III

Entonces comenzó mi vida de millonario. Dejé apresuradamente la casa de

la viuda de Marques, que desde que supo que era rico, me trataba de

diferente manera sirviéndome ella misma, con su traje de seda de los

domingos, arroz con leche, y otros platos por el estilo. Compré un

palacio en Loreto; las magnificencias de mi vivienda, son bien conocidas

por los indiscretos fotograbados que publicó «La Ilustración Francesa».

Se hizo famoso en toda Europa mi lecho, de un gusto exhuberante y

bárbaro, cubierto de placas de oro labrado, y cortinajes de un raro

brocado negro, donde ondean, bordados en perlas, versos eróticos de

Cátulo; una lámpara suspendida en el interior derrama su claridad

láctea y amorosa de una nube de verano.

Mis primeros meses de riqueza los pasé amando, amando con el sincero

apasionamiento de un inexperto. La había visto, como en una página de

novela, regando sus claveles en el balcón; se llamaba Cándida, era

pequeñita y rubia, habitaba una casita cubierta de enredaderas y me

recordaba por la gracia y por lo airoso de su cintura, todo lo que el

arte ha creado más fino y frágil: Mimí, Virginia, Julieta... Todas las

noches, en éxtasis místico caía a sus pies color de jaspe; y por la

mañana, al despedirme, dejaba en su regazo, algunos billetes de cien

pesetas. Al principio, ella los rechazaba con rubor, pero después los

guardaba en su gaveta, llamándome cariñosamente su ángel tutelar.

Un día en que yo andando sigilosamente sobre la espesa alfombra siria,

entré en su tocador, ella estaba escribiendo, muy pensativa, con un dedo

en el aire. Al verme, pálida y trémula, escondió el papel que ostentaba

en tinta roja su monograma. Yo, en un arranque insensato de celos, se

lo arrebaté. Era la carta, la carta, que, desde la más remota

antigüedad, la mujer siempre escribe; comenzaba por el indispensable:

«idolatrado mío», y era por un alférez de policía.

Arranqué aquel amor de mi pecho como una planta venenosa y desconfié

para siempre de los ángeles rubios que conservan en su mirar azul el

reflejo de los cielos que atravesaron.

Desde lo alto de mi oro, arrojé sobre la inocencia, el pudor, y otras

idealizaciones funestas, la diabólica carcajada de Mefistófeles y

organicé fríamente una existencia animal, grandiosa y cínica.

Al medio día, entraba en mi pila de mármol rosa, donde los perfumes

derramados daban al agua un tono opaco de leche: después, pajes rubios,

de manos suaves, me daban fricciones con el ceremonial de quien celebra

un culto; y envuelto en un «robe-de-chambre» de seda índica, atravesaba

la galería mirando a mis «Fortunys» y a mis «Curots» entre dos filas

silenciosas de lacayos, dirigiéndome al comedor, donde, servidos en

platos de Sévres, azul y oro, humeaban los más suculentos manjares. El

resto de la mañana lo pasaba en un «boudoir» en que el mobiliario era de

porcelana fina de Dresde, y la profusión de flores hacían de él un

verdadero jardín de Armida; allí, reclinado sobre cojines de seda color

perla, saboreaba el «Diario de las Noticias», mientras lindas mujeres,

vestidas a la japonesa, refrescaban el aire, agitando abanicos de

plumas.

Por la tarde, iba a dar una vuelta a pie hasta el puente de las Almas:

era la hora más pesada del día. La turba abyecta se paraba a contemplar

los bostezos del Nabab fastidiado.

A veces sentía la nostalgia de mis tiempos de empleado. Entraba en casa,

y encerrado en la biblioteca, donde el pensamiento de la humanidad

reposaba olvidado y encuadernado en marroquí, cogía una pluma de pato y

permanecía horas enteras escribiendo sobre papel de oficio del Estado

estas frases hechas de otro tiempo:

«Ilmo. y Excmo. Sr.: Tengo la honra de participar a V.E...--Tengo el

honor de poner en conocimiento de V.I.»

Al comenzar la noche, un criado, para anunciar la comida, hacía resonar

por los corredores, en su bocina de plata, a la moda gótica, una

harmonía solemne. Yo, entonces, me levantaba y entraba en el comedor

majestuoso y solitario. Una multitud de lacayos, con libreas de seda

negra, servía, en un silencio de sombras que resbalan, las vituallas más

raras y los vinos más costosos que joyas. Toda la mesa resplandecía de

flores, luces, cristales y reflejos de oro; y, enroscándose entre las

pirámides de frutos, mezclado en el humo de los platos, erraba en el

aire un tedio inenarrable.

Después, reclinado en el fondo del cupé, iba a las «ventanas verdes»

donde alimentaba, en un jardín, digno de un serrallo, entre

refinamientos musulmanes, un vivero de hembras, y envuelto en una túnica

de seda fresca y perfumada, me entregaba a los delirios más

abominables... Me traían medio muerto a casa, al primer albor de la

mañana, hacía maquinalmente la señal de la cruz, y, a poco, roncaba

sonoramente, lívido y sudoroso, como un Tiberio exhausto.

Entre tanto, Lisboa se arrodillaba a mis pies. El patio del palacio

estaba constantemente invadido por la turba; desde las ventanas de la

galería contemplaba a veces, en mis horas de fastidio, blanquear las

pecheras de la aristocracia, negrear las sotanas del clero y relucir el

sudor de la plebe. Todos venían a suplicar con frase abyecta, una

pequeña participación en mi riqueza. A veces consentía en recibir a

algún viejo aristócrata: penetraba en la sala tartamudeando adulaciones,

rozando casi la alfombra con sus cabellos blancos; e inmediatamente,

cruzando sobre el pecho las manos de fuertes venas donde corría sangre

de tres siglos, me ofrecía su hija por esposa o para concubina.

Todos mis conciudadanos me brindaban presentes como un ídolo sobre el

altar: unos, odas votivas, otros, mi monograma bordado en pelo; algunos,

chinelas o boquillas, y todos, su conciencia. Si mi mirada amortiguada

se fijaba casualmente en la calle en alguna mujer, al día siguiente

recibía una carta en que ella, esposa o prostituta, me regalaba su

desnudez, su amor, y todas las complacencias de la lascivia.

Los periódicos espoleaban su imaginación para hallar adjetivos dignos

de mi grandeza; fuí el «sublime señor Teodoro»; llegué a ser el «celeste

señor Teodoro»; y la «Gaceta», por no ser menos, llamóme el

«extraceleste señor Teodoro». Delante de mí ninguna cabeza permaneció

cubierta, usase corona o tiara. Todos los días me ofrecían una

Presidencia del Consejo de Ministros o la Dirección de una Cofradía,

ofrecimientos que rechazé siempre con enojo. Poco a poco el rumor de mis

riquezas pasó las fronteras. «El Fígaro», habló de mí cortesmente; en

todos sus números me llenaban de elogios; el grotesco inmortal que firma

«Saint-Genest» me dirigió apóstrofes, pidiendo mi ayuda para salvar a

Francia; y fué tanta mi popularidad, que todas las Ilustraciones

extranjeras publicaron a un tiempo los detalles más insignificantes de

mi vida íntima. Recibí de todas las princesas de Europa cartas con

sellos heráldicos, exponiéndome por medio de fotografías y documentos la

forma de sus cuerpos y la antigüedad de sus genealogías. Dos tonterías

que dije durante aquel año fueron telegrafiadas al universo entero por

la Agencia Havas; y fuí considerado mucho más ingenioso que Voltaire,

que Rochefort y que ese mismo entendimiento que se llama «Todo el

Mundo». Cuando mi vientre indigesto se aliviaba con un sonoro estampido,

la humanidad lo sabía por conducto de los periódicos. Hice empréstitos a

los reyes, subsidié guerras civiles, y fuí aclamado por todas las

repúblicas latinas que ornan el golfo de México.

Y entre tanto, vivía triste...

Siempre que entraba en casa contemplaba horrorizado la misma visión; ya

atravesada en el umbral de la puerta, ya tendida sobre mi lecho de oro,

veía una figura extraña, de coleta negra y túnica amarilla, con un

papagayo de papel entre las manos. ¡Era el Mandarín Ti-Chin-Fú! Yo

entraba furioso con el puño levantado, pero todo desaparecía como por

encanto.

Entonces caía anonadado, sudoroso, sobre una poltrona y murmuraba en el

silencio del cuarto, en donde las velas que ardían en los bruñidos

candelabros de plata prestaban tonos sangrientos a los rojos damascos:

--¡Es preciso matar a este muerto!

Y todavía no era esta impertinencia de un viejo fantasma panzudo que se

acomodaba sobre mis muebles, sobre las colchas de mi lecho, lo que más

me exasperaba.

Mi horror supremo consistía en una idea clavada en mi espíritu como un

hierro inarrancable: «yo había asesinado a un viejo».

No fué con una cuerda al cuello, según el uso musulmán, ni con veneno en

una copa de vino de Siracusa a la manera italiana del Renacimiento, ni

con ninguno de esos métodos clásicos que en la historia de las

Monarquías han recibido consagraciones augustas, con el puñal

como Juan II, o con la clava como Carlos IX.

Había eliminado a un sér humano desde lejos con una campanilla. Era

absurdo, fantástico. Mas no disminuía la trágica negrura del hecho: «Yo

había asesinado a un viejo».

Poco a poco esta certidumbre se fué petrificando en mi alma, y como una

columna en un descampado dominó toda mi vida interior, de suerte que,

por más desviado camino que tomasen mis pensamientos, veían siempre

negrear en el horizonte aquella memoria acusadora; por más alto que

levantasen el vuelo mis imaginaciones, terminaban por herirse las alas

en ese monumento de miseria moral. ¡Ah, por más que se considere la vida

y la muerte como vanas transformaciones de la substancia, es pavoroso el

pensamiento que ha de bañarse en sangre caliente! Cuando después de

comer, mientras a mi lado humeaba el café y yo languidecía, recostado en

el sofá, en una sensación de plenitud y hartura, elevábase dentro de mí,

melancólico, como canto que se escapa de una cárcel, un susurro de

acusaciones.

--¡Miserable, ese bienestar con que te regalas, no volverá a gozarlo el

venerable Ti-Chin-Fú por tu causa!

En vano yo replicaba a mi conciencia, recordándole la decrepitud del

Mandarín y su gota incurable. Fecunda en argumentos, gustosa de

controversia, ella me refutaba con furor:

--Aun cuando en su más pequeña actividad, la vida es un bien supremo;

¡porque el encanto de ella reside en su principio mismo y no en sus

manifestaciones!

Yo me revolvía contra este pedantismo retórico de rígido pedagogo.

Alzaba altivamente la frente, gritándole con arrogancia desesperada:

--¡Pues bien! Yo le he matado... ¿Qué quieres? ¡Tu nombre de conciencia

no me asusta! Eres apenas una perversión de la sensibilidad nerviosa.

Puedo eliminarte con un poco de agua de azahar.

Inmediatamente sentía pasar por el alma, con una lentitud de brisa, un

rumor humilde de murmuraciones irónicas:

--Bien, entonces, come, duerme, báñate y ama.

Yo así lo hacía. Pero luego, las propias sábanas de Holanda de mi lecho,

tomaban ante mis ojos despavoridos los tonos lívidos de una mortaja; el

agua perfumada en la que me bañaba se pegaba a mi piel, con la sensación

espesa de sangre que se coagula; y los pechos desnudos de mis amantes,

me llenaban de tristeza, como lápidas de mármol que encierran un cuerpo

muerto. Después me asaltó una amargura mayor.

Comencé a pensar que Ti-Chin-Fú tendría, sin duda, una numerosa familia,

nietos y biznietos, que, despojados de sus riquezas, mientras yo me

comía lo suyo en vajilla de Sévres, con una pompa de Sultán perdulario,

atravesarían en China todos los infiernos tradicionales de la miseria

humana, los días sin arroz, el cuerpo sin agasajos, la hermosura negada,

el suelo cenagoso de la calle por lecho.

Comprendí entonces por qué me perseguía la obesa fantasma del viejo

letrado; y de sus labios cubiertos por los largos pelos blancos de su

bigote, parecióme oir brotar esta acusación desolada:

--Yo no me lamento por mí, que estaba ya medio muerto; lloro por los

tristes a quienes arruinaste, y que a estas horas, cuando tú vienes de

dormir sobre el fresco seno de tus amantes, gimen de hambre, apiñados,

para luchar con el frío, entre el grupo repugnante de leprosos y

ladrones en la «Puerta de los Mendigos», ¡allá al pie de las terrazas

del Templo del Cielo!

¡Oh, tortura espantosa! ¡Tortura realmente oriental! No podía llevarme a

la boca un pedazo de pan sin recordar a los descendientes de

Ti-Chin-Fú, pidiendo de comer, como pajarillos sin plumas que abren en

vano el pico y pían en un nido abandonado.

Si me envolvía en mi gabán de pieles me asaltaba de pronto la visión de

las desgraciadas señoras, mimadas en otro tiempo por todas las

comodidades del confort chino, hoy, rojas de frío, vestidas de andrajos

de viejas sedas, caminando con los pies amoratados por un campo de

nieve. El techo de ébano de mi palacio me recordaba la familia del

Mandarín; durmiendo a orillas de los canales, perseguidos por los

perros; y dentro de mi lujoso cupé me estremecía la idea de largas

caminatas por caminos encharcados, bajo el duro invierno asiático.

¡Lo que yo sufría! Y en este tiempo la multitud envidiosa poblaba mi

palacio, comentando las felicidades inaccesibles que en él debían

habitar.

En fin, reconociendo que la conciencia se agitaba dentro de mí como una

serpiente irritada, decidí implorar el auxilio de aquel que dicen es

superior a la Conciencia porque dispone de la Gracia.

¡Desgraciadamente yo no creía en él!... Recurrí, pues, a mi antigua

divinidad particular, a mi ídolo predilecto, patrona de toda mi familia

a Nuestra Señora de los Dolores. Y, regiamente pagado, un regimiento de

curas y canónigos, por las catedrales de la ciudad y por las capillas de

las aldeas, fué pidiendo a Nuestra Señora de los Dolores que volviese

sus ojos piadosos hacia mi mal interior... Mas ningún alivio descendió

de esos cielos inclementes a donde desde hace millares de años se

dirigen en vano los clamores de la miseria humana.

Entonces, yo mismo me abismé en prácticas piadosas; y Lisboa asistió a

este espectáculo extraordinario: un rico, un Nabab postrándose

humildemente al pie de los altares, balbuceando con las manos juntas,

rezos y plegarias, como si viese en la Oración y en el Cielo algo más

que una consolación ficticia que inventaron los dueños de todo, para

contentar a los que no tienen nada. Yo pertenezco a la burguesía y sé

que si ella muestra a la plebe crédula un paraíso distante, de goces

inefables, es para apartar la atención de sus cofres repletos y de la

abundancia de sus sementeras.

Después, más inquieto, hice decir millares de misas, rezadas y cantadas,

para desagraviar al alma errante de Ti-Chin-Fú. ¡Pueril desvarío de un

cerebro peninsular! El viejo Mandarín, en clase de Letrado, de miembro

de la Academia de los Ilan-Lin, colaborador probable del gran Tratado de

Khou-Truane-Chou, que ya tiene publicados más de setenta y ocho mil

setecientos treinta volúmenes, era sin duda alguna sectario de la moral

positivista de Confucio. Nunca había quemado teas perfumadas en honor de

Buda; y las ceremonias del sacrificio místico debían parecer a su

abominable alma de gramático y de escéptico, simples pantominas de los

payasos en el Teatro de Haug-Tung.

Entonces, prelados astutos, con experiencia católica, me dieron un

consejo admirable: captarme con presentes, flores, brocados y joyas,

como si fuese a alcanzar los favores de Aspasia; y a la manera de un

ventrudo banquero que obtiene las complacencias de una bailarina

regalándola una quinta entre árboles, yo, por una sugestión sacerdotal,

tenté conseguir la benevolencia de la Madre de los hombres, levantándole

una catedral toda de mármol blanco.

La abundancia de flores entre los pilares labrados dábanle perspectivas

de paraíso; la multiplicidad de las luces recordaban magnificencias

siderales... ¡Dispendios vanos! El fino y erudito cardenal Nani vino de

Roma a consagrar la iglesia; mas cuando yo aquel día entré a visitar a

mi divina huésped, lo que vi más allá de las calvas de los celebrantes,

no fué la Reina de Gracia, rubia, con su túnica azul, sino al viejo

Mandarín con sus ojos oblícuos y su papagayo entre las manos. Era a él,

a su blanco bigote de tártaro, a su panza color de oca, a quien todo un

sacerdocio recamado de oro ofrecía, al roncar del órgano, ¡la eternidad

de las Alabanzas!

Entonces, pensando que Lisboa y el medio adormecido en que me movía,

eran favorables al desenvolvimiento de estas imaginaciones, partí, viajé

modestamente, sin pompa, con un baul y un lacayo.

Visité, en su orden clásico, París, la banal Suiza, Londres y los lagos

taciturnos de Escocia; levanté mi tienda delante de las murallas

exangélicas de Jerusalén; y desde Alejandría a Tebas recorrí ese largo

Egipto monumental y triste como el corredor de un mausoleo.

Conocí el mareo de los buques, la monotonía de las ruinas, las

desilusiones del «boulevard»; y mi mal interior iba creciendo.

Ahora, ya no era sólo la amargura de haber despojado a una familia

venerable; asaltábame el remordimiento de haber privado a la sociedad de

un personaje fundamental, un letrado perito, columna del Orden, apoyo de

las instituciones. No se puede arrancar a un Estado una personalidad que

vale veinte millones de pesetas sin perturbar su equilibrio. Esta idea

era mi desesperación. Quise saber si verdaderamente la desaparición de

Ti-Chin-Fú fué funesta a la decrépita China; leí todos los periódicos de

Hong-Kong y Shang-Hai, velé noches enteras sobre historias de viajes,

consulté sabios misioneros; y artículos, hombres, libros, todo me

hablaba de la decadencia del Celeste Imperio: ¡provincias arruinadas,

ciudades moribundas, plebes hambrientas, pestes y rebeliones, templos

en ruinas, leyes sin autoridad, la descomposición de un mundo, como una

nave encallada que el mar deshace tabla por tabla!

¡Y yo me creía el causante de las desgracias de la sociedad china! En mi

espíritu enfermo, Ti-Chin-Fú tomaba entonces el valor desproporcionado

de un César, de un Moisés, de uno de esos seres providenciales que son

la fuerza de una raza. Yo le dí muerte, y con él murió la vitalidad de

su patria. Su vasto cerebro tal vez hubiese salvado los rasgos geniales

de aquella vieja monarquía asiática, y yo inmovilizé su acción creadora.

Su fortuna hubiera podido reforzar el Erario, y yo la estaba disipando

entre fiestas y prostitutas... ¡Amigos, conocí el remordimiento inmenso,

colosal, de haber arruinado un Imperio!

Para olvidar este complicado tormento, me entregué a la orgía. Me

instalé en un palacio de la avenida de los Campos Elíseos, y fuí

terrible. Daba fiestas a lo Trimalción; y, en las horas más ásperas de

la furia libertina, cuando entre la música de las charangas, entre el

estridor brutal de los cobres, rompían el «can-cán», cuando prostitutas

de seno desnudo, cantaban coplas canallescas; cuando mis convidados

bohemios, ateos de cervecería, injuriaban a Dios, con la copa de

champagne levantada, yo, poseído súbitamente como Helio y Abalo, de un

furor de bestialidad, de un odio inmenso contra lo Pensante y lo

Consciente, me tiraba al suelo a cuatro patas y me ponía a rebuznar

imitando al burro.

Después quise descender más; confundirme con la plebe, conocer las

torpezas alcohólicas de la taberna; y muchas veces, vestido de blusa,

con la gorra echada hacia atrás, del brazo de «Mes-Bottes o

Bibi-la-Gaillarde», entre un tropel de borrachos, fuí tambaleándome por

los «boulevares» exteriores, cantando con voz ronca:

«¡Allons, enfants de la patrie-e-e!...

Le jour de gloire est arrivé-e-e...»

Una mañana, después de estos excesos, a la hora en que en las tinieblas

del alma del borracho se alza una vaga aurora espiritual, nació, de

repente, la idea de partir para la China. Y como soldados adormecidos en

el campamento, que al són del clarín se levantan y uno a uno se van

juntando y formando en columna, otras ideas se fueron reuniendo en mi

espíritu, alineándose en formidable formación. Marcharía a Pekín;

descubriría la familia de Ti-Chin-Fú; casándome con una de las señoras,

legitimaría la posesión de mis millones; daría a aquella casa letrada su

antigua prosperidad; para calmar el espíritu irritado del Mandarín

celebraría pomposos funerales; iría por las provincias miserables

distribuyendo arroz y donativos; y una vez obtenido del emperador el

botón de cristal que ostentan los Mandarines, substituiría a la

personalidad del Ti-Chin-Fú, pudiendo así restituir legalmente a su

patria, sino la autoridad de su saber, al menos la fuerza de su oro.

Todo esto, a veces, me parecía un programa indefinido, nebuloso, pueril

e idealista. Mas el deseo de esta aventura original y épica, acababa por

convencerme, arrastrándome como a las hojas secas los remolinos del

viento. Suspiré anhelante por pisar la tierra de China. Después de

largos preparativos aligerados a peso de oro, una noche, por fin, partí

para Marsella. Había alquilado un buque entero: «El Ceilán». Y a la

mañana siguiente, por un mar azul-prusia, bajo el vuelo blanco de las

gaviotas, cuando los primeros rayos del sol ruborizaban las torres de

Nuestra Señora de la Guardia, puse proa hacia Oriente.

El Mandarín · 第 9 / 21 题