II

Indudablemente fué el P. Procopio eco fidelísimo de la opinión general.

Mientras el Prior con su larga y pulida perorata sólo consiguió

fastidiar al auditorio, él con cuatro palabras resolvió la cuestión, y á

poco más se ve{121-2} paseado triunfalmente en hombros por todo el

convento. Excusado parece añadir que siguió la cosa como antes; el vino

añejo se repartía con profusión para sumirse por los cien abismos de

aquellas insaciables gargantas; las inflamaciones y apoplegías

continuaban, y jamás se desocupaba la enfermería. Precisamente una de

las primeras víctimas de su intemperancia fué el mismísimo P. Procopio,

que á las pocas semanas del famoso capítulo mencionado reventó como una

bomba..... Quien no conozca á los frailes, quizá imagine que este

trágico ejemplo pudo introducir en ellos alguna enmienda; sin embargo,

en honor de la verdad debo decir que no la hubo. Cuando una columna de

ataque se propone tomar un fuerte por asalto, avanza con paso ligero

despreciando la metralla que barre hileras de hombres; si unos caen

hechos pedazos, otros y otros llegan y pasan sobre los cadáveres y la

sangre, y saltan fosos, y escalan empalizadas y reductos hasta clavar su

bandera en lo más alto de la fortaleza enemiga. Pues los frailes son una

milicia también, y no menos tenaz que la del ejército. Obligado á

escoger entre ambas, me quedaría sin las dos, aunque la primera me

parece más temible; y cuando así lo digo, estudiado lo tengo. Pero vayan

las digresiones á un lado, y siga adelante la historia.

El débil P. Prior de Nuestra Señora del Valle, que no se atrevió á

cortar con mano firme el inveterado abuso de que fue campeón el P.

Procopio, resignó su cargo á causa de sus muchos años, y se retiró á

pasar tranquilo en otro convento los que le quedasen de vida. Claro está

que alguien había de sustituirle para que la comunidad no quedase

convertida en un cuerpo acéfalo y disparatado. Pero este alguien, este

nuevo Prior, no era un anciano irresoluto y fatigado por la edad, ni

menos un blandengue, ni tampoco un devoto contemplativo y extático,

siempre con la imaginación en las esferas celestiales. Al contrario, era

hombre joven todavía, pues apenas andaba en los cuarenta; poco erudito y

muy despejado, de imperiosa y breve palabra, y sobradamente capaz de

sujetar y meter en cintura á un convento de frailes y también á una

horda de piratas. Decíase de él por lo bajo que en su borrascosa mocedad

había sido contrabandista y que yendo y viniendo de Ronda á Gibraltar y

de Gibraltar á Ronda con su potro corredor y su trabuco naranjero, había

llenado aquella ancha zona de su alto nombre y sus épicas hazañas.

Decíase además que no conocía los PP. de la Iglesia, dogmáticos ni

apologistas; que estaba ayuno de Biblia Sacra y expositores, y que sólo

sabía un poco de moral y el suficiente latín para leer el oficio de la

misa y las horas canónicas. No le calumniaban en esto último: el nuevo

Prior no era docto letrado, ni mucho menos; pero en cuanto á lo de

contrabandista, no estaba del todo averiguado que lo hubiera sido,

aunque dándolo como cierto y seguro, tampoco sería maravilla; que en las

vueltas y mudanzas del mundo ladrones han llegado á santos, y hombres

virtuosos acabaron en ladrones. Hasta el fin de la comedia no se sabe el

desenlace.

Vino, pues, el Prior nuevo precedido de esta fama: anduviéronse los

frailes con gran pulso para no deslizarse en la menor cosa, y el

convento por lo tranquilo parecía una balsa de aceite. Una balsa de

aceite en la superficie, que por el fondo rugía la borrasca. Sin hacerlo

punto discutible ni decir palabra á fraile alguno, había dispuesto el

nuevo Prior que se sirviera en la mesa del refectorio el vino aguado, y

en tal extremo como para refrescar el estómago en vez de acalorarlo. El

despensero guardaba cuidadosamente las llaves de la bodega, y por nada

del mundo hubiera faltado á la consigna. Verdad es que la salud de la

comunidad había mejorado y eran pocas las camas ocupadas en la

enfermería; pero en tan grande ventaja no paraban mientes los frailes,

sino que andaban resentidos y furiosos contra el nuevo jefe. ¡Aguarles

el vino! ¡Meterse á reformador sin consultar con nadie! Y encima de

esto y por contera y remate, ¡no tener palabra ni ojos sino para el

mando y para lanzar miradas que dejaban al más osado hecho una estatua

de piedra! Vamos, esto era fenomenal é intolerable.

Para tomar el pulso al tonsurado ex-contrabandista y probarle la

paciencia, eligieron y diputaron los frailes al más atrevido, quien de

propósito cometió una falta leve, y reprendido por ella contestó al P.

Prior una tontería. Pero se arrepintió bien pronto de su ligereza,

cuando sintió sobre sí una mirada fulminante y oyó una voz severa

diciéndole:

--Hermano, durante un mes tendrá su celda por encierro y ayunará á pan y

agua. Desde hoy comienzan la reclusión y el ayuno. Váyase en paz.

Y como el castigado hiciese ademán de responder presentando alguna

excusa, añadió el P. Prior:

--Sean cuarenta los días de reclusión y ayuno.

Y hora tras hora se cumplió íntegra la sentencia; y como un hermano

llevase á hurtadillas al castigado algo más sustancioso que pan y agua,

el P. Prior, que era un Argos, lo supo y le recetó otro mes de igual

penitencia. Y ésta se cumplió también, y con más rigor todavía.

Vieron, pues, los frailes que era digno el Prior de su fama y que

sentaba la mano de firme por la cosa más leve. Tenía un modo de mandar,

que imponía la obediencia; y si como superior era inflexible, como

hombre debía ser un león. Aunque hubiese resucitado el difunto Padre

Procopio trayendo consigo una docena de PP. de su misma calaña, todos

ellos ante la mirada fulmínea del Prior habrían bajado las suyas como

doctrinos. Bien supo lo que hizo el P. Provincial cuando le encargó el

gobierno de Nuestra Señora del Valle.

La cuestión vinífera continuaba en el mismo lamentable estado. Aquellas

anchas y profundas tazas del refectorio, marcadas piadosamente con las

iniciales de la sacra familia, J. M. J., ya no encerraban generoso vino,

consolador de penas y fatigas, sino una especie de aguachirle semejante

al de los barreños que en las tabernas sirven para fregar los vasos.

Escondidamente, pues no podía ser de otro modo, murmuraban de ello los

frailes atribuyéndolo á tacañería más bien que á higiene, y trataban de

elegir unos cuantos que en comisión representativa y á nombre de todos,

manifestase el descontento de la comunidad al mismo P. Prior,

suplicándole volviesen las cosas al antiguo ser y estado. Mas aunque

aplaudían la idea de la manifestación, no encontrando otra mejor para el

fin propuesto, ninguno quería echar el cascabel al gato; esto es,

ninguno quería llevar la palabra ante el P. Prior, cuyas malas pulgas

tenían presentes. Por último, acordáronse de un virtuoso anciano, muy

querido de todos por su carácter angelical, y respetado de sus mismos

superiores por ser el más antiguo y el más docto de los monjes, crónica

viva y archivo ambulante de la historia, usos y tradiciones de la casa.

Llamábase este bondadoso varón el P. Cándido; mas no lo era en tal punto

que desconociese lo arduo y enojoso del encargo{125-1} que le daban. Por

lo cual, exigió al aceptarlo, que habían de acompañarle á la celda

prioral los seis individuos de la comisión: él llevaría la palabra, y

los otros, si era necesario, apoyarían cuanto dijese. Convenido así,

fijaron la entrevista para aquella misma tarde á la hora en que el P.

Prior volviese de su acostumbrado paseo. No anduvieron desacertados en

elegir tal oportunidad: ciertamente nunca el ánimo del hombre se halla

tan propicio á conceder cualquiera favor, como después de haber comido

bien y paseado por un campo delicioso, gozando y admirando á la puesta

del sol las hermosas y melancólicas perspectivas de la naturaleza.

Aquel día, como los demás, salió el P. Prior á dar su vespertino paseo.

Iba solo y pensativo, lo cual no extrañó á ninguno de los que le vieron

salir, por la sencilla razón de que siempre iba lo mismo. Engolfado en

sus cavilaciones, andaba ligero unas veces y otras se detenía de pronto,

haciendo rayas y figuras en la tierra ó círculos en el aire, como mágico

antiguo, con un palitroque ó báculo que en la mano llevaba. Así

distraído se alejó algo más de lo acostumbrado, y al levantar los ojos

vió cerca de sí un muchachuelo tendido sobre la hierba, cuidando de un

escaso rebaño de cabras, y muy entretenido en tallar con la navajilla

algunas labores en un palo. Por desechar fatigosos pensamientos, ó

porque la cara viva y picaresca del muchacho le agradase, el P. Prior

quiso darle conversación y se entabló el diálogo de esta manera:

--Hola, muchacho, ¿guardas cabras?

--No, señor, que son bueyes.

--¡Cómo bueyes! Si son cabras, y las estoy viendo.

--Pues, lo que su merced ve ¿para qué lo pregunta?

Mordióse los labios el fraile, y al cabo de un momento dijo al

pastorcillo:

--Pareces muy despierto, y tal vez pudiera yo hacer algo por ti. ¿Cómo

te llamas?

--¡Otra! ¿Pues, no pregunta cómo me llamo?... De ninguna manera. Los que

me llaman son los que me necesitan.

--Tienes razón, niño, tienes razón. Y ese angosto sendero que penetra en

el bosque ¿adónde va?

--Á ninguna parte, Padre, que se está muy quietecito. Los que andan por

él son los que van y vienen. Ya tiene su merced bastante edad para

saberlo.

--Oye, ¿qué debe hacerse con los pilluelos desvergonzados?

--Meterlos á frailes.

Aquí el Prior no fué dueño de contenerse, y con paso ligero se encaminó

al muchacho, resuelto á plantarlo de un puntapié en la copa de un pino.

Sólo que el pastorcillo era mucho más ágil, y cuando el fraile llegó

adonde él estaba, ya en pocos brincos había puesto por medio cuarenta

pasos y había desliado la honda de la cintura, y sin saber jota de la

historia sagrada preparábase á repetir el lance de David contra el

gigantazo de Goliat. Sobradamente lo conoció el religioso, y conoció

también que no podría echar la uña á semejante diablejo, que impávido y

ojo alerta le esperaba con la piedra calzada en la honda; por lo que

descompuesto y colérico, gritóle en son de despedida.

--Adiós, hijo de un ladrón.

--Vaya su merced con Dios, Padre, respondió el angelito.

Excusado me parece ponderar el efecto que en un hombre de carácter

enérgico y además acostumbrado al mando harían las insolencias de aquel

rapazuelo montaraz y deslenguado. Alguna cosa hubiera dado por echarle

encima los diez mandamientos; en cuyo caso, aunque luego se hubiese

arrepentido, por el pronto lo estruja{128-1} como una breva.

Afortunadamente para entrambos cuidó muy bien el muchacho de no ponerse

á tiro, y silbando á su ganado, desapareció por el bosque.

--¡En mi vida me ha sucedido otra!{128-2} murmuraba el Padre Prior,

volviéndose á su convento. Ese tuno debe tener metida en su cuerpecillo

toda entera una legión de diablos. Yo se los iría sacando con una vara

de acebuche si lo pillara entre cuatro paredes, por muy agarrados que

estuvieran.{128-3} ¡Atreverse conmigo, con un religioso! Pero... lo

cierto es que á su edad hubiera yo apedreado al Preste Juan de las

Indias. El mundo siempre es igual, porque... voto á...

Y lo soltó redondo con todas sus letras. Gracias á que por allí no había

ningún par de orejas que pudiese oirlo, y así se excusó el escándalo.

Entretenido con su monólogo acababa de tropezar en firme contra una

piedra, y como llevaba el pie desnudo en flexible sandalia, se lastimó

no poco los dedos y aun creyó ver estrellas por el aire, sin que hubiese

anochecido todavía. Los soliloquios distraen y tienen estas contras.

Cojeando y con la vista en el suelo y cara de vinagre llegó al

monasterio, atravesó el espacioso patio y subió la ancha escalera. No

contestó á los hermanos que al pasar le saludaban, y se encerró en su

celda de golpe y porrazo. Abrió un libro devoto y lo volvió á cerrar sin

haber leído cuatro renglones: empezó una carta, y apenas hubo puesto

delante de sí el papel y mojado la pluma en el ancho canjilón de loza

que le servía de tintero, desistió de su idea y comenzó á recorrer la

celda agitado y nervioso, como tigre enjaulado. Mala cara tenía

entonces: más bien qué superior de una orden monástica, parecía un

facineroso. Y no era que le hubiese puesto así la desfachatez y osadía

del pilluelo, ni algún otro especial motivo; sino que estaba de malísimo

humor, porque lo estaba: sabe Dios el depósito de bilis que

tendría{129-1} en el cuerpo.

Entre tanto, la comisión representativa que había concertado hablarle

aquella tarde sobre el asunto del vino, iba subiendo lentamente la

magnífica escalera, deteniéndose á cada cuatro ó cinco peldaños para

conferenciar sobre el modo de abordar la cuestión á fin de que tuviese

mejor éxito, y se oían cosas por el estilo:

--Conviene pasarle la mano por el lomo, adularle y á cada tres palabras

llamarle Reverencia. Más alcanza un sombrero saludando, que seis espadas

amenazando.{129-2} ¿He dicho bien?

--Sí, sin duda; pero no tan calvo que se le vean los sesos.{129-3} Entre

correr y parar, hay un término medio, que es andar. Si todo se vuelve

lametones y cortesías, no nos hará caso y quizá, quizá nos mande

noramala. Es menester alguna firmeza, que vea cierto carácter, ¿eh?

Vamos, ¿cómo va usted á entrarle, P. Cándido?

--Descuide, hermano, que yo le diré lo que me parezca justo y adecuado á

la ocasión. Pero nuevamente advierto á ustedes que hemos de entrar todos

en la celda prioral, como representantes de la comunidad que ahora

somos, y que habéis de aprobar y apoyar lo que yo diga; pues de otro

modo parecería la queja cosa particular mía, cuando no lo es, y

sí{129-4} de la corporación entera.

--Pues eso ¿qué duda tiene, P. Cándido? Nosotros entraremos

acompañándole, y á todo lo que diga, diremos _amén_, y aun le

apoyaremos con las reflexiones que se nos ocurran.

--Entonces no hay más que hablar: en marcha y manos á la obra.

Acabaron de subir la escalera, cruzaron una extensa galería y se

detuvieron cuchicheando ante la puerta del Padre Prior. Éste oyó el

murmullo y desde adentro preguntó con voz tonante:

--¿Quién anda ahí? ¿Qué se ofrece?

Al solo eco de aquella voz terrible intimidáronse los frailes, y dos de

ellos con ligero paso emprendieron la retirada. Frunció las cejas el P.

Cándido, y aunque le disgustó aquella torpe fuga, llamó con los nudillos

á la puerta diciendo en tono dulce y reposado:

--Alabado y bendito sea{130-1}...

--Por siempre, contestaron de adentro, y la puerta se abrió toda con

ímpetu. Entonces vió el Prior al Padre Cándido y á otros cuatro

religiosos que detrás de él como que{130-2} procuraban ocultarse. Y

añadió:

--¿Qué hay ahora, P. Cándido? ¿No le tengo dicho que haga y deshaga en

la biblioteca lo que estime conveniente? ¿Ó es que se ha propuesto

freirme la sangre á puras consultas? ¿Y qué nueva pejiguera traen esos

acompañantes que parecen estatuas?

Aunque parecían estatuas, no lo eran; pues se escabulleron como el humo

otros dos, y sólo quedó una pareja detrás del P. Cándido, que respondió:

--Padre Prior, no vengo por asuntos de la biblioteca.

--¿No? Pues entonces ¿qué se le ofrece? Huéleme á impertinencia, y le

advierto que... Pero, vamos, ¿se puede saber lo que hay?

--Si su Reverencia no me deja hablar, no lo sabrá nunca, respondió el P.

Cándido con firmeza. Vengo en comisión con estos hermanos á nombre de la

comunidad, para decir á su Reverencia que ese vinillo que ahora se nos

pone...

--¡Dos mil demonios carguen con usted,{131-1} P. Cándido! El vinillo, el

vinillo... clamaba el Prior, acompañando sus palabras con un puñetazo

sobre la mesa, que retumbó como un trueno y ahuyentó á los dos últimos

frailes que habían permanecido á la puerta. Y avanzando como energúmeno

hacia el quejoso, preguntaba con voz ronca y descompuesta:--Vamos, ¡el

vino! ¿Qué tiene el vino?

Volvió la cara en esto el P. Cándido y se halló solo con el tremendo

Prior. Sus compañeros le habían abandonado, como suele decirse, en las

astas del toro. Aquí le faltó su entereza y sólo pudo responder

tartamudeando:

--El vino, P. Prior... verdaderamente... no tiene nada... ¿qué ha de

tener?... Nada... Mas... digamos que... conviene distinguir... El vino

será bueno, es muy bueno... pero... mis compañeros... los frailes... son

unos canallas.

Spanish short stories · 第 57 / 94 题