I
¿En dónde pasa la acción de esta verídica historia? En cualquier sitio
delicioso de cualquiera provincia de España. En todas ellas hubo docenas
de docenas de conventos, cuyos piadosos moradores atravesaban este valle
de lágrimas sostenidos por su fe y por los copiosos tragos y valientes
tajadas con que procuraban conservarse robustos para entrar con pie
firme en la mansión de los bienaventurados. Así es que en los solemnes
días de procesiones y oficios religiosos, cuando los frailes salían
juntos en comunidad y cruzaban grave y lentamente {114-2} plazas y
calles precedidos de estandartes, cantores y músicas, admirábase{114-3}
la gente devota de verlos tan lucios, gordos y colorados, á pesar de los
ayunos, maceraciones y cilicios que debían de sufrir, atribuyendo sus
esféricas panzas, bermejos rostros y anchos cogotes á la influencia y
acción de la divina gracia, tranquilidad de conciencia y justo galardón
de evangélicas virtudes.
No seré yo, pecador, quien lo niegue; aunque sospecho que la regalona
vida y suculenta mesa tendrían en ello no pequeña parte; que el jamón y
el vino crían carne y sangre con más eficacia que todas las antífonas,
jubileos y responsorios. Á lo menos, tal es la común opinión de
fisiólogos y médicos; pero no entraré yo á sustentarla para que no me
roan los huesos tachándome de incrédulo y materialista y tal vez de
otras cosas peores. He reparado que según disminuye la fe, aumenta el
número de los que dicen que la tienen; y ya no hay podrido que no finja
escrúpulos de doncella, ni deje de establecer cátedra de religión y
moral, censurándolo todo y admirándose de todo como si hubiese caído de
las celestes regiones y temiera manchar la túnica de su inocencia al
contacto de este mundo pecador y terrestre. De semejante cuadrilla
conozco muchos cómicos. Dios los aplaste y luego los perdone,{115-1} y
vamos á mi cuento.
Era cosa extraña que hallándose el monasterio de Nuestra Señora del
Valle en uno de los lugares más sanos, ventilados y hermosos de toda
España, siempre hubiese en él un crecido número de enfermos.
Singularmente al llegar la primavera menudeaban las dolencias de
carácter inflamatorio, y cada apoplegía que estallaba era un súbito
escopetazo que se llevaba un fraile al sepulcro, sin darle cinco minutos
para rezar un Padre Nuestro. El médico, persona entendida y de
conciencia, y que, hubiese{115-2} poco ó mucho trabajo, cobraba por años
á cuota fija, calentábase la mollera discurriendo sobre la causa de
tales enfermedades. ¿Estaba en la atmósfera? Nada tan puro como los
aires de aquel convento, situado en el campo á legua y media del más
cercano pueblo, en un cerro ventilado y alegre y en medio de frondosas
arboledas. ¿Consistiría en las aguas? ¡Pero si las aguas bajaban de la
próxima sierra, delgadas, copiosas y tan cristalinas que ni con la
imaginación podían suponerse mejores! ¿Los alimentos? Algún abuso habría
en la cantidad; mas en la calidad eran dignos de servirse en mesas de
reyes. ¿La estrechez de la regla, las penitencias, los ásperos cilicios?
El médico sabía muy bien que no había tales carneros; y aunque los
hubiera, semejantes austeridades enflaquecen y momifican el cuerpo,
siendo más propias para dejarlo cacoquimio y exangüe, que para
sobrecargarlo de carnazas y acres y gruesos humores. Ningún cenobita de
los antiguos tiempos tuvo jamás barriga prominente ni mofletes
rubicundos, aunque al retirarse de la sociedad para vivir angélicamente
en el desierto, estuviese reventando de puro gordo. Los rábanos,
berengenas, lechugas y otros manjares por el mismo órden con que se
alimentaban los penitentes solitarios, eran poco adecuados para criar
mantecas; y aunque algunos tenían un cuervo ú otro caritativo pajarraco
que diariamente les llevaba un pan, tampoco medraban mucho, pues el pan
seco, más que otra cosa, es mortificación y abstinencia.
Pero los frailes del Valle bebían vino, y añejo, y puro, y potencioso, y
capaz de resucitar á un difunto con sólo arrimarle á la nariz una
copita. ¡Ah! ¡el vino, el vino! Ahí estaba la cola del lagarto y el
punto de la dificultad. El galeno dábase palmadas en la ancha frente,
indignado contra sí mismo por su torpeza. ¿Cómo no lo había conocido
antes? ¿De qué otra cosa podía provenir aquella tendencia inflamatoria y
pletórica tan común entre los monjes? No le quedaba duda: del vino.
Además de ser generoso y añejo, lo bebían á todo pasto, en anchos y
profundos tazones, á gaznate abierto y codo levantado, sin regla ni
medida. Padre había{116-1} en la comunidad que no recordaba ya el sabor
del agua; pero que sabía en cambio de memoria las vigas del refectorio
con todas sus cabeceras, entalles y labores.....
El médico, hombre de conciencia y amigo de la verdad, creyó cumplir un
deber dando cuenta de sus observaciones al Prior del convento, que tal
vez y sin tal vez era en la casa el menos devoto de Baco, hasta el punto
de que solía bautizar su vino, con grave escándalo de la comunidad,
partidaria del vino moro y aborrecedora de las mezclas. El Superior no
dijo palabra á nadie, limitándose á poner en su vino más agua todavía
para ver si lograba conseguir algún fruto con la muda elocuencia del
ejemplo. Pero aunque se hubiese bebido el estanque de la casa, que no
era flojo, como destinado á criar hermosas truchas, no por eso habría
fundado escuela ni aun sacado el menor discípulo. El vino seguía bajando
á raudales por aquellas gargantas, y la enfermería cobrando su
acostumbrado tributo.
Entre tanto acercábase la fiesta de nuestro señor San Juan, en cuyo
día{117-1} la comunidad acostumbraba celebrar capítulo donde los padres
graves discutían todo lo relativo al orden y acertado gobierno del
convento, así en la esfera espiritual como en la temporal y económica.
Ciertamente no eran tales asambleas en muchas ocasiones lo pacíficas que
es de suponer entre clérigos regulares, y las crónicas de los institutos
religiosos y la tradición de personas ancianas conservan la memoria de
algunas de estas reuniones que terminaron trágicamente como el famoso
Rosario de la Aurora. Los frailes son hombres, y es muy cándido el creer
que al encajarse los hábitos y entrar en la clausura dejan á la puerta
su carácter, instintos y pasiones, transformándose de repente en
ángeles ó cosa parecida. Así, pues, y por el fundado temor de armar un
tiberio, moderábanse los más vehementes, exponiendo con templanza sus
opiniones; y aun los rectores, abades, priores ó provinciales se
tentaban la ropa y lo meditaban despacio antes de proponer cualquiera
reforma, por leve que fuera, ó de soltar alguna especie capaz de ser
interpretada en mal sentido por los hermanos; y hacían bien, que no
siempre está la Magdalena para tafetanes.
No es de extrañar, por tanto, que llegado el día del capítulo fuese
manifestando el P. Prior todos los puntos que habían de tratarse,
dejando deliberadamente para lo último la reforma vinífera que pensaba
plantear _pro salutem etiamque mores_, quiero decir, en beneficio de la
salud y aun de la moral de los asociados. Pero como las cosas llegan
alguna vez por mucho que se retarden, llegó también el momento de
manifestarla, y no le faltó, ciertamente, la destreza más exquisita al
hacerlo.
Después de una introducción ó exordio elogiando el tino y la prudencia
con que había resuelto el capítulo cuestiones delicadas, celebró que
todos los ánimos estuviesen unidos para cuanto fuese provechoso
espiritual ó temporalmente á la orden, comparándola á una gran madre
cuyo mejor adorno y corona son los buenos y virtuosos hijos. Añadió con
humildad que se creía inferior en doctrina y merecimientos á otros
muchos insignes varones allí presentes, y que por su parte procuraba
suplir la falta de otras excelencias y altas dotes á fuerza de
entusiasmo y celo por la comunidad que, aunque indigno, tenía la honra
de dirigir, etc., etc.
Mientras iba ensartando estas cosas con voz insinuante y melíflua, le
oía el capítulo como quien oye llover desde lugar cubierto; unos
parecían mirar con grande atención las pinturas de los muros y bóveda,
medio dormidos otros cabeceaban haciendo reverencias, y muchos con las
manazas cruzadas sobre la barriga y hartos ya de plática, decían para su
sayo: «¿cuándo se acabará esto y tocarán á refectorio?» Pero el discurso
no llevaba trazas de concluirse tan pronto; antes, al contrario, de unas
reflexiones nacían otras; como las aguas vivas de manantial abundante,
las palabras con rapidez asombrosa brotaban de los labios del orador,
que siempre había sido hombre de gran facundia, y en aquella ocasión lo
era más todavía, de suerte que el aburrido auditorio tenía casi agotada
la paciencia, y sólo por ciertos respetos no daba mayores señales de su
disgusto.
--¡Vamos, predicar á frailes! ¡Ni al que asó la manteca se le ocurre
cosa igual!
--¿De dónde habrá sacado el P. Prior tanta letra menuda? ¿Se estará
ensayando ahora para algún sermón de empeño?
--Este hombre es muy capaz de estarse hablando seis horas sin escupir
siquiera. Y luego en el refectorio nos servirán todas las cosas
apelmazadas ó frías, ó pasadas de punto, ó... Esto es deplorable.
Tales pensamientos y otros de la misma estofa dominaban en el seráfico
auditorio. Conociéndolo el orador, hubiera hecho alto y puesto punto
final á su elocuencia; mas no tuvo tanta oportunidad, y siguió adelante.
Por fin, entró de lleno en el asunto: descritas la posición escogida y
condiciones higiénicas del convento, la vida ordenada y sana
alimentación de los religiosos, no pudo menos de manifestar su
extrañeza ante el excesivo número de ingresos en la enfermería, y
especialmente porque todos ó casi todos los padecimientos fuesen de la
misma índole y carácter inflamatorio, no pocas veces de terminación
funesta. Que siendo para él, añadió, caso de conciencia el atajar mal
tamaño, lo había consultado con personas de reconocido saber y consejo;
de cuya consulta resultaba causante de aquellas dolencias inflamatorias
y congestiones apopléticas el vino{120-1} puro y añejo y potencioso que
sin tasa alguna los monjes bebían. Que, por tanto, era indispensable
reducirlo en cuanto á la cantidad, y aguarlo en cuanto á la calidad, no
dudando de que así lo harían todos los padres como varones prudentes y
virtuosos que eran.
Al llegar aquí no hubo ya dormilones, indiferentes ni medio dormidos;
antes, cada cual abría los ojos como una liebre, fijándolos en el orador
con cierta expresión de asombro y de lástima propia de quien contempla á
un hombre que repentinamente acaba de perder el juicio. ¡Mermar el vino!
¡Aguarlo! ¿Habría nadie{120-2} escuchado atrocidad semejante? Violentos
murmullos interrumpieron el discurso, que no pudo reanudarse: los
frailes dejaron sus asientos y se arremolinaron por grupos, voceando y
gesticulando sin hacer más caso del Superior que de la carabina de
Ambrosio; los de un corrillo pasaban á otro, como consultándose
mutuamente; la confusión y el tumulto crecían por instantes; el
Superior, turbado ante aquella especie de motín, no sabía qué hacerse;
hasta que, por último, dominando toda la gresca y baraúnda, se oyeron
las voces de «¡Silencio! ¡Callad! ¡Que hable el P. Procopio!
¡Silencio!»
Era el tal P. Procopio un desaforado jayán, cetrino y barbudo, más
adecuado para llevar una casa sobre la espalda ó tirar de una carreta,
que para gozar en contemplaciones místicas y éxtasis divinos. Su
entendimiento era el de un toro de ocho años y su fuerza también, sobre
todo cuando se ponía ó lo ponían colérico; por cuya razón era muy
respetado y temido, y ninguno quería contradecirle aunque dijese una
barbaridad, y solía decirlas de monumental calibre. Este P. Procopio
asumió el parecer de la comunidad, y restablecido el silencio clamó con
voz tonante:
--Padre Prior, puro y sin tasa, y caiga el que caiga.{121-1}