Estando esperando viento para volver la proa, vimos venir muchísimas
aves en aquella parte del estrecho, donde habia unos hombrezuelos
pequeños de estatura, porque en la otra son altísimos y membrudos, que
casi las aves se señorean de la tierra, de manera que los hombrecitos
huian de ellas; nos vino un viento tan poderoso, que nos hizo pasar
el estrecho sin poderle resistir, con grandes daños del navío, porque
siendo la orilla muy llena de bajíos, íbamos casi arrastrando por la
arena las áncoras, fuera de no estar el estrecho llano como el de
Gibraltar, sino haciendo combas y senos, y topando en las áncoras que
habia dejado la arena por allí. La presteza del viento fué tanta y
tan sin pensar, que no tuvieron los marineros traza para defender al
navío. Pasamos de la otra parte con todos estos peligros de golpes
que el navío daba, y duró tanto, que nos rompió las velas mayores,
aunque las demás se amainaron, dejaron el trinquete de proa para que
la inmensa furia del aire nos llevase adonde quisiese, sin poder
dar bordo ni ver lugar adonde pudiésemos tener recurso ni socorro.
Al fin anduvimos seis meses perdidos, faltando ya todo lo necesario
para conservar la vida, arrojados y sacudidos de las olas por tan
inmensos mares, de nadie conocidos y navegados, perdida la esperanza
y el gobierno sin saber hácia dónde caminábamos, dispuestos cada dia
para ser manjar de mónstruos espantables, fuera de nuestro elemento,
y acabadas ya comida y bebida, de suerte que no habia quedado cuero
de maleta que no hubiese sido dulcísimo mantenimiento de su dueño,
si se las dejaban comer á solas, con un temor horrible, de imaginar
la sepultura que teníamos abierta en las no habitadas cavernas del
profundo mar, ó en las hambrientas entrañas de sus indomables bestias.
Creyendo que ya todo el mundo hubiese tornado á ser agua otra vez por
el diluvio general, comenzaron todos á decir en un grito: ¡Tierra,
tierra, tierra! porque descubrimos una isla de tan altos riscos
cercada, y ellos adornados de tan levantados árboles, que parecia
alguna cosa encantada, y apenas la descubrimos, cuando en un instante
se desapareció, no por arte mágica sino por la fuerza de una corriente
que nos arrebató el navío contra nuestra voluntad, sin ser poderosos
para resistirlo, hasta que la misma corriente nos echó á un lado, entre
unos remolinos tan furiosos, que tuvimos por cierto que se tragára el
navío, y á nosotros con él; pero volviendo en sí los marineros, y no
habiendo perdido el tiento donde se descubrió la isla, parecióles que
dando bordos con el trinquete, llevando siempre á vista la corriente,
sin acercarnos á ella, podíamos tornar á cobrar la isla; pero yo fuí
de opinion y parecer que amainasen el trinquete, y con los dos barcos
que iban amarrados en la popa, llevásemos el navío á jorro; porque si
la corriente arrebatase uno de los barcos, sería fácil de volver al
navío; mas si arrebatase el navío, tornaríamos á perder el tiento, y
aun las vidas; y encomendándonos todos al bendito ángel de la guarda,
con grandísimas plegarias y oraciones, y bogando los barcos aquellos
que más robustos ó menos flacos habian quedado por la falta de los
mantenimientos, remudando de cuando en cuando porque todos se alentasen
con la esperanza de ir á buscar tierra, pusimos en la guia ó en lo más
alto del árbol mayor un hombre muy bien atado que fuese descubriendo
con grande vigilancia, y avisando lo que pareciese que se descubria; y
al cabo de dos dias al punto que ya nos parecia que habíamos perdido el
camino de nuestra salud, tornamos á ver aquellas altísimas y tajadas
peñas, más empinadas que el Calpe de Gibraltar, pero llenas de tan
próceros y vistosos ramos, que alentó de manera á todos mis compañeros,
que fué menester quitarles los remos de las manos; porque con las
ansias y encendidos deseos que tenian de llegar á tierra, por poco
dieran otra vez con el navío en la corriente, y con las personas en
la última miseria de desesperacion. Pero dándoles una grande voz, les
dije: Compañeros, ya que Dios os ofrece, tras de tantas desventuras,
hambres y trabajos, ocasion en que se conozca cuánto puede la industria
junta con el valor de los pechos, que tanto tiempo han estado firmes,
siendo terreno de increibles golpes de fortuna, si ahora nos faltase
la cordura y sufrimiento para con prudencia considerar cuánto más
cercanos estamos de la muerte que en todo el tiempo que nos ha traido
la fortuna jugando con nuestras vidas, no seria ya culpa suya, sino
nuestra, precipitarnos en tan evidente peligro como el que habemos
tocado con las manos y visto con los ojos. Y siguiendo mi parecer en
lo que tanto nos importaba, fuimos acercándonos á la isla con tanto
tiento, que aunque diéramos en la corriente con alguno de los barcos,
con la mucha atencion que todos los marineros de conocimiento llevaban,
no se recibiera daño que no fuera fácil de reparar. Caminamos tanto
y tan atentamente, que veníamos á hallarnos menos de media legua de
la isla, y muy cercanos á la corriente, que al parecer de los más
esperimentados, comenzaba sobre la isla muy poco trecho, y se estendia
por ambos lados, de manera que dejaba la entrada imposible y la isla
inaccesible, como le dimos el nombre. Y aunque la corriente no era tan
estendida como en lo que por nuestro daño habíamos visto, era mucho más
furiosa, por ser en aquella parte más angosta.
Al fin, estando suspensos, y sin consejo sobre lo que se habia de
hacer, yo dije resueltamente: ¿Allí hay tierra y riscos? pues aquí ha
de haber lo uno y lo otro. Y determinadamente hice arrojar el áncora,
y á poco trecho aferró de suerte, que todos quedamos muy contentos y
con esperanza de salvamento. Hecho esto, pedí todos los cabos, sogas
y maromas, de que habia abundancia, tambien como de pólvora, porque
no se habia ofrecido lance en que gastar lo uno y lo otro, y atadas
fuertemente una soga con otra vino á ser tanta la cantidad, que podia
el barco llegar á la isla, y echando en él cincuenta compañeros, y los
más fuertes que me pareció, con sus arcabuces, frascos y frasquillos,
bien llenos de pólvora, y yo por cabo de ellos, aviando en el navío,
que aunque nos arrebatase la corriente, fuesen dándonos cabo, y
alargando con mucho tiento las maromas, hasta ver en qué parábamos;
nos dejamos llegar, guiándonos el bendito ángel de la guarda, y
arrebatándonos la corriente, sin recibir el barco otra alteracion, sino
ir con mucha furia. Á poco trecho nos hallamos en un abrigo, ó seno que
hacia la isla por aquella parte, tan sosegado, que si era grandísima
la furia de la corriente, no era menos mansa y quieta la playa ó
puerto adonde nos arrojó. Con este infeliz, y no pensado suceso, fuimos
bogando, arrimados al levantado risco para buscar alguna entrada, y
luego vimos á la puerta que hacia el encorvado abrigo, un ídolo de
espantable grandeza, y más admirable hechura, y de novedad nunca vista
ni imaginada: por su grandeza era como de una torre de las ordinarias;
sustentábase sobre dos piés tan grandes, como lo habia menester la
arquitectura del cuerpo: tenia un solo brazo que le salia de ambos
hombros, y éste tan largo, que le pasaba de la rodilla gran trecho:
en la mano tenia un sol ó rayos de él, la cabeza proporcionada con lo
demás, con solo un ojo, de cuyo párpado bajo le salia la nariz con sola
una ventana: una oreja sola, y esa en el colodrillo: tenia la boca
abierta, con dos dientes muy agudos, que parecia amenazar con ellos:
una barba salida hácia fuera con cerdas muy gruesas: cabello poco y
descompuesto. Pero aunque pudiera espantarnos esta vision para no pasar
adelante, como íbamos buscando la vida, y se habia de hallar en tierra,
caminamos hácia el ídolo, por donde estaba la pequeña entrada para la
isla, de nadie jamás vista ni comunicada, y al punto que llegamos el
barco á la entrada, salieron los dos altísimos jigantes, de la misma
hechura que tengo pintado el ídolo, y cogiendo el barco cada uno de
su lado, fué tanto el espanto nuestro y la violencia suya, que sin
podernos valer, nos vaciaron en una cueva que estaba al pié del ídolo:
y á un pobre compañero que tuvo ánimo para disparar el arcabuz, cogió
un jigante de aquellos, ciñéndolo con la mano por medio del cuerpo,
y lo arrojó tan lejos, que le vimos ir por encima del agua grande
trecho, hasta que cayó en el mar. Yo tuve advertencia de amarrar el
barco á un tronco de un árbol que estaba cerca de la entrada, antes
que llegásemos á ella, que despues nos fué de mucha importancia, no
previniendo el daño que nos habia de venir, sino porque el barco no se
fuese hácia la corriente.
[Ilustración]
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