Mi primo Raimundo, mi tío Serafín y mis amigos.
I
Con este Bueno de Guzmán había tenido yo trato anteriormente, por haber
pasado conmigo una larga temporada en Jerez y Cádiz. Pocas personas
poseen, como mi primo Raimundo, el don envidiable de cautivar y agradar
de primera intención, porque á pocos seres concedió Naturaleza tal
caudal de prendas brillantes, calidades de esas que podríamos llamar
ornamentales, porque no dan valor positivo á la persona, sino que
lo fingen. Cuando le conocí en Andalucía, estaba Raimundo en todo
su esplendor y en el apogeo de su deslumbradora originalidad. En
Madrid ya le encontré algo decaído. Se me parecía á los artistas que,
abusando de sus facultades, caen en el amaneramiento. En ocasiones,
lo que antes hacía en él tanta gracia principiaba á ser enfadoso.
Sus excentricidades y paradojas, sus ráfagas de ingenio eran para un
rato nada más. Comenzaba á tener manías estrambóticas y á padecer
lamentables descuidos en su conducta social y privada. No era ya el
hombre entretenidísimo, ameno y simpático de otros tiempos; mejor
dicho, tenía temporadas, días muy buenos, horas felices á las que
seguían períodos en que se hacía de todo punto insoportable.
En España son comunes los tipos como este primo mío. Creeríase que son
producto del garbanzo, y que este vegetal ha ingerido en la raza los
talentos decorativos. He conocido muchos que se le parecen, aunque en
pocos he visto combinarse tan marcadamente como en él lo brillante con
lo insubstancial. Había tenido Raimundo una educación muy incompleta;
había leído poco, muy poco, y no obstante, hablaba de todas las cosas,
desde las más frívolas á las más serias, con un aplomo, con una
facundia, con un espíritu que pasmaban. Los que por primera vez le oían
y no le conocían, se quedaban turulatos.
A este don de tratar bien de todo reunía mi primo otros muchos. Hablaba
francés é italiano con rara perfección. El inglés no lo hablaba, pero
lo traducía, y de alemán se le alcanzaba algo. Aprendía las lenguas con
facilidad suma, sin esfuerzo, no se sabe cómo. Su memoria estupenda
descollaba también en la música. Repetía las óperas del repertorio
moderno, con recitados, coros y orquesta, y trozos difíciles de música
sinfónica y de cámara. Cantaba lo mismito que Tamberlick y declamaba
como Rossi, imitando también á los actores cómicos más en boga. En esto
de remedar voces y de asimilarse todos los acentos humanos, superaba
con mucho á su hermana Camila, que igualmente tenía dotes de actriz y
habría lucido en las tablas si á ello se dedicara.
Mi primo no era pintor porque no se había puesto á pintar; pero
buena prueba era de su aptitud lo que hacía con lápiz ó pluma cuando
por entretenimiento dibujaba cualquier figura. Hacía caricaturas
deliciosas, frescas, fáciles, y á veces le ví trazar en serio,
observando el natural, contornos de una verdad y elegancia que me
pasmaban. «¿Por qué no te has dedicado á la pintura?» le preguntaba
yo á veces; y él alzaba los hombros, como diciendo: «Si me hubiera
dedicado á todo aquello para que tengo disposición, no me habrían
bastado la vida ni el tiempo.»
Porque también hacía versos, y tan buenos como los de otro cualquiera.
Los componía serios y epigramáticos, burlescos y trágicos, según
le daba. En la prosa también hacía primores. La escribía de todas
las castas posibles: académica y periodística, atildada y pedestre,
declamatoria y picaresca. Cuando estaba de humor literario, cogía la
pluma y decía: «voy á imitar á Víctor Hugo.» Pues escribía un trozo
que parecía arrancado de _Los Miserables_. Otras veces imitaba á los
clásicos de un modo que no había más que pedir, y como cogiera por su
cuenta el estilo parlamentario y oficial que aquí priva, hacía cosas
muy divertidas. También se las daba de crítico, y tenía un golpe de
vista admirable para juzgar de todas las artes y descubrir en cada obra
aspectos y fases que se ocultan á la generalidad.
Pues con tales disposiciones, las pocas veces que se vió en letras de
molde no fué con lucimiento, porque pensar que hiciera y consumara
un trabajo completo, regular, con principio y fin, era pensar lo
imposible. A menudo, sus tareas literarias, empezadas con febril
entusiasmo, se quedaban sin concluir. Cuando se le reprendía por su
inconstancia, disculpábase con la carencia de estímulo, que es la
asfixia del escritor en nuestro país; con la falta de editores. ¡Oh!
si aquí se cobrara por escribir... Esta era su muletilla, que iba
siempre acompañada de la amarguísima exclamación de Larra: «El genio ha
menester del eco, y no se produce eco entre las tumbas.»
Estoy convencido de que si hubiéramos tenido un editor espléndido
y sabio detrás de cada esquina, Raimundo no habría compuesto libro
alguno ni aun del tamaño de una lenteja. Es más: llegué á comprender
que mi primo, dotado de aptitudes tan varias, no habría sido jamás
poeta eminente, ni pintor de nota, ni músico, ni orador, ni cómico, ni
crítico, aunque se dedicara exclusivamente á alguna de estas artes,
porque carecía de fondo propio, de fuerza íntima, de esa impulsión
moral, que es tan indispensable para los actos de creación artística
como para las obras de la voluntad.
Elogiado desde la niñez por su feliz talento, mirado como gloria de la
familia, defraudó las esperanzas de su padre, que no pudo sacar partido
de él. A once carreras se aplicó. Empezaba con mucho brío; pero en el
primer año se plantaba. Habíase preparado para Estado Mayor, Minas,
Montes, Medicina, Telégrafos, Ayudante de Obras públicas, y para no sé
qué más. Oirle hablar de sus carreras y de sus estudios era como hojear
una enciclopedia. Por fin, hízose abogado á fuerza de recomendaciones.
«Mi camino al través de la Universidad --decía--, ha sido una senda de
tarjetas.»
En los días de esta narración, Raimundo debía de tener treinta años
(era el segundo hijo de mi tío) y representaba más de cuarenta. Su
naturaleza febrilmente activa parecía haber burlado la ley del tiempo,
madurándose con demasiada prisa. Vivía en un constante esfuerzo por
huir de lo presente, hipotecando el porvenir, y nutriéndose hoy por
adelantado con la savia de mañana. Pródigo de su sangre, de todas las
energías de su espíritu y de su cuerpo, devoraba el capital vital, como
si la juventud fuera un estado que le estorbase y padeciera nostalgias
de la vejez. Cuando le ví en Madrid, me asustó la extraordinaria
flaqueza de su rostro. Comprendí que en aquella lámpara había ya poco
aceite, por haber sido encendida muy pronto y atizada constantemente;
pero no le dije nada, porque supe que se había vuelto aprensivo. Su
cara de hombre guapo era como la de un Cristo viejo, muy despintado,
muy averiado de la carcoma y profanado por las moscas. Tenía la voz
cavernosa, la mirada mortecina, los movimientos perezosos. Un día
que estábamos solos en mi cuarto, le ví acomodarse en una butaca,
estirar las piernas sobre otra, buscar postura, hacer muecas de dolor
y hastío como el que padece gran quebranto de huesos, cerrar luego los
ojos y respirar fatigosamente. A mis inquietas preguntas respondió
levantándose de un salto, dando paseos por la habitación con las manos
á la espalda y la barba sobre el pecho.
--La inacción es lo que me mata --decía sin detenerse--. Me estoy
atrofiando, me estoy enmoheciendo...
Luego se paró ante mí, y mirándome con aquellos ojazos que parecían
muertos, díjome entre carraspeos:
--Tengo un principio de enfermedad grave. ¿Sabes lo que es?
Reblandecimiento de la médula.
--¿Has consultado algún médico?
--No: no es preciso. He estudiado esa enfermedad, y conozco bien su
proceso, sus síntomas y su tratamiento.
Dióme una lección de fisiología, en la cual habló de la _pía mater_,
del _canal raquídeo_, de la _substancia gris_, de las perturbaciones
_vasomotoras_, con otros terminachos que no recuerdo. Debía de ser
su atropellado discurso un tejido de disparates; pero tenía todo el
aparato de lucubración científica, y para los legos en medicina, como
yo, era un asombro. Sentóse luego, y tras aquellas sabidurías, dió en
afirmar vulgaridades de curandero. Después le oí pronunciar en voz baja
y con precipitación maniática sílabas obscuras.
--¿Sabes --me dijo de súbito, contestando á mis preguntas-- cuál es
uno de los principales síntomas del reblandecimiento? La _afasia_,
ó sea pérdida de la palabra. Empieza por inseguridad, por torpeza
en la emisión de algunas sílabas. Las que primero se resisten á ser
pronunciadas fácilmente y de un golpe son las de _r_ líquida después de
_t_, es decir, las sílabas _tra_, _tre_, _tri_, _tro_, _tru_...
Observé que Raimundo, haciendo visajes como los tartamudos, se
expresaba con dificultad. Tenía su rostro palidez cadavérica. De
súbito se marchó sin decirme adiós, pronunciando entre dientes no sé
qué conceptos obscuros de una jerga ininteligible. Acostumbrado ya á
sus extravagancias, no me ocupé más de él. Al día siguiente entró en mi
cuarto con apariencia de estar muy gozoso. Se frotaba las manos y su
semblante tenía mucha animación.
--Hoy estoy muy bien, muy bien... al pelo --me dijo--. Mira, para
probar el estado de los músculos de mi lengua y cerciorarme de
que funcionan bien, he compuesto un trozo gimnástico-lingüístico.
Recitándolo, puedo sintomatizar la _afasia_ y también prevenirla,
porque fortalezco el órgano con el ejercicio. Si lo digo con
dificultad, es que estoy malo; si lo digo bien... Escucha.
Y con la seriedad más cómica del mundo, con asombrosa rapidez y
seguridad de dicción, cual si estuviera imitando el chisporroteo de una
rueda de fuegos artificiales, me lanzó de un tirón, de un resuello,
este incalificable trozo literario:
--_Sobre el triple trapecio de Trípoli trabajaban trigonométricamente
trastrocados tres tristes triunviros trogloditas tropezando atribulados
contra trípodes triclinios y otros trastos triturados por el tremendo
Tetrarca trapense_.
Y lo volvió á decir una vez y otra, sin poner punto ni coma, hasta que
cansado de reirme y de oir aquel traqueteo insufrible, le rogué por
Dios que se callara.
Raimundo se apegó á mi persona con tenacidad cariñosa. Era mi
primer amigo y me acompañaba y entretenía mucho. Había en él algo
del parásito, que adula á los ricos por recoger sus sobras, y un
poquillo del bufón que divierte á los poderosos. Me hacía pasar ratos
agradables, charlando de cosas diferentes, ya por lo campanudo, ya por
lo familiar; hacía la crítica de la obra que habíamos visto estrenar
la noche antes; remedaba á los oradores del Congreso, y me contaba
anécdotas políticas y sociales de las que jamás por su índole personal
transcienden á la prensa. Todo iba bien mientras no le entraba la
murria del reblandecimiento, pues entonces no se le podía aguantar.
Así, desde que empezaba con el _triple trapecio de Trípoli_, ya estaba
yo tomando mis medidas para echarle de mi cuarto.
No sólo era mi amigo, sino mi huésped, pues desde el parto de Eloísa se
bajó á dormir á mi casa.
--Arriba no se cabe --me dijo un día--. Me han ido acorralando poco
á poco, y por fin me han metido en un _triclinio_ en que estoy
_trigonométricamente trastrocado_. Si quieres, puesto que tienes casa
de sobra, me vengo á vivir contigo, y así estaré más divertido y tú más
acompañado.
Tomóse para sí la holgada habitación interior que yo no necesitaba, y
en las últimas horas de la noche, como en las primeras de la mañana, le
tenía siempre junto á mí como mi sombra.
Desde que perdió la esperanza de hacer carrera de él, su padre le
proporcionó un empleíllo en Fomento, el cual respetaban todos los
gobiernos, considerándolo como sagrado tributo que la patria pagaba á
mi tío. Raimundo no iba al ministerio más que el día de cobrar. «Yo
--decía-- no reconozco más jefe que el habilitado.» Desde el 20 del
mes, ó antes, se le acababan los fondos, fenómeno que se traducía al
punto en síntomas de reblandecimiento y en la matraca insufrible de los
_triunviros trogloditas_.
--No me marees --le decía yo--. Si no tienes dinero, pídelo en
castellano.
A él se le encendían los espíritus con esto.
--¿Es verdad ó no que no hay _guita_?... ¡Oh! si tengo yo un ojo
médico...
--Puesto que me pones una pistola al pecho para que lo confiese
--exclamaba con solemnidad cómica--, cierto es.
--¿Por qué no te clareabas?
--¡Ah! porque yo digo, como Fontenelle, que si tuviera la mano llena de
verdades, no las soltaría sino una á una.