UNA EXCURSIÓN
Á LOS INDIOS RANQUELES
I
Visita del cacique Ramón.--Un almuerzo y una conferencia en el toldo
de Mariano Rosas.--Mi futura ahijada.--Ideas de Mariano Rosas sobre el
gobierno de los indios comparado con el de los cristianos.--Reflexiones
al caso.--Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución.--El
pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la
ley.
Al día siguiente recibí la visita del cacique Ramón, que llegó con una
numerosa comitiva.
Charlamos duro y parejo, como se dice en la tierra; bebimos sendos
tragos á la usanza araucana, y quedamos apalabrados para vernos en la
raya de las tierras de Baigorrita, el día de la junta, que no tardaría
en tener lugar.
Bustos, el mestizo que tan buena voluntad me manifestó en Alliancó,
venía con él.
Le di algo de lo poco que me había quedado, y al cacique le regalé mi
revólver de veinte tiros, enseñándole el modo de servirse de él, cómo
se armaba y desarmaba. No pareció muy contento del arma. Es linda, me
dijo; pero aquí no nos sirven las cosas así, porque cuando se nos
acaban las balas no tenemos de dónde sacarlas.
Le prometí surtirlo de ellas, si teníamos la fortuna de observar fiel y
estrictamente la paz celebrada.
Me contestó que por su parte no omitiría esfuerzo en ese sentido,
apelando al testimonio de Bustos para probarme que él era muy amigo de
los cristianos. En la Carlota tengo parientes; mi madre era de allí, me
repitió varias veces, agregando siempre: ¡cómo no he de querer á los
cristianos si tengo su sangre!
Después que se marchó, mandé ver con el capitán Rivadavia si Mariano
Rosas estaba en disposición de que habláramos de nuestro asunto,--el
tratado de paz.
Mi viaje tenía por objeto orillar ciertas dificultades que surgían de
la forma en que había sido aceptado.
Me contestó que estaba á mis órdenes, que fuera á su toldo cuando
gustara.
No le hice esperar.
Entré en el toldo.
El hombre almorzaba rodeado de sus hijos y mujeres.
Se pusieron de pie todos, me saludaron atenta y respetuosamente, y
antes de que hubiera tenido tiempo de acomodarme en el asiento que
me designaron, me pusieron por delante un gran plato de madera con
mazamorra de leche muy bien hecha.
Me preguntaron si me gustaba así ó con azúcar.
Contesté que del último modo, y volando la trajeron en una bolsita de
tela pampa.
No había almorzado aún. Comí, pues, el plato de mazamorra sin
ceremonias.
Me ofrecieron más y acepté.
Mis aires francos, mis posturas primitivas, mis bromas con los
indiecitos y las chinas le hacían el mejor efecto al cacique.
--Usted ha de dispensar, hermano, me decía á cada momento.
Cuando le miraba fijamente, bajaba la cara, y cuando creía que yo no le
veía, me miraba de hito en hito.
Hablamos de una porción de cosas insignificantes, mientras duró la
mazamorra, que á eso sólo se redujo el almuerzo.
Meses antes, por cartas me había invitado para que nos hiciéramos
compadres.
Me presentó á mi futura ahijada.
Era una chinita como de siete años, hija de cristiana.
Más predominaba en ella el tipo español que el araucano.
La senté en mis rodillas y la acaricié, no era huraña.
Por fin, entramos á hablar de las paces, como se dice allí.
Mariano fué quien tomó la palabra.
--Yo, hermano, quiero la paz porque sé trabajar y tengo lo bastante
para mi familia cuidándolo. Algunos no la han querido; pero les he
hecho entender que nos conviene. Si me he tardado tanto en aceptar
lo que usted me proponía, ha sido porque tenía muchas voluntades que
consultar.
En esta tierra el que gobierna no es como entre los cristianos.
Allí manda el que manda y todos obedecen.
Aquí, hay que arreglarse primero con los otros caciques, con los
capitanejos, con los hombres antiguos. Todos son libres y todos son
iguales.
Como se ve, para Mariano Rosas nosotros vivimos en plena dictadura y
los indios en plena democracia.
No creí necesario corregir sus ideas.
Por otra parte me hubiera visto un tanto atado para demostrarle
y probarle que el Gobierno, la autoridad, el poder, la fuerza
disciplinada y organizada no son omnipotentes en nuestra turbulenta
república.
Aquí donde todos los días declamamos sobre la necesidad de prestigiar,
robustecer y rodear al poder, siendo así que el hecho histórico
persistente, enseña á todos los que tienen ojos y quieren ver, que la
mayor parte de nuestras desgracias provienen del abuso de autoridad.
Recién vamos adquiriendo conciencia de nuestra personalidad; recién
va encarnándose en las muchedumbres, cuya aspiración ardiente es
conquistar y afianzar la libertad racional sobre los inamovibles
quicios de la eterna justicia; recién vamos convenciéndonos de que lo
que se llama soberanía popular es el ejercicio y la práctica del santo
derecho; recién vamos entendiendo que el pueblo es todo, y que así como
nadie puede reivindicar el honroso título de caballero si deja que se
juegue con su dignidad personal, así también la entidad colectiva no
puede enorgullecerse de sus conquistas morales, de sus progresos, de su
civilización, si dócil y sumisa, irresoluta y cobarde se deja uncir al
carro del poder para arrastrarlo según su capricho.
Por más entendido que fuera Mariano Rosas, ¿á qué había de perder
tiempo en disertaciones políticas con él?
Como yo era en aquellos momentos un embajador (sic), y como siendo uno
embajador debe tomar las cosas á lo serio, después de algunas palabras
encomiando su conducta entré á explicar que el tratado de paz debiendo
ser sometido á la aprobación del Congreso, no podía ser puesto en
ejercicio inmediatamente.
Me valí para que el indio comprendiera lo que es Poder Ejecutivo,
Parlamento, Presupuesto y otras hierbas, de figuras de retórica
campesinas. Y sea que estuve inspirado, cosa que no me suele
suceder,--no recuerdo haberlo estado más que una vez, cuando renuncié
á estudiar la guitarra, convencido de la depresión frenológica que
puede notarse observando en mi cráneo el órgano de los tonos,--y sea
que estuve inspirado, decía, el hecho es de que Mariano Rosas se
edificó.
Me convencieron de ello sus bostezos.
Podía quedarse dormido si continuaba haciendo gala de mis talentos
oratorios, de mis conocimientos en la ciencia del derecho
constitucional, de las seducciones que el hombre civilizado cree
siempre tener para el bárbaro.
Me resolví, pues, á hacerle esta interpelación:
--¿Y qué le parece, hermano, lo que le he dicho?
--¡Qué me ha de parecer! que estando firmado el tratado por el
Presidente, que es el que manda, nos costará mucho hacerles entender á
los otros indios eso que usted me ha estado explicando.
--Haremos--continuó,--una junta grande, y en ella entre usted y yo,
diremos lo que hay.
--Mientras tanto, hermano, cuente conmigo para ayudarlo en todo.
--Yo cuento con usted, porque veo que si no quisiera á los indios no
habría venido á esta tierra.
Le contesté, como era de esperarse, asegurándole que el Presidente
de la República era un hombre muy bueno; que se había envejecido
trabajando para que se educaran todos los niños chicos de mi tierra;
que no les había de abandonar á su ignorancia; que por carácter y
por tendencias era hombre manso, que no amaba á la guerra; y que por
otra parte, la Constitución le mandaba al Congreso _conservar el
tratado pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al
catolicismo_; que el Congreso le había de dar al Presidente toda la
plata que necesitase para esas cosas, y que como eran muy amigos no se
habían de pelear si pensaban de distinto modo, porque los dos juntos
gobernaban el país.
--Y dígame, hermano--me preguntó;--¿cómo se llama el Presidente?
--Domingo F. Sarmiento.
--¿Y es amigo suyo?
--Muy amigo.
--Y si dejan de ser amigos, ¿cómo andarán las paces con nosotros que ha
hecho usted?
--Pero bien, no más, hermano, porque yo no puedo pelearme con el
Presidente, aunque me castigue. Yo no soy más que un triste coronel, y
mi obligación es obedecer.
El Presidente tiene mucho poder, él manda todo el ejército. Además,
si yo me voy, vendrá otro jefe, y ese jefe tendrá que hacer lo que le
mande el general Arredondo, que es de quien dependo yo.
--¿Arredondo es amigo del Presidente?
--Muy amigo.
--¿Más amigo que usted?
--Eso no le puedo decir, hermano, porque, como usted sabe, la amistad
no se mide, se prueba.
--Y dígame, hermano, ¿cómo se llama la Constitución?
Aquí se me quemaron los libros. Y, sin embargo, si el Presidente podía
llamarse D. F. Sarmiento, ¿por qué para aquel bárbaro, la Constitución,
no se había de llamar de algún otro modo también?
Me vi en figurillas.
--La Constitución, hermano... La Constitución... se llama así no más,
pues, Constitución.
--¿Entonces, no tiene nombre?
--Ése es el nombre.
--¿Entonces no tiene más que un nombre, y el Presidente tiene dos?
--Sí.
--¿Y es buena ó mala la Constitución?
--Hermano, los unos dicen que sí, y los otros dicen que no.
--¿Y usted es amigo de la Constitución?
--Muy amigo, por supuesto.
--¿Y Arredondo?
--También.
--¿Y cuál de los dos es más amigo de la Constitución?
--Los dos somos muy amigos de ella.
--¿Y el Congreso, cómo se llama?
--El Congreso... el Congreso... se llama Congreso.
--¿Entonces no tiene más que un solo nombre, lo mismo que la otra?
--Uno sólo, sí.
--¿Y es bueno ó es malo el Congreso?
--(¡Hum!)
Confieso que esta pregunta me dejó perplejo. Pero había que contestar.
Hice mis cálculos para responder en conciencia, y cuando iba á hacerlo,
dos perros que andaban por allí se echaron sobre un hueso y armaron una
singuizarra infernal, interrumpiendo el diálogo.