DESCANSO XXI.

Los jigantes, así como nos echaron en la cueva, taparon la boca,

dejando caer un troncon de un árbol, que estaba en la puente superior

pendiendo, á manera de puerta levadiza, que hizo con el encaje y golpe

temblar, no solo la cueva y el ídolo; pero por un resquicio ó ventana

que salia á la mar, la violencia del viento movido levantó tan grandes

olas en ella que sentimos nuestro barco dar muy grandes golpes, por

la grandeza y pesadumbre suya, porque no creo que me engaño en decir

que tenia el tronco treinta varas de circunferencia, y de alto más

de sesenta; era de una materia tan maciza y pesada como la más dura

piedra del mundo. Los jigantes con el gran servicio que habian hecho

á su ídolo, comenzaron á bailar y danzar, y hacer sones descompuestos

y desconcertados en unos tamboriles roncos y melancólicos, que más

parecia ruido hecho en bóveda, que són para bailar. En tanto que ellos

estaban atentos á sus juegos, y entretenidos á costa de nuestras vidas,

nosotros llorábamos la desventura nuestra y la fuerza del hado que con

tal violencia nos habia tratado y traido á punto que ya que nos parecia

haber hallado algun alivio á tan contínuos é incesables trabajos, nos

habia puesto á morir de hambre y sed entre cuerpos muertos, de los que

sacrificaban á su insaciable ídolo; pero como no se ha de perder el

camino en cualquiera adversidad, si los trabajos son la piedra de toque

del valor y del ingenio, luego se me representó el modo de podernos

valer en tan apretado paso, adonde el ánimo, el ingenio y la presteza

habian de concurrir juntos en un instante. Y como estaban contentos

y divertidos en sus fiestas, y realmente era gente sencilla, y les

pareció que con aquel lance y con tenernos encerrados en tan obscura

sepultura, no habria más memoria de nosotros; pudimos, aunque con

trabajo, venir á la ejecucion de mi intento, que fué de este modo: Tomé

las cuerdas que me parecieron necesarias, y con los huesos blancos de

aquellos muertos que habia más descarnados, tomando los más pequeños,

hice una escala con que pudiésemos llegar al resquicio que tengo dicho,

que no pudo hacerse sin mucha dificultad, porque como todo era peña

viva, no dió lugar á que se pudiesen hacer agujeros para subir á poner

la escala; mas como la necesidad es tan grande maestra, y no iba menos

que la vida en hallar modo para poner la escala, tomé un hueso de un

espinazo bien descarnado, por el agujero metí una cuerda, y juntando

los dos cabos que se quedaban debajo, con la mayor fuerza que se pudo

probamos todos á tirar el hueso hácia la ventana ó resquicio; y un

mozo recio, criado en las montañas de Ronda, tuvo tan buen modo, traza

y fuerza, que acertó á colar el hueso por el resquicio, de manera que

quedó atravesado ó encallado; entonces atando la escala á un cabo de

aquellos, y tirando por el otro, llegó la escala á lo alto, y teniendo

mis compañeros del cabo que habia quedado abajo, yo subí con mucho

tiento por la escala, y la aseguré de manera, que todos pudimos subir

al resquicio y bajar al barco.

Hallada esta ingeniosa traza, tomé la pólvora de todos los frasquillos,

y mientras mis compañeros subian y bajaban al barco, hice una mina

debajo los piés del ídolo, que habia muchos huesos donde hacerla, y

dejándola bien tapada, con menos de un palmo de cuerda encendida,

subíme por la escala y salté en el barco, y desviándonos con los

remos adonde no nos pudiera el daño alcanzar, apenas nos pusimos á

mirar lo que pasaba, cuando dió la mina tan espantable trueno que

alborotó las aguas, y resonó el ruido por la mayor parte de la isla,

y el ídolo dió tan increible caida sobre los danzantes, que hizo

pedazos docena y media de ellos. Los demás viendo que aquel en quien

tenian confianza, les habia muerto los compañeros, dieron á huir,

metiéndose la isla adentro, y dejando desamparado todo el sitio que

nosotros habíamos menester; entramos dentro, dejando el barco bien

amarrado, y todos á un tiempo nos arrojamos y besamos la tierra,

dando inmensas gracias al Fabricador de ella por habernos dejado

pisar nuestro elemento. Y aunque nos espantó el estrago que habia

hecho el ídolo, y nos pudiera detener el espectáculo que teníamos

delante de los ojos, viendo cubierto el suelo de aquellos exorbitantes

mónstruos, como vimos la tierra escombrada de ellos, y la hambre y

sed hallaron en que ejercitar su oficio, arremetimos á unos árboles

frutales escelentísimos, y á una alegrísima fuente que nacia al pié de

un peñasco, muy cercada de ojos más claros que los de la cara. Yo fuí

á la mano á los compañeros, estorbándoles que no encharcasen en fruta

y agua, porque no se corrompiesen, y lo que buscábamos para la vida,

nos acarrease la muerte: y mirando á un lado y otro, vimos un jigante

de aquellos sobre quien habia caido el ídolo, vivo, pero quebrado, y

las piernas de suerte que no podia menearse, y haciéndole señas que

nos dijese dónde habia mantenimiento, nos señaló con la nariz, que no

podia con otra cosa, una cueva que tenia la entrada llena de árboles

muy verdes y muy espesos, tanto que la hacian dificultosa, á lo menos

para los naturales, que para nosotros no, y supimos despues, que nadie

podia entrar allí sino cuando se hubiesen de sacar mantenimientos

para la república ó el comun, so pena de no comer de ellos en cierta

cantidad de tiempo. Al fin, entramos en la cueva muy ancha y clara por

de dentro y con muchos apartamientos, donde habia cecinas de pescado y

carne suavísimas, muchos tasajos bien curados, y una fruta más gorda

y más sabrosa que avellanas, de que usaban en lugar de pan, y otros

muchos mantenimientos de que cargamos el barco, y hinchendo una docena

de cueros de agua dulce y fria, enviamos á los compañeros que ya nos

tenian por muertos, con que todos se alentaron comiendo y bebiendo

del mantenimiento y agua fria dulcísima, y tornaron dando órden, que

dejando en el navío alguna guarda para las mujeres de los que ya habian

estado en la isla, los demás en los barcos viniesen á ella, usando

siempre de los cabos y sogas, que de otro modo no podia ser; y bien

llenos los estómagos de comida, y los frascos de pólvora y cuerdas, se

pasaron á nuestra compañía.

[Ilustración]

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Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 89 / 101 题