Se comprarán dos kilos de lomo de cerdo turco. Y se pagarán, si es
posible. Sobre un tajo de tamaño natural, ó sobre la cabeza del
recaudador de contribuciones más próximo, será picado el lomo con esmero
y con una badila. Una vez picado (sólo una), será conducido al fondo de
una cacerola untada de antemano con aceite de ricino y será condenado al
fuego de la hornilla por espacio de diez minutos, tapando bien la vasija
con un cartapacio de cuero. En otra cacerola se habrán echado (quizá por
efecto del cansancio) un pimiento sin rabo, un ajo sin cara, veintinueve
piñones con su cáscara, dos cucharadas de aguardiente alcanforado y
veinte centímetros de papel de Armenia.
Se moverá todo esto por espacio de veinticuatro horas con un peine,
hasta que haga espuma (si es que quiere hacerla), y añadiéndole medio
kilo de arrope y unas raspaduras de catre de tijera, se dejará reposar á
la pasta resultante. Así que haya reposado, se la filtrará por una
servilleta ó por un chaleco de Bayona, depositándola inmediatamente en
una sartén, sobre fuego lento, pero continuo. Ya en ebullición, y
cuando menos lo espere, ¡zas! se la sorprende con los dos kilos de lomo
de cerdo y no se interrumpe la cocción sino para añadir una caña de
manzanilla y dos cucharadas de manteca fresca de literatas suizas. Se
deja enfriar todo el guiso, y á los ocho días puede tirarse, ó servirse,
para lo cual será colocado, con toda la coquetería que exige el cerdo,
sobre una fuente cualquiera, como la de la Teja ó la del Berro, en la
seguridad de que los comensales que tengan valor para probar el tal
plato no lo tendrán seguramente para repetir.
Este picadillo, que resulta excelente, era por cierto uno de los
manjares favoritos del Gran Turco, que lo tomaba siempre que salía á
pelear contra los cristianos ó á comprarse calcetines de algodón.