El sueño no tiene amo.--El toldo de Ramón nada deja que desear.--Una
fragua primitiva.--Diálogo entre la civilización y la barbarie.--Tengo
que humillarme.--Se presenta Ramón.--Doña Fermina Zárate.--Una lección
de filosofía práctica.--Petrona Jofré y los cordones de Nuestro Padre
San Francisco.--Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco
chiripáes por una mujer.--Rasgo generoso de Crisóstomo.--El hombre ni
es un ángel ni una bestia.
Un proverbio negro dice: el sueño no tiene amo.
Todos dormimos perfectamente bien.
El cansancio nos hizo hallar deliciosa la morada del cacique Ramón.
Cuando yo me desperté eran las ocho de la mañana; mis compañeros
roncaban aún con una expansión pulmonar envidiable.
Llamé un asistente, pedí mate y me quedé un rato más en cama gozando
del placer de no hacer nada, placer tan combatido y censurado cuanto
generalmente codiciado.
Según un amigo, pensador no vulgar y egregio poeta, no hacer nada es
descansar. Así él sostiene que el día es hecho para eso y la noche para
dormir.
¡Lástima que un mortal de gustos tan patriarcales, que sería dichoso
con muy poca cosa, se vea condenado como tanto hijo de vecino, á la
dura ley del trabajo, cuando innumerables prójimos desperdician lo
superfluo y aun lo necesario!
¡Qué hacer! el mundo está organizado así y el Eclesiastés, que sabe más
que mi amigo y yo juntos, dice:
«El insensato tiene los brazos cruzados y se consume _diciendo_:
«Lleno el hueco de una mano, con reposo, vale más que las dos llenas
con trabajo y mortificación de espíritu.»
Con la luz del día examiné el lecho en que había dormido tan
cómodamente, como en elástica cama á la _Balzac_ provista de sus
correspondientes accesorios, almohadones de finísimas plumas y sedosos
cobertores. Eran unos cueros de potro mal estaqueados y unas pieles de
carnero, la cabecera un mortero cubierto con mis cojinillos.
En seguida tendí la vista á mi alrededor.
En Tierra Adentro yo no había pernoctado bajo techumbre mejor.
El toldo del cacique Ramón superaba á todos los demás.
Mi alojamiento era un galpón de madera y paja, de doce varas de largo
por cuatro de ancho y tres de alto.
Estaba perfectamente aseado.
En un costado, se veía la fragua y al lado una mesa de madera tosca y
un yunque de hierro.
Ya he dicho que Ramón es platero y que este arte es común entre los
indios.
Ellos trabajan espuelas, estribos, cabezadas, pretales, aros, pulseras,
prendedores y otros adornos femeninos y masculinos, como sortijas y
yesqueros.
Funden la plata, la purifican en el crisol, la ligan, la baten á
martillo, dándole la forma que quieren y la cincelan.
En la _chafalonía_, prefieren el gusto chileno; porque con Chile tienen
comercio y es de allí de donde llevan toda clase de prendas, que
cambalachean por ganado vacuno, lanar y caballar.
La fragua consistía en un paralelepípedo de adobe crudo.
Tenía dos fuelles y se conocía que el día anterior habían trabajado;
las cenizas estaban tibias aún.
En un saco de cuero había carbón de leña y sobre la mesa se veían
varios instrumentos cortantes, martillos y limas rotas.
Los fuelles llamaron sobremanera mi atención por su extraña estructura.
Antes de examinar su construcción entablé un diálogo conmigo mismo.
--Á ver, me dije, representante orgulloso de la civilización y del
progreso moderno en la pampa, ¿cómo harías tú un fuelle?
--¿Un fuelle?
--Sí, un fuelle, ¿no se llama así por la Academia española «un
instrumento para recoger viento y volverlo á dar», aunque habría sido
más comprensible y digno de ella decir: un instrumento construido
según ciertos principios de física, para recoger aire por medio de una
válvula, y volverle á despedir con más ó menos violencia, á voluntad
del que lo maneje, por un cañón colocado á su extremo?
--Entiendo, entiendo.
--Y bien, si entiendes, dime, ¿cómo lo harías?
--¿Cómo lo haría?
--¡Sí, hombre, por Dios! parece que te hubiera puesto un problema
insoluble.
--No digo eso.
--¿Entonces?
--Es que...
--¡Ah! es que eres un pobre diablo, un fatuo del siglo XIX, un erudito
á la violeta, un insensato que no quieres confesar tu falta de ingenio.
--¿Yo?...
--Sí, tú, has entrado en el miserable toldo de un indio á quien
un millón de veces has calificado de bárbaro, cuyo exterminio has
preconizado en todos los tonos, en nombre de tu decantada y clemente
civilización, te ves derrotado y no quieres confesar tu ignorancia.
--¿Mi ignorancia?
--Tu ignorancia, sí.
--¿Quieres acaso que me humille?
--Sí, humíllate y aprende una vez más que el mundo no se estudia en los
libros.
Incliné la frente, me acerqué á la fragua, cogí el manubrio de ambos
fuelles, los que estaban colocados en la misma línea horizontal, tiré,
aflojé y se levantó una nube de ceniza.
Eran feos; pero surtían el efecto necesario, despidiendo una corriente
de aire bastante fuerte para inflamar el carbón encendido.
Todo era obra del mismo Ramón; invento exclusivo suyo.
Con una panza seca de vaca y sobada había hecho una manga de una
vara de largo y un pie de diámetro; con _tientos_ la había plegado,
formándole tres grandes buches con comunicación; en un extremo había
colocado la mitad del cañón de una carabina y en el otro un tarugo de
palo labrado con el cuchillo; el cañón estaba embutido en la fragua y
sujeto con ataduras á un piquete. Naturalmente, tirando y apretando
aquel aparato hasta aplastar los buches, el aire entraba y salía
produciendo el mismo efecto que cualquier otro fuelle.
Pensaba el tiempo que habría empleado yo con todos los recursos de
la civilización, si por necesidad ó afición á las artes liberales me
hubiese propuesto hacer un fuelle; se me ocurría que quizás habría
tenido que darme por derrotado, cuando un cautivo, blanco y rubio, de
doce á catorce años, entró en el galpón y después de saludarme con el
mayor respeto tratándome de _usía_, me dijo:
--Dice el cacique Ramón que si se le puede ver ya; que cómo ha pasado
la noche.
Le contesté que estaba á su disposición, que podía verme en el acto, si
quería, y que había dormido muy bien.
Salió el cautivo, y un momento después se presentó Ramón, vestido
como un paisano prolijo, aseado que daba gusto verle; sus manos
acostumbradas al trabajo, parecían las de un caballero, tenía las uñas
irreprochablemente limpias, ni cortas ni largas y redondeadas con
igualdad.
No estuvo ceremonioso.
Al contrario, me trató como á un antiguo conocido, me repitió que
aquella era mi casa, que dispusiera de él, me anunció que ya me iban á
traer el almuerzo, que más tarde me presentaría á su familia y me dejó
solo.
En seguida volvió, se sentó y trajeron el almuerzo.
Era lo consabido, puchero con zapallo, choclos, asado, etc.
Todo estaba hecho con el mayor esmero; hacía mucho tiempo que yo no
veía un caldo más rico.
Durante el almuerzo hablamos de agricultura y de ganadería.
El indio era entendido en todo.
Sus corrales eran grandes y bien hechos, sus sementeras vastas, sus
ganados mansos como ninguno.
Es fama que Ramón ama mucho á los cristianos; lo cierto es que en su
tribu es donde hay más.
Una de sus mujeres, en la que tiene tres hijos, es nada menos que doña
Fermina Zárate, de la Villa de la Carlota.
La cautivaron siendo joven, tendría veinte años; ahora ya es vieja.
¡Allí estaba la pobre!
Delante de ella, Ramón me dijo:
--La señora es muy buena, me ha acompañado muchos años, yo le estoy
muy agradecido, por eso le he dicho ya que puede salir cuando quiera
volverse á su tierra, donde está su familia.
Doña Fermina le miró con una expresión indefinible, con una mezcla
de cariño y de horror, de un modo que sólo una mujer observadora y
penetrante habría podido comprender, y contestó:
--Señor, Ramón es un buen hombre. ¡Ojalá todos fueran como él! Menos
sufrirían las cautivas. Yo, ¡para qué me he de quejar! Dios sabrá lo
que ha hecho.
Y esto diciendo se echó á llorar, sin recatarse.
Ramón dijo:
--Es muy buena la señora,--se levantó, salió, y me dejó solo con ella.
Doña Fermina Zárate no tiene nada de notable en su fisonomía; es un
tipo de mujer como hay muchas, aunque su frente y sus ojos revelan
cierta conformidad paciente con los decretos providenciales.
Está menos vieja de lo que ella se cree.
--¿Y por qué no se viene usted conmigo señora?--le dije.
--¡Ah! señor--me contestó con amargura--¿y qué voy á hacer yo entre los
cristianos?
--Para reunirse á su familia. Yo la conozco, está en la Carlota, todos
se acuerdan de usted con gran cariño y la lloran mucho.
--¿Y mis hijos, señor?
--Sus hijos...
--Ramón me deja salir á mí; porque realmente no es mal hombre, á mí al
menos me ha tratado bien, después que fuí madre. Pero mis hijos, mis
hijos no quiere que los lleve.
No me resolví á decirle: Déjelos usted, son el fruto de la violencia.
¡Eran sus hijos!
Ella prosiguió:
--Además, señor, ¿qué vida sería la mía entre los cristianos después de
tantos años que falto de mi pueblo? Yo era joven y buena moza cuando me
cautivaron. Y ahora ya ve, estoy vieja. Parezco cristiana, porque Ramón
me permite vestirme como ellas, pero vivo como india; francamente; me
parece que soy más india que cristiana, aunque creo en Dios, como que
todos los días le encomiendo mis hijos y mi familia.
--¿Á pesar de estar usted cautiva cree en Dios?
--¿Y él qué culpa tiene de que me agarraran los indios? la culpa la
tendrán los cristianos que no saben cuidar sus mujeres ni sus hijos.
No contesté; tan alta filosofía en boca de aquella mujer, la concubina
jubilada de aquel bárbaro, me humilló más que el soliloquio á propósito
del fuelle.
Una mujer joven y hermosa, demacrada, sucia y andrajosa se presentó
diciendo con tonada cordobesa:
--¿Usted será, mi señor, el coronel Mansilla?
--Yo soy, hija, ¿qué quiere usted?
--Vengo á pedirle que me haga el favor de hacer que los padrecitos me
den á besar el cordón de Nuestro Padre San Francisco.
--¡Pues no! con mucho gusto, y esto diciendo llamé á los santos varones.
Vinieron.
Al verlos entrar, la desdichada Petrona Jofré se postró de hinojos
ante ellos y con efusión ferviente tomó los cordones del padre Marcos,
después los del padre Moisés y los besó repetidas veces.
Los buenos franciscanos, viéndola tan angustiosa, la exhortaron, la
acariciaron paternalmente y consiguieron tranquilizarla, aunque no del
todo.
Sollozaba como una criatura.
Partía el corazón verla y oirla.
Calmóse poco á poco y nos relató la breve y tocante historia de sus
dolores.
Doña Fermina confirmaba todas sus referencias.
La vida de aquella desdichada de la Cañada Honda, mujer de Cruz Bustos,
era una verdadera _viacrucis_.
La tenía un indio malísimo llamado Carrapí.
Estaba frenéticamente enamorado de ella, y ella resistía con heroísmo á
su lujuria.
De ahí su martirio.
--Primero me he de dejar matar, ó lo he de matar yo, que hacer lo que
el indio quiere, decía con expresión enérgica y salvaje.
Doña Fermina meneaba la cabeza y exclamaba:
--¡Vea qué vida, señor!
Yo estaba desesperado.
¿Qué otro efecto puede producir la simpatía impotente?
Nada podía hacer por aquella desdichada, nada tenía que darle.
No me quedaba sino lo puesto.
Ni pañuelo de manos llevaba ya.
Doña Fermina me contó que Carrapí no quería venderla para que la
sacaran, y que un cristiano, por caridad, la andaba por comprar.
El indio pedía por ella veinte yeguas, sesenta pesos bolivianos, un
poncho de paño y cinco chiripáes colorados.
--¿Y quién es ese cristiano?--le pregunté.
--Crisóstomo--me contestó.
--¿Crisóstomo?...
--Sí, señor, Crisóstomo.
Crisóstomo era el hombre aquél que en Calcumuleu hubo de pasar á
caballo por entre los franciscanos: que tanto me exasperó, que me dió
de comer después y me relató su interesante historia.
Está visto: los malvados también tienen corazón.
Bien dice Pascal:
El hombre no es un ángel ni una bestia.
Es un ser indefinible, hace el mal por placer y goza con el bien.
En medio de todo es consolador.