Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente.
Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con
el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que
me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para
penetrar hasta donde estaba lo importante, tuve que desmontar una capa
enorme de apuntes y notas sobre la _Sociedad de niños_ y otros asuntos
que no venían al caso. Todo lo que había sobre la administración de la
casa era incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos
de su antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á
poco fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que
era ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme
Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de
la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como,
por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado
dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que
había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que
se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos
pertenecientes á la _Sociedad de niños_, y era forzoso restituirlos.
Sin rodeos pinté á mi prima la situación.
--Estás arruinada --dije--. Si no se acude pronto á salvar lo poco que
aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como
alguien no se la dé por caridad.
Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda
propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho,
díjome entre suspiros:
--Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón tú
lo que quieras.
Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se
despedirían casi todos los criados que quedaban; se procuraría
alquilar la casa, lo cual era difícil como no la tomase alguna
Embajada. Se venderían los cuadros de primera, los de segunda, y todas
las porcelanas y objetos de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque
fuera por el tercio de su valor, ó por lo que quisieran dar; y como
fin de fiesta, la familia se sometería á un presupuesto de sesenta ó
setenta mil reales todo lo más.
--¡Almoneda total! --exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el
suelo.
No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre mí,
pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en un
período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas.
Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica.
¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y
pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza
entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos
salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila
y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que
los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo
fuera su difunto amo.
Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta
horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar
en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese
resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia de
un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en nombre
de Eloísa negándome á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los
Tribunales. Por fin, después de pensarlo mucho y de consultar el caso
con personas prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho
mil duros y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para
que la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar
cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de
adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la
testamentaría.
Y Eloísa me decía con efusión:
--En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina.
¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su
honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios
administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto
al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no
estuviese de por medio su madre.
Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad que
verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones y
rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en principio;
pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces ví más clara
que nunca una de las notas fundamentales del carácter de Eloísa, y era
que cuando se le proponía algo, contestaba con dulzura conformándose;
pero después hacía lo que le daba la gana. Sus palabras eran siempre
dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer nunca resistencia directa,
ni dar la cara en su sistemática autonomía, llevaba adelante el
cumplimiento de su voluntad con acción lenta, sorda, astuta,
resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías.
Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras
suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me
haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica,
todo esto era un mito, y las economías se quedaban en _veremos_...
Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la
casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á
la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se
vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría
perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella
me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se
quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré
obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no
lo creía.
Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un
poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual
concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos
se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era
obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones
más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de
estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos de
aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué á
creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así. La
viudita me mostraba el cariño de siempre; hasta se me figuró advertir
en aquel cariño pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más
ideal, por lo mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto
me daba pena. Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro
casamiento, dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos
concretos, como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay
de mí! pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa
aludía al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra.
Me entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba
nada; quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis
apetitos y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo
la prohibición... ¡jamás!