DESCANSO XIX.

Pero ¿quién, ó cómo podrá decir las calidades de la lengua, aunque ella

propia tuviese su libre alvedrío sin tener dependencia de otra parte,

para hablar de sí? Dicen algunos que es de hechura de hierro de lanza,

y engáñanse, porque ni es tan ancha por lo ancho, ni tan puntiaguda por

el remate. Á mí me parece que tiene hechura de cabeza de culebra; y

quien quisiere advertir en ello, véala mirándose á un espejo, y hallará

lo que digo: verá el fácil movimiento que tiene, más veloz que todos

los demás miembros del cuerpo, como de su movimiento propio se alarga

y se encoge, se angosta y ensancha, con qué ligereza sube á lo alto

de la boca, y baja á lo bajo, y se mueve al un labio y al otro, cómo

sale afuera, y vuelve adentro, sin ver con qué se alarga, ni dónde se

encoge: y mirándola con todos estos accidentes parece víbora que está

á la boca de su cueva para salir ó no salir. Y en fin sale, teniendo

en su guarda y defensa los dos adarves de dientes y labios, que le

estorban la libertad del hablar, pero no por eso deja de hablar cuanto

le mandan, y algunas veces mucho más de lo que le mandan. Vicio infame,

y que ordinariamente se halla en gente muy humilde, como pescaderas

y lavanderas; y si son hombres, son semejantes en nacimiento y

costumbres, que si pensasen cuánto importa para la quietud de la vida y

seguridad de la muerte, antes querrian ser mudos que hablar tanto y tan

mal. Mil veces he pensado por qué llaman á estos deslenguados, teniendo

tan larga la lengua. Y dejadas otras razones, digo que como hablan

tanto, y tan mal, parece que han de tener la lengua gastada y consumida

de hablar; y por eso les llaman deslenguados, siendo lenguados, y aun

acedías, pues tantas engendran en quien los sufre. Y dije que parece

la lengua cabeza de culebra, porque tan dispuesta se halla para picar

ó morder, como para alabar ó persuadir. Mas ¡cuán dulce cosa es decir

bien! ¡Qué de amigos se grangean por ello, y qué de enemigos por lo

contrario! En cuantas pesadumbres suceden en el mundo habria templanza

y moderacion, si la hubiese en la lengua, que por ella se traban

cuantas pendencias suceden en las comunidades ó cabildos. ¡Qué fácil

cosa es conceder una verdad, y qué dificultoso contradecirla! Pues al

fin no se ha de dar razon conveniente para derribarla. El contradecir

la verdad, por salir (como dicen) cada uno con la suya, bien se echa

de ver que es estimarla en poco, y su misma reputacion. Que aunque por

algunos respetos le dejan salir con su intencion, al fin todos echan

de ver la vanidad que sustentaba, y él queda corrido y arrepentido;

y á todos los que se aprovechan mal de la lengua les viene luego el

pesar al pié de la obra. Tristes de aquellos que ponen su justicia en

la confianza de su ruin lengua, que si por ese camino la alcanzan,

toda la vida pasan con escrúpulo, y la muerte sin restitucion (quizá

me engaño). Todas las heridas que un hombre da con el brazo paran allí

donde se recibe el daño. Si ofende con la pisada no pasa de allí el

daño. Pero la herida que hace la lengua (como dice el doctísimo Pedro

de Valencia) va cundiendo y extendiéndose de la misma manera que el

movimiento que hace una piedra en un charco de agua, que á todas partes

se va estendiendo, ó como la voz que se da al aire, que á todas partes

corre, y va creciendo, que la palabra una vez echada no sabe volverse

á su dueño, ni es señor de lo que pudo retener en sí y lo dejó ir.

Llaman satírico de pocos años á esta parte al que tiene ruin lengua;

mas impropiamente, que no tiene lo uno parentesco con lo otro: porque

las sátiras no nacen de la ponzoña de la lengua, sino del celo de

reprehender un vicio, que por ser insensible él en sí, se reprehende en

quien lo tiene. Mas la hambre y sed de la ruin lengua no tiene discurso

como el que compone la sátira; y si lo tuviese, ó espacio para pensar

los inconvenientes, no se arrojaria tan fácilmente contra la honra

del prógimo. Aquel filósofo que preguntándole cuál era el animal más

ponzoñoso en la mordedura, respondió que de los bravos el maldiciente,

y de los mansos el lisonjero, no declaró cuál se llama verdaderamente

lisonjera, que realmente la lisonja es una mentira dicha con blandura

en alabanza del presente: como si á un hombre ignorante le llamasen

sabio, ó á la mujer fea la llamasen hermosa.

Esta es realmente adulacion y conocida lisonja, y es grande maldad

decirla, y mayor ignorancia consentirla; pero no se llamará lisonja

á la mujer que es medianamente hermosa y parece bien, llamarla muy

hermosa, ni al hombre que tiene razonable talle, decirle que es gentil

hombre; ni lo será al que canta á gusto de quien lo oye, decirle que es

un Orfeo, ni al que es muy razonable poeta decirle que es un Horacio,

que algo se ha de añadir para que los ánimos se alienten á pasar

adelante con los actos de virtud; porque si la honra es el premio de

la virtud (como lo es) ¿cómo sabrá el virtuoso la opinion que tiene en

el pueblo si no se lo dicen en su cara, y le animan para que prosiga

en merecer más y más cada dia? Así que decirle bien de sí propio al

que tiene en qué fundarlo no es lisonja, sino dejarlo sabroso para que

no cese en su buen propósito; y el que lo dice, sabiéndolo decir, se

acredita de afable, y de juez que conoce lo que se debe á las buenas

partes. ¿Quién será tan inhumano que tenga por lisonja decirle á Lope

de Vega que no ha habido en la antigüedad más escelente ingenio por

el camino que ha seguido? ¿Ni tan bruto que porque el otro sabe echar

cuatro pullas con donaire, diga que es gran poeta? Todos estos son

oficios de la lengua, que si es como la de aquel hablador, todo lo

destruye y todo lo daña, así solapando el mal, como desacreditando el

bien; porque en la demasía es imposible caber los actos de justicia,

y más si el hablar mucho cabe en una mujer ignorante y hermosa, que

para un hombre de recogimiento y estudio hace más ruido y ocupa más en

una casa que un corral de doscientas gallinas. El hablar mucho está

lleno de mil inconvenientes, y pocos habladores ó ningunos he visto

enmendados; porque cuanto más viven y duran, crece más la licencia del

hablar y el parecerles que lo pueden hacer. El hablar con moderacion

regala el oido, cria voluntad y amor en quien lo oye, y hace una

armonía en el oyente, que no hay cuatro voces concertadas que así lo

suspendan. Mas, ¿qué fuera de la música de voces si no hubiera lengua

que pronunciára las sílabas y formára los puntos? Parecieran los

músicos vacas en acequias, ó azudas en procesion. Y aunque yo use mal

del precepto que doy en hablar poco, no puedo dejar de condenar un

género de gentes que en comenzando á hablar son como rueda de cohetes,

que hasta que ha despedido toda la pólvora no para. Son descorteses si

no oyen lo que les responden, y se hacen odiosos á todo el mundo. Háse

de hablar lo necesario, respondiendo y dando lugar á que se responda

con silencio justo, ó ajustado con la conversacion, si pudiere ser

con agudeza y donaire, si no á lo menos con cordura, moderacion y

aplauso, no pensando que se lo han de hablar todo. Como divinamente

hace Doña Ana de Zuazo, que usa de la lengua para cantar y hablar con

gracia, concedida del cielo para milagro de la tierra. Ó como Doña

María Carrion, que si no fuera con tantas ventajas hermosa, con sola

la cordura y gracia de su lengua pudiera ser estimada en el mundo. No

quiero traer en consecuencia de esto á los grandes oradores, como es

el Maestro Santiago Pico de Oro, al Padre Fray Gregorio de Pedrosa, al

Padre Fray Plácido Tosantos, y el Maestro Ortensio, divino ingenio,

el Padre Salablanca, tan semejante en la vida á la escelencia de sus

palabras, y otros escelentísimos sugetos, que parece que hablan con

lenguas de ángeles más que de hombres. Pero para reprehender el mucho

hablar he yo hablado demasiado, por persuadir á quien tiene esta falta

que se reforme en ella. Aquella noche descansé en un pueblo que está

cerca del camino que llaman Cazarabonela, abundantísimo de naranjas y

limones, con muchas aguas y frescuras, aunque al pié de muy altas peñas.

[Ilustración]

[Ilustración]

Vida del escudero Marcos de Obregón · 第 43 / 101 题