Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas que pasaron después.
I
Durante una semana estuve distraído por pesares que no vacilo en
llamar domésticos. El niño de Camila, mi vecina, se puso tan malito,
que daba dolor verle y oirle. Cubriósele el cuerpo de pústulas. Todo
él se hizo llaga lastimosa. Martirio tan grande habría abatido la
naturaleza de un hombre, cuanto más la de una tierna criatura que no
podía valerse. Admiré entonces la perseverancia del cariño materno de
Camila, y además una cualidad que yo no sospechaba existiese en ella,
el valor; esa energía inflexible en el cumplimiento de las acciones
pequeñas y obscuras, que sumadas dan una resultante de que no sería
capaz tal vez cualquiera de los héroes públicos que yacen debajo de un
epitafio. El mundo me había dado á mí muchas sorpresas; pero ninguna
como aquélla. Francamente, no creí que una mujer que me pareció tan
imperfecta y llena de feos resabios, desplegase tales dotes. Siete
noches seguidas pasó la infeliz sin acostarse, con el pequeñuelo sobre
su regazo, amamantándole, arrullándole, curándole las ulceraciones de
su epidermis con un esmero y una paciencia que sólo las madres de buen
temple saben tener. Constantino y yo veíamos con pena tanta abnegación,
temiendo que enfermara; pero su potente organismo triunfaba de todo.
Eloísa y su madre la instaban á que buscara un ama para que el chico
no la extenuase, pues en sus postrimerías Alejandrito era voraz y no
se hartaba nunca. Pero Camila esquivaba disputar sobre este punto, y
no quería que le hablaran de nodrizas. Estaba decidida á salvarle ó á
sucumbir con él. Ella era así: ó todo ó nada. Tenía el capricho de ser
heroína. Quería saltar de mujer sin seso á mujer grande. «O sacarle
adelante ó morirme con él», repetía; pero Dios no quiso que ninguno de
los términos de este dilema se cumpliese, y al sexto día Alejandrito
fué atacado de horribles convulsiones, que le repitieron á menudo,
hasta que el séptimo, una más fuerte que las demás se lo llevó. Aquel
día funesto, Camila me pareció más madre que nunca. La flexibilidad
pasmosa de su carácter y su desenvoltura quedaban obscurecidas bajo
aquel tesón grave. No creí, no, que entre tal hojarasca existiese joya
tan hermosa. A ratos se le conocía el genio por la rapidez febril con
que tomaba las resoluciones y por la inconstancia de sus juicios.
Sólo el sentimiento era en ella duradero y profundo. Añadiré una
circunstancia que me llegaba al alma, y era que consultaba conmigo
toda dificultad que ocurriese aun en cosas de que yo no entendía una
palabra. Por corresponder á esta noble confianza, daba yo mi parecer
al tirón, sin detenerme á considerar lo que saldría de juicios tan
atropellados. «José María, ¿te parece que haga calentar esta ropa antes
de ponérsela?... José María, ¿te parece que le dé dos cucharadas de
jarabe en vez de una?... José María, ¿me hará daño café puro para no
dormir? ¿me irritará?...» A todo contestaba yo lo primero que se me
ocurría, después de mirar á Constantino en una especie de deliberación
muda. Rara vez aventuraba Miquis opinión concreta, y cuando la emitía,
de seguro era un gran disparate. Yo era el oráculo de la casa en todo.
Por fin, el nene dejó de padecer. Bien hizo Dios en llevársele,
abreviando su martirio. Se fué de la vida, sin conocer de ella más que
el apetito y el dolor. Fué un glotón y un mártir. Se quedó yerto en el
regazo de su madre, y nos costó trabajo apartar de los brazos y de la
vista de ella aquel lastimoso cuerpecito, que parecía picoteado por
avecillas de rapiña. Con sus besos quería Camila infundirle vida nueva,
dándole la que á ella le sobraba. La separamos al fin, llevándola
á que descansara. La Camila normal reapareció al cabo; la muchacha
sin juicio que en otro tiempo había querido tomar fósforos porque la
privaban de su novio. Hubo convulsiones, llanto, risa nerviosa; habló
de matarse; deliró cantando; nos dijo que la habíamos robado á su
niño... Por último, se calmó: cesaron las extravagancias, y la loca,
que también había sabido cumplir sus deberes, se encastillaba al fin en
la conformidad cristiana; invocaba á Dios, y llorando hilo á hilo, sin
espasmos ni alboroto, tenía el valor de la resignación, más meritorio
que el del combate.
Mientras la mujer de Augusto Miquis y María Juana amortajaban al niño,
yo dije á Constantino:
--Quiero hacerle un entierro de primera. Corre de mi cuenta, y no
tenéis que ocuparos de nada.
En efecto: al día siguiente piafaban á la puerta de casa seis caballos
hermosos, con rojos caparazones recamados de plata, tirando de la
carroza fúnebre-carnavalesca más bonita que había en Madrid. Llevamos
el cuerpo al cementerio con la mayor pompa posible. Yo tenía cierto
orgullo en esto, y me complacía en asomarme por la portezuela de mi
coche y ver delante el movible catafalco, el meneo de los penachos de
los caballos, y el tricornio y peluca del cochero. Yo pensaba que si
los niños difuntos abrieran sus ojos y vieran aquello, les parecería
que les llevaban á la tienda de Scropp. Cuando regresamos, después de
cumplida la triste obligación, Camila estaba en su cuarto, acostada
en un sofá, envuelta en espeso mantón, los puños cerrados apretando
fuertemente un pañuelo contra los ojos. Su madre le había repetido
hasta la saciedad todas las variantes posibles del _angelitos al
cielo_. Acerquéme á ella para preguntarle cómo estaba, y me expresó su
gratitud con ardor y cordialidad grandes, entre lágrimas y suspiros,
estrechándome una y otra vez las manos. ¿Y por qué tantos extremos? Por
un entierrillo de primera. Verdaderamente no había motivo para tanto, y
así se lo dije; pero una secreta satisfacción llenaba mi alma.
En los días sucesivos la calma se fué restableciendo poco á poco, y el
consuelo introduciéndose lentamente en el espíritu de todos. Camila
era la más rebelde, y defendió por algunos días su dolor. El vacío
no se quería llenar. La soledad misma en que había quedado érale más
grata que la compañía que le hacíamos los parientes, y huía de nuestro
lado para volver sobre su pena á solas. Por fin, los días hicieron su
efecto. La veíamos ocupada y distraída con los menesteres de la casa,
y al cabo atendiendo con cierto esmero á engalanar su persona. Este
síntoma anunciaba el restablecimiento. La ví con placer recobrar su
gallardía, su agilidad pasmosa, y el vivo tono moreno y sanguíneo de
sus mejillas. La salud vigorosa tornaba á ser uno de sus hechizos,
volviendo acompañada de aquel humor caprichoso y voluble, que era la
parte más característica de su persona. Resucitaba con sus defectos
enormes; pero se engalanaba á mis ojos con una diadema de altas
cualidades que, á más de hacerse amables por sí mismas, arrojaban no sé
qué fulgor de gracia sobre aquellos defectos.
Tratábame con familiaridad jovial, exenta de toda malicia. La
afectación, esa naturaleza sobrepuesta que tan gran papel hace en la
comedia humana, no existía en ella. Todo lo que hacía y decía, bueno ó
malo, era inspiración directa de la naturaleza auténtica... Su trato
conmigo era de extremada confianza, y solía contarme cosas que ninguna
mujer cuenta, como no sea á su amante. Cualquiera que nos hubiese oído
hablar en ciertas ocasiones, habría adquirido el convencimiento de que
nos unía algo más que amistad y parentesco. Y, no obstante, no cabía
mayor pureza en nuestras relaciones.
Mil veces, conociendo su penuria, hícele ofrecimientos pecuniarios;
pero ella nunca aceptaba.
--No quiero abusar --decía--: bastante es que no te hayamos pagado
la casa este mes, y que probablemente no te la pagaremos tampoco el
próximo. Pero el trimestre caerá junto. Para entonces me sobrará
dinero. No te creas, me he vuelto económica. Tú mismo me has visto
haciendo números por las noches y estrujando cantidades para sacarme un
vestidillo.
Y era verdad esto. Algunas noches me la había encontrado garabateando
en una hoja de la _Agenda de la cocinera_, destinada á los cálculos.
Por cierto que las apuntaciones de la tal hoja no las entendía ni
Cristo. Eran un caos de vacilantes trazos de lápiz. Examinando aquellas
cuentas, me reí más... Noté que los _treses_ que hacía parecían
_nueves_, y los infelices _cuatros_ no tenían figura de números
corrientes. Yo iba en su auxilio, porque comprendí, tras brevísimo
examen, que Camila no sabía sumar.
--¿Pero qué educación te han dado, chiquilla?
Y ella me contestaba candorosamente:
--Ahora me la estoy dando yo misma. La necesidad obliga.
A veces me llamaba, me hacía sentar junto á la mesa del comedor y
rogábame fuera apuntando las cantidades que ella me decía para sumarlas
después. Con cuánto gusto lo hacía yo, no hay para qué decirlo. Cuando
era ella quien trazaba los números, hacía muecas con los labios, como
los chiquillos cuando están aprendiendo palotes.
--Ya, ya me voy _jaciendo_ --decía con gracia.
Por fin, salía del paso y hallaba la suma exacta. Los progresos, bajo
el espoleo de la necesidad, eran rápidos y seguros. Eloísa también era
poco fuerte en cuentas gráficas, enfilaba mal las columnas, sacaba unas
sumas disparatadas; pero de memoria hacía prodigios. Más de una vez me
quedé absorto viéndola sumar cifras enormes sin equivocarse ni en una
unidad. Había adquirido el hábito de calcular de memoria. Camila, en
cambio, no daba pie con bola sin ayuda del lapicito, un sobado pedazo
de madera negra que apenas tenía punta.
--Ya me podías regalar un lápiz --me dijo un día.
Le llevé un lapicero de oro.
Y volví á rogarle me confiara su situación económica, que, por ciertos
indicios, conceptuaba poco desahogada. Doña Piedad, su suegra, se
había reconciliado con Constantino; pero las remesas metálicas eran
escasas, y las en especie, como arrope, cecina, queso y azafrán, no
suplían ciertas necesidades. Camila mostrábase siempre muy reservada
conmigo en este capítulo de sus apuros. Un día, no obstante, debió de
causarle apreturas tan grandes la insuficiencia de su presupuesto, que
se resolvió á hacer uso de la generosidad que yo le ofrecía. Observéla
aquella tarde un poco seria, inquieta; pero no hice alto en ello.
Estaba yo leyendo el periódico militar de Constantino, cuando se acercó
á mí despacito por detrás de la butaca. Inclinóse y sentí en mi rostro
el calor del suyo. Híceme el distraído y oí como un susurro. Bien podía
creer que mi ruido de oídos me fingía esta frase:
--José María, me vas á hacer el favor de prestarme dos mil realitos.
Pero no era el moscón de mi cerebro: era ella la que me hablaba. Luego
soltó una carcajada, repitiendo la petición en tono más adecuado á su
temperamento normal.
--Nada, nada, que me los tienes que prestar. Si no, por la puerta se va
á la calle... No te creas, te los devolveré el mes que entra.
Me supo tan bien el sablazo, que casi casi lo consideré como una
fineza, como una galantería. La verdad, si no hubiera andado por allí,
entrando y saliendo á cada rato, el gaznápiro de Miquis, le doy un
abrazo. Faltóme tiempo para complacerla. Si conforme me pidió cien
duros, me pide mil, se los entrego en el acto.