Pero si era aflictiva la situación de espíritu de la madre, éralo{64-2}
mucho más la del padre. Aquélla estaba traspasada de dolor; en éste, el
dolor se agravaba con un remordimiento agudísimo. Contaremos brevemente
el peregrino caso, advirtiendo que esto quizás parecerá en extremo
pueril á algunos; pero á los que tal crean, les recordaremos que nada es
tan ocasionado á puerilidades como un íntimo y puro dolor, de esos en
que no existe mezcla alguna de intereses de la tierra, ni el desconsuelo
secundario del egoísmo no satisfecho.
Desde que Celinina cayó enferma, sintió el afán de las poéticas fiestas
que más alegran á los niños: las fiestas de Navidad. Ya se sabe con
cuánta ansia desean la llegada de estos risueños días, y cómo les
trastorna el febril anhelo de los regalitos, de los nacimientos, y las
esperanzas del mucho comer{65-1} y del atracarse de pavo, mazapán,
peladillas y turrón. Algunos se creen capaces, con la mayor ingenuidad,
de embuchar en sus estómagos cuanto ostentan la Plaza Mayor y calles
adyacentes.
Celinina, en sus ratos de mejoría, no dejaba de la boca el tema de la
Pascua; y como sus primitos, que iban á acompañarla, eran de más edad y
sabían cuanto hay que saber en punto á regalos y nacimientos, se
alborotaba más la fantasía de la pobre niña oyéndoles, y más se
encendían sus afanes de poseer golosinas y juguetes. Delirando, cuando
la metía en su horno de martirios la fiebre,{65-2} no cesaba de nombrar
lo que de tal modo ocupaba su espíritu, y todo era golpear tambores,
tañer zambombas, cantar villancicos. En la esfera tenebrosa que rodeaba
su mente, no había sino pavos haciendo _clau clau_; pollos que gritaban
_pío pío_; montes de turrón que llegaban al cielo formando un Guadarrama
de almendras;{65-3} nacimientos llenos de luces y que tenían lo menos
cincuenta mil millones de figuras; ramos de dulce; árboles cargados de
cuantos juguetes puede idear la más fecunda imaginación tirolesa; el
estanque del Retiro lleno de sopa de almendras; besugos que miraban á
las cocineras con sus ojos cuajados; naranjas que llovían del cielo,
cayendo en más abundancia que las gotas de agua en día de temporal, y
otros mil prodigios que no tienen número ni medida.