IV

Del lado opuesto del pueblo se extiende un pinar, al que se llega por un

prado de roja arena, que cubre un césped{91-4} tan corto y espeso, que

parece lo ha tejido la naturaleza para avergonzar á los tejedores de las

más afamadas alfombras. En los parajes más bajos y húmedos en el tiempo

de las lluvias, este césped se ve salpicado con tal profusión de

pequeñas margaritas blancas, miniaturas de esta bella especie, que

parecen ser las once mil vírgenes del paraíso de Flora. Por los parajes

secos, crece cercana á la tierra una flor pequeña, que lleva el nombre

de _flor de la abeja_, nombre bien apropiado, porque esta florecita

tiene con pasmosa exactitud la forma y colores de dicho animalito. No

parece sino que{92-1} bajada á descansar--si es que esa laboriosa é

incansable colectora de miel busca jamás descanso,--se ha posado sobre

un tallo, y ha quedado adherida al reino vejetal, por hechizo de algún

maléfico gnomo. Dan impulsos de traer á aquellos parajes una colmena,

para probar si la vista del hogar doméstico las hace romper el encanto

que las tiene convertidas en pequeñas y mudas estatuas. Pudiérase pensar

que eran{92-2} las flores que lo habían exigido de Flora para dar á las

abejas este castigo, semejante al que recibió la mujer de Lot; si fuese

dable atribuir á las flores deseos de venganza, ni resentimiento porque

gozasen otros de la miel de su corazón. Pero no lo es; ellas que

expenden con profusión y entregan al inconstante aire su perfume con

loca prodigalidad,--porque saben que tienen para dar y que les

quede,{92-3}--no pueden ser avaras. Es esta flor la singularidad más

peregrina que hemos visto. Tiene además la de ser incultivable; todos

los ensayos que se han hecho con este fin han sido infructuosos, lo que

nos confirma en nuestro primer aserto de que este fenómeno es un hechizo

del maligno gnomo de aquel rojo arenal.

La naturaleza, no contenta con extasiarnos con sus obras maestras, se

complace á veces con admirarnos, ya con sus encantadores caprichos, ya

con misterios llenos de alto sentido. ¡De cuántos modos nos llama Dios á

adorarle con sus obras! ¡Oid el himno que entonan todos esos susurros,

todos esos sonidos que no comprendemos, y que en diferentes tonos, ya

graves, ya alegres, ya dulces, ya austeros, difunden el aire, el agua,

el fuego, las plantas, todo lo que creemos inanimado. Oid atentos y os

convenceréis de que dicen: «¡Venite, adoremus!»

Aquel pinar era el sitio en que indefectiblemente paseaba el cura todas

las tardes.

Aquélla á la que había precedido su conversación{93-1} con Varmen, salió

como de costumbre tenía.

Cuando se hubo internado en el pinar, vió de repente salir de entre la

enramada el guarda que traía su escopeta, el cual, parándose á corta

distancia, se la echó á la cara, clavando en él sus ardientes y

amenazadores ojos.

El cura se paró igualmente; pero con ánimo tan sereno, que al mirar al

que le amenazaba, su rostro sólo expresaba la más completa calma, y la

más pura dignidad. Un rato se estuvieron viendo fijamente ambos,

inmóviles y en silencio; lentamente se inclinó hacia tierra la dirección

de la escopeta del guarda, que en seguida bajó sus ojos, y después de un

momento de indecisión, dijo en honda voz,

--¡Vaya Vd. con Dios, Padre! y desapareció bruscamente en la espesura.

--¡Dios bendiga tu primer paso en la senda del bien, hijo! repuso en

recia y conmovida voz el Cura, y salve tu alma, que pierdes entregándola

á tus malas pasiones.

Si esta bendición llevó su fruto, se ignora; pues nunca se volvió á

saber de aquel á quien fue aplicada.[P]

* * *

Footnotes to Obrar Bien ... Que Dios Es Dios:

[P] NOTA. Este sucedido, tan pequeña cosa en el hecho, y tan grande en

su significación, fue comunicado con la más sincera sencillez al que lo

refiere, por el mismo cura que en él actúa, que lo relataba sólo para

probar que el hombre no cumple tan fácilmente como lo concibe un mal

propósito;{93-2} y sin hacer valer que al digno apóstol de la palabra de

Dios, al firme sostenedor de las virtudes evangélicas, le respeta el

hombre, por perverso que sea, si no ha renegado del bautismo que le hizo

cristiano. (Fernán Caballero.)

Spanish short stories · 第 50 / 94 题