Ya llegó.
—Está bueno—dijo animosamente Gloria.—Vamos.
Después de dar á los chicos todos los cuartos que llevaba, la
señorita y el sacristán salieron. Gloria se recogía el vestido,
Caifás ponía cuidadosamente el paraguas de modo que su Divina Pastora
se mojase lo menos posible, y le indicaba los charcos del camino y
las piedras salientes donde debía poner el pié.
—Estoy con cuidado—repitió Gloria.—¿Qué sucederá en mi casa?
Cerca de la Abadía y á mayor altura que ella, contenido por grueso
muro de mampostería sobre la calle de la Poterna, estaba el
cementerio de Ficóbriga. Gloria nunca pasaba por allí sin sentir
religiosa emoción.
—¡Qué mala noche para mis pobres hermanitos, Caifás!—dijo.
—Ellos no tendrán frío como nosotros—repuso el sacristán.
—Es verdad; pero somos tan materiales, estamos tan apegados á la
tierra, que no podemos pensar nada del alma si no lo referimos al
cuerpo.
Sopló de súbito otra racha del Noroeste tan fuerte, que los dos
viajeros tuvieron que detenerse. A Caifás se le volvió el paraguas
del revés, y tuvo que hacer grandes esfuerzos para defenderlo del
viento que quería arrancárselo de las manos. Una rama arrastrada por
el huracán pasó rozando el rostro de Gloria. Después la lluvia les
azotó á entrambos con furia.
—¡Jesús, Dios nos favorezca!—exclamó.
Lívida claridad iluminó á Ficóbriga, y Gloria vió una cinta de fuego
bajar culebreando hasta los techos de la villa, á punto que el trueno
retumbaba en los altos cielos llenos de agua.
—¡Un rayo!—gritó con angustia.—Caifás... ¿no te parece que ha caído
en mi casa?
Detúvose espantada y sin aliento mirando hacia Oriente; mas en la
negrura de la noche no se distinguían con precisión los edificios.
—Por allá parece que cayó... pero mucho más lejos. No tenga la
señorita cuidado; ha caído en la ría.
—Corramos, Caifás; me he quedado muerta. ¡Dios mío, qué nerviosa
estoy esta noche! Juraría que el rayo cayó sobre mi casa.
—Es el hombre que ha bajado del cielo—dijo Mundideo riendo;—el hombre
con quien yo soñé.
—Tú estás borracho... Por Dios, José, ¿querrás callar?... Mira que
estoy muy excitada esta noche. Me haces daño.
—Pues callo.
—Aprieta el paso... Vaya, al fin estamos cerca. Veo luz en la ventana
del cuarto de papá. Parece que todo está tranquilo.
La noche era obscurísima; mas no tanto que no se viese perfectamente
la superficie de un gran charco que las aguas habían formado en la
plazoleta frente á la casa de Lantigua.
—Bonito está esto, Caifás. Si es un lago la plaza...
—Yo pasaré á la señorita en brazos—dijo Caifás disponiéndose á hacer
lo que decía.
—No, no es preciso. Por aquí, por el callejón se puede pasar á la
casa vieja. Me parece que está abierta la portalada.
Ya hemos dicho que el palacio de Lantigua lo componían dos casas, la
vieja morada solariega de los primeros Lantiguas y la moderna que
fabricó el indiano y que fué heredada por D. Juan. Ambos edificios
estaban unidos exterior é interiormente, pero la vieja no tenía sino
un par de piezas habitables. Lo demás destinóse á granero y almacén.
En la planta baja había un hermoso establo y las cocheras. Por la
portalada de la casa antigua entró Gloria, después de dar las gracias
á Mundideo por su compañía.
Subió rápidamente la escalera vieja, atravesó el largo corredor
desierto y entró en una vasta pieza que servía para conservar frutas
en cuelga, y contenía sacos vacíos, arcas y otros objetos. De allí
se pasaba á otra pieza amueblada que servía de comunicación con la
casa nueva. Gloria empujó la puerta y al pronto sorprendióse mucho
de ver luz allí donde no habitaba nadie. Entró y miró á todos lados,
quedándose atónita y sin habla por breves momentos. Allí había un
hombre.
Estaba tendido en la cama y cubierto con gruesas mantas, á excepción
de la cabeza. Sobre la cercana mesa había una luz. La señorita dió
algunos pasos hacia el lecho, y vió un rostro lívido y dolorido, con
algunas manchas amoratadas como de golpes, entreabierta la boca,
cerrados los ojos, ligeramente fruncido el ceño, húmedo el pelo. El
perfil de aquella cara era perfecto, la frente hermosísima, entre
obscuros cabellos desordenados. De las cejas rectas ligeramente
arqueadas hacia la sién, partía la naríz aguileña, fina, intachable,
como cortada por diestro cincel. Bigote castaño y barba del mismo
color, un poco puntiaguda y ligeramente bifurcada en su extremidad,
remataban dignamente un rostro que era de los más acabados que pueden
imaginarse. Gloria, en aquel breve instante de observación, hizo un
paralelo rápido entre la cabeza que tenía delante y la del Señor que
estaba en la Abadía, dentro de la urna de cristal y cubierto con
blanquísimas sábanas de la más fina holanda.
Pero no había tenido tiempo de hacer deducción alguna cuando se abrió
la puerta que comunicaba con la casa nueva, y aparecieron D. Angel y
D. Juan. Andaban con cuidado para no hacer ruído.
—¡Oh! ¿Ya estás aquí?—dijo D. Juan.—¿Por dónde has entrado?
—Por la portalada.
—Hija, no mandé á buscarte porque no hemos tenido un punto de reposo.
Ya ves.
Don Juan señalaba al hombre.
—Nos hemos llevado un rato, hija...—dijo el obispo con orgullo.—Pero
por bien empleado. Hemos realizado un acto heróico.
Gloria preguntaba con la mirada.
—Ahí lo tienes, ahí tienes á un desgraciado joven á quien acabamos de
salvar del furor de las olas. ¡Qué satisfacción tan pura!
—Pero no hagamos ruído—murmuró don Juan.—El médico ha dicho que no
hay ya cuidado; pero que se le deje descansar.
—¿Y quién es?—preguntó Gloria.
—Es... el prójimo. ¿Qué nos importa? ¡Bendito sea Dios que nos ha
permitido hacer esta obra de caridad!
—Si no es por D. Silvestre...
—¿Don Silvestre le sacó?
—De en medio de las olas, hijita. Todavía estoy conmovido. ¡Qué tarde
hemos pasado! Pero triunfamos de los elementos, y todos se salvaron.
Los pobres náufragos están repartidos por las casas de Ficóbriga, y á
nosotros nos ha tocado éste... Pero estás hecha una sopa, hija. Ve á
mudarte de vestido.
El hombre se movió entonces, y dijo algunas palabras en lengua que
ninguno de los presentes entendió.