Epílogo 321

UNA EXCURSIÓN

Á LOS INDIOS RANQUELES

I

Visita del cacique Ramón.--Un almuerzo y una conferencia en el toldo

de Mariano Rosas.--Mi futura ahijada.--Ideas de Mariano Rosas sobre el

gobierno de los indios comparado con el de los cristianos.--Reflexiones

al caso.--Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución.--El

pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la

ley.

Al día siguiente recibí la visita del cacique Ramón, que llegó con una

numerosa comitiva.

Charlamos duro y parejo, como se dice en la tierra; bebimos sendos

tragos á la usanza araucana, y quedamos apalabrados para vernos en la

raya de las tierras de Baigorrita, el día de la junta, que no tardaría

en tener lugar.

Bustos, el mestizo que tan buena voluntad me manifestó en Alliancó,

venía con él.

Le di algo de lo poco que me había quedado, y al cacique le regalé mi

revólver de veinte tiros, enseñándole el modo de servirse de él, cómo

se armaba y desarmaba. No pareció muy contento del arma. Es linda, me

dijo; pero aquí no nos sirven las cosas así, porque cuando se nos

acaban las balas no tenemos de dónde sacarlas.

Le prometí surtirlo de ellas, si teníamos la fortuna de observar fiel y

estrictamente la paz celebrada.

Me contestó que por su parte no omitiría esfuerzo en ese sentido,

apelando al testimonio de Bustos para probarme que él era muy amigo de

los cristianos. En la Carlota tengo parientes; mi madre era de allí, me

repitió varias veces, agregando siempre: ¡cómo no he de querer á los

cristianos si tengo su sangre!

Después que se marchó, mandé ver con el capitán Rivadavia si Mariano

Rosas estaba en disposición de que habláramos de nuestro asunto,--el

tratado de paz.

Mi viaje tenía por objeto orillar ciertas dificultades que surgían de

la forma en que había sido aceptado.

Me contestó que estaba á mis órdenes, que fuera á su toldo cuando

gustara.

No le hice esperar.

Entré en el toldo.

El hombre almorzaba rodeado de sus hijos y mujeres.

Se pusieron de pie todos, me saludaron atenta y respetuosamente, y

antes de que hubiera tenido tiempo de acomodarme en el asiento que

me designaron, me pusieron por delante un gran plato de madera con

mazamorra de leche muy bien hecha.

Me preguntaron si me gustaba así ó con azúcar.

Contesté que del último modo, y volando la trajeron en una bolsita de

tela pampa.

No había almorzado aún. Comí, pues, el plato de mazamorra sin

ceremonias.

Me ofrecieron más y acepté.

Mis aires francos, mis posturas primitivas, mis bromas con los

indiecitos y las chinas le hacían el mejor efecto al cacique.

--Usted ha de dispensar, hermano, me decía á cada momento.

Cuando le miraba fijamente, bajaba la cara, y cuando creía que yo no le

veía, me miraba de hito en hito.

Hablamos de una porción de cosas insignificantes, mientras duró la

mazamorra, que á eso sólo se redujo el almuerzo.

Meses antes, por cartas me había invitado para que nos hiciéramos

compadres.

Me presentó á mi futura ahijada.

Era una chinita como de siete años, hija de cristiana.

Más predominaba en ella el tipo español que el araucano.

La senté en mis rodillas y la acaricié, no era huraña.

Por fin, entramos á hablar de las paces, como se dice allí.

Mariano fué quien tomó la palabra.

--Yo, hermano, quiero la paz porque sé trabajar y tengo lo bastante

para mi familia cuidándolo. Algunos no la han querido; pero les he

hecho entender que nos conviene. Si me he tardado tanto en aceptar

lo que usted me proponía, ha sido porque tenía muchas voluntades que

consultar.

En esta tierra el que gobierna no es como entre los cristianos.

Allí manda el que manda y todos obedecen.

Aquí, hay que arreglarse primero con los otros caciques, con los

capitanejos, con los hombres antiguos. Todos son libres y todos son

iguales.

Como se ve, para Mariano Rosas nosotros vivimos en plena dictadura y

los indios en plena democracia.

No creí necesario corregir sus ideas.

Por otra parte me hubiera visto un tanto atado para demostrarle

y probarle que el Gobierno, la autoridad, el poder, la fuerza

disciplinada y organizada no son omnipotentes en nuestra turbulenta

república.

Aquí donde todos los días declamamos sobre la necesidad de prestigiar,

robustecer y rodear al poder, siendo así que el hecho histórico

persistente, enseña á todos los que tienen ojos y quieren ver, que la

mayor parte de nuestras desgracias provienen del abuso de autoridad.

Recién vamos adquiriendo conciencia de nuestra personalidad; recién

va encarnándose en las muchedumbres, cuya aspiración ardiente es

conquistar y afianzar la libertad racional sobre los inamovibles

quicios de la eterna justicia; recién vamos convenciéndonos de que lo

que se llama soberanía popular es el ejercicio y la práctica del santo

derecho; recién vamos entendiendo que el pueblo es todo, y que así como

nadie puede reivindicar el honroso título de caballero si deja que se

juegue con su dignidad personal, así también la entidad colectiva no

puede enorgullecerse de sus conquistas morales, de sus progresos, de su

civilización, si dócil y sumisa, irresoluta y cobarde se deja uncir al

carro del poder para arrastrarlo según su capricho.

Por más entendido que fuera Mariano Rosas, ¿á qué había de perder

tiempo en disertaciones políticas con él?

Como yo era en aquellos momentos un embajador (sic), y como siendo uno

embajador debe tomar las cosas á lo serio, después de algunas palabras

encomiando su conducta entré á explicar que el tratado de paz debiendo

ser sometido á la aprobación del Congreso, no podía ser puesto en

ejercicio inmediatamente.

Me valí para que el indio comprendiera lo que es Poder Ejecutivo,

Parlamento, Presupuesto y otras hierbas, de figuras de retórica

campesinas. Y sea que estuve inspirado, cosa que no me suele

suceder,--no recuerdo haberlo estado más que una vez, cuando renuncié

á estudiar la guitarra, convencido de la depresión frenológica que

puede notarse observando en mi cráneo el órgano de los tonos,--y sea

que estuve inspirado, decía, el hecho es de que Mariano Rosas se

edificó.

Me convencieron de ello sus bostezos.

Podía quedarse dormido si continuaba haciendo gala de mis talentos

oratorios, de mis conocimientos en la ciencia del derecho

constitucional, de las seducciones que el hombre civilizado cree

siempre tener para el bárbaro.

Me resolví, pues, á hacerle esta interpelación:

--¿Y qué le parece, hermano, lo que le he dicho?

--¡Qué me ha de parecer! que estando firmado el tratado por el

Presidente, que es el que manda, nos costará mucho hacerles entender á

los otros indios eso que usted me ha estado explicando.

--Haremos--continuó,--una junta grande, y en ella entre usted y yo,

diremos lo que hay.

--Mientras tanto, hermano, cuente conmigo para ayudarlo en todo.

--Yo cuento con usted, porque veo que si no quisiera á los indios no

habría venido á esta tierra.

Le contesté, como era de esperarse, asegurándole que el Presidente

de la República era un hombre muy bueno; que se había envejecido

trabajando para que se educaran todos los niños chicos de mi tierra;

que no les había de abandonar á su ignorancia; que por carácter y

por tendencias era hombre manso, que no amaba á la guerra; y que por

otra parte, la Constitución le mandaba al Congreso _conservar el

tratado pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al

catolicismo_; que el Congreso le había de dar al Presidente toda la

plata que necesitase para esas cosas, y que como eran muy amigos no se

habían de pelear si pensaban de distinto modo, porque los dos juntos

gobernaban el país.

--Y dígame, hermano--me preguntó;--¿cómo se llama el Presidente?

--Domingo F. Sarmiento.

--¿Y es amigo suyo?

--Muy amigo.

--Y si dejan de ser amigos, ¿cómo andarán las paces con nosotros que ha

hecho usted?

--Pero bien, no más, hermano, porque yo no puedo pelearme con el

Presidente, aunque me castigue. Yo no soy más que un triste coronel, y

mi obligación es obedecer.

El Presidente tiene mucho poder, él manda todo el ejército. Además,

si yo me voy, vendrá otro jefe, y ese jefe tendrá que hacer lo que le

mande el general Arredondo, que es de quien dependo yo.

--¿Arredondo es amigo del Presidente?

--Muy amigo.

--¿Más amigo que usted?

--Eso no le puedo decir, hermano, porque, como usted sabe, la amistad

no se mide, se prueba.

--Y dígame, hermano, ¿cómo se llama la Constitución?

Aquí se me quemaron los libros. Y, sin embargo, si el Presidente podía

llamarse D. F. Sarmiento, ¿por qué para aquel bárbaro, la Constitución,

no se había de llamar de algún otro modo también?

Me vi en figurillas.

--La Constitución, hermano... La Constitución... se llama así no más,

pues, Constitución.

--¿Entonces, no tiene nombre?

--Ése es el nombre.

--¿Entonces no tiene más que un nombre, y el Presidente tiene dos?

--Sí.

--¿Y es buena ó mala la Constitución?

--Hermano, los unos dicen que sí, y los otros dicen que no.

--¿Y usted es amigo de la Constitución?

--Muy amigo, por supuesto.

--¿Y Arredondo?

--También.

--¿Y cuál de los dos es más amigo de la Constitución?

--Los dos somos muy amigos de ella.

--¿Y el Congreso, cómo se llama?

--El Congreso... el Congreso... se llama Congreso.

--¿Entonces no tiene más que un solo nombre, lo mismo que la otra?

--Uno sólo, sí.

--¿Y es bueno ó es malo el Congreso?

--(¡Hum!)

Confieso que esta pregunta me dejó perplejo. Pero había que contestar.

Hice mis cálculos para responder en conciencia, y cuando iba á hacerlo,

dos perros que andaban por allí se echaron sobre un hueso y armaron una

singuizarra infernal, interrumpiendo el diálogo.

Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · 第 10 / 47 题