De los amigos de fuera de casa, los más fieles y constantes y los que
más quería yo eran Severiano Rodríguez y Jacinto María Villalonga, el
primero andaluz neto, el segundo casado con una parienta mía, ambos
excelentes muchachos, de buena posición, muy cariñosos conmigo. A
Severiano Rodríguez le trataba yo desde la niñez; á Villalonga le
conocí en Madrid. El primero era diputado ministerial, y el segundo de
oposición, lo cual no impedía que viviesen en armonía perfecta, y que
en la confianza de los coloquios privados se riesen de las batallas del
Congreso y de los antagonismos de partido. Representantes ambos de una
misma provincia, habían celebrado un pacto muy ingenioso: cuando el
uno estaba en la oposición, el otro estaba en el poder, y alternando
de este modo, aseguraban y perpetuaban de mancomún su influencia en
los distritos. Su rivalidad política era sólo aparente, una fácil
comedia para esclavizar y tener por suya la provincia, que, si se ha de
decir verdad, no salía mal librada de esta tutela, pues para conseguir
carreteras, repartir bien los destinos y hacer que no se examinara la
gestión municipal, no había otros más pillines. Ellos aseguraban que la
provincia era feliz bajo su combinado feudalismo.
Por supuesto, el pobrecito que cogían en medio, ya podía encomendarse
á Dios... A mí me metieron más adelante en aquel fregado, y sin
saber cómo hiciéronme también padre de la patria por otro distrito
de la misma dichosa región. Para esto no tuve que ocuparme de nada,
ni de decir una palabra á mis desconocidos electores. Mis amigos lo
arreglaron todo en Gobernación, y yo con decir _sí_ ó _no_ en el
Congreso, según lo que ellos me indicaban, cumplía.
Manolito Peña, diputado también, muy decidor é inquieto, fué uno de mis
íntimos. Por la amistad que tenía con mi tío y por haberle tratado con
motivo de un pequeño negocio, vino también á ser mi amigo el marqués
de Fúcar, viejo que tenía el prurito de remozarse y reverdecerse más
de lo que consentían sus años y su respetabilidad. Raro era el día
que no almorzaban conmigo Severiano Rodríguez y mi primo Raimundo.
Los domingos almorzaban los que he citado y también Pepe Carrillo, el
marido de Eloísa. Luego solíamos ir todos á los toros, donde yo tenía
palco y Fúcar también. De otros amigos hablaré más adelante.
No quiero dejar de decir algo de mi excelso pariente, el tío Serafín,
brigadier de marina retirado, que me visitaba con frecuencia. Era
un solterón viejo que se pasaba la vida paseando. Todas las mañanas
infaliblemente, lloviera ó venteara, iba al relevo de la guardia de
Palacio; después daba un vistazo á los mercados y se corría hacia
la calle de Sevilla para arreglar su _remontoir_ por la hora del
reloj de Ganter; daba dos ó tres vueltas á la Puerta del Sol, iba á
almorzar á su casa, tomaba café en el Suizo nuevo, y por la tarde,
después de andar un poco á pie inspeccionando las obras de las casas
en construcción, hacía en cualquier tranvía un recorrido de diez ó
doce kilómetros, de pie en la plataforma delantera. Por las noches iba
al Círculo de la Juventud, del cual era socio, y después se le veía
invariablemente en la primera ó segunda pieza de Eslava.
Pocos hombres existen de presencia más noble que mi tío Serafín, de
un aspecto más venerable y al mismo tiempo más simpático. Conserva
admirablemente la urbanidad atildada de la generación anterior, y
tiene cierto empeño en inculcar los preceptos de ella á los jóvenes
con quienes trata. Es enemigo declarado de la grosería y de las
malas formas. Es muy pulcro, pero un poco anticuado en el vestir. La
moda no ha tenido influjo en él para hacerle abandonar un inmenso y
pesado _carrik_ que le acompaña desde Noviembre á Mayo, ni la bufanda
espesa que le da dos vueltas al cuello, sirviendo de base á aquella
hermosísima cabeza de Cristóbal Colón, siempre echada atrás, cual si
el hábito de mirar al cielo, para tomar alturas con el sextante, le
hubiera deformado el pescuezo.
Las visitas de mi tío fueron al principio muy gratas. Tenía unos
modos tan afables, respiraba todo él tanta nobleza y caballerosidad,
que habría deseado tenerle siempre en mi casa. Pero cuando empecé
á advertir el pícaro defecto de aquel excelente hombre, ya me daba
tristeza verle entrar. Su hermano Rafael me había dado noticias de
aquella maña feísima de sustraer disimuladamente los objetos que
le gustaban y guardárselos en los bolsillos del _carrik_. Creo que
él mismo no se daba cuenta de lo que hacía; que sus hurtos eran un
fenómeno neuropático, un acto irresponsable, independiente de toda
idea moral. En la época en que le daba por visitarme, cada día echaba
yo de menos algo: bien un libro, bien un pequeño bronce, un cenicero,
arandela ó cualquier otra fruslería. Por nada del mundo le hubiera
yo dado á entender que conocía al ladrón. Lo que hacía era vigilarle
y estar muy atento á sus manos, pues él, cuando se sentía observado,
no hacía de las suyas. ¡Pobre don Serafín Bueno de Guzmán! ¡Que así
se envileciera un hombre que había realizado actos de heroísmo en la
vida militar, y en la privada otros no menos dignos de alabanza; un
hombre que tenía ideas tan puras y hermosas sobre la justicia, sobre
el derecho, y que había sabido darlas á conocer con algo más que con
palabras! Otras _chifladuras_ de mi tío no me maravillaban por ser
propias de solterones viejos. El que en edad madura había sido un
galanteador de alto vuelo, en la vejez perseguía las criadas bonitas,
ó que á él le parecían tales, pues debemos creer que las aberraciones
del gusto andarían á la par con la afición senil. Sus paseos matinales
y crepusculares eran una cacería activa, febril, casi siempre
infructuosa. Decía Raimundo que cuando se lo encontraba en la calle al
anochecer, camino de su casa, tarareando entre dientes y con las manos
á la espalda, era señal de que la jornada había sido mala y de que
el incansable ojeador no había descubierto ninguna de aquellas reses
bravas que perseguía.