DESCANSO XIV.

Acabada mi última relacion, el ermitaño, dando grandes muestras de

admirarse de lo que habia oido, dijo que ya se podia pasar por la

puente, quizá cansado de haber escuchado tanto tiempo: despedíme de él,

y pasando la puente, ví tantos árboles arrancados de raíz, como habia

traido Manzanares; algunas ballenas destripadas, de las que solian

alancear, muchos animales ahogados, otros muchos mirando aquellos,

admirándose del diluvio y tempestad tan arrebatada y repentina. Todas

las huertas anegadas, las isletas cubiertas de arbolillos, que casi

habia llegado hasta la ermita de San Isidro Labrador; y con la arena

y árboles hechas algunas represas, que hasta ahora dejaron el rio

dividido por muchas partes.

Determiné de quitarme de tanto ruido como el de la córte, y buscar

quietud en tierra más templada que es Castilla, yéndome al Andalucía,

donde los gentiles pusieron la quietud de las almas bienaventuradas,

á su modo de creer, diciendo, que en pasando el rio Leteo, que aun

todavía conserva el nombre de Guadalete, se olvidaban de las cosas

de la tierra, y todo lo demás pasado; que la escelencia del temple,

abundancia de regalos, apacibilidad de cielo y tierra, les hizo dar

en este error, que los más templados son más aparejados para la

conservacion de los viejos, y como me hallé con dinerillo, compré una

mula, que me la dieron barata, por tener esparavanes en los piés, y

un ojo pasado por agua; pero caminaba razonablemente, con que fuí mi

camino encomendándome á Dios y al bendito ángel de la guarda. Iba

solo, porque por no caminar á gusto ageno, se puede un hombre ir á

pié, que es cansada cosa haber de parar yo donde el otro quisiere, y

no cuando yo fuere cansado, ó se me antojare parar. Al fin, como me ví

con dinero, quise caminar á mi modo. Hacia muy grande calor, y habiendo

salido muy de mañana para hacer medio dia en la venta de Darazutan,

fué tan escesivo el fuego que entró con el dia, saliendo de aquellas

matas unas exhalaciones abochornadas, que me abrasaban el rostro, y me

quedára mil veces si hallara lugar aparejado para ello. Ví la venta

desde lejos, aunque se parece poco por los chaparros y arbolillos que

la encubren; me parecia que al mismo paso que yo llevaba, ella se

alejaba de mis ojos, y la sed se me aumentaba en la boca: no creí que

pudiera llegar á ella, hasta que oí música de guitarras y voces que

salian de la misma venta: Ahora, dije, no me puedo engañar, y entrando,

hallé mucha gente que iba y venia, haciendo medio dia. Alentéme con ver

una tinaja de agua, de que siempre he sido muy apasionado: refresqué, y

púseme á oir la música, que siendo ella de suyo manjar tan sabroso al

oido, es de creer que en aquella soledad, llena de matas y apartada de

poblado, pareceria mucho mejor su melodía que en los palacios reales,

donde hay otras cosas que entretienen. Como el calor estaba en su

punto, y la venta muy llena de gente, fué menester la suspension que

la música pone para poder llevar la fiesta con algun descanso; que

esta facultad, no solamente alienta el sentido esterior, pero aun las

pasiones del alma mitiga y suspende; y es tan señora, que no á todos se

da por grandes ingenios que tengan, sino á aquellos á quien naturaleza

cria con inclinacion aplicada para ello; pero los que nacen con ella,

son aptos para todas las demás ciencias, y así habian de enseñar á los

niños esta facultad primero que otra, por dos razones; la una, porque

descubran el talento que tienen, la otra, por ocuparlos en cosa tan

virtuosa, que arrebata todas las acciones de los niños con su dulzura.

Aunque un autor moderno inadvertidamente dice que los griegos no

enseñaban á los mozos el primer tono, como si no fuera el más grave

que muchos de los otros, fué por ignorar la facultad, que quiso decir

que no les enseñaban música lasciva, que como por el oido entran en el

alma las especies, si es honesta y grave, la suben á la contemplacion

del Sumo Hacedor; si es deshonesta con demasiada alegría, la ponen en

pensamientos lascivos. Y es tan juez el oido de esta facultad, que me

acuerdo que un mozo que cantaba con mucha alegría, vino á ensordecer,

y pidiéndole despues que cantase, teniendo la voz tan buena como de

antes, hacia tan grandes disparates, que se reian todos de oirle

cantar, que realmente el oido es la clavija de la voz humana. Estos

músicos cantaron con tanta gracia, que despues de haber comido, se pasó

la siesta alegremente. Sacó uno de ellos un demostrador para ver qué

hora era, encareciendo mucho la invencion de los relojes, al cual dije,

que lo mismo que él habia hecho con el demostrador, se podia hacer con

hincar una paja ó un palillo en el suelo, mirando los dedos de sombra

que hacia; y con una vasija de agua, faltando el sol, haciéndole un

muy sutil agujerito, y señalando las horas con lo que va menguando,

y otras invenciones que se pueden hacer. Pasóse lo demás que restaba

para caminar en alabar cada uno su profesion, y las invenciones á que

más está inclinado, tomando ocasion de la invencion de los relojes.

Tratóse de la astrología, de la música, de la invencion de la memoria

artificial, porque se halló un caballero, oidor de Sevilla, que hacia

milagros con ella. Dijo un escudero viejo que estaba en un rincon

espulgándose: Todas cuantas invenciones han dicho vuesas mercedes no

tienen que ver con la invencion de la aguja. Riéronse todos, y él,

corrido, con mucha cólera dijo: Si no les parece que es así, háganme

merced de echar un remiendo con un pedazo de astrología. Á lo cual

dijo el licenciado Villaseñor: Cada uno alaba aquello de que se halla

más capaz: este señor escudero puede hablar de esta materia, porque

usa más del ministerio del agujero. Yo no soy sastre, respondió, sino

un escudero tan calificado y tan antiguo, que todos mis antepasados,

desde Nuño Rasura y Lain Calvo, han servido á los condes de Lemos. Y

si ahora voy á pié, es porque tengo mis caballos dándoles verde en las

puentes de Eume. Y con esto echó sobre la guarnicion de la espada unas

calzas viejas, y poniéndoselas al hombro, cogió las del martillado.

Bien es, dije yo, que cada uno se precie de lo que profesó. Que en

Madrid habia un verdugo, que mostrándole á un muchacho suyo, en una

horca que tenia en su casa, cómo ahorcaria á un hombre suavemente, y

no pegándosele al muchacho la profesion, y aborreciéndola, le dijo

el verdugo: ¡Oh! llévete el diablo, que no te se puede pegar cosa

buena; pues yo te pondré con un zapatero y morderás el zumaque. Ya

que nos queríamos partir dijo el oidor: Cierto, que me dijeron ayer

que buscaba cabalgadura para venir este camino Márcos de Obregon,

hombre de buen gusto y partes, á quien yo deseo conocer. Así es, dije

yo, yo le ví buscar en que venir. ¿Conócelo vuesa merced? preguntó el

oidor D. Hernando de Villaseñor. Yo respondí: Sí señor y es grande

amigo mio. Subimos á caballo ó á mula, y fuéme preguntando si sabia

algunas cosas del Sr. Márcos de Obregon. Yo le dije unas redondillas

muy nuevas, tanto que no habian pasado de mis manos á segunda persona,

y en oyéndolas despacio, me las repitió luego el oidor de memoria. Él

se admiró de las coplas, y yo mucho más de su memoria. Fuíle diciendo

muchas cosas, y él refiriéndomelas luego. Confesóme que era memoria

artificial, pero que para aprenderla era necesario tenerla muy buena,

que sin la natural se aprendia con mucho trabajo y dificultad. Yo

le dije: Por cierto la memoria es cosa que parece divina, pues las

cosas pasadas las tiene presentes, pero yo la tengo por verdugo de

los hombres desdichados, porque siempre les está representando los

malos sucesos, los agravios pasados, las desdichas presentes, las

sospechas de lo venidero y la desconfianza que tienen en todas las

cosas; y siendo la vida, como es, breve, se les abrevia más con la

contínua representacion de las infelicidades: y así, á estos tales,

mejor les seria el arte de olvidar que el de acordarse. ¿Cuántas vidas

habrá costado la memoria de las ofensas, que si no se acordáran no se

vengáran? ¿cuántos borrones se han hallado en muchas mujeres por la

memoria de los favores y disfavores? Tener buena memoria natural es

escelentísima cosa; pero gastar el tiempo en buscar dos ó tres mil

lugares, pudiéndolo gastar en actos de entendimiento, no lo tengo por

muy acertado, porque para la memoria sirve la estampa, las imágenes,

los colosos, estátuas, escrituras, edificios, piedras, señales de

peñascos, rios, fuentes, árboles y otras cosas sin número; y para el

entendimiento sola la naturaleza lo da y lo enriquece con la leccion

de los autores graves y comunicacion de amigos doctos. He visto muchos

autores que escriben de esta memoria artificial, y no he visto de

estos obras en que se hayan esmerado y dejado por ellas nombres de sus

grandes ingenios, que aunque Ciceron, Quintiliano y Aristóteles tocan

algo de esta materia; pero no hacen libros de ella, como cosa inferior

al entendimiento. Y así D. Lorenzo Ramirez de Prado, caballero muy

docto en las buenas letras, así de poesía como de filosofía, tiene

muy sujeta la memoria artificial que hace milagros con ella; pero no

por principal objeto, sino por curiosidad, porque á quien le sobran

tantas partes, no le faltase esta. Y la historia que cuentan de aquel

gran poeta lírico Simónides, que habiendo caido una casa sobre muchos

convidados, y estando de suerte desfigurados que nadie los conoció,

él dijo en qué lugar estaba cada uno, nombrándoles por sus nombres.

Yo entiendo que fué acto de memoria natural y no artificial, porque

un hombre que iba á comer y brindar al banquete con la libertad que

entonces se usaba, no se habia de parar muy despacio á poner imágenes y

figuras en lugares imaginados, naturales y artificiales, ni acordarse

cargando la imaginacion de más carga de la que el vino les ponia en

tiempo que tan pocos aguados se usaban, y habiendo sido aquel mismo

dia, yo creo que sin artificio se hizo.

El autor de este libro, habiendo salido de casa de sus padres niño

estudiante, volviendo con canas á ella, conoció y nombró por sus

nombres á todos los que habia dejado niños, hallándolos con barbas y

canas, y ningun nombre ni costumbres dejó de decir de cuantos venian

admirados de verle. ¿Y no se dice por cosa de admiracion, que Cinea

embajador del rey Pirro, en dos dias que estuvo en Roma, conoció y

nombró por sus nombres á todos los moradores della? Mitrídates, rey

del Ponto, negociaba con veinte y dos naciones que tenia sujetas en

el propio lenguaje de ellas. Julio César en un mismo tiempo leia,

escribia, dictaba y oía cosas importantísimas, y por eso se hace

particular mencion dellas, que hombres ordinarios hay algunos que hacen

milagros con la memoria natural. En Gibraltar habia un conocedor de

D. Francisco de Ahumada Mendoza, llamado Alonso Mateos, que á treinta

mil vacas que habia en la Sauceda, las conocia á ellas y á sus dueños,

y las nombraba por sus nombres, dando á cada uno la que era suya. Y

á todos los bandoleros que venian de diversas partes, de una vez los

conocia y sabia los nombres. Todo esto he traido para que no parezca

memoria artificial la de Simónides, y para que sepan que con solo

ejercitarla se aumenta y crece, como se ve en estos conocedores, que

siendo hombres toscos, muchos hacen lo mismo que el dicho. Y en Madrid

anda un gentil hombre, llamado D. Luis Ramirez, que cualquiera comedia

que ve representar, va á su casa y la escribe toda, sin faltarle letra,

ni errar verso: pero hay diversas maneras de memoria, unas que se

acuerdan de las palabras, y otras que se acuerdan de las cosas; como es

Pedro Mantuano, que de infinitas historias que ha leido, no solamente

no se le han olvidado, pero en cualquiera tiempo que le pidan, ó que

se ofrezca tratar de alguna de ellas, las tiene tan presentes como

cuando las iba leyendo, y los nombres propios contenidos en ellas; y

de los versos todos los que ve á segunda no se le olvida ninguno. Á

todo esto el oidor estuvo callando y loando mucho la que yo habia

mostrado; y así dijo, que la artificial, más era para una ostentacion,

que para estar siempre cansándose en ella y con ella. Y tornando á mis

alabanzas, sin conocerme, dijo que deseaba mucho conocer á Márcos de

Obregon, lo uno porque eran vecinos en los pueblos, porque él era de

Cañete la Real, y Obregon natural de Ronda: y preguntóme qué traza de

hombre tenia, qué trato, y qué proceder; y le respondí: La proporcion

y traza de su persona es de la misma manera que la mia, y el trato

y proceder el mismo que el mio, que como somos tan grandes amigos,

yo le sigo á él y él á mí. Por cierto si él tiene, dijo el oidor,

semejanza á la apacibilidad que vos habeis mostrado, con mucha razon

tiene el nombre que le da el mundo. El oidor por todo el camino me fué

regalando: de manera, que descubrió la nobleza heredada y adquirida

en aquel viaje, en su ánimo, bondad y liberalidad. Íbamos por toda

Sierra-Morena, mirando cosas estraordinarias, que como es tan grande,

ancha y larga, que atraviesa á toda España, Francia é Italia, hasta

que se va á entrar en la mar por la canal de Constantinopla, aunque

con diversos nombres, habia mucho que ver y notar en ella. Topamos en

un arenalillo una culebra con dos cabezas, de que se admiró el oidor,

diciendo que lo habia oido decir, y hasta entonces no lo habia creido.

Ni aun ahora lo creo, dije yo, que un cuerpo tenga dos cabezas: y noté

que no se movia bien, ni huia de las bestias. Díjele á un mozo de mulas

que le diese con la vara, y él lo hizo así; y en dándole vomitó un

sapon que habia ya tragado, hasta la cabeza que estaba por tragar, con

que se deshizo el engaño que deben tener muchos. Así deben ser, dijo

el oidor, muchas cosas que nos dicen que nunca las vemos, como es lo

de la salamandra. Yo estaba, le dije, incrédulo en eso, hasta que á

dos personas de crédito y bondad les oí decir que junto á Cuenca, en un

pueblecito que se dice Alcantuz, habiéndose caido un horno de vidrio,

hallaron pegada al mismo mortero donde baten las llamas del fuego una

salamandra; y por ser persona de crédito lo creí, y no se han engañado

los que lo traen siempre por comparacion.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 82 / 101 题