Otra vez en la Verde.--Últimos ofrecimientos de Mariano
Rosas.--Más ó menos todo el mundo es como Leubucó.--Augurios
de la Naturaleza.--Presentimientos.--Resuelvo separarme de
mis compañeros.--Impresiones.--¡Adiós!--Un fantasma.--Laguna
del Bagual.--Encuentro nocturno.--Un cielo al
revés.--_Agustinillo._--Miseria del hombre.
El lector conoce ya la Verde, en cuya hoya profunda y circular mana
fresca, abundante y límpida el agua dulce, y donde todos los que entran
ó salen, por los caminos del Cuero y Bagual, se detienen para abrevar
sus cabalgaduras y guarecerse durante algunas horas bajo el tupido
ramaje de los algarrobos, ó de los chañares y espinillos, que hermosean
el plano inclinado, que en abruptas caídas conduce hasta el borde de
la laguna, cubierto de verdes juncos, de amarillentas espadañas y
filosas totoras de semi-cilíndricas hojas, entre las cuales los sapos
y las ranas celebran escondidos, en eterno y monótono coro, la paz
inalterable de aquellas regiones solitarias y calladas...
Allí hay sombra, fresca gramilla y perfumado trébol, durante las horas
en que el sol vibra implacable sus rayos sobre la tierra; refugio
durante las noches tempestuosas, en que las aguas se desploman á
torrentes del cielo, leña siempre para encender el alegre fogón.
Yo coronaba con mi gente las crestas arenosas del médano, al mismo
tiempo que en una dirección que formaba con la mía un ángulo recto,
aparecía un pequeño grupo de jinetes viniendo de Leubucó.
Debe ser, dije para mis adentros, la contestación del capitán
Rivadavia, y picando mi caballo descendí rápidamente por la cuesta,
recibiendo pocos instantes después una carta suya, pues, en efecto, los
que venían eran mensajeros de aquel fiel y valiente servidor.
Mariano Rosas había escuchado mi reclamo diplomático, y, á fuer de
hombre versado en los negocios públicos, me ofrecía en cumplimiento
del tratado de paz, perseguir, aprehender y castigar á los que, según
mis noticias, habían andado _maloqueando_ por San Luis, mientras yo
tenía mis conferencias á campo raso con los notables de Baigorrita, de
Mariano y de Ramón.
Promesas no ayudan á pagar; pero sirven siempre para salir del paso,
y los indios incansables cuando se trata de pedir, no se andan con
escrúpulos cuando se trata de prometer.
Más ó menos el mundo anda así en todas partes, y los individuos, lo
mismo que las naciones, encuentran todos los días en el arsenal de las
perfidias humanas, pretextos y razones para faltar á la fe pública
empeñada; y las muchedumbres en uno y otro hemisferio, se dejan llevar
constantemente de las narices por los ambiciosos que las engañan y
alucinan para explotarlas y dominarlas.
Ayer era Napoleón III erigido en campeón de las nacionalidades,
triunfador en Magenta y Solferino, en nombre de la _Federación
Italiana_; hoy es Bismarck en nombre del _Germanismo_ al grito de
la _galofobia_; mañana será otro Pedro el Grande en nombre del
_Panslavismo_, valiéndose de la turbulencia Moscovita, de la ignorancia
de los siervos y del fanatismo religioso.
En América hemos tenido á Rosas, á Monagas, á López.
Todos ellos supieron encontrar la palabra misteriosa y magnética para
fascinar al pueblo.
La libertad y la fraternidad universal siguen mientras tanto siendo
una bella utopía, una santa aspiración del alma, y de _hegemonía_ en
_hegemonía_, dominados hoy por los unos, mañana por los otros, el
hombre individual y el hombre colectivo caminan por rumbos distintos
quién sabe dónde...
La perfección y la perfectibilidad parecen ser dos grandes quimeras.
Rodamos á la desventura, y la mentira es la única verdad de que estamos
en posesión.
Parece que Dios hubiera querido ponerle una gran barrera á la
conciencia humana, para detenerla siempre que se atreve á penetrar en
los tenebrosos limbos del mundo moral.
El sol se ponía majestuosamente, el horizonte estaba limpio y
despejado; terso el cielo azul; sólo una que otra nube esmaltada con
los colores del arco iris y suspendida á inmensas alturas, se descubría
en la gigantesca bóveda; soplaba una brisa ricamente oxigenada, blanda
y fresca; las espadañas se columpiaban graciosamente sobre su tallo
flexible reflejándose en las claras aguas de la laguna, hasta humedecer
en ellas sus albos penachos, como voluptuosas Náyades de bella y blanca
faz que al borde de la fuente empaparan las puntas de sus sueltos
cabellos, mirándose distraídas y enamoradas de sí mismas, en el espejo
líquido y sereno.
El cielo y la tierra con sus indicios seguros, auguraban una noche
apacible y un día tan hermoso como el que acababa de transcurrir.
Convenía, pues, aprovechar los pocos momentos de luz que quedaban.
No sé qué vago y falso presentimiento oprimía angustiosamente mi pecho.
¿Era que iba á separarme de mis compañeros, de los que en aquella
extraña peregrinación habían compartido conmigo todas las privaciones,
todas las fatigas, todos los azares de que nos vimos rodeados, y que
unas veces dominé con la paciencia, otras con la audacia y el desprecio
de la vida?
¿Ó que habiendo pasado el peligro, la imaginación se abismaba en sí
misma absorta en la contemplación de sus propios fantasmas?
¿No os ha sucedido alguna vez después de uno de esos trances heroicos,
en que se ve de cerca la muerte con ánimo sereno, sentir algo como un
estremecimiento, y tener miedo de lo que ha pasado?
¿No os ha sucedido alguna vez, luchar brazo á brazo con la muerte,
vencer y experimentar en seguida, después que la crisis ha pasado
completamente, un sacudimiento nervioso, que es como si un eco interior
os dijese: Parece imposible?
¿No habéis corrido alguna vez á salvar un objeto querido al borde del
precipicio, salvarle instintivamente, y mirándole sano y salvo, algo
como un desvanecimiento de cabeza no os ha hecho comprender que la
existencia es un bien supremo, á pesar de las espinas que nos hincan y
lastiman en las asperezas de la jornada?
¿No habéis estado alguna vez horas enteras á la cabecera de un doliente
amado, dominado por la idea de la vida, mecido por los halagos de la
esperanza, y al verle convaleciente, lívido el rostro, brillante la
mirada, no os ha hecho el efecto del espectro de la muerte, y sólo
entonces habéis comprendido el terrible arcano que se encierra entre el
ser y el no ser?
Entonces comprenderéis las impresiones de mi alma, tan distintas en
aquel momento de lo que habían sido antes en ese mismo lugar, cuando
resuelto á todos sin previo aviso y desarmado, me dirigí al corazón de
las tolderías seguido de un puñado de hombres animosos.
En el fondo del médano había ya como un crepúsculo, mientras que en sus
crestas reverberaban todavía los últimos rayos solares.
Bandadas interminables de aves acuáticas, que se retiraban á sus nidos
lejanos, cruzaban por sobre nuestras cabezas, batiendo las alas con
estrépito en sus evoluciones caprichosas, y nuestras cabalgaduras
después de haberse refrescado, _chapaleaban_ el agua de la orilla de
la laguna, se revolcaban, mordían acá y allá las más incitantes matas
de pasto y relinchaban mirando en dirección al Norte, con las orejas
tiesas y fijas como la flecha de un cuadrante que marcara el punto de
dirección, cuando llamando á los buenos franciscanos y á mis oficiales
les comuniqué que había resuelto separarme de ellos.
El sentimiento de la disciplina no mata los grandes afectos, es
mentira; pero hace que el hombre, reprimiéndose, se acostumbre á
disimular todas sus impresiones, hasta las más tiernas y honrosas.
¡Cuántas veces á causa de eso no pasan por seres sin corazón los que
se hallan sujetos á las terribles leyes de la obediencia pasiva, á
esas leyes que en todas partes mantienen divorciado al soldado con el
ciudadano, que contra el espíritu del siglo permanecen estacionarias,
como monumentos inamovibles de esclavitud, sin que la marea generosa
que agita al mundo civilizado desde la caída del imperio romano, las
haya conmovido, y, que, por eso mismo, hacen al soldado tanto más
grande, cuanto mayor es la servidumbre que le oprime!
Al recibir aquéllos la orden de formar dos grupos, de los cuales el más
numeroso seguiría por el camino conocido del Cuero, y el más pequeño,
encabezado por mí, tomaría el desconocido de la laguna del Bagual, algo
como un tinte de tristeza vagó por sus fisonomías.
Nadie replicó, todos corrieron á disponer lo referente á la marcha
nocturna. Pero yo comprendí que más de un corazón sentía vivamente
separarse de mí, no sólo por esa simpatía secreta, que como vínculo une
á los hombres, sea cual sea su posición respectiva, sino por ese amor á
lo desconocido y esa inclinación genial al combate y á la lucha, propia
de las criaturas varoniles, que hace apetecible la vida, cuando ella no
se consume monótonamente en la molicie y los placeres.
Cumplidas mis órdenes y escritas las instrucciones correspondientes en
una hoja del libro de memorias del mayor Lemlenyi, se formaron los dos
grupos determinados.
Me despedí de éste, de los franciscanos, de Ozarowski, de todos en fin;
repetí, como lo hubiera hecho un viejo regañón y fastidioso, varias
veces la misma cosa, monté á caballo y eché á andar seguido de los
cuatro compañeros que componían mi grupo.
El de Lemlenyi me precedía.
Los caballos que montábamos estaban frescos, de modo que trepamos sin
dificultad á la cresta del médano, por la gran rastrillada del Norte.
Una vez allí, volvimos á decirnos adiós.
Lemlenyi y los suyos tomaron el ramal de la derecha, yo tomé el de la
izquierda, que seguía el rumbo del Poniente, y gritando todavía una vez
más:--¡cuidado con galopar!--le hice comprender á mi caballo con una
presión nerviosa de las piernas en los ijares, que debía tomar un aire
de marcha más vivo.
El entendido animal tomó el trote; mis dos tropillas pasaron adelante y
el tan tan metálico del cencerro, vibrando sonoro en medio del profundo
silencio de la pampa, animaba hasta los mismos jinetes haciéndonos el
efecto de un precursor seguro.
Relinchos fortísimos iban y venían de un grupo á otro, como si los
animales se dijeran: ¿por qué nos han separado?
Yo y los míos dimos vuelta varias veces, hasta que la distancia y las
nubes de polvo hicieron invisibles á los que trotaban sin interrupción
al Norte, á fin de poder hacer su primer parada en _Lonco-uaca_, aguada
abundante y permanente, buena para apaciguar la sed del hombre y de los
animales.
Probablemente, ellos hicieron lo mismo que nosotros; varias veces
mirarían atrás á ver si nos descubrían.
¡Valientes compañeros! réstame aún decir antes de perderlos de vista
del todo, que hicieron su travesía con felicidad, cumpliendo mis
órdenes estrictamente, con bastante hambre y trotando consecutivamente
dos días y dos noches, hasta llegar al fuerte «Sarmiento».
Los franciscanos sacudidos por el trote casi se deshicieron; á pesar de
su mansedumbre lo calificaban de infernal, repitiendo más de una vez
durante el trayecto: ¿por qué no galopamos un poquito?
Mis oficiales contestaban: primero, porque la orden es que la marcha se
haga al trote; segundo, porque si galopamos no llegaremos en dos días.
El padre Marcos alegaba que su caballo era superior.
Los oficiales le decían por hacerlo rabiar un poco--cosa á la que
creo no se opone la orden de Nuestro R. P. San Francisco,--también era
superior el moro que maltrató usted la vez pasada.
Aquella marcha ha dejado recuerdos imperecederos en la memoria de los
que la hicieron; y no hay ninguno de ellos que no esté de acuerdo con
la teoría que he desarrollado en mi carta anterior, á propósito de las
hablillas que tuvieron lugar cuando hice alto á la vista de la Verde.
Las sombras de la noche iban envolviendo poco á poco el espacio, los
accidentes del terreno desaparecían entre las tinieblas, flotábamos en
un piélago obscuro como el de la primera noche del Génesis--como dicen
en la tierra,--estaba toldado, las estrellas no podían enviarnos su
luz al través de los opacos nubarrones que á manera de inmensa sábana
mortuoria, se habían extendido por el cielo.
Hacía algunas horas que trotábamos y galopábamos.
Un punto negro, más negro que la negra noche, aparecía á corta
distancia, en las mismas dereceras de la rastrillada, alzándose como
un fantasma colosal, y un ruido que no se oye sino en la pampa, á la
orilla de las lagunas, cuando la creación duerme, íbase haciendo cada
vez más perceptible.
Era que íbamos á llegar á la laguna del Bagual.
El fantasma ese era un médano cubierto de arbustos; el ruido peculiar,
el cuchicheo nocturno de las aves, que murmuran sus inocentes amores,
salvándose del inclemente rocío entre las pajas.
La laguna del Bagual es por este camino un punto estratégico como lo es
por el otro la Verde: se seca rara vez, siendo fácil hacer brotar el
agua por medio de jagüeles, y no tiene nada de notable, presentando la
forma común de los abrevaderos pampeanos,--la de una honda taza.
Cuando el desertor ó el bandido, que se refugia entre los indios,
sediento y cansado, zumbándole aún en los oídos el galopar de la
partida que le persigue, llega á la laguna del Bagual, recién suspira
con libertad, recién se apea, recién se tiende tranquilo á dormir el
sueño inquieto del fugitivo.
Saliendo de las tolderías, sucede lo contrario; allí se detiene
el malón organizado, grande ó chico, el indio gaucho que solo ó
acompañado, sale á _trabajar_ de su cuenta y riesgo, el cautivo que
huye con riesgo de la vida.
Una vez en los médanos del Bagual, el que entra ya no mira para atrás,
el que sale sólo mira adelante.
El Bagual es un verdadero Rubicón, no tanto por la distancia que hay de
allí á las tolderías, cuanto por su situación topográfica.
Es que por el camino del Bagual, entrando ó saliendo, jamás se carece
de agua, de esa agua que es el más formidable enemigo del caminante y
de su valiente caballo, en el desierto de las pampas Argentinas.
Al Sud, avanzando hacia las tolderías, Ranquilco y el Médano Colorado
ofrecen seguras aguadas y pasto, quedando sobre el mismo camino.
Era temprano aún, había galopado bien; y no teniendo por qué apurarme,
seguí la marcha á ver si llegaba á _Agustinillo_ antes de salir la luna.
Galopábamos cruzando las sendas tortuosas de un monte espeso, cuando
distinguimos cinco bultos á derecha é izquierda del camino.
--¿Qué es eso?--le pregunté á Camilo.
--Son caballos--me contestó.
--Pues arreemos con ellos--agregué.
Y esto diciendo formamos un ala y arrebatamos del campo los cinco
animales, incorporándolos á las tropillas.
¿Á quién pertenecían?...
Aquella noche comprendí la tendencia irresistible de nuestros gauchos á
apropiarse lo que encuentran en su camino, murmurando interiormente el
aforismo de Proudhon: «la propiedad es un robo».
Mora dijo:
--Han de ser de los indios.
Yo contesté:
--El que roba á un ladrón tiene cien días de perdón.
Contentos con el hallazgo nos reíamos á carcajadas, resonando nuestros
ecos por la espesura...
De repente oyéronse unos silbidos, que llamando mi atención, me
hicieron recogerle las riendas al caballo y cambiar el aire de la
marcha.
Los silbidos seguían saliendo de diferentes direcciones.
--Han de ser indios--me dijo Mora.
--¿Qué indios?--le pregunté.
--Los de la _Jarilla_.
--¿Y por qué silban?
--Nos han de haber sentido y no saben lo que es.
Mora me inspiraba confianza, hice alto; pero temiendo una celada, me
dispuse á la lucha, haciendo que mis cuatro compañeros echaran pie á
tierra.
Si son más que nosotros, me dije, pie á tierra somos más fuertes, y si
no vienen con mala intención, se acercarán á reconocernos.
Efectivamente, apenas nos desmontamos, aparecieron siete indios armados
de lanzas.
La luna asomaba en aquel mismo momento como un filete de plata
luminoso, por entre un montón de nubes.
--Háblales en la lengua--le dije á Mora.
Mora obedeció dirigiéndoles algunas palabras.
Los indios avanzaron cautelosamente soslayando los caballos.
Camilo Arias con ese instinto admirable que tenía dijo:
--Están con miedo.
--Háblales otra vez--le dije á Mora.
Obedeció éste, habló nuevamente, y los indios se acercaron al tronco
con las lanzas enristradas, haciendo alto á unos veinte metros.
--¿Con permiso de quién pasando?--dijeron.
--¿Con permiso de quién andando por acá?--les contesté.
--¿Ése quién siendo?--repusieron.
--Coronel Mansilla, _peñi_--agregué.
Y esto oyendo los indios recogieron sus lanzas y se acercaron á
nosotros confiadamente.
Nos saludamos, nos dimos las manos, conversamos un rato, les devolvimos
los cinco caballos que les acabábamos de _robar_, pues eran de ellos,
les dimos algunos tragos de anís, toda la hierba, azúcar y cigarros
que pudimos; mi ayudante Demetrio Rodríguez les dió su poncho viendo
que uno de ellos estaba casi desnudo y por último nos dijimos adiós,
separándonos como los mejores amigos del mundo.
--¿Qué indios son éstos?--le pregunté á Mora.
--Son indios de la Jarilla--me contestó.
--¿Y ése que no hablaba, que estaba bien vestido y se tapaba la cara,
quién sería?
--Ése es Ancañao.
Ancañao era un indio gaucho que estando yo en Buenos Aires, había hecho
una correría muy atrevida por mi frontera, llegando hasta la laguna
del Tala de los Puntanos, donde tomó é hirió malamente á un cabo del
Regimiento 7.º de caballería, que llevaba comunicaciones para el Río
4.º.
En esas pláticas íbamos, cuando la luna, rompiendo al fin los celajes
que se oponían á que brillara con todo su esplendor, derramó su luz
sobre la blanca sábana de un vasto salitral, de cuya superficie
refulgente y plateada, se alzaron innumerables luces, como si la tierra
estuviera sembrada de brillantes y zafiros.
Era un espectáculo hermosísimo; la luna, las estrellas y hasta las
mismas opacas nubes, se retrataban en aquel espejo inmóvil, haciendo el
efecto de un cielo al revés.
Las huellas de la última invasión que por allí había pasado, estaban
aún impresas en el suelo cristalino.
Hice alto un momento, probé la sal y era excelente.
Los indios que viven más cerca de allí, la recogen en grandes
cantidades y hacen uso de ella para cocinar, sin someterla á ninguna
preparación previa.
Seguimos la marcha; un rato después estábamos en Agustinillo, acampados
al borde de una linda laguna y al abrigo de grandes chañares.
Hice tender mi cama, porque hacía fresco, lo más cerca posible del
fogón, y mientras preparaban un asado, estando mis miembros fatigados y
hallándonos completamente fuera de peligro, traté de echar un sueño.
¡Imposible dormir!
Mi mente, predispuesta á la meditación, no se dejaba subyugar por la
materia.
Pensaba en las escenas extraordinarias que algunos días antes eran un
ideal, gozaba en la contemplación de ellas, y me decía en ese lenguaje
mudo y grave con que nos habla la voz del espíritu en sus horas de
reconcentración: la miseria del hombre consiste en ver frustradas sus
miras y en vivir de conjeturas; porque la realidad es el supremo bien y
la belleza suprema.
En efecto, entre el ideal soñado y el ideal realizado, hay un mundo
de goces, que sólo pueden apreciar como es debido, los que habiendo
anhelado fuertemente, han conseguido después de grandes padecimientos y
dolores lo que se proponían.
¿La virtud y la felicidad son acaso otra cosa que la ciencia de lo real?
Platón lo ha dicho hablando de lo BELLO:
«El alma que no ha percibido nunca la verdad, no puede revestir la
forma humana.»
¡Pues, como el sabio, felicitémonos de que la verdad sea tan saludable,
y de abrigar la esperanza de descubrir algún día la substancia
_efectiva_ de todo, para que todo no sea símbolo y sueño!