Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan de
Luz. Eloísa fué con su marido á Biarritz, de donde pasarían á París á
consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarles, y no tuve
tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual á la cita. El
pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más que
en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse á
tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de salir
de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el Hotel de la
calle de _Scribe_. Yo estaba, como siempre, en el de _Helder_. Fácil
nos era á mi prima y á mí vernos y citarnos en la ilimitada libertad
parisiense y aun hacer algunas excursiones cortas á las inmediaciones.
En los cuatro días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un
camarero, en los baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una
independencia que hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba á
mi hotel. Estábamos como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo
que se nos antojaba, almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin
peinarse, á medio vestir; yo vestido también con el mayor abandono;
ambos irreflexivos, indolentes, gozando de la vida como los seres más
autónomos y más enamorados de la creación. En nuestros coloquios,
amenizados por constante reir, nos comparábamos con las dichosas
parejas del barrio latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su
modelo, viviendo al día con dos ó tres francos y una ración inmensa de
amor sin cuidados. Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos
dinero y podríamos paladear mejor tanta dicha. Para gozar á nuestras
anchas de la libertad parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y
nos íbamos á San Germán, almorzábamos en la Terraza, paseábamos por
el bosque, corríamos, nos acostábamos sobre la hierba... ¡Qué horas
tan dulces! Como quien se contempla en un espejo, nos recreábamos en
las muchas parejas que veíamos semejantes á nosotros. Componíanse
de algún extranjero, ávido de echar una cana al aire, y de alguna
_bulevardista_, por lo general de buen parecer y modales un tanto
desenvueltos. En otras parejas se advertía una confianza, una intimidad
que no son propias de las relaciones de un día. Eran amantes, como
nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra, para burlar
con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de las leyes
divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y fatigado;
mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que cautivaba á
Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella gente, y en la
originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de los modistos,
que por tal procedimiento hacían público reclamo de las novedades de la
estación próxima.
Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más
depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la
mañana á las misas aristocráticas de la Magdalena y de la _Capilla
Expiatoria_... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa
quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de
costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes
y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También
solía llevarme á casa de los célebres anticuarios de la calle Real, y á
los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo japonés
abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París estaba al
alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse á llevar un surtido
de telas, vasos, estantillos, dos ó tres biombos, lacas, y hasta
las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran el maravilloso
sentimiento artístico de aquella gente asiática, sólo igualada por la
clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de Carrillo no podía, ya
que felizmente estaba en la capital de la moda, dejar de equiparse
para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas
en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba á ser
la primera. En casa de Worth se encontró á la de San Salomó; á donde
quiera que iba tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa,
y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una
quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose á llevar á Madrid lo
mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que
mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre.
Pero á falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar
numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior había
ordenado yo á mi banquero de París que me vendiera los títulos de 4½
por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía próximamente á unos
ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer á España
aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles urbanos ó en
los títulos creados por Camacho. Cuando fuí á París, Mitjans había
hecho la venta y tenía en su caja, á disposición mía, el líquido de
la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo tomaría
para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en letras
sobre Madrid á la conclusión de la temporada. Tales sangrías dí á
aquel depósito, que cuando fuí á liquidar, sólo me restaban siete mil
francos, que Mitjans me dió en una carta-orden. Y no paró aquí mi
desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué olvidadas
cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que ir á última hora, echando los
bofes, á casa de Mitjans á pedirle un préstamo de cuatro mil francos
para poder volver á España.
Este acontecimiento causóme sobresalto. Era la primera vez en mi vida
que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas leyes de la
Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una distracción
tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera había
percibido siempre la salvadora claridad de los números; que de algo
¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el saludable
ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de loco
desatino podían destruir los efectos de mi educación económica?
No, seguramente no. Mi espíritu, habituado á la contabilidad,
resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de
la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes á los de un
narcótico. Ví la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa,
con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no
naufragase.
Fuí educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso,
sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en
nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre
de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollóse también
en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los
placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el
_tanto_, el verbo inglés, dócil á las órdenes de mi razón; el número,
sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al
verificarse en mí aquel despertamiento, halléme en terreno firme y
dije con resolución: «No, niña mía, esto no puede seguir así.»