Mi tío me acompañaba poco, porque sus ocupaciones se lo impedían;
pero siempre, al entrar y salir, pasaba á decirme alguna palabra
consoladora. Mi tía Pilar bajaba algunas veces á inspeccionar mi casa y
criados, cuidando de que no me faltase nada. Mas como la pobre señora
estaba muy obesa y bastante torpe de las piernas, sus visitas fueron
menos frecuentes en el período de mi convalecencia, y su hija Eloísa la
sustituía en aquella cariñosa obligación, que tan vivamente agradecía
yo. Aún no había mi prima arreglado su casa y continuaba viviendo en
la de sus padres: érale, pues, fácil vigilar la mía, mantener en ella
el orden y la limpieza y no perder de vista á mis criados. La casa de
un soltero enfermo exige solicitudes y vigilancias extremadas para que
no se convierta en una leonera, y gracias á Eloísa, todo marchó en la
mía con el orden más perfecto. Verdad que mi prima tenía, á mi parecer,
dotes singulares para disponer y arreglar todo lo concerniente á una
casa en las circunstancias difíciles como en las ordinarias. Ella era
quien gobernaba la morada de sus padres. Desde el salón á la cocina,
todo estaba bajo su mando; era, si así puede decirse, el alma de la
casa, la autoridad, el poder ejecutivo, lo mismo en lo referente á la
compra y á los ínfimos detalles de cocina y despensa, que á las más
altas determinaciones de la etiqueta y del mueblaje.
--El día en que yo falte de aquí --me decía--, ya se conocerá mi
ausencia.
La compañía de Eloísa era la más agradable de todas para mí; digo mal,
érame en altísimo grado consoladora. Por las noches, cuando mis amigos
estaban presentes, yo les decía: «me voy á dormir», para que se fueran
y me dejaran solo con la familia, generalmente representada por mi
prima, su madre y el pequeñuelo con el ama. Eloísa me animaba con su
sola presencia, y hablándome seriamente de cualquier asunto trivial
me hacía más feliz que Raimundo con sus agudezas. Gracias también
á su bondad y á su saber doméstico, mi rebelde estómago iba poco á
poco entrando en caja. Valíase ella para esto de esas mañas que sólo
puede usar quien posee secretos culinarios y la suficiente delicadeza
de paladar para entender el caprichoso apetito de un enfermo. Del
principal me enviaban cositas raras, sabrosas y al mismo tiempo sanas,
de cuya invención no era capaz el talento rutinario, aunque sólido,
de mi cocinera. Otras veces las frioleras se condimentaban en mi
propia casa, entre risas y discusiones de cocina. Bastaba que Eloísa
tomase parte en ellas y pusiera sus manos en la obra, para que á mí
me pareciese de perlas, y me gustaba más aún si era ella quien me lo
servía.
Aún me parece estar en aquél mi gabinete bajo, con ventana al paseo.
No me apartaba del sillón colocado junto á los cristales, y cuando no
tenía visitas leía periódicos y novelas. Los ruidos de la calle, lejos
de molestarme, me distraían, apagando en cierto modo la música doliente
de mi propio cerebro. Me agradaba ver pasar cada cinco minutos el
tranvía, siempre de derecha á izquierda, con las plataformas llenas de
gente; me gustaba ver las hojas secas arrancadas de los árboles por el
viento y esparcidas por todo el paseo, barridas luego por los operarios
de la Villa y hacinadas en el hueco de los alcorques. Me acompañaban
los carros que á todas horas pasaban, y el grito de los carreteros,
aquel incomprensible _¡ues... que!_ de extraño acento y significación
desconocida. Me entretenían los simones, la gente dominguera que por
las tardes invadía la acera de enfrente, pollería de ambos sexos,
alquiladores varios de las sillas de hierro. Pasaba ratos buenos
observando el público especial de los puestos de agua; público sobrio,
compuesto de los bebedores más inofensivos, y las tertulias que se
forman en aquellos bancos, colocados á manera de estrado entre los
_evonymus_ del paseo. Observaba también las conjunciones de personas
diversas en las distintas horas del día, la aguadora y el barrendero de
la Villa, el manguero y la beata que sale de la iglesia, el sargento
y el ama de cría, la niñera y el mozo de tienda, y otros grupos de
difícil clasificación. Las fiestas religiosas de San Pascual animaban
por las tardes el paseo. Al mediodía, la comida de los albañiles que
trabajaban en diferentes obras era un pintoresco cuadro. Yo envidiaba
su apetito, y habría dado quizás mi posición por poder comer con ellos,
sentado al sol, aquel cocido de color de canario y aquel racimo de
tintillo aragonés.
Por las noches disminuía el bullicio. Desde las cinco estaba yo
esperando al que enciende los faroles para verle dar luz á los
mecheros, corriendo de uno á otro y tocándolos con un palo. Poco á poco
se iba estrellando el suelo, formando una constelación, cuyo hormigueo
lejano se perdía en la polvorosa soledad del Prado. Los ruidos eran
menos variados que por el día. Cada cinco minutos, trepidación
sorda anunciaba el tranvía, y toda la noche un monólogo de vapor,
con resoplidos de válvula y vértigo de volante, acusaba la máquina
instalada en el Ministerio de la Guerra para producir la luz eléctrica.
Los toques canónicos de las monjas rompían á ciertas horas este
uniforme canto llano de la noche con notas metálicas, claras, frías,
que agujereaban el oído como un estilete de acero. Un pobre hombre que
pregonaba café hasta muy tarde con perezosa y obscura voz, me hacía
pensar en la enormísima diversidad de los destinos humanos.
Mi tía Pilar tenía la bendita costumbre de apoltronarse en un sillón
y quedarse dormida, después de protestar enérgicamente contra la
suposición de que pudiera tener algo de sueño. Eloísa tomaba el
_barbián_ (yo le llamaba así) de manos del ama (la cual se iba adentro
á charlar con Juliana, mi cocinera, y con Ramón, mi ayuda de cámara),
y poniéndomele delante le excitaba á repetir en mi presencia todas
las gracias que sabía. Estas eran muchas. La más mona era estornudar.
Pero cuando se le mandaba hacer el estornudito, no había medio de que
obedeciera. Verdadero artista, no quería quitar al arte su condición
primera, que es la espontaneidad. Por el mismo principio negábase á
saludar con la mano, á repetir los _cinco lobitos_ y la pandereta.
No hacía más que asombrarse de todo, besarme, llenarme de hilos de
saliva, abrazarse á mi cuello, cogerme la nariz, tirarme de la barba y
echar unas carcajadas locas, mostrándome su bocaza encendida, húmeda,
gelatinosa, y sus tumefactas encías, en las cuales empezaban á retoñar
esos huesos que, al decir de un chusco, son como los cuernos, pues
_duelen cuando nacen y después se come con ellos_.