DESCANSO XX.

Estando esperando viento para volver la proa, vimos venir muchísimas

aves en aquella parte del estrecho, donde habia unos hombrezuelos

pequeños de estatura, porque en la otra son altísimos y membrudos, que

casi las aves se señorean de la tierra, de manera que los hombrecitos

huian de ellas; nos vino un viento tan poderoso, que nos hizo pasar

el estrecho sin poderle resistir, con grandes daños del navío, porque

siendo la orilla muy llena de bajíos, íbamos casi arrastrando por la

arena las áncoras, fuera de no estar el estrecho llano como el de

Gibraltar, sino haciendo combas y senos, y topando en las áncoras que

habia dejado la arena por allí. La presteza del viento fué tanta y

tan sin pensar, que no tuvieron los marineros traza para defender al

navío. Pasamos de la otra parte con todos estos peligros de golpes

que el navío daba, y duró tanto, que nos rompió las velas mayores,

aunque las demás se amainaron, dejaron el trinquete de proa para que

la inmensa furia del aire nos llevase adonde quisiese, sin poder

dar bordo ni ver lugar adonde pudiésemos tener recurso ni socorro.

Al fin anduvimos seis meses perdidos, faltando ya todo lo necesario

para conservar la vida, arrojados y sacudidos de las olas por tan

inmensos mares, de nadie conocidos y navegados, perdida la esperanza

y el gobierno sin saber hácia dónde caminábamos, dispuestos cada dia

para ser manjar de mónstruos espantables, fuera de nuestro elemento,

y acabadas ya comida y bebida, de suerte que no habia quedado cuero

de maleta que no hubiese sido dulcísimo mantenimiento de su dueño,

si se las dejaban comer á solas, con un temor horrible, de imaginar

la sepultura que teníamos abierta en las no habitadas cavernas del

profundo mar, ó en las hambrientas entrañas de sus indomables bestias.

Creyendo que ya todo el mundo hubiese tornado á ser agua otra vez por

el diluvio general, comenzaron todos á decir en un grito: ¡Tierra,

tierra, tierra! porque descubrimos una isla de tan altos riscos

cercada, y ellos adornados de tan levantados árboles, que parecia

alguna cosa encantada, y apenas la descubrimos, cuando en un instante

se desapareció, no por arte mágica sino por la fuerza de una corriente

que nos arrebató el navío contra nuestra voluntad, sin ser poderosos

para resistirlo, hasta que la misma corriente nos echó á un lado, entre

unos remolinos tan furiosos, que tuvimos por cierto que se tragára el

navío, y á nosotros con él; pero volviendo en sí los marineros, y no

habiendo perdido el tiento donde se descubrió la isla, parecióles que

dando bordos con el trinquete, llevando siempre á vista la corriente,

sin acercarnos á ella, podíamos tornar á cobrar la isla; pero yo fuí

de opinion y parecer que amainasen el trinquete, y con los dos barcos

que iban amarrados en la popa, llevásemos el navío á jorro; porque si

la corriente arrebatase uno de los barcos, sería fácil de volver al

navío; mas si arrebatase el navío, tornaríamos á perder el tiento, y

aun las vidas; y encomendándonos todos al bendito ángel de la guarda,

con grandísimas plegarias y oraciones, y bogando los barcos aquellos

que más robustos ó menos flacos habian quedado por la falta de los

mantenimientos, remudando de cuando en cuando porque todos se alentasen

con la esperanza de ir á buscar tierra, pusimos en la guia ó en lo más

alto del árbol mayor un hombre muy bien atado que fuese descubriendo

con grande vigilancia, y avisando lo que pareciese que se descubria; y

al cabo de dos dias al punto que ya nos parecia que habíamos perdido el

camino de nuestra salud, tornamos á ver aquellas altísimas y tajadas

peñas, más empinadas que el Calpe de Gibraltar, pero llenas de tan

próceros y vistosos ramos, que alentó de manera á todos mis compañeros,

que fué menester quitarles los remos de las manos; porque con las

ansias y encendidos deseos que tenian de llegar á tierra, por poco

dieran otra vez con el navío en la corriente, y con las personas en

la última miseria de desesperacion. Pero dándoles una grande voz, les

dije: Compañeros, ya que Dios os ofrece, tras de tantas desventuras,

hambres y trabajos, ocasion en que se conozca cuánto puede la industria

junta con el valor de los pechos, que tanto tiempo han estado firmes,

siendo terreno de increibles golpes de fortuna, si ahora nos faltase

la cordura y sufrimiento para con prudencia considerar cuánto más

cercanos estamos de la muerte que en todo el tiempo que nos ha traido

la fortuna jugando con nuestras vidas, no seria ya culpa suya, sino

nuestra, precipitarnos en tan evidente peligro como el que habemos

tocado con las manos y visto con los ojos. Y siguiendo mi parecer en

lo que tanto nos importaba, fuimos acercándonos á la isla con tanto

tiento, que aunque diéramos en la corriente con alguno de los barcos,

con la mucha atencion que todos los marineros de conocimiento llevaban,

no se recibiera daño que no fuera fácil de reparar. Caminamos tanto

y tan atentamente, que veníamos á hallarnos menos de media legua de

la isla, y muy cercanos á la corriente, que al parecer de los más

esperimentados, comenzaba sobre la isla muy poco trecho, y se estendia

por ambos lados, de manera que dejaba la entrada imposible y la isla

inaccesible, como le dimos el nombre. Y aunque la corriente no era tan

estendida como en lo que por nuestro daño habíamos visto, era mucho más

furiosa, por ser en aquella parte más angosta.

Al fin, estando suspensos, y sin consejo sobre lo que se habia de

hacer, yo dije resueltamente: ¿Allí hay tierra y riscos? pues aquí ha

de haber lo uno y lo otro. Y determinadamente hice arrojar el áncora,

y á poco trecho aferró de suerte, que todos quedamos muy contentos y

con esperanza de salvamento. Hecho esto, pedí todos los cabos, sogas

y maromas, de que habia abundancia, tambien como de pólvora, porque

no se habia ofrecido lance en que gastar lo uno y lo otro, y atadas

fuertemente una soga con otra vino á ser tanta la cantidad, que podia

el barco llegar á la isla, y echando en él cincuenta compañeros, y los

más fuertes que me pareció, con sus arcabuces, frascos y frasquillos,

bien llenos de pólvora, y yo por cabo de ellos, aviando en el navío,

que aunque nos arrebatase la corriente, fuesen dándonos cabo, y

alargando con mucho tiento las maromas, hasta ver en qué parábamos;

nos dejamos llegar, guiándonos el bendito ángel de la guarda, y

arrebatándonos la corriente, sin recibir el barco otra alteracion, sino

ir con mucha furia. Á poco trecho nos hallamos en un abrigo, ó seno que

hacia la isla por aquella parte, tan sosegado, que si era grandísima

la furia de la corriente, no era menos mansa y quieta la playa ó

puerto adonde nos arrojó. Con este infeliz, y no pensado suceso, fuimos

bogando, arrimados al levantado risco para buscar alguna entrada, y

luego vimos á la puerta que hacia el encorvado abrigo, un ídolo de

espantable grandeza, y más admirable hechura, y de novedad nunca vista

ni imaginada: por su grandeza era como de una torre de las ordinarias;

sustentábase sobre dos piés tan grandes, como lo habia menester la

arquitectura del cuerpo: tenia un solo brazo que le salia de ambos

hombros, y éste tan largo, que le pasaba de la rodilla gran trecho:

en la mano tenia un sol ó rayos de él, la cabeza proporcionada con lo

demás, con solo un ojo, de cuyo párpado bajo le salia la nariz con sola

una ventana: una oreja sola, y esa en el colodrillo: tenia la boca

abierta, con dos dientes muy agudos, que parecia amenazar con ellos:

una barba salida hácia fuera con cerdas muy gruesas: cabello poco y

descompuesto. Pero aunque pudiera espantarnos esta vision para no pasar

adelante, como íbamos buscando la vida, y se habia de hallar en tierra,

caminamos hácia el ídolo, por donde estaba la pequeña entrada para la

isla, de nadie jamás vista ni comunicada, y al punto que llegamos el

barco á la entrada, salieron los dos altísimos jigantes, de la misma

hechura que tengo pintado el ídolo, y cogiendo el barco cada uno de

su lado, fué tanto el espanto nuestro y la violencia suya, que sin

podernos valer, nos vaciaron en una cueva que estaba al pié del ídolo:

y á un pobre compañero que tuvo ánimo para disparar el arcabuz, cogió

un jigante de aquellos, ciñéndolo con la mano por medio del cuerpo,

y lo arrojó tan lejos, que le vimos ir por encima del agua grande

trecho, hasta que cayó en el mar. Yo tuve advertencia de amarrar el

barco á un tronco de un árbol que estaba cerca de la entrada, antes

que llegásemos á ella, que despues nos fué de mucha importancia, no

previniendo el daño que nos habia de venir, sino porque el barco no se

fuese hácia la corriente.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 88 / 101 题