Embarcámonos en Sanlúcar, no con mucho tiempo. Pasamos á vista de
Gibraltar por el estrecho, que lo era tanto por alguna parte, que con
la mano parecia poderse alcanzar la una y otra parte. Vimos el Calpe
tan memorable por la antigüedad, y más memorable por el hachero ó
atalaya que entonces tenia, y muchos años despues de tan increible y
perspicaz vista, que en todo el tiempo que él tuvo aquel oficio, la
costa de Andalucía no ha recibido daño de las fronteras de Tetuan,
porque en armando las galeotas en África, las veia desde el Peñon, y
avisaba con los hachos ó humadas. Yo soy testigo, que estando una vez
en el Peñon algunos caballeros de Ronda y de Gibraltar, dijo Martin
Lopez, que así se llamaba el hachero: Mañana al anochecer habrá rebato:
porque se están armando galeotas en el rio de Tetuan; que son más de
veinte leguas, y yo creo que por mucho que se encarezcan las cosas que
hizo con la vista de Lince, que fué hombre y no animal como algunos
piensan, no sobrepujaron á las de Martin Lopez; realmente lo temian
más los corsarios, que al socorro que contra ellos venia. Quiero de
paso declarar una opinion que anda derramada entre la gente, poco
aficionada á leer y engañada en pensar, que lo que llaman columnas de
Hércules, sean algunas que él mismo puso en el estrecho de Gibraltar.
Con otro mayor deslumbramiento, que dicen ser las que mandó poner en
la alameda de Sevilla D. Francisco Zapata, primer conde de Barajas;
pero la verdad es que estas dos columnas, son la una el Peñon de
Gibraltar, tan alto, que se disminuyen á la vista los bajeles de alto
bordo que pasan por allí. La otra columna es otro cerro muy alto en
África, correspondientes el uno al otro. Dícelo así Pomponio Mela _de
Situ orbis_. Volviendo al propósito, digo, que pasamos á la vista
de Marbella, Málaga, Cartagena y Alicante, hasta que engolfándonos
llegamos á las islas Baleares, donde no fuimos recibidos por la ruin
fama que habia de peste en poniente; de manera, que desde Mallorca nos
asestaron tres ó cuatro piezas. Faltónos viento, y anduvimos dando
bordos en aquella costa, hasta que vimos encender quince hachas, que
nos pusieron en mucho cuidado, porque como en Argel se cundió la fama
de la riqueza que llevaba el galeon de un tan grande príncipe, salieron
en corso quince galeotas á buscarnos, que hicieron mucho daño á toda la
costa, y lo pudieran hacer en nosotros, si el viento les favoreciera,
permitiéndolo Dios. Con el aviso que nos dieron de las atalayas,
engolfámonos, fortificando las obras muertas, y las demás partes que
tenian necesidad, con sacas de lana y otras cosas que para el propósito
se llevaron. Repartiéronse los lugares y puestos como les pareció á los
capitanes y soldados viejos que el galeon llevaba. Puestos en órden
aguardamos las galeotas, que ya se venian descubriendo con el suyo de
media luna, que como al galeon le faltaba el viento, y ellos venian
valerosamente batiendo los remos, llegaron tan cerca que nos podíamos
cañonear.
Estando ya con determinacion de morir ó echarlas á fondo, disparó
nuestro galeon dos piezas tan venturosas, que desparecieron una de las
quince galeotas, y en el mismo punto nos vino un viento en popa tan
desatado que en un instante las perdimos de vista. Esforzóse el viento
tan demasiadamente, que nos quebró el árbol de la mesana; rompiendo las
velas y jarcias de lo demás con tanta furia, que nos puso en menos de
doce horas sobre la ciudad de Frigus en Francia; y sobreviniendo otro
viento contrario por proa anduvimos perdidos, volviendo hácia atrás con
la misma priesa que habíamos caminado. El galeon era muy gran velero
y fuerte, bastante para no perdernos, y con solo el trinquete de proa
pudimos vandearnos, con la gran fortaleza del galeon. Y al tercero dia
de la borrasca comenzó la popa á desencajarse y á crugir, á modo de
persona que se queja. Con esto comenzaron á desmayar los marineros,
determinados de dejarnos y entrarse de secreto en el barcon que venia
amarrado á la popa. Pero siendo sentidos de los soldados, que no venian
mareados, se lo estorbaron. Viendo el peligro, todos determinamos de
confesarnos y encomendarnos á Dios: pero llegando á hacerlo con dos
frailes que venian en el galeon, estaban tan mareados, que nos daban
con el vómito en las barbas y pecho, y como las ondas inclinaban el
navío á una parte y á otra, caian los de una banda sobre los de la
otra, y luego aquellos sobre estos otros. Andaba una mona saltando de
jarcia en jarcia, y de árbol en árbol, hablando en su lenguaje, hasta
que pasando una furiosísima ola por encima del navío se la llevó,
y nos dejó á todos bien refrescados. Anduvo la pobre mona pidiendo
socorro muy grande rato sobre el agua, que al fin se la tragó.
Llevaban los marineros un papagayo muy enjaulado en la gavia, que
iba diciendo siempre: ¿Cómo estás, loro? como cautivo, perro, perro,
perro; que nunca con más verdad lo dijo, que entonces. Apartónos Dios
de resulta segunda vez junto á Mallorca á una isleta que llaman la
Cabrera, y al revolver de una punta, yendo ya un poco consolados, nos
arrojaron unas montañas de agua otra vez en alta mar, donde tornamos de
nuevo á padecer la misma tormenta. Algunos de los marineros cargaron
demasiadamente, y echáronse junto al fogon del navío por sosegar un
poco: sopló tan recio el viento que les echó fuego encima, que tenian
muy guardado, que á unos se les entró en la carne, y á otros les abrasó
las barbas y rostro, quitándoles el sueño y adormecimiento del vino.
Yo me ví en peligro de morir, porque el tiempo que quebró el árbol de
la mesana, por temor del viento habíamos atado, mis camaradas y yo, el
transportin al árbol y cuando se quebró arrojó el transportin en alto,
y á cada uno por su parte. Yo quedé asido al borde del galeon, colgado
de las manos por la parte de afuera, y si no me socorrieran presto, me
fuera al profundo del agua: y si se rompiera cuatro dedos más abajo,
con la coz nos echara hasta las nubes. Mareáronse los marineros, ó la
mayor parte de ellos. Estábamos sin gobierno, aunque venia entre ellos
un contramaestre muy alentado, con una barbaza que le llegaba hasta
la cinta, de que se preciaba mucho, y subiendo por las jarcias hácia
la gavia, á poner en cobro su papagayo, con la fuerza del viento se
le desnudó la barbaza, que llevaba cogida, y asiéndose á un cordel de
aquellos de las jarcias, quedó colgado de ella, como Absalon de los
cabellos. Pero asiéndose, como gran marinero, al entena, lo sumergió
tres veces por un lado por la mitad del navío, y pereciera si otro
marinero no subiera por las mismas jarcias y le cortara la barbaza,
que dejándola anudada donde se habia asido, y ayudándole, bajó vivo,
aunque muy corrido de verse sin su barba. Tornámos á proejar lo mejor
que fué posible, quejándose siempre la popa, y al fin tomamos el puerto
de la Cabrera, isleta despoblada, sin habitadores, ni comunicada sino
es de Mallorca cuando traen mantenimientos para cuatro ó cinco personas
que guardan aquel castillo fuerte y alto más porque no ocupen aquella
isla los turcos, que por la necesidad que hay de él. Habia estado
mareado todo este tiempo el mayordomo ó contador que gobernaba los
criados del Duque, y volviendo en sí, fué luego á visitar lo que venia
á su cargo, y hallando de menos ciertos pilones de azúcar, como no
parecieron, dijo: Yo sabré presto quién los comió, si están comidos;
y fué así, porque el dia siguiente comenzaron á dar á la banda todos,
que no se daban mano á vaciar lo que habian henchido, que como habian
metido tan abundantemente del azúcar, les corrompió el vientre en
tanto extremo, que en quince dias no volvieron en su primera figura.
Al contramaestre no le vimos el rostro en muchos dias, por verse
desamparado de la barbaza, que debe ser en Grecia de mucha calidad
una cola de frison en la cara de un hombre. Al fin nos recibieron en
aquella isleta, que por falta de comunicacion no sabian que veníamos
de tierra apestada, y aunque lo supieran nos recibieran por ver gente
que los tenian por fuerza sin ver ni hablar sino con aquellas sordas
olas que están siempre batiendo los peñascos donde está el castillo
edificado. Detuvímonos allí quince ó veinte dias, ó más, haciendo
árboles, reparando jarcias, remendando velas, padeciendo calor entre
mayo y junio, sin saber en toda la isleta donde valerse contra la
fuerza del calor, ni fuente donde refrescarnos, sino el algibe ó
cisterna de donde bebian los pobres encerrados. Esta isleta es de seis
ó siete leguas en circuito, toda de piedras, muy poca tierra, y esa sin
árboles, sino unas matillas que no suben arriba de la cintura. Hay unas
lagartijas grandes y negras, que no huyen de la gente, aves muy pocas,
porque como no hay agua donde refrescarse no paran allí.
[Ilustración]
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