II

Allá, en lo más hondo de la casa, sonaban gemidos de hombres y mujeres.

Era el triste lamentar de los padres, que no podían convencerse de la

verdad del aforismo, _angelitos al cielo_,{62-1} que los amigos

administran como calmante moral en tales trances. Los padres creían

entonces que la verdadera y más propia morada de los angelitos es la

tierra; y tampoco podían admitir la teoría de que es mucho más

lamentable y desastrosa la muerte de los grandes que la de los pequeños.

Sentían, mezclada á su dolor, la profundísima lástima que inspira la

agonía de un niño, y no comprendían que ninguna pena superase á aquella

que destrozaba sus entrañas.

Mil recuerdos é imágenes dolorosas les{63-1} herían, tomando forma de

agudísimos puñales que les traspasaban el corazón. La madre oía sin

cesar la encantadora media lengua de Celinina, diciendo las cosas al

revés, y haciendo de las palabras de nuestro idioma graciosas

caricaturas filológicas que afluían de su linda boca como la música más

tierna que puede conmover el corazón de una madre. Nada caracteriza á un

niño como su estilo, aquel genuino modo de expresarse y decirlo todo con

cuatro letras, y aquella gramática prehistórica, como los primeros

vagidos de la palabra en los albores de la humanidad, y su sencillo arte

de declinar y conjugar, que parece la rectificación inocente de los

idiomas regularizados por el uso. El vocabulario de un niño de tres

años, como Celinina, constituye el verdadero tesoro literario de las

familias. ¿Cómo había de{63-2} olvidar la madre aquella lengüecita de

trapo, que llamaba al sombrero _tumeyo_ y al garbanzo _babancho_?

Para colmo de aflicción, vió la buena señora por todas partes los

objetos con que Celinina había alborozado sus últimos días; y como éstos

eran los que preceden á Navidad, rodaban por el suelo pavos de barro con

patas de alambre; un San José sin manos; un pesebre con el Niño Dios,

semejante á una bolita de color de rosa; un Rey Mago montado en

arrogante camello sin cabeza. Lo que habían padecido aquellas pobres

figuras en los últimos días, arrastradas de aquí para allí, puestas en

esta ó en la otra forma, sólo Dios, la mamá y el purísimo espíritu que

había volado al cielo lo sabían.

Estaban las rotas esculturas impregnadas, digámoslo así, del alma de

Celinina, ó vestidas, si se quiere,{64-1} de una singular claridad muy

triste, que era la claridad de ella. La pobre madre, al mirarlas,

temblaba toda, sintiéndose herida en lo más delicado y sensible de su

íntimo ser. ¡Extraña alianza de las cosas! ¡Cómo lloraban aquellos

pedazos de barro! ¡Llenos parecían de una aflicción intensa, y tan

doloridos, que su vista sola producía tanta amargura como el espectáculo

de la misma criatura moribunda, cuando miraba con suplicantes ojos á sus

padres y les pedía que le quitasen aquel horrible dolor de su frente

abrasada! La más triste cosa del mundo era para la madre aquel pavo con

patas de alambre clavadas en tablilla de barro, y que en sus frecuentes

cambios de postura había perdido el pico y el moco.

Spanish short stories · 第 36 / 94 题