II

Yo me reí; pero en mi interior estaba triste. Quince años de trabajo

en un escritorio me habían dado la costumbre de apreciar fácilmente

las cantidades, y con esta experiencia y mi saber del precio de las

cosas, pude hacer una cuenta mental. Los señores de Carrillo se habían

gastado en poner casa la cuarta parte y quizás el tercio de lo que

habían heredado. Tal desproporción debía traer sus consecuencias más ó

menos tarde. Amonesté segunda vez á Eloísa, quien se mostró asombrada

primero, ensimismada después, y me prometió ser, en lo sucesivo, no ya

económica, sino cicatera... «Vas á ver...»

Carrillo fué á buscarnos al volver de su paseo. Antes de ir á casa

hicimos escala en la tienda de Eguía, donde Pepe tenía en trato un

busto de Shakespeare para su despacho. ¡Qué lástima no encontrar el

de Macaulay! Pero éste, por más que lo buscó afanosamente, en ninguna

parte lo había. Su apetito anglo-parlamentario no pudo saciarse sino

con un velador muy cursi, maqueado, chillón, que ostentaba la vista del

palacio y puente de Westminster. Eloísa me indicó, cuando recorríamos

la tienda, que había hecho juramento de no entrar más allí, porque se

le iba la cabeza. Vimos muchos objetos de mérito y alto precio.

--Hay aquí una cosa --me dijo después mi prima en voz baja, tapándose

la boca con el manguito-- que la semana pasada me produjo dos noches

de fiebre, con escalofríos, amargor de boca, calambres, cefalalgia y

cuantos males nerviosos te puedes figurar. No era pluma lo que yo tenía

en mi garganta, sino un palomar entero y verdadero.

Señalaba con la mano y el manguito á uno de los extremos de la tienda.

Carrillo y su suegra examinaban una vajilla. Yo miré.

--No mires, no mires. Esto trastorna, esto deslumbra, esto ciega. No

es para nosotros. Este señor Eguía se ha figurado que aquí hay lores

ingleses y trae cosas que no venderá nunca.

Era un espejo horizontal, biselado, grande como de metro y medio, con

soberbio marco de porcelana barroca imitando grupos y trenzado de

flores que eran una maravilla. Quedéme absorto contemplando obra tan

bella, digna de que la describiera Calderón de la Barca. Las flores,

interpretadas decorativamente, eran más hermosas que si fuesen copia de

la realidad. Había capullos que concluían en ángeles; ninfas que salían

de los tallos, perdiendo sus brazos en retorceduras de mariscos;

ramilletes que se confundían con los crustáceos, y corolas que acababan

en rejos de pulpo. En el color dominaban los esmaltes metálicos de rosa

y verde nacarino, multiplicándose en los declivios del puro cristal.

Hacían juego con esta soberana pieza dos candelabros que eran los

monstruos más arrogantes, más hermosos que se podían ver; grifos que

parecían producto de la flora animalizada, pues tenían uñas y guedejas

como pistilos de oro, enroscadas lenguas de plata. Un reloj...

--Vamos --ordenó Eloísa impaciente, desconcertada, sin dejarme acabar

de ver aquello.

Y agarrando el brazo de su marido, se lo llevó hacia el coche, diciendo:

--¿Has tomado el _Séspir_?...

--La vajilla es preciosa --declaró mi tía Pilar, como queriendo que yo

me convenciera de ello por mis propios ojos.

Pero Eloísa, ya en la puerta, repetía:

--Vámonos, vámonos: no más compras. Esta tienda es la sucursal del

Infierno.

A su imperioso deseo nadie pudo resistir, y nos fuimos á casa. Al día

siguiente volví á la sucursal y compré las cuatro piezas aquéllas,

espejo, pareja de candelabros y reloj. Costáronme unos cuarenta y cinco

mil reales. ¿Pero qué significaba esto para mí? Yo tenía á la sazón en

caja unos cuantos miles de duros, producto de letras que inopinadamente

recibí de Jerez, y no sabía qué hacer de ellos. Había estado dudando si

incorporar aquel dinero á mi cuenta corriente del Banco, ó reservármelo

para caprichos y gastos imprevistos. Opté al fin por dejarlo en casa,

pues la cuenta corriente me garantizaba todos mis gastos del semestre

por excesivos que fuesen. Pocas veces he hecho una compra más á mi

gusto. Pensaba en la sorpresa que tendría Eloísa al recibir aquel

presente. Mandé que se lo llevaran á su palacio, y esperé á que ella

misma me diese cuenta de la impresión que le causaba.

Cuando la ví entrar en mi casa, temblé de emoción. Venía con su hermana

Camila, la cual, hablando del espejo y elogiándolo con reservas, se

mostró celosa. Era ella tan prima mía como Eloísa, y tenía el mismo

derecho á mis obsequios de pariente ricacho. Sí: yo era un ricacho sin

conciencia, un vulgarote que no me acordaba de los pobres. Ella tenía

su casa muy mal puesta, y á mí, al primo millonario, no se me había

ocurrido mandar allá ni aun media docena de sillas de madera encorvada.

Esta filípica, dicha con el desparpajo que usaba siempre aquella mujer

inconveniente, me llegó al alma. No tuve reparo en reconocer y lamentar

la preterición, y prometí que los señores de Miquis tendrían pronto

noticias mías.

A Eloísa, contra lo que esperaba, la encontré triste. Puso cara de

Dolorosa, y dió á sus ojos expresión de dulce reprimenda para decirme:

--¡Qué tonterías haces!... ¡Un gasto tan enorme! Vaya, que ahora se

han trocado los papeles: yo soy la aritmética y tú el entusiasmo... De

veras te lo digo: si repites esas calaveradas, no te volveré á dirigir

la palabra.

Camila y yo nos reíamos. Eloísa no hacía más que mirarnos con tristeza.

--Tu boca será medida. Cuenta con la media docenita de sillas

--manifesté á Camila, que me respondió á gritos:

--Ha sido una broma. No me hacen falta tus obsequios. Formal, formal,

te lo digo formalmente. Si me mandas las sillas, te las devuelvo.

Estaba rabiosa. Por la tarde, siguiendo la chanza en casa de mi tío, le

dije:

--¿Las quieres blancas ó negras? Elígelas á tu gusto y que me manden la

cuenta.

Me tiró á la cara su manguito, diciéndome:

--Toma... cochino.

Mi tía Pilar, secreteando en mi oído, hízome la pintura más lastimosa

de la casa de su hija Camila. Tenían una salita regular, alcoba

decente; pero comedor... Dios lo diera. Ponían los platos encima de

un velador, y como Constantino tenía la mala costumbre de empinar las

sillas para sentarse, descargando todo el peso sobre las dos patas de

atrás, de la media docena que compraron no quedaban útiles más que dos.

Esta pintura hizo desbordar en mi corazón los sentimientos caritativos.

Regalé á Camila un comedor completo de nogal, con aparador, trinchero,

doce sillas y mesa, todo bonito, de medio lujo, sólido y elegante.

Vino á darme las gracias una mañana. Detrás de su máscara de risa y

burla, advertí mal encubierta la emoción. Le temblaban los labios.

Hizo mil muecas, me dió las gracias, me pegó con un bastón mío, me

llamó generoso, pillo, grande hombre y gatera, demostrando en todo su

incorregible extravagancia. Era, más que una cabeza destornillada, una

salvaje, una fierecilla indócil criada dentro de la sociedad como para

ofrecernos una muestra de todo lo incivil que la civilización contiene.

Concluyó diciendo que su marido y ella habían acordado dar un banquete

en honor mío y como inauguración del comedor...

--Una gran comida, no te creas: verás qué cosa más buena y más

_chic_... Rigurosa etiqueta, ya sabes. Habrá diplomáticos, algún

ministro, toda la _jilife_... Mi cuñado Augusto, el primo de

Constantino, que estudia Farmacia, Veterinaria ó no sé qué; en fin, lo

más escogido... Frac y condecoraciones. Mi marido estará en mangas de

camisa; pero eso no importa. El amo de la casa, ya ves... Te daremos

nidos de avestruz, fideos escarchados, pechugas de rinoceronte, jabalí

en su tinta y _Chateau-Peleón_.

Nunca oí más disparates.

Eloísa, Raimundo y Pepe éramos los invitados. Fuí con mi primo poco

antes de la hora señalada. Los señores de Carrillo no habían llegado

aún.

Lo prohibido (tomo 1 de 2) · 第 20 / 55 题