II

En la época á que se remonta la relación de esta historia, tan verídica

como extraordinaria, lo mismo que al presente, para los que no sabían

apreciar los tesoros del arte que encierran sus muros, la ciudad de

Toledo no era más que un poblachón destartalado, antiguo, ruinoso é

insufrible.

Los oficiales del ejército francés, que á juzgar por los actos de

vandalismo con que dejaron en ella triste y perdurable memoria de su

ocupación, de todo tenían menos de{149-1} artistas ó arqueólogos, no hay

para qué decir que se fastidiaban soberanamente en la vetusta ciudad de

los Césares.{149-2}

En esta situación de ánimo la más insignificante novedad, que viniese á

romper la monótona quietud de aquellos días eternos é iguales, era

acogida con avidez entre los ociosos; así es que la promoción al grado

inmediato de uno de sus camaradas, la noticia del movimiento estratégico

de una columna volante, la salida de un correo de gabinete ó la llegada

de una fuerza cualquiera á la ciudad, convertíanse en tema fecundo de

conversación y objeto de toda clase de comentarios, hasta tanto que otro

incidente venía á sustituirle, sirviendo de base á nuevas quejas,

críticas y suposiciones.

Como era de esperar, entre los oficiales que, según tenían de costumbre,

acudieron al día siguiente á tomar el sol y á charlar un rato en el

Zocodover, no se hizo platillo de otra cosa que de la llegada de los

dragones, cuyo jefe dejamos en el anterior capítulo durmiendo á pierna

suelta y descansando de las fatigas de su viaje. Cerca de una hora hacía

que la conversación giraba alrededor de este asunto, y ya comenzaba á

interpretarse de diversos modos la ausencia del recién venido, á quien

uno de los presentes, antiguo compañero suyo de colegio, había citado

para el Zocodover, cuando en una de las boca-calles de la plaza apareció

al fin nuestro bizarro capitán despojado de su ancho capotón de guerra,

luciendo un gran casco de metal con penacho de plumas blancas, una

casaca azul turquí con vueltas rojas y un magnífico mandoble con vaina

de acero, que resonaba arrastrándose al compás de sus marciales pasos y

del golpe seco y agudo de sus espuelas de oro.

Apenas le vió su camarada, salió á su encuentro para saludarle, y con él

se adelantaron casi todos los que á la sazón se encontraban en el

corrillo, en quienes habían despertado la curiosidad y la gana de

conocerle los pormenores que ya habían oído referir acerca de su

carácter original y extraño.

Después de los estrechos abrazos de costumbre y de las exclamaciones,

plácemes y preguntas de rigor en estas entrevistas; después de hablar

largo y tendido sobre las novedades que andaban por Madrid, la varia

fortuna de la guerra y los amigotes muertos ó ausentes, rodando de uno

en otro asunto la conversación, vino á parar al tema obligado, esto es,

las penalidades del servicio, la falta de distracciones de la ciudad y

el inconveniente de los alojamientos.

Al llegar á este punto, uno de los de la reunión que, por lo visto,

tenía noticia del mal talante con que el joven oficial se había

resignado á acomodar su gente en la abandonada iglesia, le dijo con aire

de zumba:

--Y á propósito de alojamiento, ¿qué tal se ha pasado la noche en el que

ocupáis?

--Ha habido de todo, contestó el interpelado; pues si bien es verdad que

no he dormido gran cosa, el origen de mi vigilia merece la pena de la

velada. El insomnio junto á una mujer bonita no es seguramente el peor

de los males.

--¡Una mujer! repitió su interlocutor como admirándose de la buena

fortuna del recién venido; eso es lo que se llama llegar y besar el

santo.{151-1}

--Será tal vez algún antiguo amor de la corte que le sigue á Toledo para

hacerle más soportable el ostracismo, añadió otro de los del grupo.

--¡Oh! no, dijo entonces el capitán; nada menos que eso. Juro, á fe de

quien soy, que no la conocía, y que nunca creí hallar tan bella patrona

en tan incómodo alojamiento. Es todo lo que se llama una verdadera

aventura.

--¡Contadla! ¡contadla! exclamaron en coro los oficiales que rodeaban al

capitán; y como éste se dispusiera á hacerlo así, todos prestaron la

mayor atención á sus palabras, mientras él comenzó la historia en estos

términos:

--Dormía esta noche pasada como duerme un hombre que trae en el cuerpo

trece{152-1} leguas de camino, cuando he aquí que en lo mejor del sueño

me hizo despertar sobresaltado é incorporarme sobre el codo un estruendo

horrible, un estruendo tal, que me ensordeció un instante para dejarme

después los oídos zumbando cerca de un minuto, como si un moscardón me

cantase á la oreja.

Como os habréis figurado, la causa de mi susto era el primer golpe que

oía de esa endiablada campana gorda, especie de sochantre de bronce, que

los canónigos de Toledo han colgado en su catedral con el laudable

propósito de matar á disgustos á los necesitados de reposo.

Renegando entre dientes de la campana y del campanero que la toca,

disponíame, una vez apagado aquel insólito y temeroso rumor, á coger

nuevamente el hilo del interrumpido sueño, cuando vino á herir mi

imaginación y á ofrecerse ante mis ojos una cosa extraordinaria. Á la

dudosa luz de la luna que entraba en el templo por el estrecho ajimez

del muro de la capilla mayor, vi una mujer arrodillada junto al altar.

Los oficiales se miraron entre sí con expresión entre asombrada é

incrédula; el capitán, sin atender al efecto que su narración producía,

continuó de este modo:

--No podéis figuraros nada semejante á aquella nocturna y fantástica

visión que se dibujaba confusamente en la penumbra de la capilla como

esas vírgenes pintadas en los vidrios de colores que habréis visto

alguna vez destacarse á lo lejos, blancas y luminosas, sobre el obscuro

fondo de las catedrales.

Su rostro ovalado en donde se veía impreso el sello de una leve y

espiritual demacración, sus armoniosas facciones llenas de una suave y

melancólica dulzura, su intensa palidez, las purísimas líneas de su

contorno esbelto, su ademán reposado y noble, su traje blanco y

flotante, me traían á la memoria esas mujeres que yo soñaba cuando casi

era un niño. ¡Castas y celestes imágenes, quimérico objeto del vago amor

de la adolescencia! Yo me creía juguete de una alucinación, y sin

quitarle un punto los ojos, ni aun osaba respirar, temiendo que un soplo

desvaneciese el encanto. Ella permanecía inmóvil.

Antojábaseme al verla tan diáfana y luminosa que no era una criatura

terrenal, sino un espíritu que, revistiendo por un instante la forma

humana, había descendido en el rayo de la luna, dejando en el aire y en

pos de sí la azulada estela que desde el alto ajimez bajaba

verticalmente hasta el pie del opuesto muro, rompiendo la obscura sombra

de aquel recinto lóbrego y misterioso.

--Pero... exclamó interrumpiéndole su camarada de colegio, que,

comenzando por echar á broma la historia, había concluido interesándose

con su relato: ¿cómo estaba allí aquella mujer? ¿No la dijiste nada? ¿No

te explicó su presencia en aquel sitio?

--No me determiné á hablarla, porque estaba seguro de que no había de

contestarme, ni verme ni oirme.

--¿Era sorda?

--¿Era ciega?

--¿Era muda? exclamaron á un tiempo tres ó cuatro de los que escuchaban

la relación.

--Lo era todo á la vez, exclamó al fin el capitán después de un momento

de pausa; porque era... de mármol.

Al oir el estupendo desenlace de tan extraña aventura, cuantos había en

el corro prorrumpieron en una ruidosa carcajada, mientras uno de ellos

dijo al narrador de la peregrina historia, que era el único que

permanecía callado y en una grave actitud:

--¡Acabáramos de una vez! Lo que es de ese género, tengo yo más de un

millar, un verdadero serrallo, en San Juan de los Reyes; serrallo que

desde ahora pongo á vuestra disposición, ya que, á lo que parece, tanto

os da de una mujer de carne como de piedra.

--¡Oh! no... continuó el capitán, sin alterarse en lo más mínimo por las

carcajadas de sus compañeros: estoy seguro de que no pueden ser como la

mía. La mía es una verdadera dama castellana que por un milagro de la

escultura parece que no la han enterrado en un sepulcro, sino que aun

permanece en cuerpo y alma de hinojos sobre la losa que la cubre,

inmóvil, con las manos juntas en ademán suplicante, sumergida en un

éxtasis de místico amor.

--De tal modo te explicas, que acabarás por probarnos la verosimilitud

de la fábula de Galatea.

--Por mi parte, puedo deciros que siempre la creí una locura; mas desde

anoche comienzo á comprender la pasión del escultor griego.

--Dadas las especiales condiciones de tu nueva dama, creo que no tendrás

inconveniente en presentarnos á ella. De mí sé decir que ya no

vivo{154-1} hasta ver esa maravilla. Pero... ¿qué diantres te pasa?...

diríase que esquivas la presentación. ¡Ja! ¡ja! ¡ja! Bonito fuera que ya

te tuviéramos hasta celoso.

--Celoso, se apresuró á decir el capitán, celoso... de los hombres,

no... mas ved, sin embargo, hasta donde llega mi extravagancia. Junto á

la imagen de esa mujer, también de mármol, grave y al parecer con vida

como ella, hay un guerrero... su marido sin duda.... Pues bien... lo voy

á decir todo, aunque os moféis de mi necedad... si no hubiera temido que

me tratasen de loco, creo que ya lo habría hecho cien veces pedazos.

Una nueva y aun más ruidosa carcajada de los oficiales saludó esta

original revelación del estrambótico enamorado de la dama de piedra.

--Nada, nada; es preciso que la veamos, decían los unos.

--Sí, sí, es preciso saber si el objeto corresponde á tan alta pasión,

añadían los otros.

--¿Cuándo nos reuniremos á echar un trago en la iglesia en que os

alojáis? exclamaron los demás.

--Cuando mejor os parezca: esta misma noche si queréis, respondió el

joven capitán, recobrando su habitual sonrisa, disipada un instante por

aquel relámpago de celos.--Á propósito. Con los bagajes he traído hasta

un par de docenas de botellas de _Champagne_, verdadero _Champagne_,

restos de un regalo hecho á nuestro general de brigada, que, como

sabéis, es algo pariente.

--¡Bravo! ¡bravo! exclamaron los oficiales á una voz, prorrumpiendo en

alegres exclamaciones.

--¡Se beberá vino del país!

--¡Y cantaremos una canción de Ronsard!

--¡Y hablaremos de mujeres, á propósito de la dama del anfitrión!

--Conque... ¡hasta la noche!

--Hasta la noche.

Spanish short stories · 第 62 / 94 题