VII

Aquella mañana, dos lazaristas que se dirigían a Tien-Hó, me habían

encontrado desmayado en el camino. Y como dijo el alegre padre Loriot,

«era ya tiempo»; porque alrededor de mi cuerpo inmóvil revoloteaba un

negro semicírculo de esos enormes cuervos de Tartaria, contemplándome

con gula.

Me trajeron al convento en unas parihuelas, y fué grande el regocijo de

la comunidad cuando supo que yo era latino, cristiano y súbdito de los

«Reyes Fidelísimos». El convento forma allí el centro de un pequeño

pueblo católico, apiñado en torno de la maciza residencia como un

caserío de siervos, al pie de un castillo feudal. Existe desde los

primeros misioneros que recorrieron toda la Mandchuria. Porque nos

hallábamos en los confines de la China. Más allá está la Mongolia, la

«Tierra de las hierbas», inmenso prado verde obscuro, bordado de flores

silvestres. Allí se extendía la inmensa planicie de los nómadas. Desde

mi ventana veía negrear los círculos de las tiendas cubiertas de fieltro

o de pieles de carnero; y a veces asistía a la partida de una tribu, que

en filas de largas caravanas llevaba sus rebaños hacia Oeste.

El superior de los lazaristas era el excelente padre Julio.

Su larga permanencia entre las razas amarillas lo habían tornado casi en

un chino. Cuando yo le encontraba en el claustro con su túnica roja, la

larga coleta y sus venerables barbas, agitando dulcemente un enorme

abanico, me parecía algún sabio letrado Mandarín comentando mentalmente,

en la paz de un templo, el Libro sacro de Chú. Era un santo; mas olía a

ajo, y este olor apartaba de él a las almas más doloridas y necesitadas

de consuelo.

¡Conservo suave memoria de los días allí pasados! mi cuarto, encalado de

blanco, con una cruz negra, tenía un recogimiento de celda. Me

despertaba siempre al toque de maitines. Por respeto a los viejos

misioneros, oía misa en la capilla; y me enternecía allí, tan lejos de

la patria católica, ver a la clara luz de la mañana la casulla del padre

con su cruz bordada, inclinarse delante del altar y sentir sisear en el

silencio fosco del santo recinto los «Dominus vobiscum» y los «Et cum

espíritu tuo».

Por la tarde iba a la escuela a admirar a los niños chinos, declinando

once horas seguidas. Y, después del refectorio, paseando por el

claustro, escuchaba historias de lejanas misiones apostólicas, en el

«País de las hierbas», las prisiones soportadas, las marchas, los

peligros, en fin, todas las crónicas heróicas de la Fe.

Yo no conté en el convento mis aventuras fantásticas; dije que era un

«tourista» curioso que recorría, tomando apuntes, el mundo entero. Y

esperando que mi oreja cicatrizase me abandonaba en una dulce laxitud de

alma, a aquella paz del monasterio.

Mas estaba decidido a dejar bien pronto la China; ese Imperio bárbaro

que ahora odiaba terriblemente. Cuando me ponía a pensar que había

venido de los confines de occidente, para traer a una provincia china la

abundancia de mis millones, y que, apenas llegué, fuí saqueado y

apedreado, me agitaba un rencor sordo y pasaba horas enteras en mi

cuarto, meditando venganzas horribles.

Retirarme con mis millones era lo más práctico y fácil.

Además, mi idea de resucitar, para bien de la China, la personalidad de

Ti-Chin-Fú, me parecía ahora un absurdo, una insensatez de sueño.

Yo no comprendía las lenguas ni las costumbres, ni las leyes, ni los

sabios de aquella raza ¿qué iba a hacer allí, sino exponerme por el

aparato de mi riqueza, a los asaltos de un pueblo que hace cuarenta y

tantos siglos que es pirata en los mares y bandido en la tierra?

Ti-Chin-Fú y su cometa continuaban invisibles, remontados ciertamente al

Cielo Chino de los abuelos, y ya el aplazamiento del remordimiento

visible hacíame olvidar el deseo de la expiación.

Sin duda el viejo letrado estaba fatigado de dejar sus regiones

inefables para venir a reclinarse en mis muebles. Vería mis esfuerzos,

mi deseo de ser útil a su prole, a su provincia y a su raza, y

satisfecho, se acomodaría lo mejor posible para la eterna siesta. ¡Ya,

nunca más vería su panza amarilla!

Y entonces me mordía el apetito de marchar, ya libre y tranquilo a gozar

la alegría de mi oro, al Loreto o los boulevares, sorbiendo la miel de

las flores de la civilización.

Mas la viuda de Ti-Chin-Fú, las mimosas señoras de su descendencia, los

nietos pequeñitos... ¿los dejaría bárbaramente morir de hambre y frío en

las negras viviendas de Tien-Hó? No. Esos no eran culpables de las

pedradas que me tiró el populacho. Y yo, cristiano, aislado en un templo

católico, teniendo a la cabecera de mi cama el Evangelio, cercado de

existencias que eran encarnaciones de la Caridad, no podía partir del

Imperio sin restituir a aquellos a quienes despojara, la abundancia y

las comodidades honestas que recomendaba el clásico de la Piedad

Filial.

Entonces escribí a Camilloff. Le contaba mi abyecta fuga, bajo las

piedras del populacho; el albergue cristiano que me dieron en la Misión,

y mi ferviente deseo de partir del Imperio Celeste. Le pedía que

remitiese a la mujer de Ti-Chin-Fú los millones depositados por mí en

casa del mercader Tsing-Fó, en la avenida de Cha-Cona, al lado del arco

triunfal de Tong, junto al templo de la diosa Kaonine.

El alegre padre Loriot, que iba en misión a Pekín, llevó esta carta que

yo lacré con el sello del convento: una cruz saliendo de un corazón

inflamado.

Los días pasaban. Las primeras nieves albearon en las montañas

septentrionales de la Mandchuria, y yo me ocupaba en cazar gacelas en el

«País de las Hierbas». Horas enérgicas y fuertemente vividas las de esas

mañanas, cuando yo marchaba, con el aire agreste y sano entre monteros

mongólicos, que, con un grito ondulado y vibrante, ojeaban los

matorrales con sus lanzas. A veces una gacela saltaba, y con las orejas

bajas, estiradas y finas, partía en el filo del viento. Soltábamos el

halcón que volaba sobre ella con las alas serenas, dándole a espacios

regulares, con toda la fuerza de su pico curvo, picotazos en el cráneo.

Y la íbamos a encontrar, por fin, a la orilla de algún charco infecto,

cubierto de nenúfares. Entonces, los perros negros de Tartaria

arrojábansele sobre el vientre, y, con las patas entre sangre, y con los

afilados colmillos le iban descubriendo las entrañas.

Una mañana, el lego de la portería avistó al alegre padre Loriot,

trepando por el camino ingente del Purgo, con su mochila al hombro y una

criatura en los brazos; la había encontrado abandonada, desnudita,

muriéndose a la orilla desolada de un camino. La bautizó después en un

arroyo con el nombre de Bienhallado, y allí la traía, enternecido,

apretando el paso, para darle pronto buena leche de las cabras del

convento.

Después de abrazar a los religiosos y enjugarse gruesas gotas de sudor,

sacó de los bolsillos del pantalón un sobre con el sello del águila

rusa.

--Esto es lo que le manda el general Camilloff, amigo Teodoro. Está

bueno, y la señora también... ¡Todos fuertes!

Corrí a un rincón del claustro a leer los dos plieguecillos. La carta

decía así:

«Amigo, huésped y estimado Teodoro: A las primeras líneas de su carta

quedamos consternados. Mas luego las siguientes nos llenaron de alegría,

al saber que estaba con esos santos padres de la misión cristiana.

»Yo fuí al Yamen Imperial a hacer una severa reclamación al príncipe

Tong, sobre el escándalo de Tien-Hó.

»Su excelencia mostró un júbilo desordenado. Porque aunque lamenta como

particular la ofensa, el robo y las pedradas que mi huésped sufrió, como

ministro del Imperio, ve ahí una dulce oportunidad para exigir a la

ciudad de Tien-Hó, en concepto de indemnización, y en castigo de la

injuria hecha a un extranjero, la importante suma de trescientos mil

francos. Es, como dice Mariskoff, un excelente resultado para el Erario

imperial y queda así vuestra oreja suficientemente vengada. Aquí,

comienzan a picar los primeros fríos y ya estamos usando pieles. El

buen Mariskoff sufre ahora del higado, pero el dolor no altera su

criterio filosófico ni su sabia verbosidad.

»Tuvimos un grave disgusto: el lindo perrito de la buena señora

Tagarief, la esposa de nuestro querido secretario, el adorable «Tú-Tú»

desapareció en la mañana del quince. Hizo la policía averiguaciones

urgentes, mas «Tú-Tú» no ha parecido, y nuestro sentimiento es mayor

cuanto es sabido que el populacho de Pekín aprecia extraordinariamente

estos perritos, guisados en caldo de azúcar. Ha ocurrido un hecho

abominable y de funestas consecuencias; la embajadora de Francia, esa

petulante madame Gujón, ese gallo enjuto (como la llama Mariskoff), en

la última comida de la legación, dió, despreciando todas las reglas

internacionales, el brazo, su descarnado brazo, y su derecha en la mesa,

a un súbdito inglés, Lord Gordon. ¿Qué me dice usted de esto? ¿Es

creíble? ¿Es razonable? ¡Eso es destruir el orden social! ¡El brazo y la

derecha en la mesa a un súbdito, a un escocés de color de piedra, un

mono, cuando estaban presentes todos los embajadores, los ministros y

yo!

»Esto ha causado en el cuerpo diplomático, una sensación inenarrable.

Esperamos instrucciones de nuestros gobiernos. Como dice Mariskoff,

moviendo tristemente la cabeza, el asunto es grave--¡muy grave!--Lo que

prueba (y ninguno lo duda) es que lord Gordon es el Benjamín del «Gallo

enjuto». ¡Qué asco! ¡qué podredumbre!... La generala no está buena,

desde que usted partió para esa maldita Tien-Hó; el doctor Pagloff no

atina con el mal; es una languidez, un marchitamiento, una perenne

indolencia que la tiene horas enteras inmóvil sobre el sofá, en el

«Pabellón del Reposo discreto», con la mirada vaga y la boca llena de

suspiros.

»Yo no me desespero; sé perfectamente el mal que la mina, es una

afección a la vejiga que contrajo, a consecuencia de las malas aguas,

durante nuestra estancia en Madrid... ¡Hágase la voluntad del Señor!

Ella me pide que le salude en su nombre, y desea que cuando llegue usted

a París, si va a París, le remita por el correo de la Embajada para San

Petersburgo (de allí vendrá a Pekín) dos docenas de guantes de doce

botones, número «cinco y tres cuartos», de la marca «Sol», de los

almacenes del Louvre; así como las últimas novelas de Zola;

«Mademoiselle de Maupín», de Gautier, y una caja de frascos de

«Opoponex».

»Me olvidaba decirle que nos hemos mudado de alojamiento; dejamos la

Embajada francesa para no tener relaciones con el «Gallo enjuto», y

vivimos ahora en el Palacio de la Legación de Inglaterra. Estos son los

inconvenientes de no tener la Embajada rusa palacio de su propiedad, a

pesar de tantas reclamaciones como sobre este asunto tengo hechas a la

cancillería de San Petersburgo.

»Allí saben perfectamente que en Pekín no hay palacios; que cada

legación tiene el suyo propio, como importante elemento de instalación y

de influencia. ¡Mas en la corte del Czar se desatienden los más serios

intereses de la civilización rusa! Todo lo dicho es lo único nuevo que

acontece en Pekín y en las legaciones. Recuerdos de Mariskoff, y todos

los de esta Embajada, y también del condesito Arturo, el Zizí de la

legación española, en fin, de todos; y yo, muy afectuosamente, le envío

el testimonio de mi amistad.

El Mandarín · 第 12 / 21 题