II

De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los que

más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga, el

primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía, ambos

excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo. A

Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le

conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de

oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que

en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del

Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una

misma provincia, habían celebrado un pacto muy ingenioso: cuando el

uno estaba en la oposición, el otro estaba en el poder, y alternando

de este modo, aseguraban y perpetuaban de mancomún su influencia en

los distritos. Su rivalidad política era sólo aparente, una fácil

comedia para esclavizar y tener por suya la provincia, que, si se ha de

decir verdad, no salía mal librada de esta tutela, pues para conseguir

carreteras, repartir bien los destinos y hacer que no se examinara la

gestión municipal, no había otros más pillines. Ellos aseguraban que la

provincia era feliz bajo su combinado feudalismo.

Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía encomendarse

á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado, y sin

saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro distrito

de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de nada,

ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos lo

arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir _sí_ ó _no_ en el

Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía.

Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno de mis

íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle tratado con

motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi amigo el marqués

de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y reverdecerse más

de lo que consentían sus años y su respetabilidad. Raro era el día

que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi primo Raimundo.

Los domingos almorzaban los que he citado y también Pepe Carrillo, el

marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los toros, donde yo tenía

palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante.

No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío Serafín,

brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia. Era

un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas

infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de

Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia

la calle de Sevilla para arreglar su _remontoir_ por la hora del

reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta del Sol, iba á

almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y por la tarde,

después de andar un poco á pie inspeccionando las obras de las casas

en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido de diez ó

doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las noches iba

al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se le veía

invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava.

Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín, de

un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva

admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y

tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes

con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las

malas formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La

moda no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y

pesado _carrik_ que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda

espesa que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aquella

hermosísima cabeza de Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si

el hábito de mirar al cielo, para tomar alturas con el sextante, le

hubiera deformado el pescuezo.

Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos

modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad,

que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé

á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba

tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de

aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que

le gustaban y guardárselos en los bolsillos del _carrik_. Creo que

él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un

fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda

idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba

yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero,

arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera

yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle

y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado,

no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así

se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la

vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un

hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre

el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con

palabras! Otras _chifladuras_ de mi tío no me maravillaban por ser

propias de solterones viejos. El que en edad madura había sido un

galanteador de alto vuelo, en la vejez perseguía las criadas bonitas,

ó que á él le parecían tales, pues debemos creer que las aberraciones

del gusto andarían á la par con la afición senil. Sus paseos matinales

y crepusculares eran una cacería activa, febril, casi siempre

infructuosa. Decía Raimundo que cuando se lo encontraba en la calle al

anochecer, camino de su casa, tarareando entre dientes y con las manos

á la espalda, era señal de que la jornada había sido mala y de que

el incansable ojeador no había descubierto ninguna de aquellas reses

bravas que perseguía.

Lo prohibido (tomo 1 de 2) · 第 13 / 55 题