El _barbián_ solía dormirse, y el ama se lo llevaba. Acostábanle á
veces en mi lecho, y lo cubrían con mi tapabocas. Con ser tan pequeño
en la superficie de mi ancha cama, parecía que llenaba la casa, pues
todas las miradas fijábanse con respeto y cariño en aquel bulto que
respiraba. Se le sentía como se siente un reloj, y en el momento de
despertar parecía que iba á dar la hora.
Eloísa me hablaba de sus proyectos, de lo que pensaba hacer en su
nueva casa, de las personas á quienes recibiría, de sus criados, de
sus coches, de su servicio, montado con tanta inteligencia como orden.
Dábame por admirar cuanto decía, fuera lo que fuese, y por buscar
nuevos aspectos al tema de nuestra conversación para ver cómo los
trataba y hasta dónde iban los vuelos de un talento que se me antojaba
superior. Empezando por hablar de una sillería ó del presupuesto de
cocheras, de lo que cuesta una buena planchadora, ó de lo que valen
doce docenas de botellas de Château Laffitte, concluíamos por tratar de
cosas hondas, como política, religión. Eloísa hablaba con sencillez,
sin pretensiones ni aun de buen sentido, pues el buen sentido, cuando
quiere aguzarse mucho, tiene pedanterías tan insufribles como las de
la erudición; expresaba lo que sentía, claro, sincero y con gracia.
Y lo que ella decía parecíame trasunto fiel del sentimiento general;
no chocaba por su originalidad ni por su vulgaridad. Observé que sus
ideas religiosas venían á ser poco más ó menos como las mías, débiles,
tornadizas, convencionales y completamente adaptadas al temperamento
tolerante, á este pacto provisional en que vivimos para poder vivir.
Sobre otros temas mostróme pensamientos más originales, de los cuales
hablaré á su tiempo.
Una noche me pasó una cosa muy rara, digo mal, no fué cosa rara; antes
bien lo considero natural, atendidas las circunstancias. Es el caso que
aquel maldito Raimundo me contaba todos los días un nuevo desenfreno de
su imaginación violentada. Su vida artificial y sonambulesca le ofrecía
á cada momento ratos de soñado placer y aun satisfacciones del amor
propio.
--Mira, chico, anoche me acosté pensando que era alcalde de Madrid, no
un alcaldillo de tres al cuarto, sino un auténtico Barón Haussmann.
Me quité de cuentos. Madrid necesita grandes reformas. Como disponía
de mucha guita, mandé abrir la gran vía de Norte á Sur, que está
reclamando hace tiempo esta apelmazada Villa. ¿Ves lo que se ha hecho
en la calle de Sevilla? Pues lo mismito se hizo en la calle del
Príncipe, es decir, demolición completa de todo el lado de los pares.
Después rompimiento de la misma calle hasta la de Atocha... hasta la
de la Magdalena... Por el otro lado, varié la dirección de la calle
de Sevilla, y enfrente, en la casa donde está el Veloz-Club, hice
otro rompimiento hasta la Red de San Luis. El desnivel es muy poca
cosa... Siguieron luego los derribos: ¡qué nube de polvo!... siete mil
obreros... aire, luz, higiene... En fin, cuando me dormí, ya estaba
abierta la magnífica vía de treinta metros de anchura desde la calle
del Ave-María hasta el Hospicio...
Y cuando no entraba con esta monserga de la urbanización, venía con
otra semejante.
--Mira, chico, anoche me acosté pensando que era yo Sullivan. Venía del
teatro, de verlo representar...
O bien:
--Me acosté pensando que había descubierto la dirección de los globos...
En mi estado de debilidad, nada tenía de extraño que estos ajetreos
de la mente, este vivir imaginativo fuera contagioso; es decir, que se
me pegó la maña de pensar y figurarme cosas y sucesos ideales, si bien
nunca completamente absurdos. Yo no estaba, como el pobre Raimundo,
_trigonométricamente trastrocado_; quiero decir, que mi imaginación no
iba ni con mucho tan lejos como la de mi primo, en quien el imaginar
era una especie de vicio solitario, nacido de la flojera orgánica,
fomentado por la holganza y convertido por la costumbre en imperiosa
necesidad. Las tonterías que yo pensaba, las acciones y fábulas que
forjaba en mi mente, harto parecidas á los argumentos de las novelas
más sosas, aburrirían al que esto lee, si tuviera yo la humorada de
contarlas aquí. Carecían de aquel encanto pintoresco y de aquel viso
de realidad que tenían las volteretas cerebrales de mi primo, atleta
eminente, trabajando sin cesar en el _triple trapecio_ del vacío.
Como una media hora estuve aquella noche hablando con Eloísa. Después
creo que me quedé aletargado en el sillón. Escasa luz había en mi
gabinete, no sé por qué. Paréceme recordar que llevaron la lámpara á
la alcoba, donde estaba el pequeñuelo. Medio dormido oí la voz del ama
y la de Juliana. Eloísa hablaba también, siendo el tono de las tres
como de personas que tenían muchas ganas de reirse. Creí comprender que
estaban mudando la ropa de mi cama, mojada por el _barbián_, y alguna
de ellas le reprendió graciosamente por su falta de respeto al lugar en
que reposaba. A mi lado, una respiración arrastrada y penosa hacíame
comprender que mi tía Pilar estaba más profundamente dormida que yo.
Veía yo la alcoba iluminada y mi cama de nogal, grande como las de
matrimonio; oía las voces de las tres mujeres que se reían quedito
como si me supusieran dormido; luego los rebullicios y cacareos
del chiquillo, protestando contra las malas intenciones que se le
atribuían. Por último, el ama le tapaba la boca con el biberón vivo
y se oían sus chupidos... después silencio profundo. Todo esto se
presentaba á mi mente como la cosa más natural del mundo, sin causarle
ninguna extrañeza, cual si fuera suceso común y rutinario que había
ocurrido el día anterior y que ocurriría también en el venidero.
Del fondo de mi alma salían dos fenómenos espirituales: aprobación
afectuosa de lo que veía, y certidumbre de que lo que pasaba debía
pasar y no podía ser de otra manera. Cada persona estaba en su sitio, y
yo también en el mío.
Un ratito después, creo que me hundí un poco en el sueño. Pero resurgí
pronto viendo á Eloísa que entraba por la puerta de la alcoba. Vestía
de color claro, bata de seda ó no sé qué. Acercábase acompañada de
un rumorcillo muy bonito, de un _tin-tin_ gracioso que me daba en el
corazón, causándome embriaguez de júbilo. Traía en la mano izquierda
una taza de té y en la derecha una cucharilla, con la cual agitaba el
líquido caliente para disolver el azúcar. Ved aquí el origen de tan
linda música. Avanzó, pues, á lo largo de mi gabinete, que estaba,
como he dicho, medio á obscuras, y se acercó á mi persona inclinándose
para ver si dormía... Pues bien: en aquel instante, hallándome
tan despierto como ahora y en el pleno uso de mis facultades, creí
firmemente que Eloísa era mi mujer.
Y no fué tan corto aquel momento. El craso error tardó algún tiempo
en desvanecerse, y la desilusión me hizo lanzar una queja. Eloísa se
reía de mi aturdimiento y de mi torpeza para coger la taza y beber del
contenido de ella. A mí me embargaba el temor de haber dicho alguna
tontería en el medio minuto aquél de mi engaño. Temía que el poder de
la idea hubiera sido bastante grande para mover la lengua, y que ésta,
sin encomendarse á Dios ni al Diablo, hubiera pronunciado dos ó tres
palabras contrarias á todo razonable discurso. Dudaba yo de mi propia
discreción en aquel breve lapso de irresponsabilidad, y me atormentaba
la sospecha de haberme puesto en ridículo ó de haber ofendido á mi
prima en su dignidad, que conceptuaba quisquillosa. Y como la veía
reirse de mí, la preguntaba azorado, al tomar de sus manos la taza:
--¿Pero he dicho algo, he dicho algo?
--¿Pero qué tienes, qué te pasa? Eres como mamá, que se enfada cuando
suponemos que tiene sueño.
--No, no es eso. Háblame con franqueza. ¿He dicho algún disparate?...
Es que, la verdad, temo haber dicho alguna majadería, alguna estupidez
hace un momento, cuando...
--No has hecho más que dar un suspiro tan grande que... (¡cómo
se reía!) tan grande que creí caerme de espaldas. En cuanto á la
majadería, no dudo que la habrás pensado; pero ten por cierto que no la
has dicho.
V
A la noche siguiente fué también Camila y cantó, para entretenerme,
peteneras, malagueñas, la canción de la bata, y, por último, trozos de
ópera. Todo lo desempeñaba á la perfección, con gracia inimitable en
la música nacional, con patético acento en la dramática. Su voz era
bonita y robusta. Con igual maestría tocaba el piano y la guitarra.
Del mango de ésta colgaba espesa moña de cintas rojas y amarillas que
parecía un trofeo, la melena del león de España convertida en emblema
de la dulzura indolente de nuestros cantos populares. La figura morena,
esbelta y gitanesca de Camila era digna de ser pintada en aquella facha
de cantadora, con estremecimientos epilépticos, ojos en blanco, gemidos
de placer que duele, y mil visajes y donaires en su boca grande,
fresca y sin vergüenza. En el piano (un media-cola de Pleyel con caja
de palisandro y meple), Camila sabía tomar luego la actitud elegante
y sentimental de una concertista inglesa, hasta el momento en que,
rompiendo la etiqueta y dejándose llevar de su natural bullanguero,
empezaba á hacer los mayores desatinos y á mezclar lo clásico con lo
flamenco. Mi pobre piano la obedecía estremecido, y ella, más loca á
cada instante, hería las teclas como una furia, sacando del instrumento
expresiones de ternura profunda ó carcajadas picantes. Su marido la
contemplaba embobado, y era como el director del concierto. No quería
que ninguna habilidad de su mujer fuese desconocida, y sin dejarla
descansar decía: «Ahora, Camililla, tócanos el _Testamento_, el _Vorrei
morir_ de Tosti, los _couplets_ de _Bocaccio_ y del _Petit Duc_.» Todos
los presentes estaban admirados y entretenidísimos; pero yo, aunque
en mi obsequio se hacían tales gracias, me aburría, me aburría sin
poderlo manifestar. No se me ocultaba el mérito de Camila, y agradecía
mucho su buena intención. Mas aplaudiéndola sin cesar, deseaba con toda
mi alma que se callara y se fuera á su casa. Sus amables aptitudes
no me la hacían simpática. Aquel descaro con que besaba en presencia
nuestra al feo, al gaznápiro de Constantino, me atacaba los nervios.
Cuando se ponía á jugar á la _besigue_ con Carrillo y con mi tía Pilar
y Severiano, armaba unos líos, enredaba de tal modo el juego y hacía
tales trampas, que ninguno de los cuatro se entendía. Era esto motivo
de diversión para todos, menos para mí, pues tanta informalidad me
enfadaba lo que no es decible. Casi prefería oirla tocar y cantar,
aunque me molestara. Realmente el principal fastidio para mí era tener
que aclamar y palmotear á la artista á cada momento, mientras hacía
votos en mi interior por que se fuera con su música á otra parte. Era
que mi espíritu estaba en una situación muy particular, y la música
lo chapuzaba en un mar de tristezas. Más me alegraba el _tin-tin_ de
Eloísa, la cucharilla de plata cantando en la taza de té, que cuantas
maravillas hacía su hermana con el gran Beethoven crucificado sobre el
atril.
A última hora, cuando las mujeres se retiraban con sus respectivos
esposos, entraba mi tío. Dábame un ratito de tertulia en mi alcoba,
cuando ya me entregaba yo al brazo secular de Ramón, mi ayuda de
cámara. Principiaba por decirme dónde había comido, lo que se había
hablado... Cánovas había dicho tal ó cual frase ingeniosa, afilada como
una navaja de afeitar... Pero en lo que don Rafael Bueno de Guzmán
tenía particular empeño por aquellos días, poniendo en ello todos los
recursos persuasivos de su locuacidad inagotable, era en informarme
de la famosa conversión de nuestra Deuda. Por Enero del 82 me daba
unos solos que me partían. Al fin teníamos un ministro de Hacienda
de pensamientos altos; al fin había planes verdaderos y profundos en
la casa de la calle de Alcalá; al fin iba á pasar á la historia la
multiplicidad laberíntica de nuestros valores. Y con prolijos detalles
me enteraba mi tío de aquellos asuntos, que no dejaban de interesarme
por mi afición á los negocios. La turbamulta de papeles diversos
llamados Obligaciones del Banco y Tesoro, de Aduanas, Bonos, Resguardos
al portador de la Caja de Depósitos, Acciones de carreteras, Títulos
del 2 por 100 amortizable, Deuda del personal, se estaban convirtiendo
en un 4 por 100 amortizable en cuarenta años por sorteos trimestrales,
y emitido al tipo de 85. Se habían ya fijado las bases, entre el
ministro y los comisionados de las Deudas, para el arreglo de los otros
valores. El 3 por 100 y los _Ferros_ se convertirían en un 4 por 100
Perpetuo. El tipo de emisión del primero sería de 43,75, y el de los
segundos de 87,50, y los nuevos títulos saldrían al mercado en Mayo.
Jamás en un cerebro de ministro español se engendró y realizó proyecto
tan vasto... Las _Cubas_ no se convertían... ¡Ah! Si quería yo emplear
en acciones del Banco de España el dinero que tenía en papel inglés
sin más producto que un escuálido 2 por 100, bien podía apresurarme,
pues las acciones andaban alrededor de 495. Mi tío creía firmemente
que se plantarían en 500, tipo del cual no era fácil que pasaran... Yo
oía estas cosas con bastante interés al principio; mas tanta charla,
exacerbando al fin el ruido de mis oídos, producíame aturdimiento y
unas ganas vivísimas de que el buen señor se retirara. Dejábame al
fin medio dormido, delirando en cosas de amor y proyectos bursátiles,
viendo cómo los viejos _Ferros_ y las Obligaciones de Aduanas se
despedían del mundo financiero, con lágrimas y jipidos, antes de ser
absorbidos por los novísimos títulos; viendo al veterano y decrépito
Consolidado espirar sobre un lecho de números, para dar vida, de sus
cenizas, al flamante 4 Perpetuo. Los Bonos del Tesoro protestaban de
aquella muerte airada, y amenazaban al Sr. Camacho con una pistola
cargada de cupones. Las acciones del Banco de España se paseaban
orgullosas, diciendo á todo el que las quisiera oir que ellas treparían
á 500, á 600, ¡á 1000...! La idea de que subían y subían siempre no
me abandonaba en toda la noche. Yo les tiraba de los pies para que no
subieran tanto.
V
Hablo de otra dolencia peor que la pasada y de la pobre Kitty.
I
Mi enfermedad había empezado en Noviembre, cuando los alcarreños,
vestidos de paño pardo, pregonaban por Madrid _buena castaña, buena
nuez_. No estuve en situación de salir de casa hasta los días
precursores de la Pascua, cuando el mazapán atarugaba las tiendas y
andaban ya los niños tocando tambores por las calles. Navidad, la
familiar, alegre y cristiana fiesta, se acercaba. Pasé buenos ratos
discurriendo los regalos que haría. Hice tantos, que sólo en dulces y
vinos gasté un dineral. Yo quería que todos participasen de la dicha
de mi restablecimiento, y la mejor manera de conseguirlo era hacer
emisarios de mi buena nueva á los respetables pavos, enviándolos á
todas partes para que los sacrificaran en honor mío. María Juana nos
dió una excelente cena en la noche del 25. Eramos unos quince, todos
de la familia de Bueno de Guzmán y de Medina. Los dueños de la casa
estuvieron muy amables conmigo, prodigándome los cuidados que mi
endeble estómago exigía. Todo lo que sirvieron parecióme excelente;
pero Eloísa, que era un tanto criticona, me habló en confianza al día
siguiente de la _abundancia ordinaria_ que reinaba en la mesa y de
las maneras excesivamente campechanas de Cristóbal Medina, en quien
ella no podía menos de ver el tipo de castellano viejo que puso Larra
en uno de sus admirables artículos de costumbres. Nada ocurrió en la
cena digno de contarse, como no sea que Carrillo se puso malo y tuvo
su mujer que llevársele á casa antes de concluir. Venía padeciendo el
infeliz de una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos. Debía
de ser alguna perturbación nutritiva, algo como albuminuria, diabetes ó
cosa tal. Sufría horribles cólicos nefríticos. Al día siguiente, cuando
fuí á verle, ya estaba mejor, y me dió un solo de política sobre la
feliz aproximación de la democracia á la monarquía, cosa que en verdad,
como otras muchas de este jaez, me tenían á mí sin cuidado. Carrillo
parecía vivir en cuerpo y alma para fin tan glorioso; había entrado
en relaciones estrechas con diferentes hombres políticos de medianas
vitolas, y probablemente sería senador muy pronto. Gustaba de trabajar
y de leer autores ingleses, traducidos al francés, porque era de los
que se entusiasman con las instituciones británicas, creyendo que las
vamos á imitar de sopetón y á implantarlas aquí en menos que canta un
gallo.
Eloísa, en confianza, me había manifestado cierto disgusto pocos días
antes, porque lo primerito que se le había ocurrido á su marido, al
tener dinero, era contribuir á la fundación de un periodicazo que iba
á salir pronto. ¿No era esto una tontería? Las cosas que Carrillo me
hablaba, su manía anglo-política, la creación del diario destinado
á casamentar la Democracia con el Trono y fundir en el molde de las
ideas lo tradicional y lo revolucionario, hiciéronme comprender que
tenía ambición. Confieso que lo sentí. Parece que la ambición implica
facultades, y siempre que Pepe me manifestaba tenerlas, bien por su
conversación, bien por sus acciones, yo me entristecía. Habría deseado
que aquel hombre careciese de mérito. Y, sin embargo, este anhelo mío
era defraudado á cada instante, porque el marido de Eloísa me revelaba
un día y otro, al mostrarme sus pensamientos, calidades que yo no creía
tener. Cuando hablaba de asuntos políticos; cuando diagnosticaba las
lepras de nuestra Nación, y los remedios (ingleses se entiende) que
á gritos pide nuestra sociedad política, hallábale yo tan elocuente,
tan razonable, tan talentudo, que me llenaba de tristeza. ¿Valía ó no
valía? Severiano sostenía que no. Yo, triste, me figuraba que sí. En mi
mente le daba valor, sólo por el hecho de envidiarle, y razonaba así:
«Es imposible que el dueño de Eloísa haya llegado á la posesión de ella
sin merecerla.»
Yo... ¿para qué andar con rodeos? válgame mi sinceridad... yo estaba
enamorado de mi prima. Entróme aquella desazón del espíritu, aquella
enfermedad terrible, no sé cómo, por su belleza, por su gracia, por mi
flaqueza; ello es que me atacó de firme, embargándome de tal modo, que
no me dejaba vivir. Se apoderó de mis sentidos, de mi espíritu y de
mis pensamientos con fuerza irresistible. No había razón ni voluntad
contra mal tan grande. Lo hacían doblemente grave lo criminal del
objeto y lo divino del origen. Diré las cosas claras, así es mejor.
Aquella prima mía me gustaba tanto, tanto, que por el simple hecho de
gustarme extraordinariamente la consideraba mía. El ser de otro era
un desafuero, una equivocación de los hombres, nacida de una trastada
del tiempo. ¿Por qué no vine yo á Madrid dos años antes? ¿Por qué no
se podía deshacer lo hecho atropellada y neciamente? Con este modo de
razonar cohonestaba yo mi criminal inclinación, apoyándola en el fuero
de la Naturaleza y dando de lado á las leyes sociales y eclesiásticas.
Desde que el diente aquél invisible empezó á roerme las entrañas, el
objeto principal de mis cavilaciones era el siguiente: «¿Valía Carrillo
más que yo? ¿Valía yo más que él?» Para mayor desgracia mía, cuando,
movido de un cierto espíritu de reparación, le consideraba yo adornado
de grandes méritos, y por ende superior á mí por los cuatro costados,
los demás se inclinaban á la opinión contraria; de lo que resultaba que
enalteciendo mi bondad, estimulaban mi maldad. ¡Qué espantosa confusión!
Y debo decirlo sin inmodestia. La opinión de la familia era unánime
en favor mío. La misma Eloísa, hablando conmigo una noche, me había
llenado el alma de fatuidad. Medio en serio, medio en burla, tratábamos
del carácter de diversas personas, y el mío no se quedó en el tintero.
Parecía que había un empeño particular en acribillarme con chanzas
inocentes. Por fin, en un tonillo de broma, de esa broma que es la
quinta esencia de la seriedad, Eloísa me dijo:
--Pues mira, si hubiera en casa una hermana soltera, te la
endosaríamos... no tendrías más remedio que cargar con ella.
Mi tía Pilar, sin faltar á la discreción, me había hecho comprender
varias veces, hablando conmigo de asuntos de familia, que el casamiento
de su hija con Carrillo había sido una precipitación, uno de esos
desaciertos que no se explican. La herencia era una mezquindad, y
Eloísa merecía más. Mi tío había sido, como se recordará, algo más
explícito, y echaba la culpa de tal precipitación á su mujer. En
resumen: la opinión más favorable á Carrillo en aquella casa era
siempre la mía.
Lo que no estorbaba que yo estuviese prendado de mi prima con una
vehemencia romántica, con una ilusión de mozalbete y de principiante
que decía mal con mis treinta y siete años. Yo pensaba lo que es de
cajón pensar en tales casos, es decir, que ella y yo éramos el uno
para el otro; que habíamos nacido para unirnos, para ser dos piezas
inseparables de un solo instrumento, y que la disgregación fatal en que
vivíamos era uno de los mayores absurdos del Universo, un tropiezo en
la marcha de la sociedad. Y al mismo tiempo que esto pensaba, la idea
de tener relaciones ilícitas con ella me causaba pena, porque de este
modo habría descendido del trono de nubes en que mi loca imaginación la
ponía. Si yo hubiera manifestado estos escrúpulos á cualquiera de mis
amigos, á Severiano Rodríguez, por ejemplo, se habría estado riendo de
mí dos semanas seguidas, pues no merecía otra cosa un quijotismo tan
contrario á mi época y al medio ambiente en que vivíamos. Mi ilusión
era vivir con ella en vida regular, legal y religiosa. De otra manera,
tanto ella como yo valdríamos menos de lo que valíamos. Por esto se
verá que yo tenía buenas ideas, ó lo que es lo mismo, que yo era moral
en principio. Serlo de hecho es lo difícil, que teóricamente todos lo
somos.
Este quijotismo, esta moral de catecismo había sido uno de los
principales ornatos de mi juventud, cuando la vida serena, regular,
pacífica, no me había presentado ocasiones de desplegar mis energías
iniciales propias. Yo era, pues, como un soldado que ha estado
sirviendo mucho tiempo sin ver jamás un campo de batalla, y para quien
el valor es aún fórmula consignada en la hoja de servicios, persuasión
vaga de la dignidad, no comprobada aún por los hechos. Por fin, cuando
menos lo pensaba, el humo de la batalla me envolvía. Pronto se vería
quién era yo y cuál era el valor de mi valor, ó dejando á un lado el
símil, qué realidad tenían mis convicciones.
Para mejor inteligencia de estas páginas, dictadas por la sinceridad,
quiero referir ciertos antecedentes de mi persona. Alguno de los que
esto leen los habrá echado de menos, y no quiero que se diga que no
me manifiesto de cuerpo entero, tal cual soy en todas mis partes y
tiempos.