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Yo, que de cautivo, esclavo y maltratado, tan presto me ví con dineros
y bien puesto de vestidos, deseaba ya ardentísimamente llegar á donde
mis amigos me viesen libre, y supiesen los trabajos y favores de que
la fortuna habia usado conmigo. Y así en habiendo visto la grandeza de
aquella república, y tomado el descanso que tan grande cansancio pedia,
cogí mi cabalgadura y Victorino, ó mozo de mulas, y aviándome para
Milan, subí por aquellas montañas de Génova, tan ásperas y encumbradas
como las de Ronda. Y en habiendo pasado por San Pedro de Arenas, ya
que anochecia, fué tan grande la piedra y agua que nos cogió, que
perdimos el camino en parte donde fuera fácil el despeñarnos hasta
los profundos rios, crecidos con la grande avenida, yendo á dar á la
furia del mar; porque los arroyos que se juntaron de la tormenta del
granizo y agua eran bastantes para mucho más que esto. No veíamos luz
sino por los ojos del caballo que nos guiaban, que es la peor bestia
para caminar, del mundo, que en Italia se camina con ellos. Y con la
poca gana que llevaba se arrimaba á cualquier árbol que topábamos, ó
se arrojaba por donde se le antojaba. De suerte que yo me apeé, y en
unos árboles que tenian grandes troncos y muchas ramas, trabadas unas
con otras, nos arrimamos hasta esperar que, ó la tempestad cesase,
ó viésemos alguna claridad ó luz que nos guiase á salvamento. El
Victorino, aunque práctico en la tierra, estaba tan turbado, que habia
perdido los memoriales, y yo las esperanzas de poder movernos de allí
hasta la mañana. Corria el agua de nosotros por la carne como de cueros
de curtidura grandísimo rato con este trabajo; pero no pudimos gozar
de la sombra de los acopados árboles, porque corria más agua de ellos
que de nosotros, que todo lo rendia el tiempo insufrible y borrascoso.
Estando en esta suspension de ánimo congojoso, oimos decir cerca de
nosotros: Guarda la vita. Como tan cerca sonó, miré por entre las
ramas, y ví que á las espaldas de los árboles parecia una luz que salia
de tres casas, donde el caballo debia de haber posado otras veces, y
aunque por malos pasos, nos habia guiado allí. El espacio era poco, y
en un instante corriendo nos pusimos en las casas, de donde salieron
con grande cuidado á ofrecernos alojamiento: y donde no pensamos
hallar agua, hallamos muy gentiles capones, que todas las naciones
extranjeras hacen esta ventaja á España en las posadas y regalo de los
caminantes. Cenamos muy bien: yo pedí un jarro de agua, y trujéronmela
de una fuente que nacia junto á las mismas casas, caliente vaheando,
hícela poner á una ventana, que aunque el tiempo no estaba tan frio,
la borrasca y granizo lo habia trocado, y en un instante se enfrió,
y aun heló el jarro de agua. Bebílo, y el huésped trajo allí de las
otras casas dos testigos, y viéndome beber otro jarro de agua fria, les
dijo: Señores, para esto os he traido, porque si este señor español
muriere de estos jarros de agua fria, no digan que yo le he muerto.
Reíme, juzgando que lo decia por aborrecer el agua, ó por amar el vino,
y no fué sino por la razon que el hostalero dijo despues. Pregunté como
nuevo en Italia, por qué razon queria que no bebiese agua quien casi
siempre la habia bebido y bebia. Respondió que las aguas de España eran
más delgadas y de más fácil digestion que las de Italia, que tienen
más humedad. Y es de creer que, pues gente de tan gentil discurso como
la italiana no osa beberla sola, halla en ella algun daño. Yo conocí
un caballero italiano, que cuando vino á España no habia bebido gota
de agua, y estando en España no bebió gota de vino, que las aguas, ora
sean de rio, ora de fuente, toman la calidad buena ó mala de la tierra
ó minerales por donde pasan. Las de España, por ser esta provincia tan
favorecida del sol, y consumir las humedades con tanta violencia, son
bonísimas, fuera de que ordinariamente pasan por minerales de oro,
como se parece en las de Sierra-Bermeja, que la misma sierra está del
mismo color, y son excelentísimas; ó pasan por minerales de plata, que
son bonísimas, como las de Sierra-Morena, que se verifica en las de
Guadalcanal; ó por minerales de hierro, como es en Vizcaya, que son
saludables. Y en resolucion, no hay agua en España que sea mala, sea de
fuente ó sea de rio, que de lagunas y lagos, ó encharcadas, ni las hay
ni las beben: antes parece que para mayor grandeza de la misericordia
de Dios, una laguna de más de una legua, que está cerca de Antequera,
que todos los años se hace sal, tiene junto á sí la mejor y más sana
agua que se conoce en lo descubierto, que se llama la fuente de la
Piedra, porque la deshace. Y en Ronda, otra fuentecilla, que llaman de
las Monjas, que nace mirando al Oriente, y en un cerro, en bebiéndola
luego deshace la piedra, y en el mismo dia salen las arenas, y de esta
se puede escribir un grandísimo volúmen. Pero lo que el hostalero me
dijo fué tan verdad, que en todo el tiempo que estuve en Lombardía, que
fueron más de tres años, ni tuve salud, ni me faltó dolor de cabeza
perpétuo, por el agua que bebia. Y verificóse el dia siguiente, que
yendo caminando, en todos los charquillos que se habian hecho del
grande turbion de agua habia animalejos, como sapillos, renacuajos y
otras sabandijas, engendradas en tan poco espacio, que es causa de
la mucha humedad maliciosa del terruño. Y en aquellos fosos de Milan
se ven unas bolas de culebras en mucha cantidad, engendradas de la
bascosidad y putrefaccion del agua, y la humedad gruesa de la misma
tierra.
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