Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y la leyenda de las
cuentas de vidrio.
I
A la semana siguiente, instalóse mi prima en su nueva casa. Un día
antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que yo
me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las
dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía
muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta á sacrificar el
amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también
escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con
los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En
ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás
á Carrillo. Unicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia á la
equivocación lamentable de su casamiento. Fué, más que una ceguera de
ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella,
no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo
antes á Madrid? Y ya que no vine antes, cuando hubiera sido ocasión de
casarnos, ¿por qué vine después, cuando ya el conocerme la había de
hacer tan desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa...
Pero ya, ¿qué remedio...? La atracción que á entrambos nos había
unido era más fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible
luchar contra ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación,
el murmullo de la gente, su hijo... el pobre _barbián_, que cuando
creciera oiría decir que su mamita no había sido buena, como deben
serlo todas las mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única
eran acibaradas por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al _qué
dirán_, por el presentimiento de catástrofes y desventuras que es la
sombra fatídica que se hace á sí misma la vida ilegal.
Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... Porque pensar
que podría transcurrir una semana sin vernos á solas, era pensar en la
eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con
cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron
de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas á la vez y como en
un solo aliento. «Nos veríamos en su casa...» «No, no: en la mía...»
«No, no: en otra...» «¿Dónde?...» «Pues nos daríamos cita en tal ó cual
parte...» «Yo arreglaría una casita muy cuca...»
La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor,
idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para
que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el
escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que
debemos al decoro; la publicidad érame antipática; pero, con todo, mi
ventura me ahogaba hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la
vanidad tenía en ella. Erame forzoso mostrar á alguien mis bien ganados
laureles; yo buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso
á la secreta aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada
como con Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida.
Conocía su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba
los suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada;
sólo que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contéle, pues,
todo, y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquél
su estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo
hacer el _niño del mérito_, guardando una reserva que era lo mismo que
poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es
animal de mucho _quinqué_, y, por fin, que los tiempos de notoriedad
que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene á ser una
ventaja de nuestra edad sobre las precedentes.
Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto había
dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias seguían
guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte, con
la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra,
mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en
mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino
aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien
que consideraba eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza
irresistible. Su tenaz cariño era pagado liberalmente por mí con
exaltada pasión, con estimación, hasta con respeto, con todo lo que el
corazón humano puede dar de sí en su variada florescencia afectiva.
Y en cierto modo me recreaba en ella como si fuera algo, no sólo
perteneciente á mí, sino hechura de mi propia pasión. Porque sí: Eloísa
era más hermosa desde que estaba en relaciones conmigo; como mujer
valía más, mucho más que antes. Su elegancia superaba á los encomios
que hacía de ella la lisonja. Desde que se instaló en su nueva y
primorosa vivienda, parecía que había subido de golpe al último grado
de esa nobleza del vestir, que no tiene nombre en castellano. Todas las
seducciones se reunían en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me
puse!... la miraba como miraría el artista su obra maestra. No es esto,
no, lo que quiero decir: mirábala como una planta que yo había regado
con mi aliento, abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero,
criándola para goce mío y recreo de la vista de los demás.
Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto, como
gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de la
familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado,
ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina á la
cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado
mi equilibrio, que á cada momento lo daba á conocer. Si no hacía cosas
ridículas, era porque conservaba muy vivo el respeto exterior de mí
mismo; pero decía majaderías, como las que antes, en boca de otros, me
habían hecho reir mucho.
Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se enfadase,
que mi tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco decorosa
en que yo había puesto á su hija. Pero ninguno se dió por entendido.
O no lo sabían, ó lo disimulaban. Raimundo y María Juana tampoco
chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de que no
hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con el
mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido á esta condescendencia
natural ó estudiada, les correspondía redoblando con respecto á ellos
mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su
tolerancia, ó subvención otorgada á su silencio. No cesaba, pues, de
hacer regalitos á mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y
dinero á Raimundo; compré un piano á Camila, pues el que tenía estaba
ya asmático, y á todos les obsequiaba un día y otro con palcos ó
butacas en los principales teatros.
Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, á quien
constantemente daba sorpresas, añadiendo á sus colecciones objetos
diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble,
antigüedad de mérito ó primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo
cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía,
ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin substancia.
Nunca me pedía nada; pero muy á menudo la observé como atontada
pensando en algún objeto recientemente exhibido en las tiendas de
lujo. Tenía momentos de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos
de tristeza considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta
exaltación con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto.
Este era bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina
antigua, ó un par de tibores de _Sachsuma_. Era á veces el motivo de
sus ansias una delicada pieza de Wedgwood ó una credencia de ébano
y marfil. A esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano
media-cola de Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de
alhajas, pues por el collar de perlas, la _rivière_ de brillantes, una
pulsera de _ojos de gato_, una rosa suelta y varias chucherías, me dejé
en casa de Marabini quince mil duritos.