Aquella mañana, dos lazaristas que se dirigían a Tien-Hó, me habían
encontrado desmayado en el camino. Y como dijo el alegre padre Loriot,
«era ya tiempo»; porque alrededor de mi cuerpo inmóvil revoloteaba un
negro semicírculo de esos enormes cuervos de Tartaria, contemplándome
con gula.
Me trajeron al convento en unas parihuelas, y fué grande el regocijo de
la comunidad cuando supo que yo era latino, cristiano y súbdito de los
«Reyes Fidelísimos». El convento forma allí el centro de un pequeño
pueblo católico, apiñado en torno de la maciza residencia como un
caserío de siervos, al pie de un castillo feudal. Existe desde los
primeros misioneros que recorrieron toda la Mandchuria. Porque nos
hallábamos en los confines de la China. Más allá está la Mongolia, la
«Tierra de las hierbas», inmenso prado verde obscuro, bordado de flores
silvestres. Allí se extendía la inmensa planicie de los nómadas. Desde
mi ventana veía negrear los círculos de las tiendas cubiertas de fieltro
o de pieles de carnero; y a veces asistía a la partida de una tribu, que
en filas de largas caravanas llevaba sus rebaños hacia Oeste.
El superior de los lazaristas era el excelente padre Julio.
Su larga permanencia entre las razas amarillas lo habían tornado casi en
un chino. Cuando yo le encontraba en el claustro con su túnica roja, la
larga coleta y sus venerables barbas, agitando dulcemente un enorme
abanico, me parecía algún sabio letrado Mandarín comentando mentalmente,
en la paz de un templo, el Libro sacro de Chú. Era un santo; mas olía a
ajo, y este olor apartaba de él a las almas más doloridas y necesitadas
de consuelo.
¡Conservo suave memoria de los días allí pasados! mi cuarto, encalado de
blanco, con una cruz negra, tenía un recogimiento de celda. Me
despertaba siempre al toque de maitines. Por respeto a los viejos
misioneros, oía misa en la capilla; y me enternecía allí, tan lejos de
la patria católica, ver a la clara luz de la mañana la casulla del padre
con su cruz bordada, inclinarse delante del altar y sentir sisear en el
silencio fosco del santo recinto los «Dominus vobiscum» y los «Et cum
espíritu tuo».
Por la tarde iba a la escuela a admirar a los niños chinos, declinando
once horas seguidas. Y, después del refectorio, paseando por el
claustro, escuchaba historias de lejanas misiones apostólicas, en el
«País de las hierbas», las prisiones soportadas, las marchas, los
peligros, en fin, todas las crónicas heróicas de la Fe.
Yo no conté en el convento mis aventuras fantásticas; dije que era un
«tourista» curioso que recorría, tomando apuntes, el mundo entero. Y
esperando que mi oreja cicatrizase me abandonaba en una dulce laxitud de
alma, a aquella paz del monasterio.
Mas estaba decidido a dejar bien pronto la China; ese Imperio bárbaro
que ahora odiaba terriblemente. Cuando me ponía a pensar que había
venido de los confines de occidente, para traer a una provincia china la
abundancia de mis millones, y que, apenas llegué, fuí saqueado y
apedreado, me agitaba un rencor sordo y pasaba horas enteras en mi
cuarto, meditando venganzas horribles.
Retirarme con mis millones era lo más práctico y fácil.
Además, mi idea de resucitar, para bien de la China, la personalidad de
Ti-Chin-Fú, me parecía ahora un absurdo, una insensatez de sueño.
Yo no comprendía las lenguas ni las costumbres, ni las leyes, ni los
sabios de aquella raza ¿qué iba a hacer allí, sino exponerme por el
aparato de mi riqueza, a los asaltos de un pueblo que hace cuarenta y
tantos siglos que es pirata en los mares y bandido en la tierra?
Ti-Chin-Fú y su cometa continuaban invisibles, remontados ciertamente al
Cielo Chino de los abuelos, y ya el aplazamiento del remordimiento
visible hacíame olvidar el deseo de la expiación.
Sin duda el viejo letrado estaba fatigado de dejar sus regiones
inefables para venir a reclinarse en mis muebles. Vería mis esfuerzos,
mi deseo de ser útil a su prole, a su provincia y a su raza, y
satisfecho, se acomodaría lo mejor posible para la eterna siesta. ¡Ya,
nunca más vería su panza amarilla!
Y entonces me mordía el apetito de marchar, ya libre y tranquilo a gozar
la alegría de mi oro, al Loreto o los boulevares, sorbiendo la miel de
las flores de la civilización.
Mas la viuda de Ti-Chin-Fú, las mimosas señoras de su descendencia, los
nietos pequeñitos... ¿los dejaría bárbaramente morir de hambre y frío en
las negras viviendas de Tien-Hó? No. Esos no eran culpables de las
pedradas que me tiró el populacho. Y yo, cristiano, aislado en un templo
católico, teniendo a la cabecera de mi cama el Evangelio, cercado de
existencias que eran encarnaciones de la Caridad, no podía partir del
Imperio sin restituir a aquellos a quienes despojara, la abundancia y
las comodidades honestas que recomendaba el clásico de la Piedad
Filial.
Entonces escribí a Camilloff. Le contaba mi abyecta fuga, bajo las
piedras del populacho; el albergue cristiano que me dieron en la Misión,
y mi ferviente deseo de partir del Imperio Celeste. Le pedía que
remitiese a la mujer de Ti-Chin-Fú los millones depositados por mí en
casa del mercader Tsing-Fó, en la avenida de Cha-Cona, al lado del arco
triunfal de Tong, junto al templo de la diosa Kaonine.
El alegre padre Loriot, que iba en misión a Pekín, llevó esta carta que
yo lacré con el sello del convento: una cruz saliendo de un corazón
inflamado.
Los días pasaban. Las primeras nieves albearon en las montañas
septentrionales de la Mandchuria, y yo me ocupaba en cazar gacelas en el
«País de las Hierbas». Horas enérgicas y fuertemente vividas las de esas
mañanas, cuando yo marchaba, con el aire agreste y sano entre monteros
mongólicos, que, con un grito ondulado y vibrante, ojeaban los
matorrales con sus lanzas. A veces una gacela saltaba, y con las orejas
bajas, estiradas y finas, partía en el filo del viento. Soltábamos el
halcón que volaba sobre ella con las alas serenas, dándole a espacios
regulares, con toda la fuerza de su pico curvo, picotazos en el cráneo.
Y la íbamos a encontrar, por fin, a la orilla de algún charco infecto,
cubierto de nenúfares. Entonces, los perros negros de Tartaria
arrojábansele sobre el vientre, y, con las patas entre sangre, y con los
afilados colmillos le iban descubriendo las entrañas.
Una mañana, el lego de la portería avistó al alegre padre Loriot,
trepando por el camino ingente del Purgo, con su mochila al hombro y una
criatura en los brazos; la había encontrado abandonada, desnudita,
muriéndose a la orilla desolada de un camino. La bautizó después en un
arroyo con el nombre de Bienhallado, y allí la traía, enternecido,
apretando el paso, para darle pronto buena leche de las cabras del
convento.
Después de abrazar a los religiosos y enjugarse gruesas gotas de sudor,
sacó de los bolsillos del pantalón un sobre con el sello del águila
rusa.
--Esto es lo que le manda el general Camilloff, amigo Teodoro. Está
bueno, y la señora también... ¡Todos fuertes!
Corrí a un rincón del claustro a leer los dos plieguecillos. La carta
decía así:
«Amigo, huésped y estimado Teodoro: A las primeras líneas de su carta
quedamos consternados. Mas luego las siguientes nos llenaron de alegría,
al saber que estaba con esos santos padres de la misión cristiana.
»Yo fuí al Yamen Imperial a hacer una severa reclamación al príncipe
Tong, sobre el escándalo de Tien-Hó.
»Su excelencia mostró un júbilo desordenado. Porque aunque lamenta como
particular la ofensa, el robo y las pedradas que mi huésped sufrió, como
ministro del Imperio, ve ahí una dulce oportunidad para exigir a la
ciudad de Tien-Hó, en concepto de indemnización, y en castigo de la
injuria hecha a un extranjero, la importante suma de trescientos mil
francos. Es, como dice Mariskoff, un excelente resultado para el Erario
imperial y queda así vuestra oreja suficientemente vengada. Aquí,
comienzan a picar los primeros fríos y ya estamos usando pieles. El
buen Mariskoff sufre ahora del higado, pero el dolor no altera su
criterio filosófico ni su sabia verbosidad.
»Tuvimos un grave disgusto: el lindo perrito de la buena señora
Tagarief, la esposa de nuestro querido secretario, el adorable «Tú-Tú»
desapareció en la mañana del quince. Hizo la policía averiguaciones
urgentes, mas «Tú-Tú» no ha parecido, y nuestro sentimiento es mayor
cuanto es sabido que el populacho de Pekín aprecia extraordinariamente
estos perritos, guisados en caldo de azúcar. Ha ocurrido un hecho
abominable y de funestas consecuencias; la embajadora de Francia, esa
petulante madame Gujón, ese gallo enjuto (como la llama Mariskoff), en
la última comida de la legación, dió, despreciando todas las reglas
internacionales, el brazo, su descarnado brazo, y su derecha en la mesa,
a un súbdito inglés, Lord Gordon. ¿Qué me dice usted de esto? ¿Es
creíble? ¿Es razonable? ¡Eso es destruir el orden social! ¡El brazo y la
derecha en la mesa a un súbdito, a un escocés de color de piedra, un
mono, cuando estaban presentes todos los embajadores, los ministros y
yo!
»Esto ha causado en el cuerpo diplomático, una sensación inenarrable.
Esperamos instrucciones de nuestros gobiernos. Como dice Mariskoff,
moviendo tristemente la cabeza, el asunto es grave--¡muy grave!--Lo que
prueba (y ninguno lo duda) es que lord Gordon es el Benjamín del «Gallo
enjuto». ¡Qué asco! ¡qué podredumbre!... La generala no está buena,
desde que usted partió para esa maldita Tien-Hó; el doctor Pagloff no
atina con el mal; es una languidez, un marchitamiento, una perenne
indolencia que la tiene horas enteras inmóvil sobre el sofá, en el
«Pabellón del Reposo discreto», con la mirada vaga y la boca llena de
suspiros.
»Yo no me desespero; sé perfectamente el mal que la mina, es una
afección a la vejiga que contrajo, a consecuencia de las malas aguas,
durante nuestra estancia en Madrid... ¡Hágase la voluntad del Señor!
Ella me pide que le salude en su nombre, y desea que cuando llegue usted
a París, si va a París, le remita por el correo de la Embajada para San
Petersburgo (de allí vendrá a Pekín) dos docenas de guantes de doce
botones, número «cinco y tres cuartos», de la marca «Sol», de los
almacenes del Louvre; así como las últimas novelas de Zola;
«Mademoiselle de Maupín», de Gautier, y una caja de frascos de
«Opoponex».
»Me olvidaba decirle que nos hemos mudado de alojamiento; dejamos la
Embajada francesa para no tener relaciones con el «Gallo enjuto», y
vivimos ahora en el Palacio de la Legación de Inglaterra. Estos son los
inconvenientes de no tener la Embajada rusa palacio de su propiedad, a
pesar de tantas reclamaciones como sobre este asunto tengo hechas a la
cancillería de San Petersburgo.
»Allí saben perfectamente que en Pekín no hay palacios; que cada
legación tiene el suyo propio, como importante elemento de instalación y
de influencia. ¡Mas en la corte del Czar se desatienden los más serios
intereses de la civilización rusa! Todo lo dicho es lo único nuevo que
acontece en Pekín y en las legaciones. Recuerdos de Mariskoff, y todos
los de esta Embajada, y también del condesito Arturo, el Zizí de la
legación española, en fin, de todos; y yo, muy afectuosamente, le envío
el testimonio de mi amistad.