Por la mañana tomé el camino por entre aquellas asperezas de riscos y
árboles muy espesos, donde ví una extrañeza entre muchas que hay en
todo aquel distrito, que nacia de una peña un gran caño de agua, que
salia con mucha furia hácia afuera, como si fuera hecho á mano, mirando
al oriente, muy templada, más caliente que fria, y en volviendo la
punta del peñasco salia otro caño correspondiente á éste, muy helado,
que miraba al poniente; en lo primero el romero florido, y á dos pasos
aun sin hojas, y todo cuanto hay por ahí es de esta manera. Unas zarzas
sin hojas, y otras con moras verdes, y poco adelante con moras negras.
Todo cuanto mira á Málaga muy de primavera, y cuanto mira á Ronda muy
de invierno, y así es todo el camino. Por entre aquellos árboles muy
lleno el camino de manantiales y aguas, que se despeñan de aquellas
altísimas breñas y sierras, por entre muy espesas encinas, lentiscos y
robles; y como solo imaginando en las extrañas cosas que la naturaleza
cria, cuando sin pensar dí con una transmigracion de gitanos, en un
arroyo que llaman de las Doncellas, que me hiciera volver atrás si
no me hubieran visto, porque se me representó luego las muertes que
sucedian entonces por los caminos, hechas por gitanos y moriscos;
como el camino era poco usado, y yo me ví solo y sin esperanza de que
pudiera pasar gente que me acompañára, con el mejor ánimo que pude,
al mismo tiempo que ellos me comenzaron á pedir limosna, les dije:
Esté en hora buena la gente. Ellos estaban bebiendo agua, y yo les
convidé con vino, y alarguéles una bota de Pedro Jimenez de Málaga,
y el pan que traia, con que se holgaron; pero no cesaron de hablar y
pedir más y más. Yo tengo costumbre, y cualquiera que caminare solo
la debe tener, de trocar en el pueblo la plata ú oro que há menester
para el espacio que hay de un pueblo á otro, porque es peligrosísimo
sacar oro ó plata en las ventas, ó por el camino, y trayendo en la
faltriquera menudos, saqué un puñado, con que les dí y repartí limosna
(que nunca la dí de mejor gana en toda mi vida) á cada uno como me
pareció. Las gitanas iban de dos en dos, en unas yeguas y cuartagos muy
flacos; los muchachos de tres en tres, y de cuatro en cuatro, en unos
jumentos cojos y mancos. Los bellacones de los gitanos á pié, sueltos
como un viento, y entonces me parecieron muy altos y membrudos, que
el temor hace las cosas mayores de lo que son; el camino es estrecho
y peligroso, lleno de raíces de los árboles, muchos y muy espesos, y
el macho tropezaba cuanto podia; dábanle los gitanos palmadas en las
ancas, y á mí me pareció que me las querian dar en el alma; porque yo
iba por lo más bajo y angosto, y los gitanos por los lados superiores
á mí, por veredillas enredadas con mil matas de chaparros y lentiscos,
que cada momento me parecia que me iban ya á pegar; y en medio de esta
turbacion y miedo, yendo mirando con cuidado á los lados, moviendo
los ojos, sin mover el rostro, llegó un gitano de improviso, y asió
del freno y la barbada del macho, y queriéndome yo arrojar en el suelo
dijo el bellaco del gitano: Ya ha cerrado, mi ceñor. Cerrada, dije yo
entre mí, tengas la puerta del cielo, ladron, que tal susto me has
dado. Preguntaron si lo queria trocar, y habiéndome atribulado del
trago pasado, y de lo que podia suceder; mas considerando que su deseo
era de hurtar, y que no podia echarlos de mí sino con esperanzas de
mayor ganancia, con el mejor semblante que pude, saqué más menudos, y
repartiéndolos entre ellos, dije: Por cierto, hermanos, sí hiciera de
muy buena gana, pero dejo atrás un amigo mio mercader, que se le ha
cansado un macho en que trae una carga de moneda, y voy al pueblo á
buscar una bestia para traerla. En oyendo decir mercader solo, macho
cansado, carga de moneda, dijeron: Vaya su merced en hora buena, que
en Ronda le serviremos la limosna que nos ha hecho. Piqué al macho, y
le hice caminar por aquellas breñas más de lo que él quisiera. Ellos
quedaron hablando en su lenguaje de gerigonza, y debieron de esperar ó
acechar al mercader para pedirle limosna, como suelen, que si no usára
de esta estratagema, yo lo pasara mal. Sabe Dios cuántas veces me pesó
de haber dejado la compañía del hablador, cuando hablára mucho y me
enfadára, mas al fin no me pusiera en el peligro en que estuve. Que
realmente para caminar por enfadosa que sea la compañía tiene más de
bueno que de malo, y aunque sea muy ruin, la puede hacer buena el buen
compañero, no comunicándole cosas que no sean muy justas. Y para tratar
de lo que se ofrece á la vista, por el camino es buena cualquiera
compañía. Que bien nos dió á entender Dios esta verdad cuando acompañó
un brazo con otro, una pierna con otra, ojos y oidos, y los demás
miembros del cuerpo humano, que todos son doblados sino la lengua, para
que sepa el hombre que ha de oir mucho y hablar poco. Iba volviendo
el rostro atrás, para ver si me seguian los gitanos, que como eran
muchos, podian seguirme unos y quedarse otros; pero la misma codicia
que cebó á los unos detuvo á los otros, y así me dejaron de seguir.
Llegué al pueblo más cansado que llegára si no fuera por miedo de
los gitanos. Despues ví en Sevilla castigar por ladron á uno de los
gitanos, y una de las gitanas por hechicera en Madrid; pero despues
que estuve sosegado y sin alteracion, se me representó en aquellos
gitanos la huida de los hijos de Israel de Egipto. Iban unos gitanillos
desnudos, otros con un coleto acuchillado, ó con un sayo roto sobre
la carne: otro ensayándose en el juego de la correguela. Las gitanas,
una muy bien vestida, con muchas patenas y ajorcas de plata, y las
otras medio vestidas y desnudas, y cortadas las faldas por vergonzoso
lugar: llevaban una docena de jumentillos cojos y ciegos, pero ligeros
y agudos como el viento, que los hacian caminar más que podian. Dios me
ofreció y deparó aquella estratagema, porque los gitanos eran tantos
que bastaban para saquear un pueblo de cien casas. Reposé y comí en
aquel pueblo, y á la noche llegué á Ronda, donde hallé á mis mercaderes
muy deseosos de verme y muy adelante en su trato. Lo que allí me pasó
no es de consideracion, porque en una feria tan caudalosa son tantos
los enredos, trazas, hurtos y embelecos que pasan, que para cada uno
es menester una historia. Yo no iba á tratar ni á contratar, sino á
negocios de mis estudios, y visitar mis parientes; pero servíles á los
mercaderes de gozquecillo, para mostrarles algunas cosas muy notables y
dignas de ver que tiene aquella ciudad, así por naturaleza, como por
artificio, como es el edificio famoso de la mina por donde se proveia
de agua siempre que estaba cercada de contrarios.
[Ilustración: --_Ya ha cerrado mi ceñor. --Cerrada, dije yo entre mí,
tengas la puerta del cielo, ladron, que tal susto me has dado._]
Esta ciudad fué reedificada de las ruinas de Munda, que ahora llaman
Ronda la vieja: ciudad donde tan apretado se vió César de los hijos de
Pompeyo, que confiesa él mismo que siempre peleó por vencer, y allí por
no ser vencido. Está edificada sobre un risco tan alto, que yo doy fé
que haciendo sol en la ciudad, en la profundidad, que está dentro de
ella misma, entre dos peñas tajadas, estaba lloviendo en unos molinos y
batanes, que sirven á la ciudad, de donde subian los hombres mojados;
y preguntándoles de qué, respondian que llovia muy bien entre los dos
riscos que dividen la ciudad del arrabal. Dígolo á fin de que cuando
esta ciudad se edificó, por la falta que habia de fuentes arriba les
fué forzoso hacer una mina, rompiendo por el mismo risco hasta el
rio, que no hay en toda ella cosa que no sea de la misma dureza de la
piedra, en que hay cuatrocientos escalones, poco más ó menos, por donde
bajaban por agua los míseros esclavos cautivos, en el cual trabajo
morian algunos; y se tiene por tradicion antigua que una cruz que yo
he visto al medio de la escalera, la hizo un cristiano, que del mismo
trabajo reventó, con la uña del dedo pulgar, tan honda, que fuera
menester más que punta de daga para hacerla. Es de la misma grandeza de
rayas que un Cristo que está en la iglesia antigua de Córdoba, hecho
por manos de otro santo cautivo, y con el mismo trabajo. Algunos han
dicho que tan insigne obra no pudo ser hecha sino de romanos. Pero
hay en contrario una piedra grande que está en el fundamento de la
torre que llaman del homenage, que está escrita de letras latinas,
y están vueltas hácia abajo, que si supieran leerlas no la pusieran
al revés. Fuera de que las calles son todas angostas, y las casas,
que se heredaron de la antigüedad bajas, muy fuera de la costumbre
de los romanos y españoles. Sea como fuere, el edificio de la mina
es hecho con mucho trabajo y cuidado, y de las más memorables obras
que hay de la antigüedad en España; y que esta ciudad fuese edificada
de las ruinas de Munda, en mil piedras que allí hay se echa de ver,
y en algunos ídolos que hay, entre los cuales son excelentes dos que
hay de muy maltratados, de alabastro en las casas de don Rodrigo de
Ovalle, en que ahora vive, heredadas de sus padres y abuelos á quien yo
conocí: y aunque yo no hago oficio de historiador, no puedo dejar de
decir de paso, que engañado Ambrosio de Morales por la semejanza del
nombre, dijo que Munda habia sido un lugarcillo edificado á la falda de
Sierra-Bermeja, que se llama Munda, que si hubiera visto esta tierra
no lo dijera. Porque á lo que dice Paulo Hircio que hay desde Osuna á
Munda, concierta esta verdad, y con estar vivo hoy el coliseo grande,
y que muestra haber sido colonia de romanos, que yo ví años de ochenta
y seis. Junto con esto me acuerdo que oí decir á Juan Luzon, caballero
de muy gentil entendimiento y buenas letras, y un hidalgo, nieto é hijo
de conquistadores, que se llamaba Cárdenas, que en un cortijo suyo que
está en el mismo sitio de Munda, arando unos gañanes, hallaron una
piedra en que estaban estas letras: _Munda Imperatore Sabino_. Junto
con esto le oí decir á mis abuelos, que eran hijos de conquistadores,
y tuvieron repartimiento de los Reyes Católicos. Y esto digo, porque
como se van acabando los que lo saben, quede esta verdad asentada para
la posteridad. Tiene aquella ciudad naturalmente cosas que se pueden ir
á ver, por monstruosas de muchas leguas, por la extrañeza de aquellas
altas peñas y riscos. Es abundantísima de todo lo necesario para la
vida, y así salen pocos hombres de ella para ver el mundo; pero los que
salen, así para soldados como para otras profesiones, prueban muy bien
en cualquiera ministerio, y porque no haga oficio de historiador, paso
fácilmente por estas verdades. Yo mostré á los mercaderes lo que pude,
y los dejé con intento de ir á las Indias occidentales.
[Ilustración]
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