Á la vista de la Verde.--Murmuraciones.--Defecto de lectores y
de caminantes.--Dos cuentos al caso.--Reglas para viajar en la
Pampa.--La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo.--Dos
polvos.--Suerte de Brasil.--Reproche de los franciscanos.--¿Tendrán
alma los perros?--Un obstáculo.
Los médanos de la Verde estaban á la vista, y es probable que, en mi
caso, otro viajero no se hubiera detenido. Pero la experiencia es madre
de la ciencia, y yo me reía de algunos de mis oficiales que, viendo el
objetivo tan cerca, murmuraban:--¿Por qué se parará aquí este hombre?
Ellos no habían recorrido como yo cuatro partes del mundo, en buque de
vela, en vapor, en ferrocarril, en carreta, á caballo, á pie, en coche,
en palanquín, en elefante, en camello, en globo, en burro, en silla de
manos, á lomo de mula y de hombre.
Es defecto de lectores y de caminantes apurarse demasiado.
Unos y otros debieran tener presente que la igualdad del movimiento
produce en el espíritu el mismo efecto que hace en los oídos la
igualdad de la entonación.
Voltaire lo ha dicho:
«_L'ennui naquit un jour de l'uniformité._»
Lo que nos sucede cuando oimos leer en alta voz con excesiva rapidez
olvidando la marcha más ó menos mesurada del autor, la fuerza, energía
ó pasión del pensamiento, nos sucede también viajando en ferrocarril.
La velocidad de la locomoción no hace efecto porque es continua.
Siempre que oigo leer en alta voz muy aprisa, me acuerdo de un cuento,
y cuando recorro á caballo las pampas argentinas me acuerdo de otro.
En una comedia de Sedaine, no estoy cierto si en _Rose et Colas_, hay
una escena muy larga entre dos aldeanos, y cuentan las crónicas que
los actores á fin de terminar cuanto antes el ensayo, se apuraban
demasiado, y que no por eso la escena parecía más corta.
Consultando al autor á ver si se prestaba á hacer algunas supresiones,
contestó:
«Díganla más despacio y harán que parezca más corta.»
Sedaine tuvo, á no dudarlo, presente el dicho de otro poeta francés
como él:
«Dans tout ce que tu _lis_, hâte-toi lentement.»
Pues lo mismo sucede cuando se recorre un país á todo galope; todo
parece lejos y nada se ve bien, se llega al término de la jornada
abrumado de cansancio y sin haber disfrutado de los agradables
espectáculos de la Naturaleza.
Y eso es cuando se llega, que á veces se queda uno en el camino.
Era tarde, poníase el sol, un viajero ecuestre galopaba á toda brida
por los campos.
Encontróse con un gaucho y le preguntó:
--¿Á qué hora llegaré á tal parte?
--Si sigue al galope--le contestó,--llegará mañana; si marcha al
trotecito llegará _lueguito_ no más.
--¿Y cuántas leguas hay?
--Así como dos.
--¿Y cómo es eso; si está tan cerca, cómo he de tardar más andando más
ligero?
--¡Oh!--contestó el paisano, echándole una mirada de compasión
al caballo de su interlocutor;--es que si lo sigue apurando al
_mancarrón_, _ahorita_ no más se le va á aplastar.
Lo cual, oido por el viajero, hizo que recogiendo la rienda se pusiera
al trote.
La aplicación de mis máximas, viajando en todas estaciones, de día y de
noche, con buen y mal tiempo, por las vastas soledades del desierto, me
ha dado siempre el mejor resultado.
He llegado adonde me proponía el día anunciado de antemano, sin dejar
caballos cansados en el camino y sin fatigar física ni moralmente á los
que me acompañaban.
Mi regla era inalterable.
Partía al trote, galopaba un cuarto de hora, sujetaba, seguía al
tranco cinco minutos, trotaba en seguida otros cinco, galopaba luego
otro cuarto de hora, y por último hacía alto, echaba pie á tierra
descansando cinco minutos y dejaba descansar los caballos prosiguiendo
después la marcha con la misma inflexible regularidad, toda vez que el
terreno lo permitía.
Los maturrangos que me seguían se quejaban de que cambiara tanto el
aire de la marcha y de las continuas paradas, primero, por falta
de reflexión; segundo, porque á ellos una vez que el cuerpo se les
calienta, lo que menos les incomoda es el galope. Pero los caballos,
más jueces en la materia que los que los montan, estoy cierto que en
su interior decían, cada vez que oían la voz de alto y la orden de
_saquen los frenos_: ¡bendito sea este Coronel!
Lo repito, viajando sucede lo mismo que leyendo.
Las lecturas más largas son ésas en las que no hay alteración ni en la
cadencia ni en la dicción.
El autor de la tragedia _Leonidas_ había invitado varios de sus amigos
para leerles una nueva composición.
Nadie se hizo esperar.
Á la hora convenida doce jueces selectos, entre los que había algunos
académicos, se hallaban reunidos ocupando cómodos sillones, y enfrente
de ellos, con una mesa por delante, el poeta.
La lectura empezó leyendo el mismo autor, que poseía el arte de hacer
magníficos versos; pero que no sabía leer.
Leía con una voz sepulcral monótona é invariable.
Durante la primera media hora la amistad soportó el suplicio,
aplaudiendo los dos primeros actos.
Terminaba el tercero, y como el autor no oyese la más leve muestra de
aprobación, levantó la vista del manuscrito, y echando una mirada á su
alrededor, encontró que el auditorio dormía profundamente.
Comprendiendo lo que había pasado, apaga las luces, y en lugar de
continuar leyendo, se pone á declamar á obscuras el resto de la
tragedia que sabía de memoria.
La lectura en alta voz y la declamación son dos artes diferentes.
Todos se despiertan exclamando: ¡bravo! ¡bravo!
El autor no se detiene, sus amigos creen que aquello es un sueño, que
están ciegos, porque abren los ojos y nada ven, vuelven en sí después
de un momento de espanto y la escena termina con esta enseñanza útil:
La monotonía es capaz de hacer dormir á los mejores amigos.
¿Mis oficiales no pensaban en nada de esto al censurar mi parada á
la vista de los médanos de la Verde, como no pensaron en ocasiones
anteriores qué habría sido de los pobres caballos y de nosotros mismos,
si hubiéramos marchado en alas de la impaciencia siempre al galope?
Habríamos tardado más en llegar á Leubucó, más en salir de allí, más en
volver al punto de partida y el trayecto lo hubiéramos hecho entre el
sueño y la fatiga.
Que se acuerden de lo que les pasó, yendo de la Verde al fuerte
«Sarmiento» y cuando en cumplimiento de mis órdenes tuvieron que hacer
la marcha al trote, y nada más que al trote.
Todos querían galopar ó _tranquear_.
Los franciscanos clamaban al cielo.
La consigna era al trote y al trote se marchaba y las distancias
parecían más largas y las horas eternas y todos se dormían y se
llevaban los árboles por delante é interiormente exclamaban: malhaya el
Coronel.
El Coronel tuvo, sin embargo, sus razones para dar esas órdenes,
razones que no son del caso y que respondían á un sentimiento de
prudencia previsora.
La parada no se efectuó únicamente por alterar la monotonía de la
marcha ó por hacer descansar los caballos. La diplomacia tuvo en ello
gran parte.
Yo tenía motivos para retardar mi arribo á la Verde, en donde no quería
detenerme, sino encontrarme, en todo caso, con el capitán Rivadavia, ó
con algún embajador de Mariano Rosas.
Cuando después de haber medido las distancias con el compás de la
imaginación, el reloj me dijo que era hora de proseguir la marcha,
mandé poner los frenos y cinchar.
Al tiempo de movernos descubriéronse á retaguardia dos polvos siguiendo
la misma dirección de la rastrillada, siendo más pequeño el que estaba
más cerca de nosotros, que el que remolineaba más lejos.
--Es uno que corre un avestruz--decían éstos;--es uno que corre una
gama--decían aquéllos;--no es nada de eso--decía Camilo Arias:--es un
indio que corre una cosa que no es animal del campo.
Mis oficiales y yo observábamos, haciendo conjeturas, y hasta los
franciscanos que se iban haciendo gauchos, metían su cuchara calculando
qué serían los tales polvos.
Ya estábamos á caballo.
Yo vacilaba; quería seguir y salir de dudas.
Camilo Arias, cuya mirada taladraba el espacio, por decirlo así, hasta
tocar los objetos, dijo entonces con su aire de seguridad habitual:
--Es un indio que corre un perro.
--Ha de ser _Brasil_ que se ha de haber escapado--exclamaron varios á
una.
Y los dos franciscanos:
--¡Pobrecito! ¡Cuánto me alegro!
Y esto diciendo, me miraron como reprochándome una vez más lo que había
hecho en Carrilobo.
Mi pecado no era grande, empero.
Estábamos conversando con Ramón en su toldo, cuando el valiente
_Brasil_,--hablo del perro--vino mansamente á echarse á mi lado,
mirándome como quien dice: ¿cuándo nos vamos de esta tierra? meneando
al mismo tiempo la cola como un plumero, como cuando con una sonrisa
afable ó con una palmada cariñosa queremos neutralizar el efecto de una
frase picante.
No sé si lo he dicho, que _Brasil_, á más de ser muy guapo, era un can
gordo y macizo, de reluciente pelo color oro muy amarillo.
Pero sí recuerdo haber dicho estando allá por las tierras de mi
compadre Baigorrita, que los perros de los indios pasan verdaderamente
una vida de perros. Siempre hambrientos, se les ven las costillas,
tal es su flacura; parece que no tuvieran carne ni sangre; diríase
al verlos, que son habitantes fósiles de las remotas épocas
antediluvianas, en que sólo vivían disecados por una temperatura
plutoniana los enroscados amonitas y los alados y cartilaginosos
pterodáctilos de largo pescuezo y magna cabeza.
Ramón enamoróse de la magnificencia de _Brasil_, cuya gordura
contrastaba con la estiptiquez de sus perros, lo mismo que un
prisionero paraguayo con un morrudo soldado riograndés.
--¡Qué perro tan gordo, hermano--me dijo,--y qué lindo! y los míos ¡qué
flacos!
--No les dará de comer, hermano--le contesté.
--¡Pues no!
--¿Y qué les da de comer?
--Lo que sobra.
Lo que sobra, dije yo para mis adentros. Y sabiendo que los indios
se comen hasta la sangre humeante de la res, pensé: Yo no quisiera
estar en el pellejo de estos perros, recordando que alguna vez había
tenido envidia de ciertos perritos de larga lana y lúbricos ojos, que
algunas damas de copete y otras que no lo son, adoran con locura,
durmiendo hasta con ellos, tal es el progreso humanitario del siglo XIX,
progreso que si sigue puede hacer que el año 2000 un perro se llame
_Monsieur Bijou_, _Mister Pinch_ ó el _señor don Barcino_.
Y dirigiéndome á mi interlocutor, repuse:
--Eso no basta.
Ramón contestó:
--Es que son _maulas_ estos míos. Usted podía regalarme el suyo para
que encastara aquí.
¿Qué le había de decir?
--Está bueno, hermano--le contesté,--tómelo; pero hágalo atar ahora
mismo, porque de lo contrario no ha de parar en el toldo, se ha de ir
conmigo.
Ramón llamó, y al punto se presentaron tres cautivos.
Hablóles en su lengua; quisieron ponerle un dogal al cuello con un lazo
que por allí estaba, mas fué en vano.
_Brasil_ mostraba sus aguzados y blancos colmillos, gruñía, se
encrespaba, encogiendo nerviosamente la cola y los tímidos cautivos no
se atrevían á violentarlo.
Me parecía que los desgraciados comprendían mejor que yo la libertad, y
que no era por cobardía sino por un sentimiento de amor confuso y vago
que respetaban al orgulloso mastín.
Tuve yo mismo que ser el verdugo de mi fiel compañero.
_Brasil_ me miró cuando me levanté á tomar el lazo, echóse patas arriba
mostrándome el pecho como diciéndome: mátame si quieres.
Al atarle la soga en el pescuezo me miré en la niña de sus ojos, que
parecían cristalizados.
Y me vi horrible, y á no ser la palabra empeñada, me habría creído
infame.
_Brasil_ se dejó atar humildemente á un palo.
Intentó ladrar y le hice callar con una mirada severa y un ademán de
silencio.
Al abandonar el toldo de Ramón entré en él á despedirme de su familia.
El movimiento que reinaba, dijo claramente al instinto del animal
que su libertad había concluido; viéndome salir sin él, prorrumpió en
alaridos que desgarraban el corazón.
¡Quién sabe cuánto tiempo ladró!
Probablemente no se cansó de ladrar y Ramón, cansado de sus
lamentaciones, le soltó viéndonos ya lejos.
_Brasil_ se dijo probablemente también, viéndose suelto:
_Ils vont, l'éspace est grand_, pero yo les alcanzaré, y se lanzó en
pos de nosotros huyendo de aquella tierra donde los de su especie le
habían hecho perder la buena opinión que tuviera de la humanidad.
Los dos polvos avanzaban hacia nosotros con celeridad.
Teníamos la vista clavada en ellos.
De repente, la nube más cercana se condensó y Camilo Arias gritó:
--¡Ahí lo bolean!
Lo confieso, persuadido de que era _Brasil_ que venía hacia nosotros,
las palabras de Camilo me hicieron el mismo efecto que me habría hecho
en un campo de batalla ver caer prisionero á un compañero de peligros y
de glorias.
Los buenos franciscanos estaban pálidos, mis oficiales y los soldados
tristes.
El mal no tenía remedio.
--Vamos--dije, y partí al galope.
--¿Y qué, lo dejamos?--exclamaron los franciscanos.
--Vamos, vamos--contesté; y una idea fijó mi mente, mortificándome
largo rato.
¿Por qué, me preguntaba, pensando en la suerte de _Brasil_, no ha de
tener alma como yo un ser sensible, que siente el hambre, la sed, el
calor y el frío; en dos palabras: el dolor y el placer sensual como yo?
Y pensando en esto procuraba explicarme la razón filosófica de por qué
se dice:
Ese hombre es muy perro, y nunca cuando un perro es bravo ó malo: Ese
perro es muy hombre.
¿No somos nosotros los opresores de todo cuanto respira, inclusive
nuestra propia raza?
¿La moral será algún día una ciencia exacta?
¿Adónde iremos á parar si la anatomía comparada, la fisiología,
la frenología, la biología, en fin, llegan á hacer progresos tan
extraordinarios, como la física ó la química los hacen todos los días,
tanto que ya no va habiendo en el mundo material nada recóndito para el
hombre?
¿Qué le falta descubrir?
Por medio de la electricidad, de la óptica y del vapor ha penetrado ya
en las entrañas de la tierra y en los abismos del mar hasta insondables
profundidades; ha descubierto en los cielos remotos é invisibles
luminares y su palabra recorre millares de leguas con mágica y pasmosa
rapidez.
Soñando en esas cosas iba distraído, cuando mi caballo se detuvo en
presencia de un obstáculo, no sintiendo ni el rebenque ni la espuela.
Estábamos al pie de los médanos de la Verde.