Indudablemente fué el P. Procopio eco fidelísimo de la opinión general.
Mientras el Prior con su larga y pulida perorata sólo consiguió
fastidiar al auditorio, él con cuatro palabras resolvió la cuestión, y á
poco más se ve{121-2} paseado triunfalmente en hombros por todo el
convento. Excusado parece añadir que siguió la cosa como antes; el vino
añejo se repartía con profusión para sumirse por los cien abismos de
aquellas insaciables gargantas; las inflamaciones y apoplegías
continuaban, y jamás se desocupaba la enfermería. Precisamente una de
las primeras víctimas de su intemperancia fué el mismísimo P. Procopio,
que á las pocas semanas del famoso capítulo mencionado reventó como una
bomba..... Quien no conozca á los frailes, quizá imagine que este
trágico ejemplo pudo introducir en ellos alguna enmienda; sin embargo,
en honor de la verdad debo decir que no la hubo. Cuando una columna de
ataque se propone tomar un fuerte por asalto, avanza con paso ligero
despreciando la metralla que barre hileras de hombres; si unos caen
hechos pedazos, otros y otros llegan y pasan sobre los cadáveres y la
sangre, y saltan fosos, y escalan empalizadas y reductos hasta clavar su
bandera en lo más alto de la fortaleza enemiga. Pues los frailes son una
milicia también, y no menos tenaz que la del ejército. Obligado á
escoger entre ambas, me quedaría sin las dos, aunque la primera me
parece más temible; y cuando así lo digo, estudiado lo tengo. Pero vayan
las digresiones á un lado, y siga adelante la historia.
El débil P. Prior de Nuestra Señora del Valle, que no se atrevió á
cortar con mano firme el inveterado abuso de que fue campeón el P.
Procopio, resignó su cargo á causa de sus muchos años, y se retiró á
pasar tranquilo en otro convento los que le quedasen de vida. Claro está
que alguien había de sustituirle para que la comunidad no quedase
convertida en un cuerpo acéfalo y disparatado. Pero este alguien, este
nuevo Prior, no era un anciano irresoluto y fatigado por la edad, ni
menos un blandengue, ni tampoco un devoto contemplativo y extático,
siempre con la imaginación en las esferas celestiales. Al contrario, era
hombre joven todavía, pues apenas andaba en los cuarenta; poco erudito y
muy despejado, de imperiosa y breve palabra, y sobradamente capaz de
sujetar y meter en cintura á un convento de frailes y también á una
horda de piratas. Decíase de él por lo bajo que en su borrascosa mocedad
había sido contrabandista y que yendo y viniendo de Ronda á Gibraltar y
de Gibraltar á Ronda con su potro corredor y su trabuco naranjero, había
llenado aquella ancha zona de su alto nombre y sus épicas hazañas.
Decíase además que no conocía los PP. de la Iglesia, dogmáticos ni
apologistas; que estaba ayuno de Biblia Sacra y expositores, y que sólo
sabía un poco de moral y el suficiente latín para leer el oficio de la
misa y las horas canónicas. No le calumniaban en esto último: el nuevo
Prior no era docto letrado, ni mucho menos; pero en cuanto á lo de
contrabandista, no estaba del todo averiguado que lo hubiera sido,
aunque dándolo como cierto y seguro, tampoco sería maravilla; que en las
vueltas y mudanzas del mundo ladrones han llegado á santos, y hombres
virtuosos acabaron en ladrones. Hasta el fin de la comedia no se sabe el
desenlace.
Vino, pues, el Prior nuevo precedido de esta fama: anduviéronse los
frailes con gran pulso para no deslizarse en la menor cosa, y el
convento por lo tranquilo parecía una balsa de aceite. Una balsa de
aceite en la superficie, que por el fondo rugía la borrasca. Sin hacerlo
punto discutible ni decir palabra á fraile alguno, había dispuesto el
nuevo Prior que se sirviera en la mesa del refectorio el vino aguado, y
en tal extremo como para refrescar el estómago en vez de acalorarlo. El
despensero guardaba cuidadosamente las llaves de la bodega, y por nada
del mundo hubiera faltado á la consigna. Verdad es que la salud de la
comunidad había mejorado y eran pocas las camas ocupadas en la
enfermería; pero en tan grande ventaja no paraban mientes los frailes,
sino que andaban resentidos y furiosos contra el nuevo jefe. ¡Aguarles
el vino! ¡Meterse á reformador sin consultar con nadie! Y encima de
esto y por contera y remate, ¡no tener palabra ni ojos sino para el
mando y para lanzar miradas que dejaban al más osado hecho una estatua
de piedra! Vamos, esto era fenomenal é intolerable.
Para tomar el pulso al tonsurado ex-contrabandista y probarle la
paciencia, eligieron y diputaron los frailes al más atrevido, quien de
propósito cometió una falta leve, y reprendido por ella contestó al P.
Prior una tontería. Pero se arrepintió bien pronto de su ligereza,
cuando sintió sobre sí una mirada fulminante y oyó una voz severa
diciéndole:
--Hermano, durante un mes tendrá su celda por encierro y ayunará á pan y
agua. Desde hoy comienzan la reclusión y el ayuno. Váyase en paz.
Y como el castigado hiciese ademán de responder presentando alguna
excusa, añadió el P. Prior:
--Sean cuarenta los días de reclusión y ayuno.
Y hora tras hora se cumplió íntegra la sentencia; y como un hermano
llevase á hurtadillas al castigado algo más sustancioso que pan y agua,
el P. Prior, que era un Argos, lo supo y le recetó otro mes de igual
penitencia. Y ésta se cumplió también, y con más rigor todavía.
Vieron, pues, los frailes que era digno el Prior de su fama y que
sentaba la mano de firme por la cosa más leve. Tenía un modo de mandar,
que imponía la obediencia; y si como superior era inflexible, como
hombre debía ser un león. Aunque hubiese resucitado el difunto Padre
Procopio trayendo consigo una docena de PP. de su misma calaña, todos
ellos ante la mirada fulmínea del Prior habrían bajado las suyas como
doctrinos. Bien supo lo que hizo el P. Provincial cuando le encargó el
gobierno de Nuestra Señora del Valle.
La cuestión vinífera continuaba en el mismo lamentable estado. Aquellas
anchas y profundas tazas del refectorio, marcadas piadosamente con las
iniciales de la sacra familia, J. M. J., ya no encerraban generoso vino,
consolador de penas y fatigas, sino una especie de aguachirle semejante
al de los barreños que en las tabernas sirven para fregar los vasos.
Escondidamente, pues no podía ser de otro modo, murmuraban de ello los
frailes atribuyéndolo á tacañería más bien que á higiene, y trataban de
elegir unos cuantos que en comisión representativa y á nombre de todos,
manifestase el descontento de la comunidad al mismo P. Prior,
suplicándole volviesen las cosas al antiguo ser y estado. Mas aunque
aplaudían la idea de la manifestación, no encontrando otra mejor para el
fin propuesto, ninguno quería echar el cascabel al gato; esto es,
ninguno quería llevar la palabra ante el P. Prior, cuyas malas pulgas
tenían presentes. Por último, acordáronse de un virtuoso anciano, muy
querido de todos por su carácter angelical, y respetado de sus mismos
superiores por ser el más antiguo y el más docto de los monjes, crónica
viva y archivo ambulante de la historia, usos y tradiciones de la casa.
Llamábase este bondadoso varón el P. Cándido; mas no lo era en tal punto
que desconociese lo arduo y enojoso del encargo{125-1} que le daban. Por
lo cual, exigió al aceptarlo, que habían de acompañarle á la celda
prioral los seis individuos de la comisión: él llevaría la palabra, y
los otros, si era necesario, apoyarían cuanto dijese. Convenido así,
fijaron la entrevista para aquella misma tarde á la hora en que el P.
Prior volviese de su acostumbrado paseo. No anduvieron desacertados en
elegir tal oportunidad: ciertamente nunca el ánimo del hombre se halla
tan propicio á conceder cualquiera favor, como después de haber comido
bien y paseado por un campo delicioso, gozando y admirando á la puesta
del sol las hermosas y melancólicas perspectivas de la naturaleza.
Aquel día, como los demás, salió el P. Prior á dar su vespertino paseo.
Iba solo y pensativo, lo cual no extrañó á ninguno de los que le vieron
salir, por la sencilla razón de que siempre iba lo mismo. Engolfado en
sus cavilaciones, andaba ligero unas veces y otras se detenía de pronto,
haciendo rayas y figuras en la tierra ó círculos en el aire, como mágico
antiguo, con un palitroque ó báculo que en la mano llevaba. Así
distraído se alejó algo más de lo acostumbrado, y al levantar los ojos
vió cerca de sí un muchachuelo tendido sobre la hierba, cuidando de un
escaso rebaño de cabras, y muy entretenido en tallar con la navajilla
algunas labores en un palo. Por desechar fatigosos pensamientos, ó
porque la cara viva y picaresca del muchacho le agradase, el P. Prior
quiso darle conversación y se entabló el diálogo de esta manera:
--Hola, muchacho, ¿guardas cabras?
--No, señor, que son bueyes.
--¡Cómo bueyes! Si son cabras, y las estoy viendo.
--Pues, lo que su merced ve ¿para qué lo pregunta?
Mordióse los labios el fraile, y al cabo de un momento dijo al
pastorcillo:
--Pareces muy despierto, y tal vez pudiera yo hacer algo por ti. ¿Cómo
te llamas?
--¡Otra! ¿Pues, no pregunta cómo me llamo?... De ninguna manera. Los que
me llaman son los que me necesitan.
--Tienes razón, niño, tienes razón. Y ese angosto sendero que penetra en
el bosque ¿adónde va?
--Á ninguna parte, Padre, que se está muy quietecito. Los que andan por
él son los que van y vienen. Ya tiene su merced bastante edad para
saberlo.
--Oye, ¿qué debe hacerse con los pilluelos desvergonzados?
--Meterlos á frailes.
Aquí el Prior no fué dueño de contenerse, y con paso ligero se encaminó
al muchacho, resuelto á plantarlo de un puntapié en la copa de un pino.
Sólo que el pastorcillo era mucho más ágil, y cuando el fraile llegó
adonde él estaba, ya en pocos brincos había puesto por medio cuarenta
pasos y había desliado la honda de la cintura, y sin saber jota de la
historia sagrada preparábase á repetir el lance de David contra el
gigantazo de Goliat. Sobradamente lo conoció el religioso, y conoció
también que no podría echar la uña á semejante diablejo, que impávido y
ojo alerta le esperaba con la piedra calzada en la honda; por lo que
descompuesto y colérico, gritóle en son de despedida.
--Adiós, hijo de un ladrón.
--Vaya su merced con Dios, Padre, respondió el angelito.
Excusado me parece ponderar el efecto que en un hombre de carácter
enérgico y además acostumbrado al mando harían las insolencias de aquel
rapazuelo montaraz y deslenguado. Alguna cosa hubiera dado por echarle
encima los diez mandamientos; en cuyo caso, aunque luego se hubiese
arrepentido, por el pronto lo estruja{128-1} como una breva.
Afortunadamente para entrambos cuidó muy bien el muchacho de no ponerse
á tiro, y silbando á su ganado, desapareció por el bosque.
--¡En mi vida me ha sucedido otra!{128-2} murmuraba el Padre Prior,
volviéndose á su convento. Ese tuno debe tener metida en su cuerpecillo
toda entera una legión de diablos. Yo se los iría sacando con una vara
de acebuche si lo pillara entre cuatro paredes, por muy agarrados que
estuvieran.{128-3} ¡Atreverse conmigo, con un religioso! Pero... lo
cierto es que á su edad hubiera yo apedreado al Preste Juan de las
Indias. El mundo siempre es igual, porque... voto á...
Y lo soltó redondo con todas sus letras. Gracias á que por allí no había
ningún par de orejas que pudiese oirlo, y así se excusó el escándalo.
Entretenido con su monólogo acababa de tropezar en firme contra una
piedra, y como llevaba el pie desnudo en flexible sandalia, se lastimó
no poco los dedos y aun creyó ver estrellas por el aire, sin que hubiese
anochecido todavía. Los soliloquios distraen y tienen estas contras.
Cojeando y con la vista en el suelo y cara de vinagre llegó al
monasterio, atravesó el espacioso patio y subió la ancha escalera. No
contestó á los hermanos que al pasar le saludaban, y se encerró en su
celda de golpe y porrazo. Abrió un libro devoto y lo volvió á cerrar sin
haber leído cuatro renglones: empezó una carta, y apenas hubo puesto
delante de sí el papel y mojado la pluma en el ancho canjilón de loza
que le servía de tintero, desistió de su idea y comenzó á recorrer la
celda agitado y nervioso, como tigre enjaulado. Mala cara tenía
entonces: más bien qué superior de una orden monástica, parecía un
facineroso. Y no era que le hubiese puesto así la desfachatez y osadía
del pilluelo, ni algún otro especial motivo; sino que estaba de malísimo
humor, porque lo estaba: sabe Dios el depósito de bilis que
tendría{129-1} en el cuerpo.
Entre tanto, la comisión representativa que había concertado hablarle
aquella tarde sobre el asunto del vino, iba subiendo lentamente la
magnífica escalera, deteniéndose á cada cuatro ó cinco peldaños para
conferenciar sobre el modo de abordar la cuestión á fin de que tuviese
mejor éxito, y se oían cosas por el estilo:
--Conviene pasarle la mano por el lomo, adularle y á cada tres palabras
llamarle Reverencia. Más alcanza un sombrero saludando, que seis espadas
amenazando.{129-2} ¿He dicho bien?
--Sí, sin duda; pero no tan calvo que se le vean los sesos.{129-3} Entre
correr y parar, hay un término medio, que es andar. Si todo se vuelve
lametones y cortesías, no nos hará caso y quizá, quizá nos mande
noramala. Es menester alguna firmeza, que vea cierto carácter, ¿eh?
Vamos, ¿cómo va usted á entrarle, P. Cándido?
--Descuide, hermano, que yo le diré lo que me parezca justo y adecuado á
la ocasión. Pero nuevamente advierto á ustedes que hemos de entrar todos
en la celda prioral, como representantes de la comunidad que ahora
somos, y que habéis de aprobar y apoyar lo que yo diga; pues de otro
modo parecería la queja cosa particular mía, cuando no lo es, y
sí{129-4} de la corporación entera.
--Pues eso ¿qué duda tiene, P. Cándido? Nosotros entraremos
acompañándole, y á todo lo que diga, diremos _amén_, y aun le
apoyaremos con las reflexiones que se nos ocurran.
--Entonces no hay más que hablar: en marcha y manos á la obra.
Acabaron de subir la escalera, cruzaron una extensa galería y se
detuvieron cuchicheando ante la puerta del Padre Prior. Éste oyó el
murmullo y desde adentro preguntó con voz tonante:
--¿Quién anda ahí? ¿Qué se ofrece?
Al solo eco de aquella voz terrible intimidáronse los frailes, y dos de
ellos con ligero paso emprendieron la retirada. Frunció las cejas el P.
Cándido, y aunque le disgustó aquella torpe fuga, llamó con los nudillos
á la puerta diciendo en tono dulce y reposado:
--Alabado y bendito sea{130-1}...
--Por siempre, contestaron de adentro, y la puerta se abrió toda con
ímpetu. Entonces vió el Prior al Padre Cándido y á otros cuatro
religiosos que detrás de él como que{130-2} procuraban ocultarse. Y
añadió:
--¿Qué hay ahora, P. Cándido? ¿No le tengo dicho que haga y deshaga en
la biblioteca lo que estime conveniente? ¿Ó es que se ha propuesto
freirme la sangre á puras consultas? ¿Y qué nueva pejiguera traen esos
acompañantes que parecen estatuas?
Aunque parecían estatuas, no lo eran; pues se escabulleron como el humo
otros dos, y sólo quedó una pareja detrás del P. Cándido, que respondió:
--Padre Prior, no vengo por asuntos de la biblioteca.
--¿No? Pues entonces ¿qué se le ofrece? Huéleme á impertinencia, y le
advierto que... Pero, vamos, ¿se puede saber lo que hay?
--Si su Reverencia no me deja hablar, no lo sabrá nunca, respondió el P.
Cándido con firmeza. Vengo en comisión con estos hermanos á nombre de la
comunidad, para decir á su Reverencia que ese vinillo que ahora se nos
pone...
--¡Dos mil demonios carguen con usted,{131-1} P. Cándido! El vinillo, el
vinillo... clamaba el Prior, acompañando sus palabras con un puñetazo
sobre la mesa, que retumbó como un trueno y ahuyentó á los dos últimos
frailes que habían permanecido á la puerta. Y avanzando como energúmeno
hacia el quejoso, preguntaba con voz ronca y descompuesta:--Vamos, ¡el
vino! ¿Qué tiene el vino?
Volvió la cara en esto el P. Cándido y se halló solo con el tremendo
Prior. Sus compañeros le habían abandonado, como suele decirse, en las
astas del toro. Aquí le faltó su entereza y sólo pudo responder
tartamudeando:
--El vino, P. Prior... verdaderamente... no tiene nada... ¿qué ha de
tener?... Nada... Mas... digamos que... conviene distinguir... El vino
será bueno, es muy bueno... pero... mis compañeros... los frailes... son
unos canallas.