La comida en casa de Camila.
La casa de Camila era digna de estudio por el desorden que en ella
reinaba. _Sicut domus homo_, se podía decir allí con más razón que en
parte alguna. Todas las cosas, en aquella vivienda, estaban fuera de
su sitio; todo revelaba manos locas, entendimientos caprichosos. Para
honrar mis muebles habían hecho de la sala comedor; en la alcoba, á
más de la cama de matrimonio, había una pajarera, y lo que antes había
sido comedor estaba convertido en balneario, pues Camila, que aun en
invierno tenía calor, se chapuzaba todos los días. La sala había sido
llevada á un cuartucho insignificante, próximo á la entrada, arreglo
que por excepción me parecía laudable, pues contravenía la mala
costumbre de adornar suntuosamente para visitas lo mejor de la casa,
reservando para vivir lo más estrecho, lóbrego y malsano. Fuera de este
rasgo de buen sentido, el conjunto de aquel domicilio no tenía pies ni
cabeza. Lo más culminante en la sala era una mesa de caoba de las que
llaman de ministro, y una cómoda antigua que Constantino había heredado
de su tía doña Isabel Godoy. El piano se había ido á la alcoba,
creyérase que por su pie, pues no se concebía que ninguna ama de casa
dispusiera los muebles tan mal.
En los pasillos, Constantino había tapizado la pared con enormes
y abigarrados carteles de las corridas de toros de Zaragoza y San
Sebastián, y en el gabinete ocupaba lugar muy conspicuo un trofeo de
esgrima compuesto de floretes, caretas, manoplas, con más una espada
de torero y una cabeza de toro perfectamente disecada. Veíase por
allí, así como en el comedor, algún otro mamotreto procedente de la
testamentaría de la señora Godoy. Constantino tenía en su casa todas
las cómodas que no cabían en la de su hermano Augusto. Los muebles
regalados por mí hacían papel brillantísimo en medio de tanta fealdad
y confusión, y cuando, después de recorrer la casa, se entraba en el
comedor, parecía que se visitaba una ciudad europea después de viajar
por pueblos de salvajes. Lo único que hablaba en favor de Camila era
la limpieza, pues todo lo demás la condenaba. Algunas de las láminas
de la historia de Matilde y Malek-Adhel tenían el cristal roto. No ví
una silla que no cojeara, ni mueble que no tuviera la chapa de caoba
saltada en diferentes partes. Muchos de estos siniestros lastimosos,
así como la decapitación de una ninfa de porcelana, y las excoriaciones
de la nariz que afeaban el retrato del abuelo de Constantino, eran
triste resultado de la afición de éste á la esgrima y de los asaltos
que daba un día sí y otro no, yéndose á fondo y acalorándose, sin
reparar que su contrario era indefenso mueble ó bien un cuadro al óleo,
al cual no se podía acusar de crimen alguno como no fuera artístico.
Y á propósito de láminas, alcancé á ver, no recuerdo bien dónde, una
buena fotografía de Constantino, retratado como suelen hacerlo los que
presumen de atletas, esto es, con sencillez estatuaria, el cuerpo á
lo gimnasta, con almilla y grueso cinturón, cruzados los brazos para
que se le viera bien el desarrollo del biceps y de los músculos del
tórax, y con un empaque y mirar arrogante que movían á risa. Camila
estaba retratada de cuerpo entero, y se había puesto ante la máquina
violentando su temperamento para _salir formal_; de modo que, á más de
salir fea, no tenía el retrato ningún parecido.
--Habías de ver esta casa --me dijo Raimundo al oído-- cuando mi
hermanita se pone á tocar frenéticamente el piano, en camisa, y el mulo
de su marido á dar estocadas en todo lo que encuentra al paso.
Yo no había visto nada de esto, pero lo comprendía por los efectos.
Camila nos había recibido muy al desgaire, vistiendo una batilla
ligera, el pelo medio suelto, el pecho tan mal cubierto que recordaba
la inocencia de los tiempos bíblicos, los pies arrastrando zapatillas
bordadas de oro. Nos acompañó un momento para enseñarnos la casa,
diciéndonos:
--Acabo de bañarme. No les esperaba á ustedes tan pronto.
--Esta hermana mía --indicó Raimundo tiritando-- siempre tiene calor.
Se baña en agua fría en pleno invierno. Jamás enciende una chimenea,
y es la vestal encargada de conservar el frío sagrado... ¡Demonio! la
casa es una sorbetera... ¡Que me voy!
Camila nos empujó á Raimundo y á mí fuera de la alcoba, donde á la
sazón estábamos, y dijo á su marido:
--Entretenme á esos tipos un rato, que me voy á arreglar.
Nos llevó Miquis al comedor, donde al punto se personaron dos perros:
el uno grande, de lanas; el otro pequeño y tan feo como su amo. Ambos
hicieron diferentes habilidades, distinguiéndose el feo, que marchaba
en dos pies con un bastón cogido al modo de fusil, y hacía también
el cojito. De repente veíamos á mi prima pasar, medio vestida, como
exhalación. Iba á la cocina. Oíamos su voz en vivo altercado con la
criada... después la sentíamos regresar á su cuarto... llamaba á su
marido con gritos que atronaban la casa.
--Será para que le alcance algo... --decía él sin mostrar mal humor--.
Esto de no tener más que una criada es cargante. Si al menos estuviera
yo en activo, me darían un asistente... ¡Allá voy!
Camila volvía corriendo á la cocina. Necesitaba estar en todo. Aun
así, temía que aquella girafa de Gumersinda echase á perder la comida.
Al poco rato, vuelta á correr hacia la alcoba. Ya estaba peinada;
pero aún no se había puesto el vestido ni las botas. De pronto, oímos
la argentina voz de la señora de la casa que decía con cierto acento
trágico:
--Constantino, traidor... ¿qué, no pones la mesa?
El tal, dándome una prueba de confianza, me rogó que le auxiliara en el
desempeño de aquella obligación doméstica.
--Amigo José María, así irá usted aprendiendo para cuando se case...
Risueño y compadecido, le ayudé de buena gana. Antes había solicitado
Constantino el auxilio de mi primo; pero éste, agobiado por el frío,
no se apartaba del balcón por donde entraban los rayos del sol. Pronto
quedó puesta la dichosa mesa. En la loza y cristalería no ví dos piezas
iguales. Parecía un museo, en el cual ninguna muestra de la industria
cerámica dejaba de tener representación. El mantel y las servilletas,
regalo de la tía Pilar, eran lo único en que resplandecía el principio
de unidad. No así los cubiertos, en cuyos mangos se echaba de ver que
cada uno procedía de fábrica distinta.
No habíamos concluído, cuando entró Eloísa. Al sonar la campanilla,
díjome el corazón que era ella. Raimundo abrió la puerta, y antes de
que mi prima llegara al comedor, le oí estas gratas palabras:
--Pepe no puede venir. Ha tenido miedo al frío... Yo me alegro de que
no salga en un día tan malo, porque puede coger un pasmo.
--Yo sí que voy á pillar una pulmonía en esta maldita casa, donde no se
encienden chimeneas --dijo Raimundo cogiendo su capa y embozándose en
ella.
--No viene Pepe --repitió Eloísa mirándome á los ojos; y al reparar en
mi ocupación, echóse á reir--. Eso, eso te conviene... ¿Y esa loca...?
--Su Majestad está en sus habitaciones --dijo el manchego-- con la
camarera mayor, que es ella misma.
--Constantino --gritó Camila asomándose á la puerta--, traidor, ¿en
dónde me has puesto mi alfiler?
--¡Ah! perdona, hija; me lo puse en la corbata: tómalo y no te enfades.
--¡Que siempre has de ser loca! --dijo Eloísa pasando al cuarto de su
hermana para dejar abrigo y sombrero.
Al poco rato vimos aparecer á la señora de la casa, vestida con
elegante traje de raso negro, bastante guapa, luciendo su hermosa
garganta por el cuadrado escote. Su pecho alto y redondo, su cintura
delgada, sus anchas caderas, dábanle airosa estampa. Podría parecer
bella; pero nunca parecería una señora.
--¡Mujer, cómo te pones!... --exclamó Eloísa, aludiendo sin duda á la
escasez de tela en la región torácica--. ¿Pero estás tonta? ¿A qué
viene ese escote?... No he visto cabeza más destornillada. Y lo que es
hoy no llorarás por polvos.
Lo más característico de Camila era su tez morena. Tenía á veces el
mal gusto de corregir torpemente con polvos y otras drogas aquel aire
gitanesco que daba tan salada gracia á su persona. Y fué tan sin tasa
en aquel día la carga de polvos, que á todos nos pareció estatua de
yeso; y como teníamos confianza con ella, se lo dijimos en coro.
--Pero, Camila... pareces una tahonera.
--¿Sí? --replicó ella riendo con nosotros--. Ahora veréis.
Desapareció, y al poco rato presentósenos en su color y tez naturales.
Sólo las orejas quedaron un poco empolvadas.
--Si me quieren negrucha, aquí estoy con toda mi poca vergüenza.
Sin esperar á oir nuestros aplausos, pegó un brinco y echó á correr
otra vez hacia lo interior de la casa. Pronto reapareció para decir á
su marido:
--Nos sobra el cubierto de Pepe. ¿Por qué no avisas á tu hermano
Augusto, de paso que vas por el postre?
--Yo no... Ya sabes que no puede venir --replicó el marido tomando su
capa para salir.
--Pues déjalo: así tocaremos á más.
Después, vuelta á la cocina, donde la oímos disputar á gritos con la
girafa. Constantino no tardó en regresar, trayendo el postre en un
papel, que se engrasó de la bollería á la casa. Mientras yo le abría la
puerta, oí la voz de Camila que desde la cocina clamaba:
--Váyanse sentando... Allá va la sopa.
El convite fué digno de los anfitriones. Por la hora debía de ser
almuerzo; por la calidad de los platos era almuerzo y comida; por
la manera de estar condimentados y el desorden é incongruencia que
reinaban en todo, no tenía clasificación posible. Sirviéronnos un
asado, el cual para ser tal debió permanecer media hora más en el
fuego. «Ustedes dispensarán que esto esté un poco crudo», nos decía
Camila. En cambio, el pescado _al gratin_ se había tostado y estaba
seco y amargo. A los riñones habían echado tal cantidad de sal, que no
se podían comer. Por vía de compensación, otro plato que apenas probé
no tenía ni pizca...
--Pero, hija --dijo Eloísa riendo--, tu cocinera es una alhaja.
--Dispensa por hoy... --replicaba la hermana--. Se hace lo que se
puede. No me critiquen, porque no les volveré á convidar.
--Descuida, que ya tendremos nosotros buen cuidado de no caer en la red
otra vez --le contestó Raimundo.
Se había sentado á la mesa embozado en su capa, quejándose de un frío
mortal, renegando de los dueños de la casa, y jurando que no volvería
á poner los pies en ella sin hacerse preceder de una carga de leña.
Al servir el segundo plato, se cayó en la cuenta de que no había vino
en la mesa, de cuyo descubrimiento resultó un gran altercado entre
Constantino y su mujer.
--Tú tienes la culpa... tú... que tú... Siempre eres lo mismo. Así
salen las cosas cuando tú te encargas de ellas... ¡Tonta!... ¡Cabeza de
chorlito!
--¡Ni fuego ni vino! --exclamó mi primo subiéndose el embozo y poniendo
una cara que daba compasión. Parecía que iba á llorar.
--Que salga inmediatamente Gumersinda á buscarlo.
--No, ve tú.
--Como no vaya yo... Hubiéraslo dicho antes.
--¡Ay! qué hombre tan inútil...
--¡Qué tempestad de mujer!
--Lo mejor --dijo la señora de la casa, serenándose después de meditar
un rato-- es que Gumersinda vaya al cuarto de al lado á pedir dos
botellas prestadas á los señores de Torres. Son muy amables y no las
negarán.
Por fin trajeron el vino, y con él templó sus espíritus y su cuerpo mi
primo Raimundo, decidiéndose á soltar la capa.
Camila, á cuya derecha estaba yo, me obsequiaba, valga la verdad, todo
lo que permitía lo estrafalario de la comida. Su amabilidad echaba un
velo, como suelen decir, sobre los innúmeros defectos del servicio.
Repetidas veces tuvo que levantarse para sacar de un mal paso á la
que servía, que era una chiquilla muy torpe, hermana de la cocinera.
Había venido aquel día con tal objeto, y más valiera que se quedara en
su casa, pues no hacía más que disparates. En los breves intervalos de
sosiego, Camila nos hablaba de lo feliz que era, ¡cosa singular! ¡Feliz
en aquel desbarajuste, en compañía del más inútil de los hombres!
Indudablemente Dios hace milagros todavía. Para ponderarnos su dicha,
mi primita no cesaba de hacer alusiones á un cierto estado en que ella
creía encontrarse, y por cierto que sus indicaciones traspasaban á
veces los límites de la decencia. Ya nos contaba que pronto tendría
que ensanchar los vestidos; ya que había sentido pataditas... Luego
rompía á reir con carcajadas locas, infantiles. Yo me confirmaba en mi
opinión. No tenía seso, ni tampoco decoro.
Debo decir con toda imparcialidad que Constantino me pareció un poco
reformado en la tosquedad de sus modos y palabras. Ya no hablaba de sus
superiores jerárquicos con tan poco respeto; ya no decía, como cuando
le conocí: «Me parece que pronto la armamos...» Creyérase que había
sentado la cabeza y adquirido cierto aplomo y discreción, que no se
avenían mal con su creciente robustez corpórea. Parecióme que su mujer
le dominaba, cosa en verdad extraña, pues quien no tuvo ninguna clase
de educación, ¿cómo podía educar y domar á un gaznápiro semejante? La
Naturaleza permite sin duda que dos energías negativas se amparen y
beneficien mutuamente.
Al fin de la comida, Raimundo bebía más de la cuenta: bien claro lo
denotaba, no sólo la merma del contenido de las botellas, sino la
verbosidad alarmante de mi buen primo. Constantino, no queriendo ser
menos, se había desatado de lengua más de lo regular. El uno contaba
anécdotas, pronunciaba discursos, repetía versos y tartamudeaba
penosamente las sílabas _tra_, _tro_, _tru_, mientras el otro decía
cosas saladas y amorosas á su mujer, echándola requiebros en ese
lenguaje flamenco que tiene picor de cebolla y tufo de cuadra. La
discreción relativa, de que hablé antes, se la había llevado la trampa.
Tal espectáculo empezaba á disgustarme.
El café, hecho por la cocinera, era tan malo, que se decidió mandarlo
traer de fuera. Vino pues, el café, mal colado, frío, oliendo á
cocimiento; pero nos lo tomamos porque no había otro. Raimundo y
Constantino se pusieron á tirar al florete. Mi primo no podía tenerse.
La casa parecía un manicomio. Eloísa, su hermana y yo nos fuimos á
la alcoba, donde Camila, sentada junto á mí, hacía mil monerías, que
llamaba nerviosidades. Se recostaba, cerraba los ojos, dejaba ver la
mejor parte de su seno, luego se erguía de un salto, cantaba escalas y
vocalizaciones difíciles, nos azotaba á su hermana y á mí, y concluía
por sacar á relucir aquél su estado que la hacía tan dichosa.
--Ahora sí que va de veras --nos decía--. ¡Y este bruto se ríe, y no lo
quiere creer!
De pronto le entraba como una exaltación ó más bien delirio de
tonterías, y cruzando las manos gritaba:
--¡Ay! ¡qué hijín tan rico voy á tener!... Más mono que el tuyo, más,
más. Me parece que le estoy viendo... No os riáis... ¡Qué sabes tú lo
que es esto, egoísta! Si fueras padre, verías. Y dí, ¿por qué no te
casas? ¿Para qué quieres esos millones? Para gastarlos con cualquier
querindanga... ¡Qué hombres! Francamente, eres asqueroso. Eso, eso, da
tu dinero á las tías. Me alegraré de que te desplumen.
De aquí volvía la conversación á las dulces esperanzas maternas. Hasta
me parecía que lloraba de satisfacción.
--Vaya, ¿á que no me prometes ser padrino?
--Sí que te lo prometo.
Y se rompía las manos en un aplauso.
--¿Y le harás un regalo como de millonario? ¿Me dejas escoger lo que yo
quiera en casa de _Capdeville_?
--Sí: puedes empezar.
--Bien, bien... ¡Currí... Currí!
El perro pequeño entró, obedeciendo á las voces de su ama. Puso
las patas en su falda, luego en la cintura, por fin en aquel seno
hermosísimo. Ella le daba besos, le agasajaba, dejábase lamer por él.
--Ven acá, tesoro de tu madre, rico, alegría de la casa.
--Yo no puedo ver esto --decía Eloísa con enfado, levantándose para
retirarse--. Me voy.
--No, no, hermanita; no te vayas... Lárgate, Currí, Currí... Largo, y
no parezcas más por aquí.
--No, no me beses --chillaba Eloísa, apartando su cara--; no pongas
sobre mí esa boca con que has estado hociqueando al perro. Tonta, loca,
¡cuándo sentarás la cabeza!... José María está estupefacto de verte
hacer tonterías.
--José María no se enfada, ¿verdad? Y ahora que caigo en ello, ¿por qué
no me convidas esta noche al teatro?
--Otra más fresca...
--¿Pues por qué no? Después que hemos echado la casa por la ventana
para obsequiarle... El día de hoy nos arruina para todo el mes. Sí,
dile que sí. José María, esta noche...
--Te mandaré un palco para el teatro que quieras. Elige tú.
--Constantino --gritó Camila, cantando la marcha real--, esta noche
vamos al teatro. Mira, tú, mi maridillo irá por el palco. Dame á mí los
cuartitos.
Yo decía para mí: «No tiene decoro, ni vergüenza, ni delicadeza
tampoco. Es completa. Si me obligaran á vivir con un tipo así, al
tercer día me enterraban.»
Eloísa estaba disgustada y deseaba marcharse. Yo también. Busqué
á Raimundo para salir con él; pero mi primo se había dormido
profundamente sobre el sofá de guttapercha del comedor. Camila le
cubrió con la capa para que no se enfriase.
--Ve pronto por el palco --decía la señora de Miquis á su marido-- que
es noche de moda, y si tardas no habrá localidades. Vamos... menea esas
zancas. ¿A qué aguardas?
El manchego no se hizo de rogar. Pronto le sentimos bajar la escalera,
saltando los escalones de cuatro en cuatro.
--Iré luego á casa de mamá --dijo Camila, poniendo á su hermana el
sombrero y el abrigo--. Adiós, _comparito_.
Le dí la mano, y ella me la apretó mucho.