Como el calor era tan grande, y yo he sido siempre fogoso, llamé á
un amigo, y fuímonos saltando de peña en peña por buscar algun lugar
que, ó por verde ó por húmedo, nos pudiese alentar y aliviar de la
navegacion y trabajo pasado, de que salimos muy necesitados. Yendo
saltando de una peña en otra, espantados de ver tan avarienta á la
naturaleza en tener aquel sitio con tan cansada sequedad, trajo una
bocanada de aire tan celestial olor de madres-selvas, que pareció que
lo enviaba Dios para refrigerio y consuelo de nuestro cansancio. Volví
el rostro hácia la parte de oriente, de donde venia la fragancia, y ví
en medio de aquellas contínuas peñas una frescura milagrosa de verde
y florida, porque se vieron de lejos las flores de la madre-selva,
tan grandes, apacibles y olorosas como las que hay en toda Andalucía.
Llegamos, saltando de piedra en piedra como cabras, y hallamos una
cueva, en cuya boca se criaban aquellas cordiales matas de celestial
olor. Y aunque era de entrada angosta, allá abajo se estendia con
mucho espacio, destilando de lo alto de la cueva por muchas partes
una agua tan suave y fria, que nos obligó á enviar al galeon por sogas
para bajar á recrearnos en ella. Bajamos, aunque con dificultad, y
hallamos abajo una estancia muy apacible y fresca, porque del agua
que se destilaba se formaban diversas cosas, y hacian á naturaleza
perfectísima con la variedad de tan estrañas figuras: habia órganos,
figuras de patriarcas, conejos y otras diversas cosas, que con la
continuacion de caer el agua se iban formando á maravilla: de esta
destilacion se venia á juntar un arroyuelo, que entre muy menuda y
rubia arena convidaba á beber de él, lo cual hicimos con grandísimo
gusto. El sitio era de gran deleite, porque si mirábamos arriba,
veíamos la boca de la cueva cubierta de las flores de madre-selva que
se descolgaban hácia abajo, esparciendo en la cueva una fragancia de
más que humano olor. Si mirábamos abajo el sitio donde estábamos,
veíamos el agua fresca, y aun fria, y el suelo con asientos donde
podíamos descansar en tiempo de tan excesivo calor, con espacio para
pasearnos. Enviamos por nuestra comida y una guitarra, con que nos
entretuvimos con grandísimo contento, cantando y tañendo, como los
hijos de Israel en su destierro. Fuímonos á la noche á dormir al
castillo, aunque siempre quedaba guarda en el galeon. Dijimos al
castellano cómo habíamos hallado aquella cueva, que era un hombre de
horrible aspecto, ojos encarnizados, pocas palabras y sin risa, que
dijeron haber sido cabeza de bandoleros, y por esto lo tenian en aquel
castillo siendo guarda de él. Y respondiéndonos en lenguaje catalan
muy cerrado: Mirad por vosotros, que tambien los turcos saben esa
cueva: no fué parte esta advertencia para que dejásemos de ir cada dia
á visitar aquella regalada habitacion, comiendo y sesteando en ella.
Hicímoslo diez ó doce dias arreo. Habiendo un dia comido, y estando
sesteando, vimos asomar por la boca de la cueva bonetes colorados y
alquiceles blancos; pusímonos en pié, y al mismo punto que nos vieron,
de que venian descuidados, dijo uno en lengua castellana, muy clara y
bien pronunciada: Rendíos, perros. Quedaron mis compañeros absortos
de ver en lengua castellana bonetes turcos; dijo el uno: Gente de
nuestro galeon debe de ser, que nos quieren burlar. Habló otro turco,
y dijo: Rendí presto, que torco extar. Pusieron los tres compañeros
mano á las espadas queriéndose defender. Yo les dije: ¿De qué sirve
esa defensa, si nos pueden dejar aquí anegados á pura piedra, cuanto
más con las escopetas que vemos? Y á ellos les dije: Yo me rindo al
que habló español, y todos á todos; y vuesas mercedes pueden bajar
á refrescarse, ó sino subirémosles agua, pues somos sus esclavos.
Dijo el turco español: No es menester, que ya bajamos. Rogamos á Dios
interiormente que lo supiesen en el galeon; obedeciendo á nuestra
fortuna. Mis compañeros muy tristes, y yo muy en el caso, porque en
todas las desdichas que á los hombres suceden no hay remedio más
importante que la paciencia. Yo, aunque la tenia, fingiendo buen
semblante, sentia lo que puede sentir el que habiendo sido siempre
libre entraba en esclavitud. La fortuna se ha de vencer con buen ánimo:
no hay más infeliz hombre que el que siempre ha sido dichoso, porque
siente las desdichas con mayor afliccion. Decíales á mis compañeros
que para estimar el bien era menester esperimentar algun mal, y llevar
este trabajo con paciencia para que fuese menor. Púseme á recibir con
buen semblante á los turcos que iban bajando, y en llegando al que
hablaba español, con mayor sumision y humildad, llamándole caballero
principal, dándole á entender que lo habia conocido; de que él holgó
mucho, y dijo á los turcos sus compañeros, que yo le conocia por noble
y principal, porque él, como despues supe, era de los moriscos más
estimados del reino de Valencia, que se habia ido á renegar, llevando
muy gentil pella de plata y oro. Viendo que aprovechaba la lisonja
de haberle llamado caballero y noble, proseguí diciéndole más y más
vanidades, porque él venia por cabo de dos galeotas suyas, que de las
quince habian quedado por falta de temporal, escondidas en una caleta,
adonde aquel mismo dia nos llevaron maniatados, sin tener remedio por
entonces, y zongorrando con la guitarra, apartóme mi amo, y dijo de
secreto: Prosigue en lo que has comenzado, que yo soy cabo de estas
galeotas, y á mí me aprovechará para la reputacion, y á tí dará buen
tratamiento. Hícelo con mucho cuidado, diciendo, como el que no lo
oyese, que era de muy principales parientes, nobles y caballeros. Fué
tan poca nuestra suerte, que les vino luego buen tiempo, y volviendo
las proas hácia Argel, iban navegando con viento en popa sin tocar
á los remos. Quitáronnos el traje español, y nos vistieron como
miserables galeotes, y echados al remo los demás compañeros, á mí me
dejó el cabo para su servicio. Por no ir callados con el manso viento
que nos guiaba, me preguntó mi amo cómo me llamaba, quién era, y qué
profesion ú oficio tenia. Á lo primero le dije, que yo me llamaba
Márcos de Obregon, hijo de montañeses del valle de Cayon.
Los demás por ir ocupados en oir cantar á un turquillo, que lo hacia
graciosamente, no pudieron oir lo que tratábamos: y así le pregunté,
antes de responderle, si era cristiano ó hijo de cristianos, porque su
persona y talle, y la hermosura de un mocito hijo suyo, daban muestras
de ser españoles. Él me respondió de muy buena gana; lo uno, porque
la tenia que tratar con cristianos, lo otro, porque los demás iban
muy atentos al musiquillo, y así me dijo, que era bautizado, hijo de
padres cristianos, y que su venida en Argel no fué por estar mal con
la religion, que bien sabia que era la verdadera, en quien se habia
de salvar las almas, sino que yo, dijo, nací con ánimo y espíritu
de español, y no pude sufrir los agravios que cada dia recibia de
gente muy inferior á mi persona, las supercherías que usaban con mi
persona, con mi hacienda, que no era poca, siendo yo descendiente de
muy antiguos cristianos, como los demás, que tambien se han pasado y
pasan cada dia, no solamente del reino de Valencia, de donde yo soy,
sino del de Granada y de toda España. Lastimábame mucho, como los
demás, de no ser recibido á las dignidades y oficios de Magistrados y
de honras superiores, y ver que durase aquella infamia para siempre,
y que para deshacer esta injuria, no bastase tener obras esteriores
é interiores de cristiano. Que un hombre, que ni por nacimiento, ni
por partes heredadas ó adquiridas, se levantaba del suelo dos dedos,
se atreviese á llamar con nombres infames á un hombre muy cristiano y
muy caballero. Y sobre todo ver cuán lejos estaba el remedio de todas
estas cosas. ¿Qué me podrás tú decir á esto? Lo uno, respondí yo,
que la Iglesia ha considerado eso con mucho acuerdo; y lo otro quien
tiene fé del bautismo, no se ha de rendir ni acobardar por ningun
accidente y trabajo que le venga para apartarse de ella. Todo esto te
confieso, dijo el turco, pero ¿qué paciencia humana podrá sufrir que
un hombre bajo, sin partes ni nacimiento, que por ser muy obscuro su
linage, se ha olvidado en la república su principio, y se ha perdido
la memoria de sus pasados, se desvanezca, haciéndose superior á los
hombres de mayores merecimientos y partes que las suyas? De esas
cosas, respondí yo, como Dios es el verdadero juez, ya que consienta
el agravio aquí, no negará el premio allá, si puede haber agravio, no
digo en los estatutos pasados en las cosas de la Iglesia, que eso va
muy justificado, sino en la intencion dañada del que quiere infamar á
los que ve que se van levantando y creciendo en las cosas superiores
y de mayor estimacion. Ellos, dijo el moro, como ni pueden llegar
á igualar á los de tan grandes merecimientos, tomando ocasion de
prevaricar los estatutos con su mala intencion, no para fortificarlos,
ni para servir á Dios ni á la Iglesia, sino para preciarse de cartas
viejas como dicen: y pareciéndoles que es una grande hazaña levantar
un testimonio, derraman una fama que lleva la envidia de lengua en
lengua, hasta echar por el suelo aquello que va más encumbrado; que
como su orígen fué siempre tan obscuro, que no se vió sujeto en el que
lo ennobleciese, y á la pobreza nadie le tiene envidia, quédanse sin
saber qué son, teniéndolos por cristianos viejos, por no ser conocidos,
ni tener noticia que tal gente hubiese en el mundo. La Iglesia, dije
yo, no hace los estatutos para que se quite la honra á los prógimos,
sino para servirse la religion lo mejor que sea posible, conservándola
en virtud y bondad conocida. Íbame á replicar mi amo, pero dejando
el turquillo de cantar, díjome que callase, y tornóme á preguntar lo
primero: respondíle á todo con brevedad, diciendo: Yo soy montañés
de junto á Santander, del valle de Cayon, aunque nací en Andalucía;
llámome Márcos de Obregon, no tengo oficio; porque en España los
hidalgos no lo aprenden, que más quieren padecer necesidades ó servir,
que ser oficiales, que la nobleza de las montañas fué ganada por armas,
y conservada con servicios hechos á los Reyes, y no se han de manchar
con hacer oficios bajos, que allá con lo poco que tienen se sustentan
paseando lo peor que pueden, conservando las leyes de hidalguía, que
es andar rotos y descosidos, con guantes y calzas atacadas. Yo haré,
dijo mi amo, que sepais oficio muy bien. Y respondió un compañero
de los mios que estaba al remo: Eso á lo menos no lo haré yo, ni se
ha decir en España que un hidalgo de la casa de los Mantillas usó
oficio en Argel. Pues, perro, dijo mi amo, ¿estás al remo y tratas de
vanidades? Dadle á ese hidalgo cincuenta palos. Suplico á vuesa merced,
dije yo, perdone su ignorancia y desvanecimiento, que ni él sabe más,
ni es hidalgo, ni tiene más de ello que aquella estimacion, no cuanto
á hacer las obras de tal, sino cuanto á decir que lo es por comer sin
trabajar. Y no es el primer vagamundo que ha habido en aquella casa,
si es de ella; y á él le dije: Pues, bárbaro, ¿estamos en tiempo y
estado que podamos rehusar lo que nos mandaren? Ahora es cuando hemos
de aprender de ser humildes, que la obediencia nos ata la voluntad al
gusto ajeno. La voluntad subordinada no puede tener eleccion. En el
punto que un hombre pierde la libertad, no es señor de sus acciones.
Solo un remedio puede haber para ser un poco libre, que es ejercitar
la paciencia y humildad, y no esperar á hacer por fuerza lo que por
fuerza se ha de hacer. Si desde luego no se comienza á hacer hábito en
la paciencia, harémoslo en el castigo. Que el obedecer al superior,
es hacerlo esclavo nuestro. Como la humildad engendra amor, así la
soberbia engendra ódio. La estimacion del esclavo ha de nacer del
gusto del señor, y esta se adquiere con apacible humildad. Aquí somos
esclavos, y si nos humilláremos á cumplir con nuestra obligacion, nos
tratarán como á libres, y no como á esclavos. ¡Oh qué bien hablais!
dijo nuestro amo, y cómo he gustado de encontrar contigo para que seas
maestro de mi hijo, que hasta que encontrase un cristiano como tú no
se lo he dado, porque por acá no hay quien sepa la doctrina, que entre
cristianos se enseña á los de poca edad. Por cierto, dije yo, él es
tan bella criatura, que quisiera yo valer y saber mucho, para hacerle
grande hombre, pero fáltale una cosa para ser tan hermoso y gallardo.
Estuvieron atentos á esto los demás moros, y preguntó el padre: ¿Pues
qué le falta? Respondí yo: Lo que sobra á vuesa merced. ¿Qué me sobra á
mí? dijo el padre. El bautismo, respondí yo, que no lo há menester.
Fué á arrebatar un garrote para pegarme, y al mismo compás arrebaté yo
al muchacho para reparar con él. Cayósele el palo de las manos, con
que rieron todos, y al padre se le templó el enojo que pudiera tener
descargando el palo en su hijo. Fingióse muy dél enojado, por cumplir
con los compañeros ó soldados, que realmente lo tenian por grande
observador de la religion perruna ó turquesa. Aunque yo lo sentí, en lo
poco que le comuniqué, inclinado á tornarse á la verdad católica. ¿Por
qué, dijo, pensais vosotros que vine yo de España á Argel sino para
destruir todas estas costas, como lo he hecho siempre que he podido,
y tengo de hacer mucho más mal de lo que he hecho? Como lo sintieron
enojado quisieron echarme al remo; y él dijo: Dejadlo, que cada uno
tiene obligacion de volver por su religion, y este cuando sea turco
hará lo mismo que hace ahora. Sí haré, dije yo, pero no siendo moro, y
para sosegar más su enojo mandóme que tomase la guitarra que sacamos
de la cueva: hícelo acordándome del cantar de los hijos de Israel
cuando iban en su cautiverio. Fueron con el viento en popa mientras
yo cantaba en mi guitarra, muy alegres, sin alteracion del mar, ni
estorbo de enemigos, hasta que descubrieron las torres por la costa
de Argel, y luego la ciudad, que como los tenian perdidos, hicieron
grandes alegrías en viendo que eran las galeotas del renegado. Llegaron
al puerto, y fué tan grande el recibimiento por verle venir, y venir
con presa, que le hicieron grandes algazaras, tocaron trompetas y
jabebas, otros instrumentos que usan más para confusion y bulla que
para apacibilidad de los oidos. Saliéronle á recibir su mujer y una
hija, muy española en el talle y garbo, blanca y rubia, con bellos ojos
verdes, que realmente parecia más nacida en Francia, que criada en
Argel: algo aguileña, el rostro alegre y muy apacible, y en todas las
demás partes muy hermosa. El renegado, que era hombre cuerdo, enseñaba
á todos sus hijos la lengua española, en la cual le habló la hija con
alguna terneza de lágrimas, que corrian por las rosadas mejillas, que
como les habian dado malas nuevas, el gozo le sacó aquellas lágrimas
del corazon. Yo les hice una humillacion muy grande, primero á la hija
que á la madre, que naturaleza me inclinó á ella con grande violencia;
díjele á mi amo: Yo, señor, tengo por muy venturosa mi prision, pues
junto con haber topado con tan grande caballero, me ha traido á ser
esclavo de tal hija y mujer, que más parecen ángeles que criaturas
del suelo. ¡Ay, padre mio, dijo la doncella, y qué corteses son los
españoles! Pueden, dijo el padre, enseñar cortesía á todas las naciones
del mundo: y este esclavo es en mayor grado, porque es noble, hijodalgo
montañés, y muy discreto. Y cómo lo parece, dijo la hija; pues ¿por
qué lo trae con tan mal traje? Hágale vuesa merced que se vista á la
española. Todo se hará, hija mia, respondió el padre; reposemos ahora
el cansancio de la mar, ya que habemos venido libres y salvos.
[Ilustración]
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