Del lado opuesto del pueblo se extiende un pinar, al que se llega por un
prado de roja arena, que cubre un césped{91-4} tan corto y espeso, que
parece lo ha tejido la naturaleza para avergonzar á los tejedores de las
más afamadas alfombras. En los parajes más bajos y húmedos en el tiempo
de las lluvias, este césped se ve salpicado con tal profusión de
pequeñas margaritas blancas, miniaturas de esta bella especie, que
parecen ser las once mil vírgenes del paraíso de Flora. Por los parajes
secos, crece cercana á la tierra una flor pequeña, que lleva el nombre
de _flor de la abeja_, nombre bien apropiado, porque esta florecita
tiene con pasmosa exactitud la forma y colores de dicho animalito. No
parece sino que{92-1} bajada á descansar--si es que esa laboriosa é
incansable colectora de miel busca jamás descanso,--se ha posado sobre
un tallo, y ha quedado adherida al reino vejetal, por hechizo de algún
maléfico gnomo. Dan impulsos de traer á aquellos parajes una colmena,
para probar si la vista del hogar doméstico las hace romper el encanto
que las tiene convertidas en pequeñas y mudas estatuas. Pudiérase pensar
que eran{92-2} las flores que lo habían exigido de Flora para dar á las
abejas este castigo, semejante al que recibió la mujer de Lot; si fuese
dable atribuir á las flores deseos de venganza, ni resentimiento porque
gozasen otros de la miel de su corazón. Pero no lo es; ellas que
expenden con profusión y entregan al inconstante aire su perfume con
loca prodigalidad,--porque saben que tienen para dar y que les
quede,{92-3}--no pueden ser avaras. Es esta flor la singularidad más
peregrina que hemos visto. Tiene además la de ser incultivable; todos
los ensayos que se han hecho con este fin han sido infructuosos, lo que
nos confirma en nuestro primer aserto de que este fenómeno es un hechizo
del maligno gnomo de aquel rojo arenal.
La naturaleza, no contenta con extasiarnos con sus obras maestras, se
complace á veces con admirarnos, ya con sus encantadores caprichos, ya
con misterios llenos de alto sentido. ¡De cuántos modos nos llama Dios á
adorarle con sus obras! ¡Oid el himno que entonan todos esos susurros,
todos esos sonidos que no comprendemos, y que en diferentes tonos, ya
graves, ya alegres, ya dulces, ya austeros, difunden el aire, el agua,
el fuego, las plantas, todo lo que creemos inanimado. Oid atentos y os
convenceréis de que dicen: «¡Venite, adoremus!»
Aquel pinar era el sitio en que indefectiblemente paseaba el cura todas
las tardes.
Aquélla á la que había precedido su conversación{93-1} con Varmen, salió
como de costumbre tenía.
Cuando se hubo internado en el pinar, vió de repente salir de entre la
enramada el guarda que traía su escopeta, el cual, parándose á corta
distancia, se la echó á la cara, clavando en él sus ardientes y
amenazadores ojos.
El cura se paró igualmente; pero con ánimo tan sereno, que al mirar al
que le amenazaba, su rostro sólo expresaba la más completa calma, y la
más pura dignidad. Un rato se estuvieron viendo fijamente ambos,
inmóviles y en silencio; lentamente se inclinó hacia tierra la dirección
de la escopeta del guarda, que en seguida bajó sus ojos, y después de un
momento de indecisión, dijo en honda voz,
--¡Vaya Vd. con Dios, Padre! y desapareció bruscamente en la espesura.
--¡Dios bendiga tu primer paso en la senda del bien, hijo! repuso en
recia y conmovida voz el Cura, y salve tu alma, que pierdes entregándola
á tus malas pasiones.
Si esta bendición llevó su fruto, se ignora; pues nunca se volvió á
saber de aquel á quien fue aplicada.[P]
* * *
Footnotes to Obrar Bien ... Que Dios Es Dios:
[P] NOTA. Este sucedido, tan pequeña cosa en el hecho, y tan grande en
su significación, fue comunicado con la más sincera sencillez al que lo
refiere, por el mismo cura que en él actúa, que lo relataba sólo para
probar que el hombre no cumple tan fácilmente como lo concibe un mal
propósito;{93-2} y sin hacer valer que al digno apóstol de la palabra de
Dios, al firme sostenedor de las virtudes evangélicas, le respeta el
hombre, por perverso que sea, si no ha renegado del bautismo que le hizo
cristiano. (Fernán Caballero.)