Ningún día de gran comida dejó Eloísa de sorprendernos con alguna
novedad, añadida á las riquezas de su bien puesta casa. Aquella noche
(una de tantas), al entrar en el segundo salón, ví dos personas, cuyo
rostro, facha y traje parecían completamente anómalos en tal sitio.
Eran dos pinturas: la una de Domingo, la otra de Sala. Mi prima las
había adquirido aquella semana, y no me había dicho nada para darme
la gran sorpresa en la noche del jueves. Habíalas colocado á los dos
lados de la puerta que comunicaba el salón con su gabinete, y puso ante
cada una un reflector con vivísima luz, que, iluminando de lleno las
figuras, las hacía parecer verdaderas personas. Ambas eran de tamaño
natural y de más de medio cuerpo. La de Domingo era un viejo, un pobre,
quizás un cesante, vestido de tela gris, arrugado el rostro, plegados
los ojos. Creeríase que la luz del reflector ofendía su cansada vista,
y que nos miraba con displicente miopía, ofendido y cargado de nuestro
asombro. Porque no ví jamás pintura moderna en que el Arte suplantara
á la Naturaleza con más gallardía. El toque era allí perfecto símil
de la superficie de las cosas, y se veía que, sin esfuerzo alguno,
el pincel, convertido en poder fisiológico, había hecho la carne, la
epidermis, el músculo, los cañones de la mal rapada barba, el pelo
inerte, y, por fin, el destello y la intención de la mirada. Aquel
mismo toque habilísimo era luego la lana y el algodón de la ropa, la
seda mugrienta del fondo.
--Esto ya no es pintar --decía Eloísa, sacando las cosas de quicio--:
es hacer milagros.
La figura de Sala era una chula. Contemplándola, todos nos reíamos, y
á todos se nos avispaban los ojos. Los suyos parece que bebían de un
sorbo la luz del reflector y nos la devolvían en una mirada dulce y
llena, significando con ella un _atrévanse ustedes_. Su tez pura, su
entrecejo irónico indicaban tal vez que era una gran señora disfrazada.
El traje, el pañuelo por la cabeza y mantón de Manila podrían
suponerse antojo de un momento para _encaprichar_ la hermosura noble
revistiéndola de las gracias populares. No era una ficción, era la vida
misma. Sin duda iba á dirigirnos la palabra. Nos sonreíamos con su
sonrisa; nos sentíamos mirados por ella, la conocíamos y la tratábamos.
¡Que una superficie cubierta de colores viva y aliente así!... Eloísa
no cesaba de decir, gozando en nuestra admiración:
--¡Qué alma tiene!
La dama enchulada y el viejo pobre fueron el éxito de aquel jueves,
como en el precedente lo habían sido dos tapices antiguos, cartones de
Brueghel, que decoraban el comedor. Pero dejemos las cosas que parecían
personas, y vamos á las personas que parecían cosas. Uno de los
principales devotos de mi prima era el marqués de Fúcar. A cada lado de
la chimenea del segundo salón había tres sillones, uno de los cuales
ocupaba Eloísa. El inmediato se le reservaba al marqués, y respetando
este derecho consuetudinario, cualquiera que lo ocupara se lo cedía
en cuanto él entraba. Era Fúcar bastante viejo; pero se defendía bien
de los años y los disimulaba con todo el arte posible. Era abotagado,
patilludo, de cuello corto, y parecía un cuerpo relleno de paja por su
tiesura y la rigidez de sus movimientos. Se teñía las barbas; y como
los tiempos no consienten la ridiculez de la peluca, lucía una calva
pontifical. Demostraba Fúcar á la señora de Carrillo una como adhesión
caballeresca. A veces, la edad caduca pesaba en su ánimo lo bastante
para convertir aquella devoción en una especie de cariño paternal,
traduciéndose en consejos galantes antes que en galanterías. Muy á
menudo y cuando parecían más interesados en una conversación frívola,
trataban de negocios. Eloísa, que empezaba á pensar mucho en los
fabulosos aumentos que ciertos hombres de pesquis dan á su capital en
poco tiempo, arrastraba la conversación de Fúcar hacia aquel terreno.
--Diga usted, marqués, ¿venderé las _Cubas_ para comprar ese
Amortizable que ha inventado Camacho?
Esta y otras cláusulas parecidas sorprendí más de una vez al acercarme
al grupo.
Fúcar se reía, y después de bromear un poco le aconsejaba lo que creía
más conveniente.
--Oiga usted, marqués: ¿quiere usted hacerme _dobles_ por cinco ó
seis millones nominales? ¿Quién es su agente de Bolsa?... Este tonto
(dirigiéndose á mí) no quiere ir á la Bolsa. Quita allá... No tienes
iniciativa, no tienes ambición. Podrías duplicar tu capital en poco
tiempo si fueras otro.
El marqués echábase á reir, y mirándome...
--Aprenda usted, niño --me decía--. Esto se llama navegar en golfos
mayores.
--Marqués --proseguía ella--, me voy á tomar la libertad de hacerme su
socio. ¿Quiere usted que le dé diez mil duritos para que me los ponga
en las contratas de tabacos? ¿Qué rédito me dará?
--¡María Santísima! ¡qué mujer! --exclamaba Fúcar con alarma jocosa--.
Eloísa, me compromete usted...
--O si no, me los pone en un préstamo del Tesoro.
--Si el Tesoro no pide ya prestado, hija mía. Eso cuando tengamos otra
guerra civil.
--Pues en las contratas de tabacos. ¿A ver? ¿qué rédito?
--Creerá usted que las contratas... --gruñía el marqués fluctuando
entre las bromas y las veras.
--No haga usted caso, marqués --indiqué yo--. Estas mujeres ven todo
con la imaginación. Desconocen la Aritmética: lo único que saben de
ella es multiplicar.
--Sí: las contratas dan muchos millones.
--¿Qué le parece á usted? --decíame Fúcar sin poder contener la risa--.
Me va á descubrir. Me saca los colores á la cara. Aprenda usted, niño,
aprenda. ¡Contratas de tabacos!... Corriente: al año le devuelvo á
usted los diez mil duritos duplicados... Pero me ha de prometer usted
que con ese dinero fundará un _Hospital para fumadores desahuciados_.
La risa del prócer llenaba el salón. Aun los que no podían oir lo que
decía celebraban su gracia. Fúcar era allí muy popular; y envanecido de
ello, gustaba de oirse, hablando, y se enojaba cuando le contradecían.
Conmigo tenía deferencias cariñosas. Una noche, apartándome de un
corrillo de los que allí se formaban, me acorraló contra un mueble para
decirme en secreto:
--_Traviatito_, es preciso que se dedique usted á los negocios para
tener contenta á la señora. No se fíe usted del amor puro. La señora
tiene los espíritus muy metalizados. Me ha preguntado lo que es
_comprar á plazo_, en _voluntad_ y en _firme_. He tenido que darle una
lección de cosas de Bolsa, sin olvidar las triquiñuelas del oficio...
Mucho ojo, que la señora piensa demasiado en el dinero. No se envanezca
usted, y créame: aumente su capital, si puede, no sea que alguno le
desbanque. Usted vale mucho; pero no hay que fiarse, pues se dan
casos...
Otro de los asiduos era el general Morla, hombre muy ameno, verdadera
enciclopedia histórico-anecdótica de Madrid desde el año 34 hasta
nuestros días. Tenía la memoria más prodigiosa que cabe en lo humano:
recordaba la primera guerra civil, toda la historia política y
parlamentaria y toda la chismografía del siglo. Había sido ayudante
del general don Luis de Córdova, luego compañero íntimo de Narváez,
y por fin inseparable amigo de don José Salamanca, cuyos arranques
geniales elogiaba á cada instante. Los motivos secretos de los cambios
políticos en el anterior reinado los sabía al dedillo, y las paredes de
Palacio eran para él de una transparencia absoluta. De las infinitas
trapisondas privadas que amenizan la vida de Madrid, ninguna se le
había escapado. No necesitaba esforzarse para satisfacer todas las
dudas, pues el archivo de su memoria, admirablemente catalogado, le
suministraba sin demora el dato, la noticia ó enredo que se le pedía.
Cuando nos contaba algún lío, hacía mención de la calle, el número
de la casa, el piso; nombraba las personas todas de la familia, y si
no le cortaban el hilo, refería los belenes del padre ó la madre en
la generación anterior. Este narrador entretenidísimo era quizás el
maestro más grande del arte de la conversación que he visto en España.
Cuando se muera no quedará nada de él, pues jamás ha escrito cosa
alguna. Le incitamos á escribir sus memorias, que serían el más sabroso
y quizás el más instructivo libro de la época presente; pero él se
excusa de hacerlo con la pereza y con su poca habilidad de escritor.
En efecto: los grandes conversacionistas rara vez aciertan á interesar
cuando escriben.
Eloísa atendía y agasajaba mucho al anciano general, uno de los
primeros favoritos de la casa. El jueves que faltaba era un jueves
soso y desgraciado. A menudo se formaba en torno á él, en la sala de
juego, corrillo de hombres solos, que era un verdadero festín de la más
sabrosa comidilla. Salía uno de allí con la cabeza dulcemente mareada,
como cuando se ha bebido mucho y bueno, y se adquiría de la humanidad
idea semejante á la que tenemos de la salud después de haber hojeado un
Diccionario de Medicina.
La chismografía del general Morla era puramente histórica. Rara vez
despellejaba á las personas que estaban aún en activo. Otro amigo de la
casa, á quien no nombro, tenía la especialidad de cebarse en la carne
viva, prefiriendo la de los allegados y presentes. Severiano Rodríguez
le llamaba el _Saca-mantecas_, porque se sorbía las reputaciones
crudas. Era persona de intachables formas. En la conversación general,
bromeando con Eloísa ó sus amigas, daba mucho juego. Su galantería
exquisita y refinada encantaba á las damas. Había tenido buena figura,
y aún conservaba restos de ella, presumiendo de ojos vivaces, de un
busto airoso y de pie pequeño. Sin duda daba mucha importancia á su
bigote y su mosca, que, con las canas, habían venido á ser de un rubio
ceniciento. Lo que más me cargaba en aquel hombre era que, al entrar
en cualquier local, echaba miradas furtivas á los espejos para verse y
admirarse. Gozaba fama de afortunado en faldas; pero tenía ya un par de
desventajas casi insuperables: su edad que frisaba en la vejez, y su
falta de dinero. Era uno de los hombres más entrampados de la creación,
y vivía perseguido sin tregua por diferentes espectros en forma de
cobradores de tiendas. Oí contar que sólo en el ramo de perfumería
debía sumas fabulosas.
Cuando hacía corrillo, no perdonaba nada. Más de una vez hizo disección
horrorosa de la pobre marquesa de San Salomó, que no distaba veinte
pasos del lugar de la hecatombe. De Eloísa y de mí, ¿qué no diría?
Severiano me contaba horrores, vomitados por el _Saca-mantecas_ á poca
distancia de nosotros. Tales cosas, por la exagerada malicia y la
mentira que entrañaban, no ofendían como cualquier verdad secreteada
con palabras ambiguas. «Que yo estaba ya tronado; que Fúcar era el
que pagaba; que Manolito Peña estaba en camino de ser mi sucesor en
la plaza de amante de corazón...» Tales majaderías sólo merecían
desprecio. Lo más gracioso era que el _Saca-mantecas_ había hecho
el amor á Eloísa; habíala acosado, durante una temporadilla, con
declaraciones ardientes, en las cuales lo rebuscado de las cláusulas
no ocultaba lo repugnante del desvarío senil. Ultimamente, el despecho
le había vuelto un tanto fosco. Se hacía el interesante, presentándose
con cara de hastío. Saludaba ceremoniosamente á Eloísa, al entrar,
dándole la mano con brazo muy corto. Jugaba al juego del desdén el muy
mamarracho. Bien lo conocía ella y bien se reía de él. Cuando Severiano
ó algún otro amigo interrogaban al _Saca-mantecas_ sobre su actitud
displicente, respondía, inflándose mucho:
--Es que yo me he vuelto ya antidinástico.
¡Y para dar lugar á tales anomalías; para vivir constantemente
acechada, escarnecida, solicitada y requerida, se sacrificaba mi prima
á una etiqueta que no vacilo en llamar _cursi_, pues era una mala
imitación de la ceremoniosa, natural y no estudiada etiqueta de las
pocas grandes casas que tenemos! ¡Y se gastaba tontamente su caudal,
aparentando un bienestar que no poseía, ostentando un lujo prestado
y mentiroso! ¡Y todo por tener una corte de aduladores y parásitos!
¡Comedia, ó mejor, aristocrático sainete! Yo lo presenciaba aquellos
días, y aún no me daba cuenta, por la embriaguez que narcotizaba mi
espíritu, de lo absurdo, de lo peligroso, de lo infame que era.
He dado á conocer algunas de las principales figuras de aquellos
dichosos jueves. Aún faltan bastantes. Entre éstas no merece
preterición una que, como sombra errante, iba de aquí para allí,
atendiendo á todos, diciendo á cada cual una palabra agradable,
jovial con éste, con aquél grave, tocando las distintas cuerdas de
la conversación según el diferente ritmo de cada uno. Era un hombre
enfermo, consumido, lastimoso; era Carrillo, el dueño de la casa,
tan atento á sus deberes y tan esclavo de las reglas de la etiqueta,
que se le veía luchando angustiado con su debilidad para estar en
todo y cumplir correctamente hasta la hora del desfile. Y tan rápida
era su decadencia, que cada jueves parecía estar peor que el jueves
precedente. Daba lástima verle. Un sudor se le iba y otro se le venía.
Sin voz ni aun fuerzas para tenerse de pie, quería obsequiar á Fúcar
con un dicho de negocios, á otro con una frase política, á éste con
una indicación literaria, á aquél con un tema de _sport_. Sus propias
aficiones no se le quedaban en el tintero, y le veíamos sacar del
pecho con fatiga jirones de aliento para explicar los triunfos de la
_Sociedad de niños_.
Cuando ya era tarde y se le veía ¡pobrecito! haciendo los imposibles
por sostenerse en su terreno, Eloísa se iba hacia él, cariñosa, y le
hacía mimos de mamá, incitándole al descanso.
--Retírate, Pepe, no te fatigues. Estás haciéndote el valiente, y no
puedes, hijo mío, no puedes. El calor te hace daño, la conversación te
marea. Te conozco que tienes dolor de cabeza y que lo disimulas. ¿Por
qué eres así? A mí no me engañas: tú padeces y callas. Retírate. José
María y yo iremos después á hacerte compañía si estás desvelado.
Pepe no obedecía. Aun se enojaba un poco, no queriendo que su mujer ni
nadie dudasen de las fuerzas que no tenía. Era como los ciegos que se
empeñan en ver y se amoscan cuando alguien sospecha que ven poco. Era
como los sordos que no confiesan nunca que oyen mal y equivocan todas
las palabras. Contra las advertencias de Eloísa, quería estar en su
puesto hasta el fin, ser obsequioso con todos, y oponerse enérgicamente
á que alguno se aburriera. Siempre estaba dispuesto á hacer la partida
de _whist_ ó tresillo, ó bien á aguantar el chorretazo de ciencias
sociales con que se desahogaba un sabio impertinente de quien todo el
mundo huía como de la peste.
Una noche Fúcar me tocó en ambos brazos, y acorralándome, como de
costumbre, contra la pared, me dijo:
--Hola, _Traviatito_: escúcheme usted un momento. ¿Sabe usted que el
pobre Pepe está muy malo? Ese hombre no llega al verano... Pero voy á
otra cosa. Temo mucho que el _crac_ de esta casa venga más pronto de
lo que creíamos... Lo he sabido hoy por una casualidad. Han tomado
dinero, no sé bien la cifra, hipotecando la _Encomienda_, esa hermosa
finca del Barco de Avila. No podía ser de otra manera. Esta gente no ha
podido apartarse de la corriente general, y gasta el doble ó el triple
de lo que tiene. Es el eterno _quiero y no puedo_, el lema de Madrid,
que no sé cómo no lo graban en el escudo, para explicar la postura del
oso, sí, del pobre oso que _quiere_ comerse los madroños, y por más que
se estira, no _puede_, ¿qué ha de poder?... Porque verá usted. Estas
_juergas_ de los jueves cuestan mucho dinero. Ojo al oso, niño, que, al
paso que vamos, la _débâcle_ no tardará.
Sentí escalofríos al oir esto. Yo lo sospechaba, mejor dicho, lo sabía;
pero en el atontamiento estúpido en que me tenían el amor y la vanidad,
no paraba mientes en ello. La idea de que Eloísa hablase más ó menos
afablemente con el general Chapa (otro tipo de quien hablaré pronto),
absorbía por entero mi atención. Mucho extrañaba que la pícara no me
hubiese dicho nada del préstamo con hipoteca de la _Encomienda_. Era
preciso hablar de esto... Pero sigamos con los jueves.