Va á llegar.
—¿Está tu padre?
—Sí, señorita. Está poniendo una tabla al ataud de pobres.
Pasó Gloria á la sacristía, que era lóbrega y húmeda; de allí á un
patiecillo estrecho cubierto de hierba, y del patio á una habitación
destartalada, que tenía el techo en tres planos distintos, y en
las paredes un resto de arco bizantino destrozado y cubierto de
yeso; vivienda construída sobre las ruínas del palacio abacial,
y que servía de asilo al sacristán de la parroquia. Dicha pieza
estaba llena de objetos distintos en revuelto montón: era almacén,
carpintería, taller y dormitorio de Caifás y sus hijos. Hacheros de
madera plateada, horriblemente manchados con gotas de amarilla cera,
aparecían patas arriba junto al túmulo negro que servía para los
funerales. Un San Pedro sin manos, y por consiguiente sin llaves,
mostraba su calva, coronada con el nimbo de oro, por encima de un
rimero de astillas y tablas rotas. Lienzos pintados, como telones
de teatro, ó más bien como pedazos de monumento de Semana Santa,
aparecían dispuestos verticalmente para servir de biombo ó abrigo
á la cama en que dormían los tres hijos de Caifás, y la armazón de
una vieja manga cruz sin forro, tenía dentro ollas rotas, vasos
desportillados, una calavera de palo y un libro de palo también,
atributos de alguna imagen de anacoreta. Ninguna silla ni otro mueble
destinado á sentarse había allí, como no sirviese para esto un banco
de carpintero. Cuando Gloria entró, Caifás martillaba en las necias
tablas del ataud de pobres, echándole una pieza en el fondo. A cada
golpe, el horrible cajón despedía un gemido.
—¡Qué espantoso temporal!—exclamó Gloria entrando en el taller de
Caifás.
—Señorita—dijo el sacristán riendo cariñosamente,—¡cómo la ha cogido
el agua en la Iglesia! Iré á casa del señor cura por un paraguas.
—No, esperaré á que pase el chaparrón. De casa vendrán por mí—repuso
Gloria, buscando con los ojos un sitio donde sentarse.
—¡Ay, niña de mi corazón! Esto es una Babel. No hay sillas para
sentarse las personas decentes. Pero acomódese usted en esta tarima
de la Virgen. A bien que no está mal en ella quien podría ser puesta
en los altares sin que Dios se enfadase por ello.
Gloria se sentó, Caifás, dando el último martillazo, dió por
terminada su obra.
—Vamos, ya he concluído—dijo.—Ahora no les entrará aire á los
pobrecitos que van á la tierra. La caja estaba desfondada, y anteayer
cuando llevaron al cementerio el cuerpo del tío Fulastre, se le salió
fuera un brazo por la tabla rota. Como el brazo saliera al pasar por
frente á la casa de D. Juan Amarillo, y se movía á modo de insulto,
la gente dijo que el tío Fulastre aplazaba á D. Juan Amarillo para el
día del Juicio.
Gloria no estaba serena. El desorden de aquella estancia y la vista
de la triste caja no eran espectáculo propio para volver el sosiego á
un espíritu sobresaltado.
—¡Qué terrible tempestad!—dijo mirando el torvo cielo que por la
ventana se veía.—¡Cuántos barquitos habrán perecido hoy!
—El Señor no manda más que calamidades—afirmó Caifás dando un
suspiro.—No sé cómo hay quien quiera vivir. ¡Bonito oficio es este de
la vida!... Verdad es que como no nos lo dieron á escoger...
—Ten paciencia—le dijo Gloria,—que otros hay más desgraciados que tú.
Caifás, que estaba en el suelo, elevó sus ojos hacia la hermosa
doncella sentada en la tarima. No era posible mayor semejanza con
los cuadros en que el arte ha puesto una figura mundana orando de
rodillas al pié de la Virgen María. Sólo los trajes podían quitar la
ilusión. Entre los ojos de topo, la faz angulosa, el estevado cuerpo,
la color amarilla de José Mundideo (á quien todos en Ficóbriga
conocían por el mote de Caifás), y la seductora hermosura de Gloria,
había tanta distancia como de la miseria del mundo á la majestad de
los cielos. El sacristán infló el pecho para echar fuera un suspiro
tan grande como la Abadía, y acurrucándose en el suelo, dijo:
—¡Paciencia yo!... Pues qué, ¿queda todavía algo de paciencia en el
mundo? Creí que yo me la había cogido toda... En verdad que si no
fuera por las almas caritativas como la señorita Gloria, ¡qué sería
de mí y de mis pobres hijos!
Los tres chicos de Mundideo parecían confirmar esta aseveración del
padre, contemplando á la señorita de Lantigua con miradas fervorosas.
Eran dos varones y una hembra pequeñuela. Esta, poseída de profunda
admiración hacia la señorita, se acercaba tímidamente, y con sus
deditos sucios, como hojas de rosa que han caído en el fango, tocaba
los guantes de Gloria y los bordes de su sobrefalda, y hubiera tocado
algo más, si el respeto no la contuviera. El mayor, Sildo, limpiaba
el polvo de la tarima y de todo cuanto á Gloria rodeaba, mientras el
segundo, Paco, cuidaba de poner en el mayor orden los hilos de la
borla del quitasol que estaban cada uno por su lado.
Gloria sacó su portamonedas, diciendo:
—Esta semana no te he dado nada. Toma.
—¡Bendita sea la mano de Dios!...—exclamó José tomando seis moneditas
de plata.—Ya veis, hijos, cómo Dios no nos abandona... ¡Ah! señor
cura, señor cura, no todos tienen corazón de hierro como usted.
—¿Qué dices del cura?
—Señorita Gloria—repuso Caifás enjugando una lágrima con la manga de
la camisa,—desde el primero de mes ya no comeré el amargo pan de la
parroquia. El señor cura me despide.
—¿Te despide?
—Sí, dice que por mis escándalos... porque tengo muchas deudas
y no las puedo pagar, porque soy un tramposo, un miserable, un
desdichado... Y tiene razón. Yo no debo estar más en estos lugares
sagrados. Soy un tramposo, estoy comido de deudas; tengo empeñada
hasta la camisa en casa de la Cárcaba y debo á D. Juan Amarillo más
de lo que peso... Iré pronto á la cárcel y después á presidio y
después á la horca, que es lo que merezco.
—Por Dios, José, me estás asustando—dijo Gloria, acariciando á los
chicos, que se habían echado á llorar, viendo llorar al padre.—Si es
verdad lo que dices, eres un hombre de muy mala conducta.
—Yo no soy más que Caifás el estúpido, Caifás el feo, Caifás el
idiota, como me llaman en Ficóbriga, y Caifás el desgraciado, como me
llamo yo.
—Francisca me dijo que el domingo estabas borracho como una cuba en
el prado de la Pesqueruela.
—¡Oh! sí, señorita Gloria; es verdad. Me emborraché... ¿cómo lo diré?
Estuve dudando si echarme al mar ó emborracharme para dormir algunas
horas, para olvidarme de que soy Caifás el horrible. El vino alegra
ó adormece... ¡Sueño y alegría! ¡Qué cosas tan divinas para quien no
las conoce nunca!
—No, no vengas con disculpas—dijo Gloria en tono de amable
amonestación.—Tú no eres bueno; yo no creo que seas tan malo como
dicen; pero ello es que tú no eres bueno. Verdad es que estás mal
casado y que tu mujer es capáz de hacer pecar á un santo.
—¡Oh Dios mío, oh Virgen mía, oh señorita Gloria!—exclamó Caifás,
demostrando en lo lastimero de su tono que la herida de su corazón
había sido tocada.—¿Cómo ha de haber virtud al lado de esa mujer?
¡Si usted la viera cuando entra aquí de noche, con el carpancho tan
sucio como su cara, y su cara tan dura como el carpancho, pintada
toda con la almagre del mineral, que no parece sino que la han echado
de sus cavernas los infiernos!... Como en el embarcadero beben que es
un primor, siempre viene alegre, me pega, me quita el dinero, azota
á los chicos, da gritos, y echa unos cantorrios que escandalizan al
señor cura y á todos los vecinos. Ella, señorita Gloria, es la causa
de que yo tenga mi casa por los suelos, de que todas mis ropas y
alhajas y colchones hayan ido á parar á casa de la Cárcaba, de que
jamás tenga un real, de que esté á punto de ser llevado á juicio por
don Juan Amarillo, y echado de la sacristía por el señor cura...
¡Esta es mi situación, esta es la situación de Caifás, el dejado de
la mano de Dios!... ¡de Caifás, el que se irá al Infierno por culpas
ajenas!...
—Eres un majadero—dijo Gloria con enfado,—¿por qué te dejas dominar
por esa harpía?
—Yo no me dejo dominar por ella. Anoche reñimos y le pegué. Pero,
aunque quiera, ya no puedo salir del infierno en que me he metido.
Como no puedo pagar mis trampas, me echan de la sacristía, y como
me quedo sin pan, pediré limosna, iré á la cárcel... No, señorita
Gloria, yo creo que Caifás el feo no puede seguir viviendo... Me dan
unas ganas de echarme al mar... ¡Qué bien se debe estar allá en el
fondo, en el fondo!...
—¡Infelíz!—exclamó Gloria conmovida.—Ya se te amparará. No desconfíes
de Dios, José; no pienses en el suicidio, que es el mayor de los
pecados.
—Cuando usted me dice que tenga confianza, casi la tengo; cuando la
veo á usted, parece que me sale de dentro un no sé qué... me siento
más fuerte contra la desgracia... Dios debe de ser muy poderoso,
cuando la ha hecho á usted, señorita Gloria... Mi vida es negra y
obscura como este ataud. Usted pasa, me mira y parece que de esta
caja salen flores. Sí, señorita mía, delante de usted yo soy otro...
Adoro á la doncella celestial que me ha socorrido tantas, tantísimas
veces, á la que me sacó de la enfermedad que tuve el año pasado, á
la que no ha permitido que mis hijos anden desnudos, á la que se ha
dignado consolarme, honrando mi humilde morada, á la única persona
que me ha dicho: «Caifás, tú no eres tan malo como dicen. Confía en
Dios y espera.»
—Eres tonto. ¿Eso qué significa?
—Significa que usted es un ángel... ¡Ay! si se me presentara ocasión
de mostrarle mi agradecimiento... ¿Pero yo qué puedo si soy como un
guijarro de las calles, á quien todo el mundo da con el pié?
—Vamos, no te acuerdes de mis beneficios, que no valen nada—dijo
Gloria con impaciencia, mirando al cielo á ver si había concluído de
llover.
—¿Que no me acuerde? ¿Que no me acuerde de quien me da el pan de cada
día? No la aparto á usted del pensamiento á ninguna hora, y creo que
antes que olvidar á mi ángel tutelar, me olvidaré de mí mismo y de la
salvación de mi alma. Me parece que veo en todas partes á mi Divina
Pastora. Anoche, señorita Gloria, soñé con usted.
—¿Conmigo?—dijo Gloria sonriendo.—¿Qué soñaste?
—Una cosa triste, pero muy triste.
—¿Que me moría?
—No: que me había olvidado usted á mí y á mis pobres hijos y ya no
nos hacía caso.
—Es particular. ¿Y por qué os olvidaba yo?
—Porque estaba usted enamorada.
Gloria se sonrojó, poniéndose seria.
—Sí: soñé que había venido un hombre.
—¡Un hombre!
—Es claro. ¿Pues á quién podía querer usted sino á un hombre?... Yo
le veía, y me parece que le estoy viendo.
—¿Cómo era?—preguntó Gloria sonriendo.
—Era... ¿cómo decirlo?... un hombre horrible, espantoso...
—¡Jesús!
—No, entendámonos... no era horrible de cara, sino al contrario, tan
hermoso, que no hay otro semblante que pueda comparársele sino el de
Nuestro Señor Jesucristo.
—Entonces, ¿por qué te espantaba?—preguntó Gloria prestando á aquella
trivialidad más atención de la que merecía.
—Porque se la llevaba á usted lejos, muy lejos—dijo Caifás con el
énfasis de un artista muy poseído de su asunto.
—Caifás, no me marees con esos novios horribles y guapos y que llevan
muy lejos.
—Yo soñé que había venido volando por los aires, y que caía del cielo
como un rayo.
—Vamos, calla. Me voy á destemplar otra vez. Esta tarde he estado
muy nerviosa en la Iglesia; José, tuve mucho miedo.
Gloria se levantó.
—¿Sabes—dijo después de mirar al cielo,—que la tempestad no cesa?
Extraño mucho que de mi casa no me hayan mandado á buscar.
—Es particular—indicó Caifás,—¿quiere la señorita que avise?
—No, ya vendrán. Papá querrá mandarme el coche, y estarán
enganchándolo... Pero ahora me acuerdo de que una de las mulas se ha
puesto mala ayer... Al menos ha podido venir Roque con un paraguas.
—Yo tengo uno que está roto—dijo Mundideo;—pero algo tapa. ¿Quiérelo
la señorita?
—No, esperaré. Han de venir.
Como pasase algún tiempo, Gloria se impacientó mucho.
—Pues estoy con gran cuidado. Anochece, y nadie viene á buscarme.
¿Habrá pasado algo en mi casa?
—¿Quiere la señorita marcharse? Vamos allá. Parece que ahora llueve
menos.
—Sí, el temporal cede. Vámonos. Aprovechemos este claro. ¡Cómo
estarán esas calles!
—La distancia es corta.
Caifás sacó de detrás de San Pedro un paraguas rojo, y lo abrió
dentro de la casa para enterarse de su estado. No era pieza, en
verdad, de consolador aspecto para un día de temporal. La tela
huía de las puntas de las varillas, dejándolas descubiertas, y los
descosidos paños se recogían hacia dentro, plegándose como las hojas
de una flor marchita.