Apenas concluía la contadora su cuento, cuando entró el guarda, que sin
decir palabra, se acercó á ellas, puso su escopeta á su lado, se apoyó
en el pilar del pozo, y se puso á picar un cigarro. Varmen se sintió
desconcertada y fatigosa con la presencia de aquel hombre que la
repelía, y tuvo deseos de alejarse. Pero por un lado no tenía pretexto
para hacerlo, sin faltar á esa urbanidad innata, pasada á deber{87-1} y
á costumbre en el pueblo; y por otro, le urgía concluir lo que estaba
haciendo.
Al cabo de un rato, y como para entrar en conversación, llamó el guarda
á Mariquita; pero ésta, en lugar de acudir, se refugió al lado de su
hermana, y se abrazó á sus faldas, en cuyos pliegues desapareció su
diminuta persona, sin que de ella se percibiese más que su carita,{87-2}
que miraba con ceño y desconfianza al que la había llamado.
--¡Esquiva! dijo el guarda; ¡eso es de casta!
Varmen permaneció callada.
--Oiga Vd., prosiguió su interlocutor: no es de ahora que noto yo que me
huye Vd. la cara.
--No huyo la cara ni á Vd. ni á nadie, contestó Varmen; pero no soy
amiga de dar conversación á los hombres.
--Ni yo de sembrar para no coger: ¿está Vd., Varmen?
--Pues para eso, mire Vd. antes en{87-3} la tierra que siembra; que la
tierra que sirve para viña, no sirve para olivar, contestó Varmen.
--¿Vd. me desprecia á mí?
--No, señor; yo no acostumbro á bajar á nadie de su estado.
--Pues ábrame Vd. la ventana{88-1} esta noche, que tengo que{88-2}
decirle.
--¿Yo? No, señor: yo no abro mi ventana.
--Á otro se la abrirá Vd.
--No, señor; ni al lucero del alba que viniese con una torta en la mano.
--Pues por eso digo, que en cambio de mi voluntad que le he dado, me da
Vd. un desprecio.
--Yo no desprecio á Vd.
--¡Pero no me quiere dar oídos!
--Eso no; ni pasarse, ni llegarse.{88-3}
--Si no es hoy, mañana será; ó he de poder poco.
--Señor, exclamó azorada y ofendida Varmen. No exprima Vd. tanto la
naranja que amargue el zumo;{88-4} y déjese de andar tras de aquello que
no ha de alcanzar.
--¡Á carrera larga nadie escapa!, repuso el guarda, cogiendo su escopeta
y alejándose.
La pobre Varmen quedó atribulada; y al domingo siguiente, cuando fué al
lugar, le contó al cura, que era su confesor, lo que le había pasado con
el guarda, y tenía perturbado su ánimo, hasta entonces tan sereno.
El cura, sin tener un talento sobresaliente, ni una santidad que llamase
la atención, era uno de esos sacerdotes, cuyo carácter, inclinaciones,
estudios, educación, ocupaciones y hábitos los hacen perfectamente aptos
para el desempeño de su ministerio. Con él{88-5} estaba hacía{88-6}
muchos años tan identificado el cura, que unido esto{88-7} al
conocimiento individual que tenía de cuantos componían su rebaño le
hacían{88-8} un pastor modelo. Hemos dicho _modelo_, y no _ideal_,
porque los ideales son escasos. Por esto se haría mal en no apreciar lo
que es muy bueno, sólo porque no llega al apogeo ó ideal de la
perfección, en vista de que esto sólo lo hallamos, en realidad, en la
vida de los entes privilegiados que han merecido el dictado de Santos, y
ficticiamente, en las creaciones de los poetas, que hacen bien en
presentarlo para enaltecer á la humanidad, pero que harían mal si lo
presentasen para desprestigiar y deprimir á aquello que no se eleva á
tanto.
--No te inquietes, ni temas, le dijo el cura, pues no tienes por qué;
que «Culpa no tiene quien hace lo que debe.» Y tú{89-1} lo que debes
hacer, es no dar oídos á ese hombre.
Al domingo siguiente volvió á hablarle al cura, más asustada, más
acongojada aún, y le dijo que el guarda la perseguía y hostigaba con su
amor, de manera que no la dejaba vivir,{89-2} y hasta había llegado á
amenazarla, si se mantenía en no darle oídos.
--Sosiégate, hija, y no temas, la contestó el cura. Todas esas son
tretas de que se valen los hombres para perder á las inocentes como tú.
«Obra bien... ¡Que Dios es Dios!»
Al tercer domingo, la pobre joven se mostró más afligida y atemorizada
que nunca; la obstinación del guarda, su vehemencia y sus amenazas, la
hacían temer una desgracia si le exasperaba más con sus negativas.
«Haz lo que debas y suceda lo que suceda.» Así terminó el cura los
consejos paternales que le dió, para que siguiese impávida en la senda
de la virtud.
Á los pocos días, habiendo salido Varmen al olivar para buscar una
gallina que se había extraviado, se presentó de repente á su vista el
guarda. Varmen, asustada, se volvió presurosa{90-1} dirigiéndose hacia
la hacienda.
--¿Huyes? le dijo su perseguidor. ¡Huyes de mí, porque te acusa la
conciencia!
--¿La conciencia? contestó Varmen. «Culpa no tiene quien hace lo que
debe.»
--¿Tú te has parado á considerar, prosiguió el guarda, lo que es, y lo
que puede resultar de exasperar á fuerza de desprecios á un hombre como
yo? ¿Tú sabes de lo que{90-2} soy capaz? ¿Sabes que puedo perderte?
--«Obrar bien... ¡Que Dios es Dios!» contestó Varmen, con la calma
propia en el momento de las grandes crisis.
--¡Varmen! por última vez... ¿me desechas?
--Sí, contestó Varmen con la palidez del pavor en el rostro, y la
firmeza del buen propósito en el acento.
--Pues sábete, ingrata, que en su vida{90-3} este á quien ofendes ha
dejado hueco entre el agravio y la venganza; que eso en la sangre
lo{90-4} tengo, y lo mamé con la leche que me crió.
--Y yo, con la buena enseñanza cristiana que he mamado, tengo en el alma
este otro propósito: «Haz lo que debas y suceda lo que suceda.»
--¡Hola! ¡ya caigo! dijo con concentrada ira el guarda. El que te dirige
es el cura. ¡Á ése, á ése, es al que{90-5} debo tus repulsas, que no he
podido vencer; tus desdenes que no he podido desarmar, tu dureza que no
he podido ablandar! ¡Pues él pagará por él y por ti! Mañana me voy; no
volverás á verme; ¡pero por estas que me afeito, que te acordarás de mí
mientras memoria tengas!
Diciendo esto, el guarda se alejó rápidamente y desapareció entre los
olivos.
Á la mañana siguiente, vió entrar el cura en su casa á Varmen, la que
deshecha en lágrimas le refirió lo que le había pasado.
--No te apures, hija, le dijo, cuando hubo concluido de hablar: ésos son
espumarajos del coraje, que cae cuando la razón vuelve á adquirir su
imperio.
--¡Padre, no le conocéis! repuso sollozando Varmen, es un desalmado. ¡No
salgáis, por Dios, mañana; que os va á matar!
--Sosiégate, hija, que va mucho de hacer una amenaza á{91-1} cumplirla.
--Padre, repitió acongojada Varmen, no le conocéis; tiene echada el alma
atrás,{91-2} y cumplirá la amenaza; ¡lo ha jurado!
--Pues, hija, repuso el cura, «Haga yo lo que deba, y haga Dios lo que
quiera.»{91-3}