El sol no comenzaba aún á disipar el cristalino rocío que una noche
serena había depositado sobre la agreste alfombra de la Pampa, y ya
galopábamos aprovechando la fresca de una lindísima mañana de abril.
Era necesario hacerlo así para no pasar otra noche en el camino.
Yo no tenía que contemplar tanto las cabalgaduras, como los que habían
seguido por el camino del Cuero.
El itinerario del Bagual está sembrado de hermosas lagunas de agua
dulce y permanente; en sus bañados vastísimos hay siempre excelente
pasto y en las profundas sinuosidades de un terreno quebrado y
montuoso, sombra y leña.
Dichas lagunas, saliendo de Agustinillo hasta llegar frente á la Villa
de Mercedes, sobre el Río 5.º, son: Overamanca, el Chañar, Loncomatro,
la Seña; aquí se abren dos caminos, uno para el 3 de Febrero y otro
para las Totoritas, las Acollaradas, el Corralito, el Machomuerto,
Santiago Pozo, la Hallada, el Tala, el Bajohondo, el Guanaco, Sallape,
Pozo de los avestruces y Pozo escondido.
Todas ellas presentan más ó menos la misma fisonomía.
Aquellos campos desiertos, é inhabitados, tienen un porvenir grandioso,
y con la solemne majestad de su silencio, piden brazos y trabajo.
¿Cuándo brillará para ellos esa aurora color de rosa?
¡Cuándo!...
¡Ay! cuando los Ranqueles hayan sido exterminados ó reducidos,
cristianizados y civilizados.
¿Y cuántos son los Ranqueles, de cuya vida, usos y costumbres he
procurado dar una ligera idea en el transcurso de las páginas
antecedentes?
De ocho á diez mil almas, inclusive unos seiscientos ú ochocientos
cautivos cristianos de ambos sexos, niños, adultos, jóvenes y viejos.
¿En qué me fundo para decirlo?
En ciertas observaciones oculares, en datos que he recogido y en un
cálculo estadístico muy sencillo.
Las tres tribus de Mariano Rosas, de Baigorrita y de Ramón, que
constituyen la gran familia ranquelina, cuentan los tres caciques
principales susodichos, dos caciques menores, Epumer y Yanquetruz y
sesenta capitanejos, cuyos nombres son:
Caniupán, Melideo, Relmo, Manghin, Chuwailau, Caiunao, Ignal,
Tripailao, Millalaf, Quintuano, Nillacaóe, Peñaloza, Ancañao, Millanao,
Pancho, Carrinamón, Cristo, Naupai, Antengher, Nagüel, Lefín, Quentreú,
Jacinto, Tuquinao, Tropa, Wachulco, Tapaio, Caiomuta, Quinchao,
Epuequé, Yanque, Anteleu, Licán, Millaqueo, Painé, Mariqueo, Caiupán,
José, Manqué, Manuel, Achauentrú, Güeral, Islaí, Mulatu, Lebín, Guiñal,
Chañilao, Estanislao, Wiliner, Palfuleo, Cainecal, Coronel, Cuiqueo,
Frangol, Yancaqueo, Yancaó, Gabriel, Buta y Paulo.
Cada uno de estos capitanejos acaudilla diez, quince, veinte,
veinticinco hasta treinta _indios de pelea_.
Por indio de pelea se entiende, el varón sano y robusto, de dieciséis
hasta cincuenta años.
Tomando por término medio que cada caudillo, cacique, ó capitanejo
pueda poner en armas veinte indios, resultarían _mil trescientos_.
Efectivamente, esta cifra está en concordancia con lo que parece fuera
de duda, á saber: que Mariano Rosas y Ramón tienen cerca de seiscientos
indios de pelea y Baigorrita un poco más.
Esas ocho ó diez mil almas ocupan una zona de tierra próximamente de
dos mil leguas cuadradas, entre los 63º y 66º de latitud Sud; y los 35º
y 37º de longitud Este, cuyos límites naturales pueden determinarse así:
Al Norte, la laguna del Cuero; al Sud, la punta del Río Salado; al
Oeste, este mismo río, y al Este, la Pampa.
En ese vasto perímetro se hallan diseminados unos cuatrocientos ó
seiscientos toldos.
Cada toldo constituye una familia, que no baja nunca de diez personas,
y no hay toldo en el que no se encuentre un cautivo ó cautiva grande ó
chico.
Según este dato resultaría una población de cuatro á seis mil almas.
Pero nótese que el cálculo se basa en el mínimum de personas que forma
la familia.
De consiguiente, suponiéndose que el punto de partida de cuatrocientos
ó seiscientos toldos fuese exagerado, siempre resultaría una población
más ó menos de cuatro á seis mil almas, desde que la cifra de diez
personas por familia, es reducida.
Todos los toldos que yo he visto tenían de veinte personas arriba.
Ahora, siendo un principio estadístico, que cada diez mil almas
suministran sin esfuerzo, mil útiles para el servicio de las armas,
resulta que la cifra de mil trescientos indios de pelea es una
hipótesis racional para determinar la población de los Ranqueles.
Sea de esto lo que fuere, la triste realidad es que los indios están
ahí amenazando constantemente la propiedad, el hogar y la vida de los
cristianos.
¿Y qué han hecho éstos, qué han hecho los Gobiernos, qué ha hecho
la civilización en bien de una raza desheredada, que roba, mata y
destruye, forzada á ello por la dura ley de la necesidad?
¿Qué ha hecho?...
* * * * *
Oigamos discurrir á los bárbaros.
Conversando un día con Mariano Rosas, yo hablé así:
--Hermano, los cristianos han hecho hasta ahora lo que han podido, y
harán en adelante cuanto puedan, por los indios.
Su contestación fué con visible expresión de ironía.
--Hermano, cuando los cristianos han podido nos han muerto; y si mañana
pueden matarnos á todos, nos matarán. Nos han enseñado á usar ponchos
finos, á tomar mate, á fumar, á comer azúcar, á beber vino, á usar
bota fuerte. Pero no nos han enseñado ni á trabajar, ni nos han hecho
conocer á su Dios. Y entonces, hermano, ¿qué servicios les debemos?
Yo habría deseado que Sócrates hubiese estado dentro de mí en aquel
momento á ver qué contestaba con toda su sabiduría.
Por mi parte, hice acto de conciencia y callé...
Hasta entonces había cumplido con mi deber, en mi humilde esfera, según
lo entendía.
Pero mi conducta personal ni podía ni debía ser un argumento contra las
humillantes objeciones del bárbaro.
No me cansaré de repetirlo.
No hay peor mal que la civilización sin clemencia.
Es el gran reproche que un historiador famoso le ha dirigido á su
propio país, censurando su política en la India como conquistador...
* * * * *
Los Ranqueles derivan de los Araucanos, con los que mantienen
relaciones de parentesco y de amistad.
Tienen la frente algo estrecha, los juanetes salientes, la nariz
corta y achatada, la boca grande, los labios gruesos, los ojos
sensiblemente deprimidos en el ángulo externo, los cabellos abundantes
y cerdosos, la barba y el bigote ralos, los órganos del oído y de la
vista más desarrollados que los nuestros, la tez cobriza, á veces
blancoamarillenta, la talla mediana, las espaldas anchas, los miembros
fornidos.
Pero estos caracteres físicos van desapareciendo á medida que se cruzan
con nuestra raza, ganando en estatura, en elegancia de formas, en
blancura y hasta en sagacidad y actividad.
En una palabra, los Ranqueles son una raza sólida, sana, bien
constituida, sin esa persistencia _semítica_ que aleja á otras razas de
toda tendencia á cruzarse y mezclarse, como lo prueba su predilección
por nuestras mujeres, en las que hallan más belleza que en las indias,
observación que podría inducir á sostener, que el sentimiento estético
es universal.
Conversando con un indio, cambiamos estas palabras:
--¿Qué te gusta más, una china ó una cristiana?
--Una cristiana, pues.
--¿Y por qué?
--Ese cristiana, más blanco, más alto, más pelo fino, ese cristiana más
lindo...
* * * * *
La conquista pacífica de los Ranqueles, cuya fisonomía física y moral
conocemos ya, para absorberlos y refundirlos, por decirlo así, en el
molde criollo, ¿sería un bien ó un mal?
En el día parece ser un punto fuera de disputa, que la fusión de las
razas mejora las condiciones de la humanidad.
Cuando nuestros primeros padres los españoles llegaron á América, ¿qué
mujeres traían?
¿El Gobierno de la Metrópoli hizo con sus colonias lo que los Gobiernos
de Francia é Inglaterra hicieron con las suyas?
¿Mandó á ellas cargamento de prostitutas?
¿No tuvieron los conquistadores que casarse con mujeres indígenas,
entroncando recién entre sí, pasada la primera generación?
Y entonces, si es así, todos los americanos tenemos sangre de indio
en las venas, ¿por qué ese grito constante de exterminio contra los
bárbaros?
Los hechos que se han observado sobre la constitución física y las
facultades intelectuales y morales de ciertas razas, son demasiado
aislados para sacar de ellos las consecuencias generales, cuando se
trata de condenar poblaciones enteras á la MUERTE ó la BARBARIE.
¿Quién puede decir cuál es el punto donde se ha de detener una raza por
efecto de su propia naturaleza?
¿Cuál es el orden de verdades al alcance de ciertas razas, vedadas para
otras?
¿Cuál es la clase de operaciones practicables para los órganos de tal
pueblo, que no conseguirá jamás practicar otro?
¿Cuáles son las virtudes propias de tal ó cual organización?
¿La frenología ha pronunciado acaso su última palabra?
¿Entre las razas reputadas más perfectibles, no se hallan naciones tan
bárbaras, tan esclavas y viciosas como en las demás?
Nos horrorizamos de que entre los Ranqueles se vendan las mujeres, y
de que nos traigan terribles malones para cautivar y apropiarse las
nuestras.
¿Y entre los hebreos, en tiempo de los Patriarcas, el esposo no le
pagaba al padre el _mohar_ o precio de la hija?
¿Y entre los árabes la viuda no constituía parte de la herencia ó de
los bienes que dejaba el difunto?
¿Y en Roma, no existía el _coemptio_, es decir, la _compra_ y el
_usus_, ó sea la posesión de la mujer?
¿Y en Germania, como lo muestra la ley Sajona, no existían el
_mundium_, y costumbres análogas?
¿Y los visigodos, no tenían las _arras_, especie de precio nupcial, que
reemplazaba la compra pura y simple, recordando la vieja usanza?
¿Y los francos, no pagaban el valor de las esposas á los padres que
éstos dividían con aquéllas?
Si hay algo imposible de determinar, es el grado de civilización á que
llegará cada raza; y si hay alguna teoría calculada para justificar el
despotismo, es la teoría de la fatalidad histórica.
Las grandes calamidades que afligen á la humanidad, nacen de los
odios de razas, de las preocupaciones inveteradas, de la falta de
benevolencia y de amor.
Por eso el medio más eficaz de extinguir la antipatía que suele
observarse entre ciertas razas en los países donde los privilegios han
creado dos clases sociales, una de opresores y otra de oprimidos, ES LA
JUSTICIA.
Pero esta palabra seguirá siendo un nombre vano, mientras al lado de la
declaración de que todos los hombres son iguales, se produzca el hecho
irritante de que los mismos servicios y las mismas virtudes no merecen
las mismas recompensas, que los mismos vicios y los mismos delitos no
son igualmente castigados.
* * * * *
Por más que galopé tuve que dormir otra noche en el camino.
Al día siguiente temprano llegaba á orillas del Río 5.º.
Había andado doscientas cincuenta leguas, había visto un mundo
desconocido y había soñado...
Las galas de abril embellecían el verde panorama de la Villa de
Mercedes, donde los esbeltos álamos y los melancólicos sauces llorones
crecen frondosos á millares.
El día estaba en calma, mi alma alegre.
Reímos sin inquietud cuando debiéramos estar taciturnos ó gemir.
¡Somos unos insensatos!
Y cuando tenemos un momento lúcido es para exclamar amargamente, ¡ay!...
Yo amo sin embargo el dolor, y hasta el remordimiento, porque me
devuelve la conciencia de mí mismo.