercaba
a esta ara, yo, bien repantigado en un diván, abría con indolencia
una Revista, ordinariamente la _Revista Electropática_, o la de
las _Indagaciones Físicas_. Jacinto comenzaba... Cada uno de esos
utensilios de acero, de marfil, de plata, imponían a mi amigo, por la
influencia omnipoderosa que las cosas ejercen sobre el dueño (_sunt
tyrannia rerum_) el deber de utilizarlo con aptitud y deferencia.
Así que las operaciones del alindamiento de Jacinto presentaban la
prolijidad, reverente e insuprimible, de los ritos de un sacrificio.
Comenzaba por el cabello... Con un cepillo chato, redondo y duro
acamaba el cabello, liso y rubio, en lo alto, a los lados de la raya;
con un cepillo estrecho y recurvo, a la manera del alfanje de un persa,
ondeaba el cabello sobre la oreja; con un cepillo cóncavo, en forma de
teja, empastaba el cabello, por detrás, sobre la nuca... Respiraba y
sonreía. Después, con un cepillo de largas cerdas, fijaba el bigote;
con un cepillo leve y flácido incurvaba las cejas; con un cepillo hecho
de pluma regularizaba las pestañas. Y de esta manera Jacinto permanecía
delante del espejo, pasando pelos sobre su pelo, unos catorce minutos.
Peinado y cansado, iba a purificar las manos. Dos criados, al fondo,
maniobraban con pericia y vigor los aparatos del lavatorio, que era
apenas un resumen de la maquinaria monumental de la sala de baño. Allí,
sobre el mármol verde y róseo del lavabo, había dos duchas (caliente y
fría) para la cabeza; cuatro chorros, graduados desde _cero hasta cien
grados_; el vaporizador de perfumes; la fuente de agua esterilizada
(para los dientes); el surtidor para la barba, y otras espitas que
rebrillaban y botones de ébano que, apenas rozados, desencadenaban la
marejada y el estridor de torrentes en los Alpes... Para mojarme los
dedos, yo nunca me acerqué a aquel lavabo sin terror, escarmentado de
la tarde amarga de enero, en que bruscamente desoldada la espita, el
chorro de agua a _cien_ grados reventó, silbando y humeando, furioso,
devastador... Huimos todos, despavoridos. Atronó un clamor _El
Jazminero_. El viejo Grillo, escudero que había sido de Jacinto padre,
quedó cubierto de ampollas en la cara, en las manos fieles.
Cuando Jacinto acababa de enjugarse laboriosamente en toallas de felpa,
de lino, de cuerda entrenzada (para restablecer la circulación), de
seda blanda (para lustrar la piel), bostezaba, con un bostezo hueco y
lento.
Era este bostezo, perpetuo y vago, lo que nos inquietaba a nosotros,
sus amigos y filósofos. ¿Qué faltaba a este hombre excelente? Tenía
su inalterable salud de pino bravo, crecido en las dunas; una luz
de inteligencia, propia a todo luminar, firme y clara, sin temblor;
cuarenta magníficos miles de duros de renta; todas las simpatías de una
ciudad chasqueadora y escéptica; una vida barrida de sombras, más libre
y lisa que un cielo de verano... Y todavía bostezaba constantemente;
palpaba en la faz, con los dedos finos, la palidez y las arrugas. ¡A
los treinta años Jacinto andaba encorvado, como bajo un peso injusto!
Y por la morosidad desconsolada de toda su acción, parecía ligado,
desde los dedos hasta la voluntad, por las mallas apretadas de una
red que no se veía y que lo trababa. Era doloroso testimoniar el
hastío con que para apuntar una dirección tomaba su lápiz pneumático,
su pluma eléctrica, o para llamar al cochero echaba mano del tubo
telefónico... En este mover lento del brazo magro, en los pliegues
que le arrugaban la nariz, en sus silencios largos y postrados, se
sentía el grito constante que le iba por el alma: «¡Qué pesadez! ¡Qué
pesadez!» Claramente la vida era para Jacinto un cansancio, o por
laboriosa y difícil, o por desinteresante y hueca. Por eso mi pobre
amigo procuraba constantemente sumar a ella nuevos intereses, nuevas
facilidades. Dos inventores, hombres de mucho celo y pesquisa, estaban
encargados, uno en Inglaterra, otro en América, de darle noticia y
ofrecerle todos los inventos, los más menudos, que concurriesen a
perfeccionar la confortabilidad del _Jazminero_. Además, él propio se
correspondía con Edison. Y, por el lado del pensamiento, Jacinto no
cesaba, asimismo, de buscar intereses y emociones que le reconciliasen
con la vida, penetrando, a cata de esas emociones y de esos intereses,
por las veredas más desviadas del saber, a punto de devorar, desde
enero a marzo, setenta y siete volúmenes sobre _la evolución de las
ideas morales entre las razas negroides_. ¡Ah! ¡Nunca hombre de este
siglo batalló más esforzadamente contra el enfado _de vivir_!
¡De balde! ¡Hasta de exploraciones tan cautivantes como esa, a través
de la moral de les negroides, Jacinto regresaba más mustio, con
bostezos más hondos!
Entonces era cuando se refugiaba intensamente en la lectura de
Schopenhauer y del Eclesiastés. ¿Por qué? Sin duda, porque entrambos
pesimistas lo confirmaban en las conclusiones que él sacaba de una
experiencia paciente y rigurosa: «que todo es vanidad o dolor, que
cuanto más se sabe más se pena, y que haber sido rey de Jerusalén y
obtenido los goces todos en la vida, solo lleva a mayor amargura...»
¿Mas por qué rodara así a tan oscura desilusión el saludable, rico,
sereno e intelectual Jacinto? El viejo escudero Grillo pretendía que
«¡S. E. sufría de hartura!»