Salimos de la cárcel al cabo de tres meses, porque dimos muy
gentiles descargos; pero tan gastados, que no teníamos tras que
parar, porque para poder caminar al dia siguiente, yo fuí á vender
unas botas escuderiles, y mi compañero una maleta ratonada, que es
muy de escuderos, por no tener un cofre, guardar los pedazos de pan
en semejantes alacenas, receptáculo de ratones. Estando vendiendo
nuestras prendas, envió Dios á un hidalgo muy bien puesto, y doliéndose
mucho del testimonio que nos habian levantado, dijo: Que cierto
gran caballero que habia sabido nuestra desgracia, le enviaba á que
supiese lo que se habia gastado en nuestra prision, y que movido por
entrañas de misericordia, le habia dado en doblones lo que dijésemos
que nos habia hecho de daño. Yo conocíle, pero antes de declararme,
le dije: Señor, esta obra de Dios viene, que sabe nuestra necesidad,
que es tanta, que vendemos nuestro ajuar para comer hoy. Lo que nos
cuesta serán cien escudos, poco más ó menos; y en diciendo esto, sacó
cincuenta doblones, y nos los dió. En viéndolos en mi mano, le dije:
Esto es cuanto á la costa, pero cuanto al gusto que vuesa merced
recibió de la venganza, y el disgusto que nosotros pasamos, ¿qué
satisfaccion puede haber? Que bien le conocí aquella noche que nos
fué siguiendo hasta la cárcel. Respondió cuerdamente: El prenderos
fué desdicha vuestra, el pagar es obligacion mia. Como yo no os dí la
desdicha, no puedo satisfacerla; y si todos los desdichados tuviesen
recurso á satisfaccion, no serian desdichados. Yo como no tuve ventura
para no padecer, tengo piedad para compadecerme; otro pudiera ser que
no mirára lo uno ni lo otro. Muchas desdichas suceden á los hombres
por secretos juicios de Dios, de que no podemos pedirle cuenta. Las
desdichas no están en nuestra mano, ni estuvo en la mano mia hacer que
fuésedes aquella noche corriendo, que eso fué voluntad vuestra. Y os sé
decir, que me pesó en el alma del hecho, no por la cuchillada, sino por
vuestro trabajo. La desdicha fué, que la cara de la otra, y la carrera
de vuestros piés cayeron en un dia: habeis sido tan prudente en esta
desdicha, que os he tenido envidia; que quien se acuerda pacientemente
en la adversidad, es señor de sus acciones, y las desdichas le acometen
con temor. Y si como puedo satisfaceros el daño, pudiera poneros la
fortuna debajo de vuestros piés, yo os hiciera felicísimos, pero ya
que en esto no lo fuísteis, fuísteislo en cortar el bigote al otro,
saliendo bien de ello. Que como vos, por discurso bueno habeis echado
de ver mi travesura, yo por vuestro disimulo conocí la vuestra. Aunque
el hidalgo habló tan bien, yo estaba contento y alborozado con ver
en mis manos aquel metal tan semejante á la luz del sol, que no supe
replicarle, sino agradecerle y estimar su cordura, igual con su
piedad. Yo me hallé tan harto de trabajos y desventuras, que determiné
de dejar la córte despues de haber andado algunos dias de mala ventura,
sirviendo del escuderaje, que tan forzoso me ha sido, aborreciéndolo
como á una culebra.
Fuíme á despedir de un caballero amigo, que no habia visto muchos dias
hacia, y hallándole muy melancólico y desgraciado, le pregunté qué
tenia. Respondióme, que ni podia dormir, ni comer, ni tomar descanso en
cosa. Pues si haceis, dije, lo que yo os enseñaré, sanareis de todas
estas tres cosas. ¿Cómo si lo haré, respondió, aunque cueste todo mi
mayorazgo? Pues levantaos mañana en amaneciendo, que yo os llevaré
donde cojais una yerba que os sane de todos esos males. Levantóse ó
hícele levantar de mañana, y mandó poner el coche: yo le dije, que no
haria la yerba provecho sino iba á pié, y dejando el coche lo llevé
hácia San Bernardino, convento de los Recoletos Franciscanos, diciendo,
que estaba la yerba allí, y que la habia de coger con sus manos. Hícele
andar de manera que iba carleando como podenco con sed, y tanto, que
de cansado se sentó en el camino. Preguntéle si descansaba. Respondió
que sí. Pues sabeis por qué habeis descansado, porque os cansásteis:
y en las sillas de vuestra casa no descansais, porque no os cansais.
Hícele llegar á San Bernardino, y volver á su casa á pié, con muy buena
gana de comer. Comió y bebió con gana, y luego se acostó, y durmió muy
bien. Díjele luego: Quien no se cansa, no puede descansar; y quien no
tiene hambre, no puede comer; quien no tiene falta de sueño, no puede
dormir, no se queje quien no hace ejercicio de males y enfermedades
que le vengan, que la poltronería es el mayor enemigo que tiene el
cuerpo humano. El ejercicio á pié restaura los daños causados de la
ociosidad. Los caballos más ejercitados son de más dura y brio. El
pescado del mar Océano, es mejor que del Mediterráneo, porque está
más azotado por aquellas cavernas hondas de las olas más contínuas y
furiosas: los hombres trabajados están más enjutos, y para más que los
holgados; y así son todas las cosas, que un hombre que trabaja más que
otro es más poderoso, entiéndese con igual capacidad. Holgóse mucho, y
de allí en adelante dió en hacer ejercicio á pié por la mañana y por la
tarde, con que se halló muy bien y con muy entera salud, y agradecióme
la estratagema de que usé para quitarle de la ociosidad que le tenia
impedido, sin gusto y sin salud, é hízome un grande regalo. Anduve por
Madrid algunos dias, donde fuí ayo y escudero del doctor Sagredo, y su
mujer doña Mergelina de Aybar, hasta que los dejé ó me dejaron.
[Ilustración]
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