DESCANSO XX.

Por la mañana tomé el camino por entre aquellas asperezas de riscos y

árboles muy espesos, donde ví una extrañeza entre muchas que hay en

todo aquel distrito, que nacia de una peña un gran caño de agua, que

salia con mucha furia hácia afuera, como si fuera hecho á mano, mirando

al oriente, muy templada, más caliente que fria, y en volviendo la

punta del peñasco salia otro caño correspondiente á éste, muy helado,

que miraba al poniente; en lo primero el romero florido, y á dos pasos

aun sin hojas, y todo cuanto hay por ahí es de esta manera. Unas zarzas

sin hojas, y otras con moras verdes, y poco adelante con moras negras.

Todo cuanto mira á Málaga muy de primavera, y cuanto mira á Ronda muy

de invierno, y así es todo el camino. Por entre aquellos árboles muy

lleno el camino de manantiales y aguas, que se despeñan de aquellas

altísimas breñas y sierras, por entre muy espesas encinas, lentiscos y

robles; y como solo imaginando en las extrañas cosas que la naturaleza

cria, cuando sin pensar dí con una transmigracion de gitanos, en un

arroyo que llaman de las Doncellas, que me hiciera volver atrás si

no me hubieran visto, porque se me representó luego las muertes que

sucedian entonces por los caminos, hechas por gitanos y moriscos;

como el camino era poco usado, y yo me ví solo y sin esperanza de que

pudiera pasar gente que me acompañára, con el mejor ánimo que pude,

al mismo tiempo que ellos me comenzaron á pedir limosna, les dije:

Esté en hora buena la gente. Ellos estaban bebiendo agua, y yo les

convidé con vino, y alarguéles una bota de Pedro Jimenez de Málaga,

y el pan que traia, con que se holgaron; pero no cesaron de hablar y

pedir más y más. Yo tengo costumbre, y cualquiera que caminare solo

la debe tener, de trocar en el pueblo la plata ú oro que há menester

para el espacio que hay de un pueblo á otro, porque es peligrosísimo

sacar oro ó plata en las ventas, ó por el camino, y trayendo en la

faltriquera menudos, saqué un puñado, con que les dí y repartí limosna

(que nunca la dí de mejor gana en toda mi vida) á cada uno como me

pareció. Las gitanas iban de dos en dos, en unas yeguas y cuartagos muy

flacos; los muchachos de tres en tres, y de cuatro en cuatro, en unos

jumentos cojos y mancos. Los bellacones de los gitanos á pié, sueltos

como un viento, y entonces me parecieron muy altos y membrudos, que

el temor hace las cosas mayores de lo que son; el camino es estrecho

y peligroso, lleno de raíces de los árboles, muchos y muy espesos, y

el macho tropezaba cuanto podia; dábanle los gitanos palmadas en las

ancas, y á mí me pareció que me las querian dar en el alma; porque yo

iba por lo más bajo y angosto, y los gitanos por los lados superiores

á mí, por veredillas enredadas con mil matas de chaparros y lentiscos,

que cada momento me parecia que me iban ya á pegar; y en medio de esta

turbacion y miedo, yendo mirando con cuidado á los lados, moviendo

los ojos, sin mover el rostro, llegó un gitano de improviso, y asió

del freno y la barbada del macho, y queriéndome yo arrojar en el suelo

dijo el bellaco del gitano: Ya ha cerrado, mi ceñor. Cerrada, dije yo

entre mí, tengas la puerta del cielo, ladron, que tal susto me has

dado. Preguntaron si lo queria trocar, y habiéndome atribulado del

trago pasado, y de lo que podia suceder; mas considerando que su deseo

era de hurtar, y que no podia echarlos de mí sino con esperanzas de

mayor ganancia, con el mejor semblante que pude, saqué más menudos, y

repartiéndolos entre ellos, dije: Por cierto, hermanos, sí hiciera de

muy buena gana, pero dejo atrás un amigo mio mercader, que se le ha

cansado un macho en que trae una carga de moneda, y voy al pueblo á

buscar una bestia para traerla. En oyendo decir mercader solo, macho

cansado, carga de moneda, dijeron: Vaya su merced en hora buena, que

en Ronda le serviremos la limosna que nos ha hecho. Piqué al macho, y

le hice caminar por aquellas breñas más de lo que él quisiera. Ellos

quedaron hablando en su lenguaje de gerigonza, y debieron de esperar ó

acechar al mercader para pedirle limosna, como suelen, que si no usára

de esta estratagema, yo lo pasara mal. Sabe Dios cuántas veces me pesó

de haber dejado la compañía del hablador, cuando hablára mucho y me

enfadára, mas al fin no me pusiera en el peligro en que estuve. Que

realmente para caminar por enfadosa que sea la compañía tiene más de

bueno que de malo, y aunque sea muy ruin, la puede hacer buena el buen

compañero, no comunicándole cosas que no sean muy justas. Y para tratar

de lo que se ofrece á la vista, por el camino es buena cualquiera

compañía. Que bien nos dió á entender Dios esta verdad cuando acompañó

un brazo con otro, una pierna con otra, ojos y oidos, y los demás

miembros del cuerpo humano, que todos son doblados sino la lengua, para

que sepa el hombre que ha de oir mucho y hablar poco. Iba volviendo

el rostro atrás, para ver si me seguian los gitanos, que como eran

muchos, podian seguirme unos y quedarse otros; pero la misma codicia

que cebó á los unos detuvo á los otros, y así me dejaron de seguir.

Llegué al pueblo más cansado que llegára si no fuera por miedo de

los gitanos. Despues ví en Sevilla castigar por ladron á uno de los

gitanos, y una de las gitanas por hechicera en Madrid; pero despues

que estuve sosegado y sin alteracion, se me representó en aquellos

gitanos la huida de los hijos de Israel de Egipto. Iban unos gitanillos

desnudos, otros con un coleto acuchillado, ó con un sayo roto sobre

la carne: otro ensayándose en el juego de la correguela. Las gitanas,

una muy bien vestida, con muchas patenas y ajorcas de plata, y las

otras medio vestidas y desnudas, y cortadas las faldas por vergonzoso

lugar: llevaban una docena de jumentillos cojos y ciegos, pero ligeros

y agudos como el viento, que los hacian caminar más que podian. Dios me

ofreció y deparó aquella estratagema, porque los gitanos eran tantos

que bastaban para saquear un pueblo de cien casas. Reposé y comí en

aquel pueblo, y á la noche llegué á Ronda, donde hallé á mis mercaderes

muy deseosos de verme y muy adelante en su trato. Lo que allí me pasó

no es de consideracion, porque en una feria tan caudalosa son tantos

los enredos, trazas, hurtos y embelecos que pasan, que para cada uno

es menester una historia. Yo no iba á tratar ni á contratar, sino á

negocios de mis estudios, y visitar mis parientes; pero servíles á los

mercaderes de gozquecillo, para mostrarles algunas cosas muy notables y

dignas de ver que tiene aquella ciudad, así por naturaleza, como por

artificio, como es el edificio famoso de la mina por donde se proveia

de agua siempre que estaba cercada de contrarios.

[Ilustración: --_Ya ha cerrado mi ceñor. --Cerrada, dije yo entre mí,

tengas la puerta del cielo, ladron, que tal susto me has dado._]

Esta ciudad fué reedificada de las ruinas de Munda, que ahora llaman

Ronda la vieja: ciudad donde tan apretado se vió César de los hijos de

Pompeyo, que confiesa él mismo que siempre peleó por vencer, y allí por

no ser vencido. Está edificada sobre un risco tan alto, que yo doy fé

que haciendo sol en la ciudad, en la profundidad, que está dentro de

ella misma, entre dos peñas tajadas, estaba lloviendo en unos molinos y

batanes, que sirven á la ciudad, de donde subian los hombres mojados;

y preguntándoles de qué, respondian que llovia muy bien entre los dos

riscos que dividen la ciudad del arrabal. Dígolo á fin de que cuando

esta ciudad se edificó, por la falta que habia de fuentes arriba les

fué forzoso hacer una mina, rompiendo por el mismo risco hasta el

rio, que no hay en toda ella cosa que no sea de la misma dureza de la

piedra, en que hay cuatrocientos escalones, poco más ó menos, por donde

bajaban por agua los míseros esclavos cautivos, en el cual trabajo

morian algunos; y se tiene por tradicion antigua que una cruz que yo

he visto al medio de la escalera, la hizo un cristiano, que del mismo

trabajo reventó, con la uña del dedo pulgar, tan honda, que fuera

menester más que punta de daga para hacerla. Es de la misma grandeza de

rayas que un Cristo que está en la iglesia antigua de Córdoba, hecho

por manos de otro santo cautivo, y con el mismo trabajo. Algunos han

dicho que tan insigne obra no pudo ser hecha sino de romanos. Pero

hay en contrario una piedra grande que está en el fundamento de la

torre que llaman del homenage, que está escrita de letras latinas,

y están vueltas hácia abajo, que si supieran leerlas no la pusieran

al revés. Fuera de que las calles son todas angostas, y las casas,

que se heredaron de la antigüedad bajas, muy fuera de la costumbre

de los romanos y españoles. Sea como fuere, el edificio de la mina

es hecho con mucho trabajo y cuidado, y de las más memorables obras

que hay de la antigüedad en España; y que esta ciudad fuese edificada

de las ruinas de Munda, en mil piedras que allí hay se echa de ver,

y en algunos ídolos que hay, entre los cuales son excelentes dos que

hay de muy maltratados, de alabastro en las casas de don Rodrigo de

Ovalle, en que ahora vive, heredadas de sus padres y abuelos á quien yo

conocí: y aunque yo no hago oficio de historiador, no puedo dejar de

decir de paso, que engañado Ambrosio de Morales por la semejanza del

nombre, dijo que Munda habia sido un lugarcillo edificado á la falda de

Sierra-Bermeja, que se llama Munda, que si hubiera visto esta tierra

no lo dijera. Porque á lo que dice Paulo Hircio que hay desde Osuna á

Munda, concierta esta verdad, y con estar vivo hoy el coliseo grande,

y que muestra haber sido colonia de romanos, que yo ví años de ochenta

y seis. Junto con esto me acuerdo que oí decir á Juan Luzon, caballero

de muy gentil entendimiento y buenas letras, y un hidalgo, nieto é hijo

de conquistadores, que se llamaba Cárdenas, que en un cortijo suyo que

está en el mismo sitio de Munda, arando unos gañanes, hallaron una

piedra en que estaban estas letras: _Munda Imperatore Sabino_. Junto

con esto le oí decir á mis abuelos, que eran hijos de conquistadores,

y tuvieron repartimiento de los Reyes Católicos. Y esto digo, porque

como se van acabando los que lo saben, quede esta verdad asentada para

la posteridad. Tiene aquella ciudad naturalmente cosas que se pueden ir

á ver, por monstruosas de muchas leguas, por la extrañeza de aquellas

altas peñas y riscos. Es abundantísima de todo lo necesario para la

vida, y así salen pocos hombres de ella para ver el mundo; pero los que

salen, así para soldados como para otras profesiones, prueban muy bien

en cualquiera ministerio, y porque no haga oficio de historiador, paso

fácilmente por estas verdades. Yo mostré á los mercaderes lo que pude,

y los dejé con intento de ir á las Indias occidentales.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 44 / 101 题