Al siguiente nos sorprendió Eloísa con otra novedad (pues cada uno de
estos interesantes días traía su sorpresa): un proyecto hermoso, una
colosal reforma que iba á emprender en su palacio para ensancharlo y
mejorarlo. Por los planos que enseñaba á todos los amigos, se veía
que la obra era tan sencilla como grandiosa. Vais á verla. Consistía
en poner al patio una cubierta de cristales, haciendo de él un salón
espléndido, algo como la famosa estufa de Fernán-Núñez. La imitación
de las grandes casas y el afán de rivalizar con ellas, era la demencia
de mi prima... Sigamos con la reforma. Cubierto de cristales el patio,
lo llenaría de plantas soberbias, latanias, rododendros, azaleas,
araucarias, helechos arborescentes; cubriría las paredes con tapices, y
para remate y coronamiento de tan bella obra, había discurrido llamar
en su auxilio á uno de nuestros artistas más ingeniosos y originales.
Sí: Arturo Mélida le pintaría la escocia, una escocia monumental,
una obra no vista, lo más elegante, lo más inspirado que se podría
imaginar. Eloísa daba cuenta de ella como si la estuviera viendo. El
día anterior había convidado á comer al célebre arquitecto, pintor,
escultor y dibujante, el cual le había explicado su idea. Sería una
procesión de figuras helénicas representando todos los ideales del
mundo antiguo y los prodigios del moderno: la Filosofía peripatética
y el Teléfono de Edison, las Matemáticas de Euclides y la Educación
física de Spencer, el Osiris egipcio y la Vacuna de Jenner, la
Geografía de Herodoto y el Cosmos de Humboldt, el barco de Jasón y el
acorazado de Zamuda, los Vedas y el Darwinismo, Euterpe y Wagner...
Eloísa daba cuenta de la obra, cual si la estuviese viendo, aunque
equivocaba las citas, por no ser muy fuerte su erudición. Se me figuró
que echaba chispas como un cuerpo electrizado. Le tomé el pulso, y...
pueden creerme, tenía calentura. La pluma misteriosa se le atravesaba
en la garganta, haciéndole tragar mucha saliva. En toda la noche no
habló de otra cosa. Hubiera deseado hacer la reforma en un día, y que
el gran artista se la pintara en unas cuantas horas por arte mágico.
--Será una maravilla --dijo Manolito Peña--. Veremos aquí las _Mil y
pico de noches_.
Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su
mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán,
y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque
sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas,
que entusiasman á las señoras de la tribuna de _idem_. Él y Gustavo
Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más
alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados.
Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado
en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse
platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que
no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba
resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había
reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y más
encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico; pero se
trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más radicales
que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba en su
conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con él
preferencias que hacían poner el paño en el púlpito al _Saca-mantecas_.
El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los cuarenta
años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar, me
apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos;
entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en
1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba
fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo,
caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy
buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por
culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no
eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo
como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con
delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas
no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro
y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones
que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é
hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su
vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á
la marquesita de Casa-Bojío.
El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba ningún
jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á veces á
sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para divertir
á la gente; y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su
espíritu, no había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general,
la vanidad y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo.
Sus teorías ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente
de su escogido público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las
paradojas salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de
aquel fárrago de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo
de perspicacia que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social,
lo esclarecía con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia
despedía una claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero
con ella se veía siempre algo, á veces mucho.
Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente
general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el
sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el
panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe
II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una
buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una
noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y
vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero.
¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde
los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia!
Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso
de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas
tenían al dinero una ojeriza especial de raza. ¡Ah! sí: al contrario
de ciertos perros, que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los
poetas ladran siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador
pasó revista á las comedias en que se pone de vuelta y media á los que
tienen cuartos, ensalzando á los pobres.
--Porque, fijarse bien --decía--: en la conciencia general se asocian
las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia
en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por
herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que
el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por
eso no la quiero escribir...
Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su antojo
con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de nuestro
decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de las
cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que
es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable,
la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago
es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre
base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo XIII
viene haciéndose entre nosotros una propaganda cargantísima contra el
comer. La caballería andante primero y el misticismo después han sido
la religión del ayuno, el desprecio de los intereses materiales. Ya
tenéis aquí un principio de muerte; ya tenéis atrofiado uno de los
principales nervios del poder de una nación: la propiedad. No dicen
_la propiedad es un robo_, como los socialistas modernos; pero les
falta poco para decir que es pecado. La caballería funda la gloria en
no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La mayor riqueza es
ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En fin, estupideces, y
por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que entonces se llamaba
el _Demonio_, es lo que nosotros llamamos _jabón_. Todos los desprecios
acumulados sobre la propiedad, sobre el buen comer y la cómoda
satisfacción de las necesidades de la vida, vienen á reunirse sobre
la infeliz moneda, á quien se mira como el origen de todos los males.
Los que durante una vida de trabajo se han hecho ricos, concluyen por
arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones pías. El orgullo está
en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir limosna. Jamás se ofrecen
como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo, sino la miseria, el desaseo y
la sarna. No hay un santo en los altares que no haya ido allí por haber
cambiado el oro por las chinches.
--Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas!
(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.)
--Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos,
los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la
suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber
agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra,
comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y
á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio
y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones... ¿Ustedes no saben
quiénes son estos caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio,
conocen la vida de San Pedro Regalado y de otros tales que están en el
Cielo por predicar que no debíamos comer más que tronchos de berza y
algún pedazo de suela mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido
á ser una raza de médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin
energía moral, ni intelectual, ni física; una raza ingobernable...
Claro, con la tan ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos
de pie. Nuestro imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros
tan frescos. Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo
á los ricos y arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y
prosa, hemos dejado perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de
fantasmas, perversa hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos
visto la extinción de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno
siglo XIX, después de haber dormido la mona mística, nos encontramos
con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos viven bien,
nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la cuenta de que
el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de que el lavarse no
es malo, de que el comer es excelente, y de que las materialidades de
la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras ellos, queremos comer
también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes, si hemos perdido la
fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad han despoblado nuestras
encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto empeño tenemos en mascar y
digerir como los demás, que al fin y al cabo... como esto no exige
largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la
dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué
llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil
de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas»,
que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una
torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué
aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la
mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de
repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á
probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido...
Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio.
--Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted!
--¡Naturalismo!
--Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con
tenazas lo que dice.
Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo esclarecía
con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de alcohol,
vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara contra él
protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo! Por Dios, ¡qué
naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos socorridos anatemas
sirven para todo.