DESCANSO XII.

En este tiempo sucedió un notable, y no usado hurto, delito

castigadísimo entre aquella gente, de que se escandalizó toda la

ciudad, y causó mucha turbacion, por ser hecho al Rey ó Virey, y de

moneda que tenia guardada para enviar al gran Señor. Y habiéndose

hecho grandes diligencias, por ningun camino se pudo sospechar ni

imaginar quién pudiese ser el autor, aunque un gran privado del Rey

prometia grandísima cantidad de dineros, exenciones y libertades á

quien lo descubriese. Dióse traza que de secreto y sin alboroto se

fuesen escalando todas las casas, sin dejar salir á nadie de la ciudad,

y no aprovechando cosa, me dijo mi amo: Si supieses algun secreto

para descubrir este hurto, diciéndote quién lo hizo, sin que fuese

por relacion de ningun hombre, yo te daria libertad y dinero. ¿Ha de

faltar, dije yo, modo para eso, con una carta echadiza, sin firma

ó con ella? Esto es lo que voy obviando, dijo mi amo, porque yendo

con firma matarán á quien la diere ó la firmare; y si va sin firma

atormentarán á todo el pueblo para averiguar cuya es la letra, porque

cualquier aviso ha de llegar primero á las manos del ladron que á otra

ninguna, porque es el mismo privado suyo; y si lo descubre algun hombre

libre le darán garrote, y si esclavo le quemarán. Las premisas que yo

tengo para esta verdad son grandes, y el conocimiento de la parte y

de su crueldad es de muchos años, que aquí más tiemblan de Hazén su

privado que del Rey; y así cualquiera modo de los ordinarios causará

grandísimo daño en descubrirlo. Y pues siendo este el mayor enemigo

que yo tengo, y aun toda la república, no lo descubro, ni quiero que

tú lo descubras; muy escesivos daños se han de seguir de ello. Pues

déjeme vuesa merced, dije yo, que ya tengo traza para vengar á vuesa

merced y descubrir el hurto sin que nadie padezca, y deje de hacerlo

como yo quisiere, con darme licencia para hacerlo á mi modo. Diómela,

y tomando un tordo escogido, con todas las partes que ha de tener para

buen hablador, encerrélo en un aposento en su jaula, donde no pudiese

oir pájaros que le perturbasen, y toda una noche y el dia le estuve

enseñando á decir: Fulano hurtó el dinero: fulano hurtó el dinero. Díme

tan buena maña, y él tenia tan buen natural, que dentro de quince dias,

en teniendo hambre, para pedir de comer decia: Fulano hurtó el dinero.

De suerte se servia de lo que le habia enseñado para todas sus hambres,

ó sed, que se habia olvidado de su canto natural. Aseguréme bien otros

ocho dias para que el tordo se asentase bien en lo aprendido, y yo

en la traza que llevaba ordenada, que fué importantísima para librar

á más de cien hombres que tenian presos sobre el hurto, inocentes de

la maldad, y entre ellos á muchos cautivos españoles é italianos, y

de otras naciones. Y así viendo que mi tordo habia de ser libertador

de tantos cristianos presos, un viernes que habia de ir el Rey á la

mezquita, soltélo, y díle libertad para que él la diese á los otros

presos. Subióse á la torre con otros muchos tordos, y entre las

algaravías de los otros, él comenzó muy apriesa á decir: Hazén hurtó el

dinero, sin dejar de decirlo todo el dia muy apriesa, como se veia en

la libertad que deseaba. Fué á oidos del Rey lo que en la torre decia

el tordo. Espantóse, y cuando vino la hora de llegar á la mezquita,

la primera cosa que oyó fué el nuevo canto de mi tordo, que muy á

menudo decia: Hazén hurtó el dinero; Hazén hurtó el dinero. Asentóse

luego que pues habia sido tan secreto, debia de tener algo de verdad,

que como son agoreros en gran manera, se le puso en los cascos que el

gran Mahoma habia enviado algun espíritu de los que tiene junto á sí

á declarar aquel caso, por que no padeciesen tantos inocentes; pero

por no arrojarse sin consejo á la averiguacion del caso, llamó ciertos

agoreros ó astrólogos, que ya sabian lo que se habia cundido del tordo,

y apretóles á que le dijesen lo que sentian. Echaron su juicio, y vino

tambien con el del tordo, que prendió á su privado, y despues de haber

confesado en la tortura, y hallado todo el dinero, privó al privado

de su privanza, despareciéndolo con mucha aceptacion y gusto en toda

la ciudad, que estaba mal con él, no porque supiese mal que á nadie

hubiese hecho, que hasta esta maldad no se supo su malicia, sino por

parecerles que todos los rigores que con ellos usaba el Virey eran por

consejo del privado, que esta miseria padecen los que están en lugares

supremos, que la envidia, ó los derriba, ó los desacredita, siendo

así que los verdaderos privados en llegando á la grandeza que desean,

con el amor y favor de sus reyes, luego acuden á la conservacion de

lo que han alcanzado con acreditarse haciendo bien á la república.

Si bien en las grandes monarquías no puede dilatarse fácilmente esta

verdad hasta que llegue á los que pueden ser jueces de ello, para que

la manifiesten sin que cualquiera se atreva á buscar autor á los daños

ó inconvenientes que ó por pecados de los hombres, ó por juicios de

Dios secretos á nuestra capacidad suceden en la república. Un moderno

estadista, alegando otros antiguos, dice que el príncipe no se ha de

dar en presa á su privado, que es no hacer tanto caso de él que le fie

su conciencia y sus acciones. Doctrina contra la misma naturaleza,

porque si cualquiera hombre particular naturalmente desea, y tiene

un amigo con quien, amándole, descanse y le descargue de algunos

cuidados por la comunicacion, ¿por qué ha de estar el príncipe privado

de este bien que los demás tienen? El príncipe valeroso, prudente y

justo necesariamente ha de tener junto á sí privados de irreprensible

vida; porque si no lo fueren, ó los apartará de sí, ó le mancharán su

buena reputacion; pero que sea conocidamente, y con general aplauso

recibida la opinion del príncipe por santa y justa, y que busquen en el

privado qué reprehender, téngolo por de ánimos mal contentos, y aun mal

intencionados, y que se reciba á mal que el privado crezca y medre en

bienes y haciendas que los otros no pueden alcanzar.

Considérese que en tan opulenta monarquía como la de España, de las

migajas que se desperdician de la mesa del príncipe sobra no solamente

para aumentar casas ya comenzadas y grandes, pero para levantarlas

de muy profundas miserias á lugares altísimos. Los grandes monarcas,

reyes y príncipes nacen subordinados al comun órden de la naturaleza,

y sujetos á las pasiones de amar y aborrecer, y han de tener amigos á

quien naturalmente se inclinen, que las estrellas son poderosas para

inclinar á un amigo más que á otro, que cuando estas amistades van

por la sola eleccion, no tienen aquella sazon y gusto que las otras:

y siendo superiores los príncipes, como lo son, no han de elegir el

privado á gusto ajeno, sino al suyo, y siéndolo, tambien lo será al

gusto de los vasallos, cuyo bien pende del gusto bien ordenado del

príncipe: y este se ha de seguir sin quebrarse la cabeza en condenar

al uno ni al otro, ni juzgar si es malo ó bueno, siendo la norma por

donde se han de regular los actos de la justicia, el gobierno de la

república y la merced de los vasallos, el premio de los buenos y el

castigo de los malos. Cuanto más que, pues tienen dos ángeles de

guarda, y el corazon del rey está en la mano del Señor, es de creer

que los inclinarán al bien público y paz general. Que las cosas que la

ocasion ofrece de sucesos de fortuna no vienen ni tienen dependencia

de la voluntad y administracion del privado, sino de los movedores

del cielo, que son las causas segundas á quien la primera tiene dado

su poder general, si no es cuando en su tribunal se ordena otra cosa.

Bueno es que me confiese un hombre mal asentado peor sentido del buen

modo de juzgar que comunicó treinta ó cuarenta años y al que, ó por

sus méritos, ó por sus diligencias, ó por su ventura, llegó á ser

privado, y que habiéndolo alabado de virtuoso, apacible y discreto,

amigo de hacer bien, en viéndole privado, cuando más bien puede

ejecutar su inclinacion, vuelve la hoja á desdorar lo que antes doraba

y adoraba; y venido á averiguar en qué funda su desestimacion, ó por

mejor decir, su poca constancia en la amistad que antes le tenia, no

sabrá responder, sino que es una especie de envidia fundada en el

bien ajeno, ó porque no le reparte con él, ó porque le pesa que lo

tenga, ó por mal entendimiento y peor voluntad. Los privados de los

grandes monarcas no pueden tener la memoria de todos los conocidos,

basta que la tengan de los que hacen diligencia para ello, que los que

son de mi condicion no tienen razon de quejarse del privado, pues ha

de nacer su bien de su cuidado y diligencia; y no teniéndola, es la

queja injustísima. Hay dos géneros de privados; unos que de principios

humildes subieron á merecer entrarse en la voluntad de su príncipe, y

estos quieren todo el bien para sí. Otros que siendo grandes señores

han sido muy aceptos y muy queridos de su rey, y estos como nacieron

príncipes quieren repartir el bien con todos. Pero los unos y los otros

se han de haber con su rey como la yedra con el árbol á quien se ase,

que aunque siempre sube abrazada con él sin jamás dejarle, con todo

eso nunca le estorba el fruto que naturalmente lleva: y así lo hacen

los privados que comenzaron por grandes señores, que nunca le estorban

al príncipe las acciones á que le obliga el lugar en que Dios le puso.

Por donde yo creo, y por las razones dichas juzgo que parece que no se

podrá engañar el rey en la eleccion del privado, pero podria engañarse

el privado en la eleccion de los que le propusiere á su rey por capaces

para la administracion de los cargos ó gobiernos, por estar en su

noticia por tales no siéndolo, engaño en que como hombre se puede caer,

y así le importa para la conservacion de su crédito y reputacion vivir

con cuidado, informándose de los que pueden ser jueces de ello, para

que si la eleccion no saliere tan acertada como se desea, á lo menos

se entienda que no fué acaso, ni por amistad ó antojo. Pero tornando

á lo primero, digo, que es terrible caso que quieran los estadistas

privar al príncipe de tan grande gusto como es la amistad del privado,

á quien el príncipe naturalmente se inclina, siendo así que la voluntad

está siempre obrando, y tiene un blanco adonde mira más que á otro, en

todos los hombres del mundo, y adonde halla descanso y alivio.

[Ilustración]

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Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 63 / 101 题