Traduciendo según el método empleado, obtenemos:
.good,
lo que nos prueba que la primera letra es una _A_, y que las dos
primeras palabras son _A good_ (Un buen).
Es tiempo ya de arreglar nuestra clave en forma tabular, según lo que
hemos descubierto, para evitar confusión. Resulta así:
El 5 representa la a
[cr] " " d
8 " " e
3 " " g
4 " " h
6 " " i
* " " n
[crd] " " o
( " " r
; " " t
? " " u
Tenemos representadas, por consiguiente, nada menos que once de las
letras más importantes, y es inútil proseguir relatando los detalles de
la solución. Lo que he dicho basta para demostraros que claves de esta
naturaleza pueden ser descifradas fácilmente, y daros a la vez una idea
de su desenvolvimiento racional. Podéis estar seguro de que el ejemplar
que tenemos ante los ojos pertenece a la especie más sencilla de
jeroglíficos. Sólo me resta ahora facilitaros la traducción completa de
los caracteres trazados en el pergamino, tal como yo la he solucionado.
Hela aquí:
Un buen vidrio desde el hotel del obispo en el asiento del diablo
cuarenta y un grados trece minutos norte nordeste tronco principal
séptima rama este tiro por el ojo izquierdo de la calavera línea
recta desde el árbol siguiendo el tiro cincuenta pies.
--Pero el enigma continúa en tan mala condición como antes,--dije
yo.--¿Cómo es posible extraer ningún significado a toda esta jerga de
_asientos del diablo, calaveras y hoteles de obispos?_
--Hay que confesar,--repuso Legrand,--que el asunto reviste aspecto
grave, si se le considera con mirada superficial. Así, mi primera
tentativa fué dividir esta oración en las frases imaginadas naturalmente
por el autor del jeroglífico.
--¿Puntuarla, queréis decir?
--Algo por el estilo.
--Pero ¿cómo era posible realizarlo?
--Reflexioné que el escritor había corrido las palabras unas tras otras
sin división alguna _intencionalmente_ para aumentar las dificultades de
la solución y que, una vez en este terreno, un hombre no muy avisado se
sentiría predispuesto verosímilmente a exagerar la precaución. Cuando en
el curso de su composición llegara al final de una frase que
naturalmente requiriese un punto o una pausa, inclinaríase más bien a
trazar sus caracteres más juntos allí que en cualquiera otra parte. Si
observáis el manuscrito, encontraréis cinco casos de amontonamiento
mayor de lo acostumbrado. Actuando bajo esta sugestión, hice la división
como sigue:
Un buen vidrio desde el hotel del obispo en el asiento del
diablo--cuarenta y un grados trece minutos--norte nordeste--tronco
principal, séptima rama este--tiro por el ojo izquierdo de la
calavera--línea recta desde el árbol siguiendo el tiro cincuenta
pies.
--A pesar de la división me quedo a obscuras,--dije.
--También me dejó a mí a obscuras por algunos días,--replicó
Legrand--durante los cuales practiqué pesquisas diligentes en los
alrededores de la isla de Súllivan tratando de averiguar si existía
algún edificio conocido por el nombre de "Hotel del Obispo." No habiendo
obtenido informe alguno sobre este punto, me preparaba a extender la
esfera de investigación procediendo en forma metódica cuando una mañana
me entró en la cabeza repentinamente la idea de que "Hotel del Obispo"
podía referirse a una antigua familia llamada Bessop,[3] que desde
tiempo inmemorial había poseído una antigua casa solariega a cuatro
millas aproximadamente hacia el norte de la isla. Me dirigí, en
consecuencia, a aquella posesión y recomencé mis pesquisas entre los
negros más viejos del lugar. Al fin una de las mujeres más ancianas
dijo que había oído hablar de un sitio llamado el "Castillo de Bessop" y
que podía guiarme hasta allá, pero que aquello no era castillo ni
hostería sino una roca muy escarpada.
Ofrecí pagarle bien, y después de alguna vacilación consintió en
acompañarme hasta aquel paraje. Lo encontramos con gran dificultad; y
luego que la hube despachado, procedí al examen del lugar. El _castillo_
consistía en un amontonamiento irregular de rocas, entre las cuales se
destacaba una, tanto por su altura como por su posición aislada y su
forma artificial. La escalé hasta la cumbre, sintiéndome luego
completamente desorientado acerca de lo que debería emprender a
continuación.
--Mientras me hallaba hundido en mis reflexiones cayeron mis ojos sobre
un estrecho borde en la pared oriental de la roca, quizá a una yarda más
abajo del sitio en que me hallaba colocado en la cima. Este borde se
proyectaba cerca de dieciocho pulgadas y no tenía más que un pie de
ancho, mientras que un nicho labrado en el peñasco justamente sobre
aquella parte saliente le hacía asemejarse rústicamente a uno de
aquellos asientos de respaldar cóncavo que usaban nuestros antecesores.
No tuve la menor duda de que aquel era el "asiento del diablo" a que
aludía el manuscrito, y de que me apoderaba así de todo el secreto del
enigma.
Comprendía que el "buen vidrio" no podía referirse a otra cosa que a un
telescopio, porque la palabra _vidrio_ rara vez se emplea por los
marinos en otro sentido. De allí deduje inmediatamente que era
necesario usar un telescopio y que existía determinado punto de vista,
_que no admitía variación_, desde el cual debía usarse. Tampoco vacilé
un momento en la certidumbre de que las frases "cuarenta y un grados
trece minutos" y "norte nordeste," se indicaban como la dirección en que
había de nivelarse el telescopio. Excitado en gran manera por estos
descubrimientos, corrí a la casa, me procuré un anteojo y regresé a la
roca.
Dejéme caer en el borde saliente y encontré que era imposible sentarse a
no ser en cierta posición particular. Este hecho confirmó mis
conjeturas. Procedí a emplear el telescopio. Por supuesto los "cuarenta
y un grados y trece minutos" sólo podían aludir a la altura sobre el
horizonte visible, puesto que la dirección horizontal estaba claramente
indicada por las palabras "norte nordeste." Establecí esta dirección por
medio de una brújula de bolsillo; y enderezando el telescopio en ángulo
de cuarenta y un grados de elevación, tan aproximado como era posible
calcular, lo moví cautelosamente arriba y abajo hasta que atrajo mi
atención una hendedura circular o abertura en el follaje de cierto árbol
elevado que sobresalía entre todos sus compañeros a la distancia. En el
centro de esta abertura aparecía una mancha blanca cuya naturaleza no
pude discernir de pronto. Ajustando el lente del telescopio, miré otra
vez, y entonces advertí que era un cráneo humano.
Ante tal descubrimiento sentí la confianza total de haber solucionado el
enigma; porque la frase "tronco principal, séptima rama este" podía
referirse únicamente a la posición del cráneo en el árbol; en tanto que
"tiro por el ojo izquierdo de la calavera" admitía asimismo sólo una
interpretación con referencia a la manera de encontrar el tesoro
enterrado. Comprendí que la indicación era arrojar un objeto pesado por
el ojo izquierdo de la calavera, y que una línea recta tirada desde el
punto más cercano del árbol siguiendo el _tiro_, o sea el sitio donde el
proyectil hubiera caído, y extendida a cincuenta pies de distancia,
indicaría un lugar determinado; y en aquel lugar determinado pensé yo
que era por lo menos _posible_ que existiera algún depósito valioso.
--Todo esto está admirablemente claro,--dije,--y aun cuando muy
ingenioso, es sencillo y explícito. ¿Qué hicisteis luego de haber dejado
el "Hotel del Obispo?"
--Bien; anoté cuidadosamente los detalles del árbol y regresé a la casa.
Apenas abandoné el "asiento del diablo," desvanecióse la abertura
circular, y no pude volver a encontrarla por más que me volviera en uno
u otro sentido. Lo que representa para mí el ingenio mayor en todo este
asunto es el hecho, del cual he llegado a convencerme por repetidos
ensayos, de que el espacio abierto circular en cuestión no es visible de
ningún otro punto sino de aquel que procura el estrecho borde sobre el
frente de la roca.
En esta expedición al "Hotel del Obispo" estuve acompañado de Júpiter
quien había observado indudablemente la abstracción de mis maneras en
las últimas semanas y tenía gran cuidado de no dejarme solo. Pero al
día siguiente logré escapar a su vigilancia levantándome muy temprano y
me largué a las colinas en busca del árbol. Después de mucho trabajo
logré encontrarlo. Cuando volví a casa por la noche, mi criado se
proponía administrarme una corrección. El resto de la aventura lo
conocéis tan bien como yo.
--Imagino,--dije,--que en la primera tentativa de excavación errasteis
el sitio por la estupidez de Júpiter de hacer caer el insecto por el ojo
derecho de la calavera en vez del izquierdo.
--Precisamente. Este error nos daba una diferencia de dos pulgadas y
media en el sitio del _tiro_, es decir, en la posición de la estaca que
quedaba cerca del árbol. Si el tesoro hubiera estado enterrado bajo el
_tiro_, la diferencia habría sido de poca monta, pero aquel punto y el
punto más cercano del árbol servían sólo para establecer una línea de
dirección; de consiguiente, el error, aunque insignificante al
principio, aumentaba conforme avanzaba la línea, de manera que al llegar
a los cincuenta pies estábamos completamente fuera de la pista. De no
haber tenido mis convicciones bien sentadas de que existía un tesoro
enterrado por cualquier parte en los alrededores, toda nuestra labor
habría sido en vano.
--¡Pero vuestra grandilocuencia y vuestras maneras haciendo revolotear
el insecto eran tan extraordinarias! Yo estaba seguro de que habíais
perdido el juicio. Y luego ¿por qué insistir en que Júpiter dejara caer
el escarabajo en vez de una bala por el ojo de la calavera?
--¡Ah! Vamos, si he de hablar con franqueza; sentíame algo molesto por
vuestras evidentes sospechas respecto al estado de mi razón, y resolví
castigaros suavemente, a mi manera, tratando de embrollaros y
desconcertaros un poquillo. Por esto hacía revolotear al escarabajo y
ordené a Júpiter que lo arrojara desde el árbol. Una observación vuestra
acerca de su gran peso me sugirió esta última idea.
--Sí, comprendo; y ahora sólo resta un punto por dilucidar. ¿Qué hemos
de creer con respecto de los esqueletos hallados en la excavación?
--En esta materia no estoy más adelantado que vos mismo. La única forma
plausible de explicación, aun cuando sea horrible pensar en atrocidad
semejante, es que Kidd (dado que fuera él quien ocultó este tesoro, lo
que para mí está fuera de duda) debió tener alguien que lo ayudara en
esta empresa. Pero, concluída la labor, juzgó quizá conveniente eliminar
a todos los testigos del secreto. Probablemente bastaron dos golpes de
azadón mientras sus coadjutores estaban ocupados en el fondo del
agujero; quizá si necesitó una docena, ¿quién podría asegurarlo?