«El Ceilán» tuvo un viaje monótono y lleno de calma hasta Shang-Hai.
Desde allí subimos por el río Azul hasta Tien-Tsin en un pequeño
«steamer» de la Compañía Russal. Yo no iba a visitar la China con esa
curiosidad ociosa de turista; todo el paisaje de aquella provincia,
semejante al de un vaso de porcelana, de un tono azulado y vaporoso, con
colinitas peladas y de tiempo en tiempo un arbusto solitario, no me hizo
salir de mi sombría indiferencia.
Cuando el capitán del «steamer», un yanki imprudente, de hocico de
cerdo, al pasar por Nankin, me propuso ir a recorrer las monumentales
ruinas de la vieja ciudad de porcelana, yo rechazé la proposición con un
seco movimiento de cabeza, sin levantar los ojos tristes de la
tranquila corriente del río.
¡Qué pesados e insoportables me parecieron los días de navegación de
Tien-Tsin a Tung-Chou, en barcos chatos que apestaban como el olor y
suciedad de los remeros; ora a través de las tierras bajas inundadas por
el Pei-hó, ora a lo largo de pálidos e infinitos arrozales; cruzando
aquí una lúgubre aldea de loma negra, allá un campo cubierto de flores
amarillas, topando a cada momento con cadáveres de mendigos, hinchados y
verdosos, que descendían al fondo del agua, bajo un cielo fosco y bajo!
En Tung-Chou quedé sorprendido al ver la escolta de cosacos que mandaba
a mi encuentro el viejo general Camilloff, heróico oficial de las
campañas del Asia Central, y entonces embajador de Rusia en Pekín. Me
habían recomendado a él como un sér precioso y raro. El lenguaraz
intérprete Sa-Tó, que el general había mandado para ponerse a mi
servicio, me explicó que las cartas del sello imperial anunciando mi
llegada, se habían recibido hacía tiempo por conducto de los correos de
la cancillería que atraviesan la Siberia en trineos, desciende sobre
los lomos del camello hasta la Gran Muralla tártara, y entregan allí su
maleta a esos corredores mongólicos, vestidos de cuero escarlata, que
noche y día galopan hacia Pekín.
Camilloff me enviaba un «poney» de la Mandchuria, enjaezado de seda, y
una tarjeta de visita con estas palabras escritas con lápiz bajo su
nombre: «¡Salud! ¡El caballo es blando de boca!»
Monté el «poney»; y a un «¡hurra!» de los cosacos, entre la heróica
agitación de las lanzas, partimos a galope por la polvorienta planicie,
porque ya la tarde declinaba, y las puertas de Pekín se cierran apenas
el último rayo de sol huye de las torres del Templo del Cielo. Al
principio seguimos un camino, formado por el tránsito de las caravanas,
atravesado por enormes losas de mármol arrancadas de la antigua Vía
Imperial. Después pasamos el puente de Palitas. Corrimos a la orilla de
canales de agua negra; comenzaron a aparecer pomares y aldeas anidadas
al pie de una pagoda, y de repente, en un recodo del camino, me paré
asombrado.
¡Pekín estaba delante de mí! Es una vasta muralla, monumental y bárbara,
de un negro obscuro, extendida hasta perderse de vista, y destacándose
con la arquitectura babilónica de sus puertas de techos curvos, sobre el
fondo sangriento de la púrpura del sol poniente.
A lo largo, hacia el norte, en medio de una nube rojiza, veíase, como
suspendidas en el aire, las montañas de Mongolia.
Una rica litera me esperaba a la puerta de Ung-Tsen-Men, para conducirme
a través de Pekín, hasta la residencia militar de Camilloff. Ahora, la
muralla, vista de cerca, parecía levantarse hasta los cielos con todo el
horror de una construcción bíblica.
En su base se apiñaba una confusión de barracas, feria exótica, donde
pululaba una multitud rumorosa, y la luz de las linternas oscilantes
salpicaba el crepúsculo de vagas manchas sangrientas. Los toldos blancos
parecían al pie del negro muro bandadas de mariposas inmóviles.
Una gran tristeza se apoderó de mi alma. Entré en la litera, y cerrando
las cortinas de seda escarlata bordadas de oro, escoltado por los
cosacos, penetré en la vieja Pekín, por su puerta babélica, en medio de
una turba tumultuosa, entre carretas, caballeros mongólicos armados de
flechas, bonzos de túnica blanca, marchando uno a uno, y largas filas de
dromedarios balanceando cadenciosamente su carga.
Al poco rato la litera se paró. El respetuoso Sa-Tó, descorrió las
cortinas y me hallé en un jardín obscuro y silencioso, donde, entre
sicomoros seculares, kioscos iluminados, brillaban con una luz suave,
como colosales linternas perdidas en la selva. Los surtidores y las
fuentes murmuraban en la sombra. Bajo un peristilo formado de maderos
pintados de rojo, iluminado por hileras de faroles de papel
transparente, me esperaba una membruda figura de bigotes blancos,
apoyada en un grueso sable. Era el general Camilloff. Al adelantarme
hacia él, lo hacía con el paso inquieto de las gacelas que, asustadas,
huyen sin ruido entre los árboles.
El viejo héroe me apretó un momento contra su pecho y me condujo luego,
según los usos chinos, al baño de la hospitalidad, una vasta pila de
porcelana, donde entre rodajas finas de limón sobrenadaban esponjas
blancas despidiendo un fuerte olor a lilas.
Poco después, la luna bañaba deliciosamente los jardines; y yo, muy
fresco, de corbata blanca, entraba del brazo de Camilloff en el
«boudoir» de la generala. Era alta y rubia, tenía los ojos verdes de las
sirenas de Homero; en el descote bajo de su vestido de seda llevaba
prendida una rosa blanca; y en los dedos, que yo besé respetuosamente,
erraba un perfume fino de sándalo y de té.
Hablamos mucho de Europa, del nihilismo, de Zola, de León XIII, y de la
delgadez de Sarah.
Por la galería abierta penetraba un aire cálido que trascendía a
heliotropo. Después la dama se sentó al piano, y con su voz de contralto
rompió el silencio melancólico de la ciudad tártara, cantando las
picantes arias de «Madame Javart» y las melodías fatigosas del «Rey de
Lahore».
Al día siguiente, encerrado con el general en uno de los dos kioscos del
jardín, le conté mi lamentable historia y los motivos fabulosos que me
impulsaron a venir a Pekín. El héroe me escuchaba silencioso,
retorciéndose sombríamente su espeso bigote de cosaco.
--¿Sabe usted el idioma chino?--me preguntó de repente, clavando en mí
sus pupilas sagaces.
--Sé dos palabras importantes, mi general: «Mandarín» y «Té».
El héroe se pasó la mano de gruesos tendones sobre la horrible cicatriz
que le cruzaba la calva:
--«Mandarín», amigo mío, no es palabra china y nadie la entiende en este
país. Es el nombre que en el siglo XVI, los navegantes de su patria, de
su hermosa patria...
--Cuando nosotros teníamos navegantes...--murmuré suspirando. Mi
interlocutor suspiró también, por cortesía, y continuó:
--...Que sus navegantes dieron a los funcionarios chinos. Viene de su
verbo, de su lindo verbo...
--Cuando teníamos verbos...--interrumpí yo, por esa costumbre
instintiva en los peninsulares de hablar mal de la patria.
El general entornó un momento sus ojos redondos de viejo astuto y
prosiguió paciente y grave:
--De su lindo verbo mandar...» Le queda, por lo tanto, una palabra,
«té». Es un vocablo que tiene gran importancia en la vida china, más lo
creo insuficiente para servir en todas las relaciones sociales. Mi
querido huésped pretende casarse con una señora de la familia de
Ti-Chin-Fú, continuar la gran influencia que ejercía el Mandarín y
substituir, doméstica y socialmente a ese llorado difunto... Para todo
eso dispone de la palabra «té». Es poco.
No pude negar que era poco. El venerable ruso, frunciendo su nariz de
pico de milano, me opuso aún otras objeciones que yo veía levantarse
ante mi deseo como las murallas mismas de Pekín; ninguna señora de la
familia de Ti-Chin-Fú consentiría en casarse con un extranjero; y sería
imposible, absolutamente imposible, que el emperador, el Hijo del Sol,
concediese a un extraño los honores privilegiados de un Mandarín.
--¿Por qué me los negaría?--exclamé.--Yo pertenezco a una distinguida
familia de la provincia del Miño. Soy licenciado, por lo tanto, en China
como en Coimbra, soy letrado. He pertenecido a una oficina del
Estado... Poseo millones. Tengo la experiencia del estilo
administrativo...
El general se iba inclinando respetuosamente ante la abundancia de mis
atributos.
--No es--dijo al fin--que el emperador realmente lo rechaze; es que el
individuo que lo propusiese, sería inmediatamente decapitado. La ley
china, en este punto, es explícita y severa.
Bajé la cabeza abrumado.
--Mas, general--murmuró,--yo quiero librarme de la presencia odiosa del
viejo Ti-Chin-Fú y de su papagayo... Si yo entregase la mitad de mis
millones al tesoro chino, ya que no me es dado personalmente, como
Mandarín, aplicarlos a la prosperidad del Estado, tal vez Ti-Chin-Fú se
calmase.
El general puso paternalmente su ancha mano sobre mi hombro.
--Error, considerable error, joven. Esos millones nunca llegarían al
Tesoro imperial. Se quedarían en los bolsillos insondables de las clases
directoras; serían disipados en plantar jardines, coleccionar
porcelanas, alfombrar salones y vestir de seda a las concubinas: no
alimentarían una sola piedra de los caminos públicos... Irían a
enriquecer la orgía asiática. El alma de Ti-Chin-Fú debe conocer bien el
Imperio, y eso no le satisfaría.
--¿Y si yo emplease parte de la fortuna del viejo en hacer
particularmente, como filántropo, largas distribuciones de arroz al
populacho hambriento? Es una idea.
--Funesta--dijo el general, frunciendo horriblemente el entrecejo.--La
corte imperial vería en esto una ambición política, un plan para ganar
el favor de la plebe, un peligro para la dinastía... Mi buen amigo
sería decapitado... Es grave...
--¡Maldición!--grité.--¿Entonces para qué he venido a la China?
El diplomático se encogió de hombros; mas luego mostró en una sonrisa
maliciosa sus dientes amarillentos de cosaco:
--Haga una cosa. Busque a la familia de Ti-Chin-Fú.
Y añadió:
--Yo indagaré del primer ministro, su excelencia el príncipe Tong, donde
pára esa familia tan interesante; después reúnalos usted, y arrójeles
una o dos docenas de millones; organice para el difunto unos funerales
de gran ceremonia con un séquito de una legua de largo, filas de bonzos,
todo un mundo de estandartes, palanquines, lanzas, plumas, pendones
encarnados y, por último, legiones de plañideras lanzando gritos
lamentables. Si después de todo su conciencia no se adormece y el
fantasma insiste...
--¿Entonces?
--Entonces mataos.
--Muchas gracias, mi general.
* * * * *
Una cosa, sin embargo, era evidente y en ello estuvieron de acuerdo
Camilloff, el respetuoso Sa-Tó y la generala, que para tratar a la
familia de Ti-Chin-Fú, formar en el séquito de los funerales y, en una
palabra, introducirme en la vida de Pekín, era preciso, desde luego,
vestirme con un traje conforme a las maneras y al ceremonial de los
mandarines.
Mi faz amarillenta y mi largo bigote caído, favorecían el plan. Y cuando
a la mañana siguiente, después de haber regateado con los sastres de la
calle Cha-Cona, entré en la sala tapizada de seda escarlata, donde ya
brillaba la vajilla del almuerzo sobre la mesa de hule negro, la
generala retrocedió como si apareciese el propio Tong-Tché, Hijo del
Cielo.
Yo ostentaba una túnica de brocado azul obscuro abotonada a un lado, con
el peto ricamente bordado de dragones y flores de oro, encima de una
sobrevesta de seda de un tono azul más claro, corta, amplia y fofa; las
calzas, de satén color de avellana, descubrían ricas babuchas amarillas,
pespunteadas de perlas y un poco de la media sembrada de estrellitas
obscuras, y a la cintura, en una linda faja recamada llevaba metido un
abanico de bambú, de los que ostenta el retrato del filósofo La-o-Tsé, y
son fabricados en Lwatón; y por esas misteriosas correlaciones con que
el vestido influye en el carácter, yo sentía ya dentro de mí ideas e
instintos chinescos; el amor a los ceremoniales meticulosos, el respeto
burocrático a las fórmulas, un abyecto terror hacia el emperador, el
odio a lo extranjero, el culto por los antepasados, el fanatismo de la
tradición, el gusto por las cosas azucaradas.
Alma y vientre eran por completo de un Mandarín. Así es que no dije a la
generala:
«Bon jour, madame», sino que, doblado por la cintura, haciendo girar los
puños cerrados sobre la frente, baja, hice gravemente el «chinchín».
--¡Está usted adorable, precioso!--decía ella con su linda sonrisa,
golpeando las manos diminutas y pálidas.
En honor de mi nueva encarnación, habían preparado aquella mañana un
almuerzo chino. ¡Qué gentiles servilletas de papel de seda escarlata con
monstruos fabulosos dibujados en negro! La comida dió comienzo por
ostras de Ning-Pó. ¡Excelentes! Me sorbí dos docenas con verdadero
regalo oriental. Después sirvieron deliciosas fibras de aletas de
tiburón, ojos de carnero con picado de ajo, un plato de nenúfares en
compota, naranjas de Cantón, y, en fin, el arroz tradicional, el arroz
de los abuelos. Todo esto con la ayuda de unas cuantas botellas de
excelente vino de Chao-Chigné. Y, en fin, con qué gozo saboreé mi taza
de té imperial, té de la primera cosecha de marzo, cosecha única que es
celebrada como un rito santo por las manos puras de las vírgenes.
Entraron dos cantadoras, mientras nosotros fumábamos, y durante largo
tiempo, entonaron con una modulación gutural viejas cántigas de los
tiempos de la dinastía Ming al són de guitarras forradas de piel de
serpiente, que dos tártaros, en cuclillas, rasgueaban con una cadencia
melancólica y bárbara. La China tiene encantos raros.
Después, la rubia generala cantó con gracia, la «Femme a barbe»: y
cuando el general marchó con su escolta cosaca hacia el Yamen del
príncipe Tong, a informarse de la residencia de la familia Ti-Chin-Fú,
yo, repleto y bien dispuesto, salí con Sa-Tó a ver Pekín.
* * * * *
La vivienda de Camilloff quedaba en la ciudad tártara, en los barrios
militares y nobles. Reina allí una tranquilidad austera. Las calles
semejan largos caminos de aldea surcados por las ruedas de los carros; y
casi siempre se camina pegado a los muros, de donde salen ramas
horizontales de sicomoros.
A veces, una carreta pasa rápidamente, al trote de un poney mogol, con
altas ruedas claveteadas de clavos dorados; todo en ella oscila: el
toldo, las cortinas de seda, los penachos de plumas de los ángulos; y
dentro se entrevé alguna hermosa dama china, cubierta de brocado claro,
la cabeza toda llena de flores, haciendo girar en las muñecas dos aros
de plata con un aire de tedio ceremonioso: Después alguna aristocrática
litera de mandarín, que koolíes vestidos de azul, con la coleta suelta,
llevan al trote, encorvados, hacia los Yamens del Estado; precédeles un
criado que levanta en el aire rollos de seda con inscripciones bordadas,
insignias de autoridad; y dentro el personaje gordinflón de enormes
lentes redondos, ojea sus papeles o dormita con el labio caído.
A cada momento nos parábamos para admirar las ricas tiendas con sus
tabletas verdes de letras doradas sobre fondo negro; los parroquianos,
en un silencio de iglesia examinan las preciosidades: porcelanas de la
dinastía Ming, bronces, esmaltes, marfiles, sedas, armas, los abanicos
maravillosos de Swatón; a veces una fresca joven de ojos oblícuos,
vestida de azul, con amapolas de papel en la cabeza, desdobla algún rico
brocado delante de algún grueso chino que la contempla beatíficamente
con los dedos cruzados sobre la panza: al fondo, el mercader, aparatoso
e inmóvil, escribe sobre tablillas de sándalo, y un perfume suave que
entristece y perturba, brota de todas las cosas.
¡He aquí las murallas que cercan a la ciudad interdicta, morada santa
del Emperador! Jóvenes de familias patricias, descienden de la terraza
de un templo, donde estuvieron adiestrándose en el manejo de la flecha.
Sa-Tó, me dice sus nombres: forman parte de la guardia selecta, que en
las ceremonias da escolta al quitasol de seda amarilla con un dragón
bordado que es el emblema sagrado del Emperador.
Todos ellos cumplimentan profundamente a un viejo de barbas venerables,
con sobrevesta amarilla, privilegio de los ancianos. Iba hablando solo y
llevaba en la mano una vara donde se posaban dos pájaros domesticados.
Era un príncipe del Imperio.
¡Extraños barrios! Mas nada me divertía tanto como ver a cada instante
en la puerta de un jardín, dos mandarines panzudos que para entrar se
hacían infinitas zalemas y cortesías, sonriendo, todo un ceremonial
dogmático, que les hacía oscilar de un modo picaresco sobre las espaldas
las largas plumas de pavo. Donde quiera que se levantaban los ojos se
veían siempre enormes cometas de papel, ora en forma de dragones, ora de
cetáceos o aves fabulosas, llenando el espacio de una inverosímil legión
de monstruos transparentes y ondeantes.
--¡Sa-Tó, basta de ciudad tártara! Vamos a ver los barrios chinos.
Y allí fuimos, penetrando en la ciudad chinesca por la parte populosa de
Tchin-Men. Aquí habita la burguesía, los mercaderes y el populacho. Las
calles alíneanse como una pauta; y en el suelo vetusto y enlotado, hecho
con inmundicias de cien generaciones, aún se ven algunas de aquellas
losas de mármol de color de rosa que en otra era, en tiempo de la
grandeza de Ming, lo cubrían.
Forman las calles, ora terrenos pedregosos donde aúllan manadas de
perros hambrientos, ora filas de chozas toscas, ora pobres tiendas con
sus tabletas balanceándose en un asta de hierro.
A lo lejos se alzan los arcos triunfales hechos con barrotes de color de
púrpura, ligados en lo alto por un tejado oblongo de tejas azules que
brillan como esmaltes. Una multitud rumorosa y apiñada, donde domina el
tono pardo y azulado de los trajes, circula sin cesar; el polvo lo
envuelve todo en una nevada amarilla; un hedor acre se respira en el
aire; y a cada momento largas caravanas de camellos atraviesan la
multitud, conducidos por mongoles sombríos vestidos de pieles de
carnero...
Fuimos hasta los caminos de los puentes sobre los canales, donde
saltimbanquis semi-desnudos, con máscaras simulando demonios pavorosos,
hacen destrezas con una picardía bárbara y sutil; y mucho tiempo estuve
admirando los astrólogos que, vestidos con largas túnicas, adornados con
dragones de papel, venden ruidosamente horóscopos y consultas de astros.
¡Oh, ciudad, fabulosa y singular!
De repente se levantó una gritería espantosa. Corrimos; era una cuerda
de presos, que un soldado, de grandes lentes, empujaba con su quitasol,
amarrados los unos a los otros por el extremo de la coleta. En aquella
avenida vi también el cortejo de un funeral de Mandarín, todo ornado de
oriflamas y banderolas; grupos de hombres fúnebres quemaban papeles en
braserillos portátiles; mujeres desarrapadas aullaban de dolor
revolcándose sobre los tapices; después se levantaban, y un koolí,
vestido de blanco, en señal de luto, les servía el té en un gran plato
en forma de ave.
Al pasar junto al Templo del Cielo, vi apiñada en una grada una legión
de mendigos; llevaban por todo indumento un trapo amarrado a la cintura
con un cordel; las mujeres, con los cabellos cubiertos de viejas flores
de papel, roían huesos tranquilamente, y los cadáveres de las criaturas
se pudrían a su lado bajo el vuelo de los moscardones. Más adelante
encontramos una jaula donde un condenado extendía, a través de los
barrotes, las manos descarnadas, implorando una limosna... Después
Sa-Tó, mostróme respetuosamente una plaza estrecha: allí, sobre pilares
de piedra, se veían pequeñas jaulas conteniendo cabezas de decapitados,
goteando sangre espesa y negra.
--¡Oh!--exclamé fatigado y aturdido.--Sa-Tó, ahora quiero reposo,
silencio y un cigarro caro...
El intérprete inclinóse; y por una escalera de granito me llevó a las
murallas de la ciudad, las cuales forman una explanada que cuatro carros
de guerra apareados podrían recorrer durante leguas.
Mientras Sa-Tó, sentado en el hueco de una almena, bostezaba en un
desahogo de «cicerone» fastidiado, yo, fumando, contemplé largo rato, a
mis pies, la vasta y sagrada Pekín.
Es como una formidable ciudad de la Biblia, Babel o Nínive, que el
profeta Jonás tardó tres días en atravesar. El grandioso muro cuadrado
limita los cuatro puntos del horizonte con puertas de torres
monumentales, que el aire azulado, desde aquella distancia, hace parecer
transparentes. En la inmensidad de su recinto agloméranse confusamente
verdores de bosques, lagos artificiales, canales brillantes, puentes de
mármol, terrenos cubiertos de minas, tejados barnizados relucientes al
sol; por todas partes se alzan pagodas heráldicas, blancas azoteas de
templos, arcos triunfales, kioscos saliendo de entre el follaje de los
jardines; después, espacios que parecen montes de porcelana; y siempre
a intervalos regulares la mirada encuentra algunos de los bastiones, de
aspecto heróico y fabuloso.
La multitud, junto a esas edificaciones grandiosas, es apenas como
granos de arena negra que un viento blando trae y lleva.
Aquí está el vasto palacio imperial, entre arboledas misteriosas, con
sus tejados de un amarillo de oro muy vivo. ¡Con cuánto gusto penetraría
en sus secretos y vería desfilar, por las galerías sobrepuestas, la
magnificencia bárbara de esas dinastías seculares!
A lo lejos se levanta la torre del Templo del Cielo, semejante a tres
quitasoles sobrepuestos; después la gran columna de los Principios,
hierática y seca como el genio de la raza, y delante blanquean en una
media tinta sobrenatural, las terrazas de jaspe del Santuario de la
Purificación.
Entonces interrogué a Sa-Tó; y su dedo respetuoso fué señalándome el
Templo de los Antepasados, el Palacio de la Soberana Concordia, el
pabellón de las Flores de las Letras, el kiosco de los Historiadores,
brillando, entre los bosques sagrados que los cercan, con sus tejados
lustrosos, azules, verdes, escarlata y de color de limón. Yo devoraba
con ojos ávidos aquellos monumentos de la antigüedad asiática, lleno de
curiosidad por conocer las impenetrables clases que los habitan, el
principio de las Instituciones, la significación de las inscripciones,
el espíritu de sus ciencias, la gramática, el dogma y la extraña visa
interior de un cerebro de letrado chino. Mas ese mundo es inviolable
como un santuario.
Me senté en la muralla, y mis ojos perdiéronse en la planicie arenosa
que se extiende más allá de los puestos hasta los contrafuertes de los
montes mongólicos; allí, airosamente, se arremolinan ondas indefinibles
de polvo; y a todas horas negrean filas vagarosas de caravanas. Entonces
invadió a mi alma una melancolía que el silencio de aquellas alturas,
envolviendo a Pekín, hacía más desolada; era como un cansancio de mí
mismo, un largo pensar de mi sentir; allí, aislado, absorto en aquel
mundo duro y bárbaro. Me acordé, con los ojos húmedos, de mi aldea del
Miño, la venta con un ramo de laurel colgado sobre la puerta, el banco
del herrador y las riberas fresca y rozagantes cuando verdean los
linos.
Era la época en que las palomas emigran de Pekín hacia el Sur. Yo las
veía reunirse en bandadas por encima de mí, partiendo de los bosques, de
los templos y de los pabellones imperiales; cada una llevaba, para
librarse de los milanos, una cañita de bambú que el aire hacía silbar, y
aquellas nubes blancas pasaban como impelidas por una brisa suave,
dejando en silencio un lento y melancólico suspiro, una ondulación
célica, que se perdía en los aires pálidos. Volví a casa, lento y
pensativo.
* * * * *
En la comida, Camilloff, desdoblando su servilleta, me preguntó mis
impresiones sobre Pekín.
--Pekín me hace sentir muy bien, mi general, los versos de un poeta
portugués:
«Sóbalos ríos que vào
por Babylonia me achei...»
--¡Pekín es un monstruo!--dijo Camilloff, haciendo oscilar su calva
reluciente.--Y ahora considere que en esta capital, a la clase tártara y
conquistadora que la posee, obedecen trescientos millones de hombres,
una raza audaz, laboriosa, sufrida, política, invasora. Estudian
nuestras ciencias... ¿Una copita de Medoc, Teodoro?... ¡Tienen una
marina formidable! El ejército que en otro tiempo creía destrozar al
extranjero con dragones de papel de donde salían culebras de fuego,
¡sigue ahora la táctica prusiana y va armado con fusil de aguja! ¡Grave,
muy grave!
--Y todavía, mi general, en mi país, cuando a propósito de Macao, se
habla del Imperio Celeste, los patriotas se pasan los dedos por las
greñas y dicen negligentemente: «Mandamos allá cincuenta hombres y
barremos la China».
Después de citar esta sandez, quedamos silenciosos. El general, tosiendo
formidablemente, murmuró luego, con condescendencia:
--¡Portugal es un bello país!
Yo exclamé con sequedad y firmeza:
--¡Una pocilga, general!
La generala, colocando delicadamente en el borde del plato un alón y
limpiándose los dedos, dijo:
--Es el país de la canción de Mignon; el hermoso país donde florece la
naranja.
El gordo Meriskoff, doctor alemán de la Universidad de Bom, canciller de
la legión, hombre de aficiones poéticas, y gran comentarista, observó
con respeto:
--Generala, el dulce país de Mignon es Italia: «¿Conoces tú la tierra
privilegiada donde la naranja da flor?» El divino Goethe se refería a
Italia, «Italia mater». Italia será el eterno amor de la humanidad
sensible.
--¡Yo prefiero a Francia!--suspiró la esposa del primer secretario, una
jovencita pálida de cabello rizado.
--¡Ah, la Francia!--murmuraron algunos comensales, poniendo los ojos en
blanco.
El gordo Meriskoff agitó los lentes de oro.
--Francia tiene un pero, que es la cuestión social.
--¡Oh, la cuestión social!--murmuró sombríamente Camilloff.
Y conversando con tanta sabiduría, llegamos por fin al café.
Al bajar al jardín, la generala, apoyándose sentimentalmente en mi
brazo, murmuró, junto a mi oído:
--Ay, ¡quién pudiera vivir en esos palacios apasionados donde verdean
las naranjas!...
--¡Allí sí que se ama, generala!--le dije en secreto, llevándola
dulcemente hacia la obscuridad de los sicomoros.
V
Fué necesario todo un largo verano para descubrir la provincia donde
residía el difunto Ti-Chin-Fú.
¡Qué episodio administrativo tan pintoresco, tan chino! El servicial
Camilloff, que se pasaba el día entero recorriendo los Yamens del
Estado, tuvo que probar, primero, que el deseo de conocer la morada del
viejo Mandarín no encubría ninguna conspiración contra la seguridad del
Imperio, y después fué preciso que jurase que no encerraba esta
curiosidad un atentado contra los Ritos sagrados. Entonces, satisfecho,
el príncipe Tong permitió que se hiciese la requisitoria imperial:
centenares de escribientes palidecieron noche y día, con el pincel en la
mano, dibujando consultas sobre papel de arroz; misteriosas
conferencias susurraron insensatamente por todos los distritos de la
Ciudad Imperial desde el Tribunal Astronómico hasta el Palacio de la
Bondad Preferida; y un ejército de koolíes transportaba desde la
legación de Rusia hasta los Kioscos de la Ciudad Interdicta, y de aquí
al Patio de los Archivos, parihuelas que crugían bajo el peso de los
legajos de viejos documentos.
Cuando Camilloff preguntaba por el resultado de sus investigaciones, le
contestaban satisfactoriamente que se estaban consultando los libros
santos de La-o-Tsé, o que se iban a explorar viejos textos del tiempo de
Nor-Xa-Chú.
Y para calmar la impaciencia bélica del ruso, el príncipe Tong remitía,
con estos recados sutiles, algún substancioso presente de confites o
goma de bambú en caldo de azúcar.
* * * * *
Mientras el general trabajaba con fervor para encontrar la familia
Ti-Chin-Fú, yo iba tejiendo horas de seda y oro (así dice un poeta
japonés) a los pies pequeñitos de la generala. Había un kiosco en el
jardín, bajo los sicomoros, que se denominaba, al modo chino, el «Reposo
discreto»; a un lado un arroyo fresco cantaba dulcemente bajo una
fuentecilla rústica pintada de color de rosa. Las paredes las formaban
un enrejado de bambú forrado de seda amarilla; el sol, pasando a través
de ellas, proyectaba una luz sobrenatural de ópalo claro. En el centro,
un diván de seda blanca, de una poesía de nube matutina, atraía como un
lecho nupcial. En los rincones, en preciosos jarrones transparentes de
la época de Yeng, alzábanse, con su esbeltez aristocrática, lirios
escarlata del Japón. El suelo estaba todo cubierto de esteras finas de
Nankín y junto a la ventana enrejada, sobre un airoso pedestal de
sándalo, veíase abierto un abanico formado de varillas de cristal, que
la brisa, al entrar, hacía vibrar, con modulación melancólica y tierna.
Las montañas de fines de agosto en Pekín, son muy apacibles; ya vaga en
el aire una calma otoñal; a esa hora, el consejero Mariskoff y los
oficiales de la legación estaban siempre en la cancillería, despachando
el correo de San Petersburgo.
Yo, entonces, con el abanico en la mano, pisando sutilmente con la punta
de las babuchas de satín las calles enarenadas del jardín, iba a
entreabrir la puerta del «Reposo discreto»:
--¿Mimí?
Y la voz de la generala respondía, suave como un beso:
--«All right...»
¡Qué linda estaba vestida de dama china! En sus cabellos levantados
albeaban flores raras, y sus cejas parecían más puras y negras avivadas
con tinta de Nankín. La camisa de gasa bordada, la túnica de filigrana
de oro, plegábase a sus senos pequeñitos y erectos. Largas y fofas
calzas de fulard color «cadera de Ninfa», que le daba una gracia propia
de serrallo, descendían sobre los tobillos finos, cubiertos de sedosas
medias amarillas. Y apenas tres dedos de mi mano cabían en sus
chinelitas.
Llamábase Wladimira; nació al pie de Nid-ji-Nowgorod y fué educada por
una vieja tía que admiraba a Rousseau, leía a Foblas, usaba cabellos
empolvados, y parecía una basta litografía cosaca de una dama galante de
Versalles...
El sueño de Wladimira era vivir en París; y mientras hacía hervir
delicadamente las hojas del té, me rogaba que la contase historias
picantes de «cohetes», y me confesaba su culto por Dumas, hijo.
Yo le arremangaba la larga manga de la casaca de seda de color de hoja
muerta, y hacía viajar mis labios devotos por la piel fresca de sus
bellos brazos; y después, sobre el diván, enlazados, pecho contra
pecho, en un éxtasis mudo, sentíamos las maravillas de cristal resonar
eólicamente, las palomas azules arrullarse en los plátanos, y el
fugitivo ritmo del arroyo murmurador...
Nuestros ojos humedecidos encontraban a veces un cuadro de satín negro
por cima del diván, donde en caracteres chinos, se desarrollaban
sentencias del libro sagrado de Li-Nun «sobre los deberes de la esposa».
Mas ninguno de nosotros entendía el chino... Y en el silencio, nuestros
besos volvían a comenzar espaciados, sonando dulcemente y comparables
(en la lengua florida de aquellos países) a perlas que caen, una a una,
sobre una bandeja de plata... ¡Oh, suaves siestas de los jardines de
Pekín! ¿Dónde estáis ahora? ¿Dónde estáis, hojas muertas de los lirios
escarlata del Japón?
* * * * *
Una mañana Camilloff entró en la cancillería, donde yo fumaba
amigablemente una pipa en compañía de Mariskoff y tirando su enorme
sable sobre el canapé, nos contó radiante de alegría, las noticias que
le había dado el penetrante príncipe Tong. Descubrióse al fin que un
opulento mandarín, llamado Ti-Chin-Fú, vivía en otro tiempo cerca de los
confines de la Mongolia, en la villa de Tien-Hó. Había muerto
súbitamente; y su descendencia residía allá en la miseria, en una choza
vil.
Este descubrimiento, ciertamente, no fué debido a la burocracia
imperial; lo hizo un astrólogo del templo de Faguas, que durante veinte
noches hojeó en el cielo el luminoso archivo de los astros.
--¡Teodoro, ese mandarín es su hombre!--exclamó Camilloff.
Y Mariskoff repitió, sacudiendo la ceniza de la pipa:
--¡Ese es su hombre, Teodoro!
--¡Mi hombre!--murmuré sombríamente.
¡Era tal vez «mi hombre», sí! Mas no me seducía ir a buscar su familia,
en la monotonía de una caravana, por aquellos desolados rincones de la
China. Además, desde mi llegada a Pekín, no había vuelto a ver la sombra
odiosa de Ti-Chin-Fú y su cometa en forma de papagayo.
Mi conciencia reposaba como una paloma adormecida. Por lo visto, el
esfuerzo supremo de voluntad que tuve que hacer para abandonar las
dulzuras del boulevard y de Loreto, y surcar los mares hasta el Celeste
Imperio, parecían a la Eterna Equidad una expiación suficiente y una
peregrinación reparadora. Y Ti-Chin-Fú, ya calmado, regresaría con su
papagayo a la sempiterna inmovilidad.
¿Para qué ir a Tien-Hó? ¿Por qué no quedarme allá en aquel amable
Pekín, comiendo nenúfares en caldo de azúcar, abandonándome a la
somnolencia amorosa del «Reposo discreto» y yendo por las tardes
azuladas a dar mi paseo del brazo del buen Mariskoff, por las terrazas
de jaspe de la Purificación o bajo los cedros del Templo del Cielo?
El celoso Camilloff, con el lápiz en la mano, marcó en el mapa un
itinerario hacia Tien-Hó. Mostróme en desagradable entrelazamiento,
sombras de montes, líneas tortuosas de ríos, dibujos ondulados de
lagunas.
--¡Aquí está! Suba usted hasta Ni-ku-hé, en la margen del Pei-Hó. Desde
allí en barcos chatos va a My-yun. ¡Buena ciudad! Hay en ella un Buda
vivo. Desde allí a caballo, sigue hasta la fortaleza de Ché-hia. Pasa la
gran muralla. ¡Famoso espectáculo! Descansa en el fuerte de Ku-pi-hó.
¡Allí puede cazar gacelas!... ¡Soberbias gacelas!... Y en dos días de
camino llega a Tien-Hó. Brillante itinerario. ¿Cuándo quiere partir?
¿Mañana?
--Mañana--murmuré tristemente.
¡Pobre generala! Aquella noche, mientras Mariskoff, en el fondo de las
salas, jugaba con tres oficiales de la embajada su «whist» sacramental,
y Camilloff, reclinado en el sofá, con los brazos cruzados, solemne como
en una poltrona del Congreso de Viena, dormía con la boca abierta, ella
se sentó al piano. Yo, a su lado, en la actitud legendaria de un infante
de Lara, desesperado por la fatalidad, me retorcía lúgubremente el
bigote. Y la dulce criatura, entre dos gemidos del teclado, de una
sonata penetrante, cantó volviendo hacia mí sus ojos brillantes y
húmedos:
«L'oiseau s'envole,
La'bas, la'bas!...
L'oiseau s'envole...
Ne revient pas...»
--El ave ha de volver al nido!--musité yo enternecido. Y, afanándome por
esconder una lágrima, salí murmurando furiosamente:
--¡Canalla de Ti-Chin-Fú! ¡Por tu causa! ¡Viejo malandrín!
Al día siguiente salí para Tien-Hó, acompañado de Sa-Tó, el respetuoso
intérprete, una larga fila de carretas, dos cosacos y todo un pueblo de
koolíes.
Al dejar la muralla de la ciudad tártara, seguimos mucho tiempo
caminando entre las cercas de los jardines sagrados que rodean el templo
de Confucio.
Era el fin de otoño; ya las hojas estaban amarillas; una dulzura suave
erraba en el aire.
De los kioscos santos salía un susurro de cánticos monótonos y tristes.
Por las terrazas, enormes serpientes veneradas como dioses, se iban
arrastrando, ya entorpecidas por el frío. Y aquí y allá, al pasar,
encontrábamos budistas decrépitos, secos como pergaminos y nudosos como
raíces, entrecruzados de piernas en el suelo bajo los sicomoros,
inmóviles como ídolos, contemplándose incesantemente el ombligo en
espera de la perfección del Nirvana.
Y yo iba pensando con una tristeza tan pálida como aquel cielo asiático
de octubre, en dos lágrimas redonditas que al partir vi brillar en los
ojos negros de la generala.