DESCANSO I.

Pero ya, dejando esta materia, fuimos caminando por el Ginovesado

mi mozo de mulas y yo, hasta que topamos con unos labradores, que

preguntados por dónde tomaríamos el camino, que habíamos errado

la noche antes, nos dijeron un disparate para engañarnos, y que

anduviésemos perdidos más tiempo. El mozo entendió la burla, y dijo

que nos engañaban. Pero yo, no tomándolo por burla, deshonrélos en mal

lenguaje italiano, y ellos que eran muchos, cargáronse de piedras;

yo me apeé, y dí una cuchillada á uno: el mozo cogió su caballo, y

dejóme entre ellos, que como era de su nacion no quiso ser testigo

del caso, y ellos cargaron sobre mí, porque deslicé y caí en el

suelo, y maniatándome, dieron conmigo en el lugar más cercano que

era muy grande y muy poblado. Representaron la sangre del herido, y

echáronme una cadena y grillos muy pesada. Esta vez no me quise quejar

de mi mucha desdicha, sino de mi poca consideracion que estando en

tierra no conocida, quise hacer lo que no hiciera en la mia: que los

españoles en estando fuera de su natural se persuaden á entender que

son señores absolutos. Yo que no tenia de quién, ni á quién quejarme,

volví contra mí las piedras que los contrarios podian tirarme: víme

cargado de los hierros que no tuve en Argel, siendo enemigos de la fé

y de los que la profesan, sin poder volver los ojos á quien me mirase

de buena gana. Que por la misma razon que pensamos ser señores del

mundo, somos aborrecidos de todos. Quien va á tierras agenas tiene

obligacion de entrar en ellas con grande tiento, que ni las leyes son

las mismas, ni las costumbres semejantes, ni las amistades se guardan

donde no hay conocimiento. Y es averiguada cosa que aunque los reinos

y repúblicas se guarden el respeto y amistad que profesan entre sí, no

corre lo mismo en los particulares, que ordinariamente se desdoran, y

tienen enemistades unos con otros: y tanto más, cuanto más se ven, sin

razon ó con ella, supeditados. Eché de ver que la paciencia es virtud

corriente para todas las cosas del mundo, pero más para tratar con

gentes no comunicadas. Tiene el forastero necesidad de ser muy afable

y comedido con crianza, y ha de perder de su derecho en las cosas, que

donde está no sabe si son buenas ó malas: con semblante alegre, cólera

enfrenada, viene fácilmente en el conocimiento de lo que ignoramos

en las tierras cuyas costumbres no han venido á nuestra noticia. Yo

me ví afligidísimo, sin ver á quién poder dar parte de mis trabajos.

Llamábanme de marrano muy cerca de mí, y la más honrada sentencia

era que me habian de dar garrote de secreto. El carcelero parecia

hombre corriente, pero no hallaba por donde entrarle para consolarme

con él. Estuve pensando qué modo tendria, y acordéme que esta nacion

es codiciosa sobremanera, y que por allí podria echar algun cartabon

para mi remedio. Llevaba en la faldriquera algunos escudos que saqué

de Génova. Andaban allí dos niños del carcelero muy graciosos, y

acordándome cuán buen rostro muestran los padres á quien hace bien

á sus hijos, dí á cada niño un escudo: aquí abrió los ojos el padre

agradeciéndolo mucho, y aun muchísimo, que me dió buena esperanza de

salir con lo que habia pensado. Díjome: V. S. debe ser muy rico. ¿En

qué lo echais de ver? pregunté yo. En la liberalidad, respondió, con

que habeis dado á esos niños moneda que aun los hombres mal conocemos

por acá. Pues si esto estimais siendo tan poco, ¿qué hareis cuando

sepais lo demás? y sacando dineros, díselos á él, y díjele: Porque me

pareceis hombre de buen discurso os quiero decir quién soy, que de

esta niñería no teneis que hacer caso. Yo he alcanzado lo que todos

los filósofos andan buscando y no acaban de dar con ello, pero primero

me habeis de hacer juramento de en ningun tiempo descubrirme. Él lo

hizo solemnísimamente, y con grandes ansias me preguntó, qué era

lo que queria decirle, y le respondí: Sé hacer la piedra filosofal

que convierte el hierro en oro, y con esto nunca me falta lo que he

menester: pero no he osado comunicarlo con nadie en Génova, porque la

república no me estorbase mi viaje, que lo hicieran sin duda, porque

como esta divina invencion es tan apetecida y deseada de todos, todos

andan tras de ella: y si saben alguno que lo sabe, ó los reyes ó las

repúblicas los detienen contra su voluntad, por que ejercite el arte

para ellos á su costa, que en habiendo mucha cantidad de oro en el

mundo será estimado en poco. Señor, dijo el carcelero, muchas veces he

oido tratar de esa materia; pero nunca he visto ni oido decir que lo

haya nadie alcanzado en nuestros tiempos, que aunque V. S. me ve en

este oficio, que por estar quieto y mantener mis hijos ejercito, ya he

estado en España sirviendo á un embajador de Génova, y por lo dicho

me recogí á este pueblo donde nací. Huélgome de eso, dije yo, porque

siendo, como sois, discreto, y habiendo oido tratar de la materia,

dareis crédito á lo que vereis con vuestros ojos. Si yo pudiese, dijo,

aprender eso, seria un valiente hombre, que mandaria á todo mi lugar, y

enviaria libre á V. S. adonde fuese servido. Á lo primero, dije yo, os

respondo que consiste el hacerlo en dar un punto que es menester gran

cuidado para acertarlo, y así no me atrevo á enseñároslo; pero dejaréos

con tanto oro, que no hayais menester á nadie vos ni vuestros hijos.

Y á lo segundo, que no quiero que hagais por mí cosa que en algun

tiempo pueda haceros daño, que la misma arte química me dará modo para

librarme, y esto os lo enseñaré facilísimamente, que lo vereis aunque

esteis ciego, como sin culpa vuestra y sin consentimiento vuestro me

libro, y vos quedais sin calumnia, y con riqueza y gusto.

Echóse á mis piés con grandes ceremonias, quitándome la cadena y

grillos, contradeciéndoselo yo con grandes veras, y pensando adelante

toda la noche, para más asegurado en la materia, por hacer mejor mi

negocio, le dije: Sabed que el no haber acertado á dar el punto á la

transmutacion de los metales nace de no haber entendido á los grandes

filósofos que tratan esta materia sutilísimamente, como son Arnaldo de

Villanueva, Raimundo Lulio, y Gebot, moro de nacion, y otros muchos

autores, que la escriben en cifras, por no hacerlas comunes á los

ignorantes, que yo por enterarme en la verdad de ello he pasado á

Fez en África, á Constantinopla y Alemania, y con la comunicacion de

grandes filósofos he venido á descubrir la verdad, que consiste en

reducir á la primera materia un metal tan intratable y recio como el

hierro, que puesto en aquel principio suyo, y en aquella simiente de

que fué hecho, aplicándole las mismas cosas y los mismos simples que

la naturaleza aplica al oro, cuando se forma ó se va formando, viene á

transformarse en la misma substancia de él. Que de la propia manera que

todas las criaturas van imitando, en cuanto les es posible, á la más

perfecta de su género, así el hierro y los demás metales van imitando

á la más perfecta de ellas que es el oro, y dándole tales cualidades

que la naturaleza con la generacion del padre universal, que es el sol,

viene á mudar su naturaleza en la del oro, y esto se hace mediante

ciertas sales fortísimas y corrosivas, mirando los aspectos de los

planetas, en que yo estoy muy diestro y enterado. Y para que veais

alguna semejanza que os persuada de esta verdad, dejad esta noche un

callo de herradura que haya sido muy pisado y lleno del orin que recibe

en los muladares, y hecho pedacicos muy menudos, ó limándolo, ponedlo

en una redoma con fuego lento, en muy fuerte vinagre, y vereis lo que

resulte. Hízolo puntualmente, y dióme en que reposase aquella noche muy

á mi gusto, donde pensé muy bien la traza que llevaba ordenada para

librarme de la prision.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 69 / 101 题