DESCANSO XIII.

Salimos de la cárcel al cabo de tres meses, porque dimos muy

gentiles descargos; pero tan gastados, que no teníamos tras que

parar, porque para poder caminar al dia siguiente, yo fuí á vender

unas botas escuderiles, y mi compañero una maleta ratonada, que es

muy de escuderos, por no tener un cofre, guardar los pedazos de pan

en semejantes alacenas, receptáculo de ratones. Estando vendiendo

nuestras prendas, envió Dios á un hidalgo muy bien puesto, y doliéndose

mucho del testimonio que nos habian levantado, dijo: Que cierto

gran caballero que habia sabido nuestra desgracia, le enviaba á que

supiese lo que se habia gastado en nuestra prision, y que movido por

entrañas de misericordia, le habia dado en doblones lo que dijésemos

que nos habia hecho de daño. Yo conocíle, pero antes de declararme,

le dije: Señor, esta obra de Dios viene, que sabe nuestra necesidad,

que es tanta, que vendemos nuestro ajuar para comer hoy. Lo que nos

cuesta serán cien escudos, poco más ó menos; y en diciendo esto, sacó

cincuenta doblones, y nos los dió. En viéndolos en mi mano, le dije:

Esto es cuanto á la costa, pero cuanto al gusto que vuesa merced

recibió de la venganza, y el disgusto que nosotros pasamos, ¿qué

satisfaccion puede haber? Que bien le conocí aquella noche que nos

fué siguiendo hasta la cárcel. Respondió cuerdamente: El prenderos

fué desdicha vuestra, el pagar es obligacion mia. Como yo no os dí la

desdicha, no puedo satisfacerla; y si todos los desdichados tuviesen

recurso á satisfaccion, no serian desdichados. Yo como no tuve ventura

para no padecer, tengo piedad para compadecerme; otro pudiera ser que

no mirára lo uno ni lo otro. Muchas desdichas suceden á los hombres

por secretos juicios de Dios, de que no podemos pedirle cuenta. Las

desdichas no están en nuestra mano, ni estuvo en la mano mia hacer que

fuésedes aquella noche corriendo, que eso fué voluntad vuestra. Y os sé

decir, que me pesó en el alma del hecho, no por la cuchillada, sino por

vuestro trabajo. La desdicha fué, que la cara de la otra, y la carrera

de vuestros piés cayeron en un dia: habeis sido tan prudente en esta

desdicha, que os he tenido envidia; que quien se acuerda pacientemente

en la adversidad, es señor de sus acciones, y las desdichas le acometen

con temor. Y si como puedo satisfaceros el daño, pudiera poneros la

fortuna debajo de vuestros piés, yo os hiciera felicísimos, pero ya

que en esto no lo fuísteis, fuísteislo en cortar el bigote al otro,

saliendo bien de ello. Que como vos, por discurso bueno habeis echado

de ver mi travesura, yo por vuestro disimulo conocí la vuestra. Aunque

el hidalgo habló tan bien, yo estaba contento y alborozado con ver

en mis manos aquel metal tan semejante á la luz del sol, que no supe

replicarle, sino agradecerle y estimar su cordura, igual con su

piedad. Yo me hallé tan harto de trabajos y desventuras, que determiné

de dejar la córte despues de haber andado algunos dias de mala ventura,

sirviendo del escuderaje, que tan forzoso me ha sido, aborreciéndolo

como á una culebra.

Fuíme á despedir de un caballero amigo, que no habia visto muchos dias

hacia, y hallándole muy melancólico y desgraciado, le pregunté qué

tenia. Respondióme, que ni podia dormir, ni comer, ni tomar descanso en

cosa. Pues si haceis, dije, lo que yo os enseñaré, sanareis de todas

estas tres cosas. ¿Cómo si lo haré, respondió, aunque cueste todo mi

mayorazgo? Pues levantaos mañana en amaneciendo, que yo os llevaré

donde cojais una yerba que os sane de todos esos males. Levantóse ó

hícele levantar de mañana, y mandó poner el coche: yo le dije, que no

haria la yerba provecho sino iba á pié, y dejando el coche lo llevé

hácia San Bernardino, convento de los Recoletos Franciscanos, diciendo,

que estaba la yerba allí, y que la habia de coger con sus manos. Hícele

andar de manera que iba carleando como podenco con sed, y tanto, que

de cansado se sentó en el camino. Preguntéle si descansaba. Respondió

que sí. Pues sabeis por qué habeis descansado, porque os cansásteis:

y en las sillas de vuestra casa no descansais, porque no os cansais.

Hícele llegar á San Bernardino, y volver á su casa á pié, con muy buena

gana de comer. Comió y bebió con gana, y luego se acostó, y durmió muy

bien. Díjele luego: Quien no se cansa, no puede descansar; y quien no

tiene hambre, no puede comer; quien no tiene falta de sueño, no puede

dormir, no se queje quien no hace ejercicio de males y enfermedades

que le vengan, que la poltronería es el mayor enemigo que tiene el

cuerpo humano. El ejercicio á pié restaura los daños causados de la

ociosidad. Los caballos más ejercitados son de más dura y brio. El

pescado del mar Océano, es mejor que del Mediterráneo, porque está

más azotado por aquellas cavernas hondas de las olas más contínuas y

furiosas: los hombres trabajados están más enjutos, y para más que los

holgados; y así son todas las cosas, que un hombre que trabaja más que

otro es más poderoso, entiéndese con igual capacidad. Holgóse mucho, y

de allí en adelante dió en hacer ejercicio á pié por la mañana y por la

tarde, con que se halló muy bien y con muy entera salud, y agradecióme

la estratagema de que usé para quitarle de la ociosidad que le tenia

impedido, sin gusto y sin salud, é hízome un grande regalo. Anduve por

Madrid algunos dias, donde fuí ayo y escudero del doctor Sagredo, y su

mujer doña Mergelina de Aybar, hasta que los dejé ó me dejaron.

[Ilustración]

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Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 81 / 101 题