DESCANSO VIII.

Como el calor era tan grande, y yo he sido siempre fogoso, llamé á

un amigo, y fuímonos saltando de peña en peña por buscar algun lugar

que, ó por verde ó por húmedo, nos pudiese alentar y aliviar de la

navegacion y trabajo pasado, de que salimos muy necesitados. Yendo

saltando de una peña en otra, espantados de ver tan avarienta á la

naturaleza en tener aquel sitio con tan cansada sequedad, trajo una

bocanada de aire tan celestial olor de madres-selvas, que pareció que

lo enviaba Dios para refrigerio y consuelo de nuestro cansancio. Volví

el rostro hácia la parte de oriente, de donde venia la fragancia, y ví

en medio de aquellas contínuas peñas una frescura milagrosa de verde

y florida, porque se vieron de lejos las flores de la madre-selva,

tan grandes, apacibles y olorosas como las que hay en toda Andalucía.

Llegamos, saltando de piedra en piedra como cabras, y hallamos una

cueva, en cuya boca se criaban aquellas cordiales matas de celestial

olor. Y aunque era de entrada angosta, allá abajo se estendia con

mucho espacio, destilando de lo alto de la cueva por muchas partes

una agua tan suave y fria, que nos obligó á enviar al galeon por sogas

para bajar á recrearnos en ella. Bajamos, aunque con dificultad, y

hallamos abajo una estancia muy apacible y fresca, porque del agua

que se destilaba se formaban diversas cosas, y hacian á naturaleza

perfectísima con la variedad de tan estrañas figuras: habia órganos,

figuras de patriarcas, conejos y otras diversas cosas, que con la

continuacion de caer el agua se iban formando á maravilla: de esta

destilacion se venia á juntar un arroyuelo, que entre muy menuda y

rubia arena convidaba á beber de él, lo cual hicimos con grandísimo

gusto. El sitio era de gran deleite, porque si mirábamos arriba,

veíamos la boca de la cueva cubierta de las flores de madre-selva que

se descolgaban hácia abajo, esparciendo en la cueva una fragancia de

más que humano olor. Si mirábamos abajo el sitio donde estábamos,

veíamos el agua fresca, y aun fria, y el suelo con asientos donde

podíamos descansar en tiempo de tan excesivo calor, con espacio para

pasearnos. Enviamos por nuestra comida y una guitarra, con que nos

entretuvimos con grandísimo contento, cantando y tañendo, como los

hijos de Israel en su destierro. Fuímonos á la noche á dormir al

castillo, aunque siempre quedaba guarda en el galeon. Dijimos al

castellano cómo habíamos hallado aquella cueva, que era un hombre de

horrible aspecto, ojos encarnizados, pocas palabras y sin risa, que

dijeron haber sido cabeza de bandoleros, y por esto lo tenian en aquel

castillo siendo guarda de él. Y respondiéndonos en lenguaje catalan

muy cerrado: Mirad por vosotros, que tambien los turcos saben esa

cueva: no fué parte esta advertencia para que dejásemos de ir cada dia

á visitar aquella regalada habitacion, comiendo y sesteando en ella.

Hicímoslo diez ó doce dias arreo. Habiendo un dia comido, y estando

sesteando, vimos asomar por la boca de la cueva bonetes colorados y

alquiceles blancos; pusímonos en pié, y al mismo punto que nos vieron,

de que venian descuidados, dijo uno en lengua castellana, muy clara y

bien pronunciada: Rendíos, perros. Quedaron mis compañeros absortos

de ver en lengua castellana bonetes turcos; dijo el uno: Gente de

nuestro galeon debe de ser, que nos quieren burlar. Habló otro turco,

y dijo: Rendí presto, que torco extar. Pusieron los tres compañeros

mano á las espadas queriéndose defender. Yo les dije: ¿De qué sirve

esa defensa, si nos pueden dejar aquí anegados á pura piedra, cuanto

más con las escopetas que vemos? Y á ellos les dije: Yo me rindo al

que habló español, y todos á todos; y vuesas mercedes pueden bajar

á refrescarse, ó sino subirémosles agua, pues somos sus esclavos.

Dijo el turco español: No es menester, que ya bajamos. Rogamos á Dios

interiormente que lo supiesen en el galeon; obedeciendo á nuestra

fortuna. Mis compañeros muy tristes, y yo muy en el caso, porque en

todas las desdichas que á los hombres suceden no hay remedio más

importante que la paciencia. Yo, aunque la tenia, fingiendo buen

semblante, sentia lo que puede sentir el que habiendo sido siempre

libre entraba en esclavitud. La fortuna se ha de vencer con buen ánimo:

no hay más infeliz hombre que el que siempre ha sido dichoso, porque

siente las desdichas con mayor afliccion. Decíales á mis compañeros

que para estimar el bien era menester esperimentar algun mal, y llevar

este trabajo con paciencia para que fuese menor. Púseme á recibir con

buen semblante á los turcos que iban bajando, y en llegando al que

hablaba español, con mayor sumision y humildad, llamándole caballero

principal, dándole á entender que lo habia conocido; de que él holgó

mucho, y dijo á los turcos sus compañeros, que yo le conocia por noble

y principal, porque él, como despues supe, era de los moriscos más

estimados del reino de Valencia, que se habia ido á renegar, llevando

muy gentil pella de plata y oro. Viendo que aprovechaba la lisonja

de haberle llamado caballero y noble, proseguí diciéndole más y más

vanidades, porque él venia por cabo de dos galeotas suyas, que de las

quince habian quedado por falta de temporal, escondidas en una caleta,

adonde aquel mismo dia nos llevaron maniatados, sin tener remedio por

entonces, y zongorrando con la guitarra, apartóme mi amo, y dijo de

secreto: Prosigue en lo que has comenzado, que yo soy cabo de estas

galeotas, y á mí me aprovechará para la reputacion, y á tí dará buen

tratamiento. Hícelo con mucho cuidado, diciendo, como el que no lo

oyese, que era de muy principales parientes, nobles y caballeros. Fué

tan poca nuestra suerte, que les vino luego buen tiempo, y volviendo

las proas hácia Argel, iban navegando con viento en popa sin tocar

á los remos. Quitáronnos el traje español, y nos vistieron como

miserables galeotes, y echados al remo los demás compañeros, á mí me

dejó el cabo para su servicio. Por no ir callados con el manso viento

que nos guiaba, me preguntó mi amo cómo me llamaba, quién era, y qué

profesion ú oficio tenia. Á lo primero le dije, que yo me llamaba

Márcos de Obregon, hijo de montañeses del valle de Cayon.

Los demás por ir ocupados en oir cantar á un turquillo, que lo hacia

graciosamente, no pudieron oir lo que tratábamos: y así le pregunté,

antes de responderle, si era cristiano ó hijo de cristianos, porque su

persona y talle, y la hermosura de un mocito hijo suyo, daban muestras

de ser españoles. Él me respondió de muy buena gana; lo uno, porque

la tenia que tratar con cristianos, lo otro, porque los demás iban

muy atentos al musiquillo, y así me dijo, que era bautizado, hijo de

padres cristianos, y que su venida en Argel no fué por estar mal con

la religion, que bien sabia que era la verdadera, en quien se habia

de salvar las almas, sino que yo, dijo, nací con ánimo y espíritu

de español, y no pude sufrir los agravios que cada dia recibia de

gente muy inferior á mi persona, las supercherías que usaban con mi

persona, con mi hacienda, que no era poca, siendo yo descendiente de

muy antiguos cristianos, como los demás, que tambien se han pasado y

pasan cada dia, no solamente del reino de Valencia, de donde yo soy,

sino del de Granada y de toda España. Lastimábame mucho, como los

demás, de no ser recibido á las dignidades y oficios de Magistrados y

de honras superiores, y ver que durase aquella infamia para siempre,

y que para deshacer esta injuria, no bastase tener obras esteriores

é interiores de cristiano. Que un hombre, que ni por nacimiento, ni

por partes heredadas ó adquiridas, se levantaba del suelo dos dedos,

se atreviese á llamar con nombres infames á un hombre muy cristiano y

muy caballero. Y sobre todo ver cuán lejos estaba el remedio de todas

estas cosas. ¿Qué me podrás tú decir á esto? Lo uno, respondí yo,

que la Iglesia ha considerado eso con mucho acuerdo; y lo otro quien

tiene fé del bautismo, no se ha de rendir ni acobardar por ningun

accidente y trabajo que le venga para apartarse de ella. Todo esto te

confieso, dijo el turco, pero ¿qué paciencia humana podrá sufrir que

un hombre bajo, sin partes ni nacimiento, que por ser muy obscuro su

linage, se ha olvidado en la república su principio, y se ha perdido

la memoria de sus pasados, se desvanezca, haciéndose superior á los

hombres de mayores merecimientos y partes que las suyas? De esas

cosas, respondí yo, como Dios es el verdadero juez, ya que consienta

el agravio aquí, no negará el premio allá, si puede haber agravio, no

digo en los estatutos pasados en las cosas de la Iglesia, que eso va

muy justificado, sino en la intencion dañada del que quiere infamar á

los que ve que se van levantando y creciendo en las cosas superiores

y de mayor estimacion. Ellos, dijo el moro, como ni pueden llegar

á igualar á los de tan grandes merecimientos, tomando ocasion de

prevaricar los estatutos con su mala intencion, no para fortificarlos,

ni para servir á Dios ni á la Iglesia, sino para preciarse de cartas

viejas como dicen: y pareciéndoles que es una grande hazaña levantar

un testimonio, derraman una fama que lleva la envidia de lengua en

lengua, hasta echar por el suelo aquello que va más encumbrado; que

como su orígen fué siempre tan obscuro, que no se vió sujeto en el que

lo ennobleciese, y á la pobreza nadie le tiene envidia, quédanse sin

saber qué son, teniéndolos por cristianos viejos, por no ser conocidos,

ni tener noticia que tal gente hubiese en el mundo. La Iglesia, dije

yo, no hace los estatutos para que se quite la honra á los prógimos,

sino para servirse la religion lo mejor que sea posible, conservándola

en virtud y bondad conocida. Íbame á replicar mi amo, pero dejando

el turquillo de cantar, díjome que callase, y tornóme á preguntar lo

primero: respondíle á todo con brevedad, diciendo: Yo soy montañés

de junto á Santander, del valle de Cayon, aunque nací en Andalucía;

llámome Márcos de Obregon, no tengo oficio; porque en España los

hidalgos no lo aprenden, que más quieren padecer necesidades ó servir,

que ser oficiales, que la nobleza de las montañas fué ganada por armas,

y conservada con servicios hechos á los Reyes, y no se han de manchar

con hacer oficios bajos, que allá con lo poco que tienen se sustentan

paseando lo peor que pueden, conservando las leyes de hidalguía, que

es andar rotos y descosidos, con guantes y calzas atacadas. Yo haré,

dijo mi amo, que sepais oficio muy bien. Y respondió un compañero

de los mios que estaba al remo: Eso á lo menos no lo haré yo, ni se

ha decir en España que un hidalgo de la casa de los Mantillas usó

oficio en Argel. Pues, perro, dijo mi amo, ¿estás al remo y tratas de

vanidades? Dadle á ese hidalgo cincuenta palos. Suplico á vuesa merced,

dije yo, perdone su ignorancia y desvanecimiento, que ni él sabe más,

ni es hidalgo, ni tiene más de ello que aquella estimacion, no cuanto

á hacer las obras de tal, sino cuanto á decir que lo es por comer sin

trabajar. Y no es el primer vagamundo que ha habido en aquella casa,

si es de ella; y á él le dije: Pues, bárbaro, ¿estamos en tiempo y

estado que podamos rehusar lo que nos mandaren? Ahora es cuando hemos

de aprender de ser humildes, que la obediencia nos ata la voluntad al

gusto ajeno. La voluntad subordinada no puede tener eleccion. En el

punto que un hombre pierde la libertad, no es señor de sus acciones.

Solo un remedio puede haber para ser un poco libre, que es ejercitar

la paciencia y humildad, y no esperar á hacer por fuerza lo que por

fuerza se ha de hacer. Si desde luego no se comienza á hacer hábito en

la paciencia, harémoslo en el castigo. Que el obedecer al superior,

es hacerlo esclavo nuestro. Como la humildad engendra amor, así la

soberbia engendra ódio. La estimacion del esclavo ha de nacer del

gusto del señor, y esta se adquiere con apacible humildad. Aquí somos

esclavos, y si nos humilláremos á cumplir con nuestra obligacion, nos

tratarán como á libres, y no como á esclavos. ¡Oh qué bien hablais!

dijo nuestro amo, y cómo he gustado de encontrar contigo para que seas

maestro de mi hijo, que hasta que encontrase un cristiano como tú no

se lo he dado, porque por acá no hay quien sepa la doctrina, que entre

cristianos se enseña á los de poca edad. Por cierto, dije yo, él es

tan bella criatura, que quisiera yo valer y saber mucho, para hacerle

grande hombre, pero fáltale una cosa para ser tan hermoso y gallardo.

Estuvieron atentos á esto los demás moros, y preguntó el padre: ¿Pues

qué le falta? Respondí yo: Lo que sobra á vuesa merced. ¿Qué me sobra á

mí? dijo el padre. El bautismo, respondí yo, que no lo há menester.

Fué á arrebatar un garrote para pegarme, y al mismo compás arrebaté yo

al muchacho para reparar con él. Cayósele el palo de las manos, con

que rieron todos, y al padre se le templó el enojo que pudiera tener

descargando el palo en su hijo. Fingióse muy dél enojado, por cumplir

con los compañeros ó soldados, que realmente lo tenian por grande

observador de la religion perruna ó turquesa. Aunque yo lo sentí, en lo

poco que le comuniqué, inclinado á tornarse á la verdad católica. ¿Por

qué, dijo, pensais vosotros que vine yo de España á Argel sino para

destruir todas estas costas, como lo he hecho siempre que he podido,

y tengo de hacer mucho más mal de lo que he hecho? Como lo sintieron

enojado quisieron echarme al remo; y él dijo: Dejadlo, que cada uno

tiene obligacion de volver por su religion, y este cuando sea turco

hará lo mismo que hace ahora. Sí haré, dije yo, pero no siendo moro, y

para sosegar más su enojo mandóme que tomase la guitarra que sacamos

de la cueva: hícelo acordándome del cantar de los hijos de Israel

cuando iban en su cautiverio. Fueron con el viento en popa mientras

yo cantaba en mi guitarra, muy alegres, sin alteracion del mar, ni

estorbo de enemigos, hasta que descubrieron las torres por la costa

de Argel, y luego la ciudad, que como los tenian perdidos, hicieron

grandes alegrías en viendo que eran las galeotas del renegado. Llegaron

al puerto, y fué tan grande el recibimiento por verle venir, y venir

con presa, que le hicieron grandes algazaras, tocaron trompetas y

jabebas, otros instrumentos que usan más para confusion y bulla que

para apacibilidad de los oidos. Saliéronle á recibir su mujer y una

hija, muy española en el talle y garbo, blanca y rubia, con bellos ojos

verdes, que realmente parecia más nacida en Francia, que criada en

Argel: algo aguileña, el rostro alegre y muy apacible, y en todas las

demás partes muy hermosa. El renegado, que era hombre cuerdo, enseñaba

á todos sus hijos la lengua española, en la cual le habló la hija con

alguna terneza de lágrimas, que corrian por las rosadas mejillas, que

como les habian dado malas nuevas, el gozo le sacó aquellas lágrimas

del corazon. Yo les hice una humillacion muy grande, primero á la hija

que á la madre, que naturaleza me inclinó á ella con grande violencia;

díjele á mi amo: Yo, señor, tengo por muy venturosa mi prision, pues

junto con haber topado con tan grande caballero, me ha traido á ser

esclavo de tal hija y mujer, que más parecen ángeles que criaturas

del suelo. ¡Ay, padre mio, dijo la doncella, y qué corteses son los

españoles! Pueden, dijo el padre, enseñar cortesía á todas las naciones

del mundo: y este esclavo es en mayor grado, porque es noble, hijodalgo

montañés, y muy discreto. Y cómo lo parece, dijo la hija; pues ¿por

qué lo trae con tan mal traje? Hágale vuesa merced que se vista á la

española. Todo se hará, hija mia, respondió el padre; reposemos ahora

el cansancio de la mar, ya que habemos venido libres y salvos.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 59 / 101 题