I
Cuando una parte del ejército francés se apoderó á principios de este
siglo{145-2} de la histórica Toledo, sus jefes, que no ignoraban el
peligro á que se exponían en las poblaciones españolas diseminándose en
alojamientos separados, comenzaron por habilitar para cuarteles los más
grandes y mejores edificios de la ciudad.
Después de ocupado el suntuoso alcázar{145-3} de Carlos V, echóse mano
de la casa de Consejos; y cuando ésta no pudo contener más gente,
comenzaron á invadir el asilo de las comunidades religiosas, acabando á
la postre por transformar en cuadras hasta las iglesias consagradas al
culto. En esta conformidad se encontraban las cosas en la población
donde tuvo lugar el suceso que voy á referir, cuando una noche, ya á
hora bastante avanzada, envueltos en sus obscuros capotes de guerra y
ensordeciendo las estrechas y solitarias calles que conducen desde la
Puerta del Sol{145-4} á Zocodover,{145-5} con el choque de sus armas y
el ruidoso golpear de los cascos de sus corceles que sacaban chispas de
los pedernales, entraron en la ciudad hasta unos cien dragones de
aquellos altos, arrogantes y fornidos, de que todavía nos hablan con
admiración nuestras abuelas.
Mandaba la fuerza un oficial bastante joven, el cual iba como á
distancia de unos treinta pasos de su gente hablando á media voz con
otro, también militar á lo que podía colegirse por su traje. Éste, que
caminaba á pie delante de su interlocutor, llevando en la mano un
farolillo, parecía servirle de guía por entre aquel laberinto de calles
obscuras, enmarañadas y revueltas.
--Con verdad, decía el jinete á su acompañante, que si el alojamiento
que se nos prepara es tal y como me lo pintas, casi casi sería
preferible arrancharnos en el campo ó en medio de una plaza.
--¿Y qué queréis, mi capitán? contestóle el guía que efectivamente era
un sargento aposentador; en el alcázar no cabe ya un grano de trigo
cuanto más{146-1} un hombre; de San Juan de los Reyes{146-2} no digamos,
porque hay celda de fraile en la que duermen quince húsares. El convento
á donde voy á conduciros no era mal local, pero hará cosa de tres ó
cuatro días nos cayó aquí como de las nubes una de las columnas volantes
que recorren la provincia, y gracias que hemos podido conseguir que se
amontonen por los claustros y dejen libre la iglesia.
--En fin, exclamó el oficial después de un corto silencio y como
resignándose con el extraño alojamiento que la casualidad le deparaba,
más vale incómodo que ninguno. De todas maneras, si llueve, que no será
difícil según se agrupan las nubes, estaremos á cubierto y algo es algo.
Interrumpida la conversación en este punto, los jinetes, precedidos del
guía, siguieron en silencio el camino adelante hasta llegar á una
plazuela, en cuyo fondo se destacaba la negra silueta del convento con
su torre morisca, su campanario de espadaña, su cúpula ojival y sus
tejados de crestas desiguales y obscuras.
--He aquí vuestro alojamiento, exclamó el aposentador al divisarle y
dirigiéndose al capitán, que después que hubo mandado hacer alto á la
tropa, echó pie á tierra, tomó el farolillo de manos del guía, y se
dirigió hacia el punto que éste le señalaba.
Como quiera que la iglesia del convento estaba completamente
desmantelada, los soldados que ocupaban el resto del edificio habían
creído que las puertas le eran ya poco menos que inútiles, y un tablero
hoy, otro mañana, habían ido arrancándolas pedazo á pedazo para hacer
hogueras con que calentarse por las noches.
Nuestro joven oficial no tuvo, pues, que torcer llaves ni descorrer
cerrojos para penetrar en el interior del templo.
Á la luz del farolillo, cuya dudosa claridad se perdía entre las espesas
sombras de las naves y dibujaba con gigantescas proporciones sobre el
muro la fantástica sombra del sargento aposentador que iba
precediéndole, recorrió la iglesia de arriba abajo y escudriñó una por
una todas sus desiertas capillas, hasta que una vez hecho cargo del
local, mandó echar pie á tierra á su gente, y hombres y caballos
revueltos, fué acomodándola como mejor pudo.
Según dejamos dicho, la iglesia estaba completamente desmantelada; en el
altar mayor pendían aún de las altas cornisas los rotos jirones del velo
con que le habían cubierto los religiosos al abandonar aquel recinto;
diseminados por las naves veíanse algunos retablos adosados al muro, sin
imágenes en las hornacinas; en el coro se dibujaban con un ribete de luz
los extraños perfiles de la obscura sillería de alerce; en el pavimento,
destrozado en varios puntos, distinguíanse aún anchas losas sepulcrales
llenas de timbres, escudos y largas inscripciones góticas; y allá á lo
lejos, en el fondo de las silenciosas capillas y á lo largo del crucero,
se destacaban confusamente entre la obscuridad, semejantes á blancos é
inmóviles fantasmas, las estatuas de piedra que, unas tendidas, otras de
hinojos sobre el mármol de sus tumbas, parecían ser los únicos
habitantes del ruinoso edificio.
Á cualquiera otro menos molido que el oficial de dragones, el cual traía
una jornada de catorce leguas en el cuerpo, ó menos acostumbrado á ver
estos sacrilegios como la cosa más natural del mundo, hubiéranle bastado
dos adarmes de imaginación para no pegar los ojos en toda la noche en
aquel obscuro é imponente recinto, donde las blasfemias de los soldados
que se quejaban en alta voz del improvisado cuartel, el metálico golpe
de sus espuelas que resonaban sobre las antes losas sepulcrales{148-1}
del pavimento, el ruido de los caballos que piafaban impacientes,
cabeceando y haciendo sonar las cadenas con que estaban sujetos á los
pilares, formaban un rumor extraño y temeroso que se dilataba por todo
el ámbito de la iglesia y se reproducía cada vez más confuso repetido de
eco en eco en sus altas bóvedas.
Pero nuestro héroe, aunque joven, estaba ya tan familiarizado con estas
peripecias de la vida de campaña, que apenas hubo acomodado á su gente,
mandó colocar un saco de forraje al pie de la grada del presbiterio, y
arrebujándose como mejor pudo en su capote y echando la cabeza en el
escalón, á los cinco minutos roncaba con más tranquilidad que el mismo
rey José{148-2} en su palacio de Madrid.
Los soldados, haciéndose almohadas de las monturas, imitaron su ejemplo,
y poco á poco fué apagándose el murmullo de sus voces.
Á la media hora sólo se oían los ahogados gemidos del aire que entraba
por las rotas vidrieras de las ojivas del templo, el atolondrado
revolotear de las aves nocturnas que tenían sus nidos en el dosel de
piedra de las esculturas de los muros, y el alternado rumor de los pasos
del vigilante que se paseaba envuelto en los anchos pliegues de su
capote, á lo largo del pórtico.