¿Por qué no habéis venido en tanto tiempo? Espero que no seréis tan
bobo de ofenderos por mis pequeños arranques; no, eso no es
posible.
Desde que no os he visto tengo grandes motivos de ansiedad.
Necesito deciros algo, pero apenas sé en qué forma podría hacerlo y
ni siquiera si debería decíroslo.
No he estado muy bien en los últimos días y el pobre viejo Júpiter
me ha aburrido más de lo que es posible soportar con sus ingenuas
atenciones. ¿Lo creeríais? Había preparado un gran palo el otro día
para castigarme por habérmele escapado y haber pasado la jornada
solo, en las colinas de la isla. Creo, en verdad, que únicamente mi
aspecto de enfermo me salvó de la azotaina.
No he agregado nada a mi colección desde la última vez que nos
vimos.
Si podéis arreglarlo sin inconveniente, venid con Júpiter. _Venid_.
Necesito veros _esta noche_ para un asunto de importancia. Os
aseguro que es de la _mayor_ importancia.
Vuestro afectísimo
WÍLLIAM LEGRAND.
Algo había en el tono de la carta que me produjo gran inquietud. Su
estilo difería por completo del que acostumbraba Legrand. ¿En qué
estaría soñando? ¿Qué nueva extravagancia se había apoderado de su
excitable cerebro? ¿Cuál podía ser aquel "asunto de gran importancia"
que necesitara él definir? Las noticias de Júpiter a su respecto no
auguraban nada bueno. Temí que quizá el peso continuo de la desgracia
hubiera al fin trastornado la mente de mi amigo. En consecuencia, sin un
instante de vacilación me preparé a acompañar al negro.
Al llegar al embarcadero advertí una hoz y tres azadas, nuevas en
apariencia, colocadas en el fondo del bote que debíamos ocupar.
--¿Qué significa esto, Jup?--pregunté.
--Son una hoz y unas azadas, patrón.
--No cabe duda; pero ¿qué hacen aquí?
--Son una hoz y unas azadas que amo Will me mandó que le comprara en la
ciudad y que por má señas he tenío que largar un montón de plata po eso.
--Pero, en nombre de todo lo misterioso, ¿qué va a hacer "amo Will" con
azadas y con hoces?
--¡Ah! Eso sí que no sé y ¡el diablo cargue conmigo si el amo sabe má
que yo! Pá mí que tó é por la cucaracha.--
Viendo que no podía satisfacer mi curiosidad con las respuestas de
Júpiter, cuyo intelecto parecía completamente absorbido por el
escarabajo, abordé el bote y nos dimos a la vela. Empujados por brisa
poderosa y favorable arribamos pronto a la pequeña ensenada al norte del
fuerte de Moultrie y una caminata de dos millas nos condujo a la cabaña.
Era cerca de las tres de la tarde cuando llegamos, y Legrand nos
aguardaba en ansiosa expectación. Oprimió mi mano con vivacidad nerviosa
que me alarmó robusteciendo las sospechas que habían ya acudido a mi
mente. Su semblante tenía palidez cadavérica y sus ojos, hundidos en las
cuencas, brillaban con lustre sobrenatural. Después de algunas preguntas
acerca de su salud preguntéle, no sabiendo cosa mejor que decir, si no
había recuperado aún su escarabajo del teniente G.----
--¡Oh, sí!--replicó, enrojeciendo violentamente.--Lo recogí al siguiente
día. Nada podría decidirme a separarme de este escarabajo. ¿Sabéis que
Júpiter tenía razón en sus apreciaciones?
--¿A qué respecto?--pregunté, sintiendo mi corazón llenarse de tristes
presentimientos.
--Suponiendo que era un insecto de _oro verdadero_.--
Dijo esto con aire de profunda gravedad, y yo me sentí indeciblemente
contristado.
--Este insecto hará mi fortuna,--continuó con sonrisa triunfante;--me
reinstalará en mis posesiones de familia. ¿Qué de extraño tiene,
entonces, que yo lo aprecie en grado sumo? Desde que la Fortuna ha
creído oportuno concederme sus dones en esta forma, sólo me resta usar
de ellos debidamente para llegar a la riqueza que es su culminación.
¡Júpiter, tráeme el escarabajo!
--¡Qué! ¿La cucaracha, patrón? No quío buscale camorra a ese bicho; mejó
que uté mimo lo agarre.--
A lo cual levantóse Legrand con aire grave y majestuoso y me presentó el
insecto que sacó de una caja de cristal en que lo tenía encerrado. Era,
en verdad, un hermoso escarabajo, desconocido por aquel tiempo a los
naturalistas y, por consiguiente, un gran hallazgo desde el punto de
vista científico. Tenía dos manchas negras en el extremo anterior del
lomo y otra, más grande, en el extremo posterior. Las escamas eran
excesivamente duras y brillantes, con toda la apariencia del oro
bruñido. El peso del insecto era notable y, tomando todas estas cosas en
consideración, apenas podía yo reprochar a Júpiter sus opiniones al
respecto; pero lo que inclinaba a Legrand a asentir con esta idea no
podía comprenderlo, por vida mía.
--He enviado a buscaros,--dijo en tono grandilocuente cuando terminé el
examen del insecto,--he enviado a buscaros porque necesito vuestros
consejos y vuestra asistencia para llevar a cabo los designios de la
suerte y del escarabajo....
--Mi querido Legrand,--exclamé interrumpiéndole,--seguramente no os
sentís bien, y es preferible que toméis algunas ligeras precauciones.
Acostaos, y yo permaneceré aquí algunos días hasta que os encontréis
mejor. Estáis febril y....
--Tomadme el pulso,--dijo mi amigo.
Hícelo así, y a decir verdad no encontré la más ligera alteración.
--Pero podéis estar enfermo aun sin tener fiebre. Permitidme recetaros
por esta vez. En primer lugar, poneos en cama; en segundo....
--Estáis equivocado,--interrumpió.--Me encuentro tan bien como puedo
estarlo bajo la excitación que me aqueja. Si tenéis realmente algún
interés por mí, aliviaréis esta excitación.
--¿De qué manera puedo hacerlo?
--Muy fácilmente. Júpiter y yo vamos a emprender una expedición a las
colinas de la isla, y necesitamos en dicha empresa la cooperación de
alguien en quien podamos confiar absolutamente. Vos sois el único en
quien yo depositaría mi confianza. Ya tengamos éxito o fracasemos,
desaparecerá la agitación que ahora advertís en mí.
--Deseo muchísimo complaceros en cualquier sentido,--repliqué;--pero
¿significa esto que el infernal escarabajo tiene alguna conexión con
vuestra expedición a las colinas?
--La tiene.
--En tal caso, Legrand, no puedo prestarme a proceder tan absurdo.
--Lo siento, lo siento mucho; porque tendremos que ensayarlo solos.
--¡Ensayarlo solos! ¡Este hombre está loco seguramente! Pero ¡aguardad!
¿Cuánto tiempo os proponéis ausentaros?
--Probablemente toda la noche. Saldremos en este instante y estaremos de
vuelta al alba en todo caso.
--¿Y me prometéis, por vuestro honor, que una vez satisfecha esta
fantasía y resuelto a vuestra satisfacción el asunto del escarabajo,
¡gran Dios! volveréis a casa y seguiréis implícitamente mis consejos
como si fuera vuestro médico?
--Sí; lo prometo; y ahora partamos inmediatamente porque no hay tiempo
que perder.
Acompañé a mi amigo con el corazón oprimido. Salimos a eso de las
cuatro, Legrand, Júpiter, el perro y yo, cargando Júpiter con la hoz y
las azadas que insistió en llevar él mismo, más por temor de dejar
aquellos instrumentos al alcance de su amo que por exceso de actividad o
complacencia, a lo que pude presumir. Su actitud era terriblemente
suspicaz, y las palabras "condenado insecto" fueron las únicas que se
escaparon de sus labios durante todo el trayecto. Por mi parte me había
encargado de dos linternas sordas, mientras Legrand se contentaba con el
escarabajo que llevaba atado al extremo del cordel de un látigo,
haciéndolo girar a uno y otro lado con aires de hechicero conforme
avanzábamos. Cuando pude observar esta última y evidente muestra de la
aberración mental de mi amigo apenas me fué posible retener las
lágrimas. Pensé, sin embargo, que era mejor seguir sus fantasías al
menos por el momento hasta que se presentara la oportunidad de adoptar
medidas más enérgicas con probabilidades de éxito. Me propuse al mismo
tiempo, aunque sin resultado, sondearle acerca del objeto de la
expedición. Habiendo logrado inducirme a acompañarle, no parecía desear
sostener conversación sobre tópicos de menor importancia, y a todas mis
preguntas se dignaba responder tan sólo: "¡Ya veremos!"
Cruzamos en un esquife el canal que separaba la isla y, ascendiendo las
colinas de la playa del continente, seguimos en dirección noroeste a
través de una comarca excesivamente salvaje y desolada donde no existía
traza de seres humanos. Legrand guiaba con decisión, deteniéndose
únicamente de vez en cuando para consultar ciertas señales que en
apariencia había colocado él mismo en alguna excursión preliminar.
De esta manera avanzamos durante cerca de dos horas, y precisamente a la
caída del sol penetramos en una región infinitamente más lúgubre que
todo lo que habíamos atravesado hasta entonces. Era una especie de
meseta cerca de la cima de una eminencia casi inaccesible, cubierta de
densa arboleda desde la base hasta la cumbre y sembrada de enormes
peñascos que parecían yacer desprendidos sobre el terreno, evitando en
muchos casos precipitarse a los hondos valles debido simplemente al
apoyo de los árboles contra los cuales descansaban. Quebradas profundas,
que partían en diversas direcciones, prestaban todavía un aire de
solemnidad más agreste a la escena.
La plataforma natural hasta donde nos habíamos encaramado estaba erizada
de espesas zarzas entre las cuales descubrimos pronto que habría sido
imposible avanzar sin el auxilio de la hoz; y Júpiter procedió, bajo la
dirección de su amo, a abrirnos una senda hasta el pie de un enorme
tulipán que se levantaba en medio de seis u ocho robles sobrepasando a
todos en altura y humillando a cuantos árboles había yo visto hasta
entonces por la belleza de su follaje y de su forma, por la magnitud de
sus ramas y por la majestad de su aspecto en general. Cuando llegamos
cerca del árbol, volvióse Legrand a Júpiter y preguntóle si sería capaz
de escalarlo. El viejo titubeó un poco quedando algunos instantes sin
responder. Aproximándose al fin al inmenso tronco, dió la vuelta
pausadamente alrededor y lo examinó con minuciosa atención. Cuando
terminó su escrutinio, dijo sencillamente:
--Claro, patrón, el negro Júpiter se trepa a cualquier árbol que le da
la gana.
--Entonces, arriba cuanto antes, porque pronto será demasiado tarde para
ver lo que necesitamos.
--¿Asta ónde me subo, patrón?--preguntó Júpiter.
--Sube primero por el tronco y luego te diré de qué lado debes ir.
¡Ah!... ¡espera! llévate al insecto.
--¡La cucaracha, patrón! ¿La cucaracha de oro?--gritó el negro,
retrocediendo acongojado. ¿Pá qué he de subir la cucaracha arriba del
árbol? ¡Demonio si la llevo!
--Si tienes miedo, Júpiter, un negro grandazo y viejo como eres, de
coger a este pequeño animalito inofensivo, llévalo por el cordón; pero
si no lo subes contigo en alguna forma, me veré obligado a romperte la
cabeza con esta azada.
--¿Qué es eso, patrón? ¿Po qué s'enoja ahora?--dijo Júpiter
evidentemente abochornado hasta la sumisión.--Siempre la paga el pobre
negro viejo. Yo lo dije sólo de juego. ¿Que le tengo miedo a la
cucaracha? ¿Qué me v'aser a _mí_ la cucaracha?--
Y a esto cogió cautelosamente el extremo más alejado del cordón y
manteniendo al insecto tan apartado de sí como lo permitían las
circunstancias, preparóse a escalar el árbol.
En la juventud, el tulipán o _Liriodendron tulipiferum_, magnífico
habitante de las selvas, tiene el tronco singularmente liso y se eleva a
menudo a gran altura sin ramas laterales; pero en su edad madura la
corteza se vuelve áspera y nudosa a la vez que aparecen ramas cortas en
el tallo. Así, la dificultad de la ascensión era más aparente que real
en el presente caso. Abarcando el enorme cilindro con brazos y rodillas
tan estrechamente como era posible, aferrándose con las manos en algunas
partes salientes mientras afirmaba en otras sus pies desnudos, Júpiter
se encaramó al fin, después de dos o tres escapes de caída inminente, en
la primera rama ahorquillada y pareció considerar su tarea virtualmente
llevada a cabo. El peligro de la empresa estaba vencido, en efecto, aun
cuando se hallaba ahora a sesenta o setenta pies de altura sobre el
nivel del suelo.
--¿Por ónde voy aora, amo Will?--preguntó.
--Sigue la rama más grande hacia este lado,--dijo Legrand. El negro
obedeció prontamente y al parecer con pequeño esfuerzo, ascendiendo más
y más alto hasta que perdimos de vista su agachada figura entre el
espeso follaje que la envolvía. A poco oímos su voz en una especie de
alerta.
--¿Asta ónde subo aora?
--¿A qué altura has llegado?
--Bien arriba,--replicó el negro;--ya púo ver el sielo po entre la punta
del árbol.
--Nada importa el cielo, pero atiende a lo que voy a decirte. Mira hacia
abajo del árbol y cuenta las ramas de este lado debajo de ti. ¿Cuántas
ramas has pasado?
--Una, do, tré, cuato, sinco... he pasao sinco ramas de este lao,
patrón.
--Entonces sube una más.--
Algunos minutos después oímos nuevamente su voz anunciando que había
llegado a la séptima.
--Ahora, Jup,--exclamó Legrand visiblemente agitado,--necesito que
avances sobre esa rama lo más lejos que puedas. Si encuentras algo
extraño, avísamelo inmediatamente.--
En aquel momento desaparecieron las pocas dudas que podía aun abrigar
acerca de la demencia de mi amigo. No tenía otra alternativa sino pensar
que había sido atacado de locura, y llegué a sentirme verdaderamente
ansioso pensando en el modo de hacerlo regresar a la casa. En tanto que
reflexionaba sobre lo que sería más conveniente intentar, la voz de
Júpiter dejóse escuchar de nuevo.
--Mucho critianos se asutarían de andar po eta rama. Etá seca casi
todita.
--¿Dices que es una rama seca, Júpiter?--interrogó Legrand con voz
trémula.
--Sí, patrón; etá seca como tranca e puerta. Como que lo etoy viendo...
¡tá muerta!
--¿Qué haré, en nombre del cielo?--exclamó Legrand, que parecía
entregado a gran desesperación.
--¡Haced esto!--insinué yo, satisfecho de encontrar la oportunidad de
colocar una palabra.--¡Vaya! ¡Venir a casa y acostaros! Vamos
inmediatamente, si sois buen chico. Se hace tarde, y además debéis
recordar vuestra promesa.
--¡Júpiter!--gritó él, sin atenderme en lo más mínimo.--¿Me oyes?
--Sí, patrón; l'oigo mu bien.
--Entonces, prueba la madera con tu cuchillo y fíjate bien si la rama
está _muy_ seca.
--Podrida, patrón, seguro,--contestó el negro después de un momento;
pero no tan podrida. Quién sabe si pudiera 'vansá má ayá etando solo.
¡Así sí, digo!
--¡Solo! ¿Qué quieres decir?
--Güeno, é po la cucaracha. E mu pesada. Si la boto pa 'bajo, la rama no
se romperá con el peso del negro na má.
--¡Canalla infame!--gritó Legrand, muy consolado al parecer,--¿qué
piensas sacar diciéndome esas estupideces? Ten por seguro que si dejas
caer el insecto te rompo el cuello. ¡Mira, Júpiter! ¿me oyes?
--Sí, patrón; no hay necesidad de cargarle con tanto grito al pobre
negro.
--¡Bien! ¡Escucha ahora! Si vas por esa rama hasta donde creas que hay
seguridad y no dejas caer el escarabajo, te regalaré un dólar de plata
en cuanto llegues al suelo.
--Voy, patrón, pierda cuidao,--repuso el negro con presteza;--etoy casi
en la punta de la rama.
--_¡Casi en la punta de la rama!_--exclamó alegremente Legrand;--¿dices
que has llegado al extremo de esa rama?
--Pronto etoy en la mima punta, patrón.... ¡O-o-o-oh! ¡Santísimo Padre!
¡Qué es eto que hay en el árbol?
--¡Bien!--gritó? Legrand en medio de extraordinario deleite.--¿Qué es
ello?
--¿Qué! ¡Una calavera!... Alguno que dejó su cabesa en el árbol y los
gallinasos le han comío toíto el peyejo.
--¿Una calavera, dices? ¡Muy bien! ¿Cómo está asegurada contra el árbol?
¿Qué cosa la sostiene?
--Etá juerte, patrón; vamo a ver. ¡Vaya qu' é curioso! Etá clavada al
árbol con un clavo grandaso.
--Ahora bien, Júpiter, haz exactamente lo que te digo; ¿me oyes?
--Sí, patrón.
--Fíjate entonces; busca el ojo izquierdo de la calavera.
--¡Ju, ju! ¡Eso sí que etá güeno! No hay dengún ojo en la calavera.
--¡Malhaya sea tu estupidez! ¿Sabes siquiera distinguir tu mano
izquierda de tu mano derecha?
--Claro que lo sé... y mu bien. Mi mano isquierda é la que está
agarrando la rama.
--¡Sí, por cierto! Eres zurdo; y tu ojo izquierdo está al mismo lado que
tu mano izquierda. Ahora supongo que podrás encontrar el ojo izquierdo
de la calavera o el sitio donde estaba el ojo izquierdo. ¿Lo
encuentras?--
Hubo una larga pausa. Al fin preguntó el negro:
--¡Diga, patrón! ¿El ojo isquierdo de la calavera etá al mimo lao que la
mano isquierda de la calavera? Poque no l'encuentro manos a la
calavera.... ¡No importa! Aquí tengo ahora el ojo isquierdo... aquí etá
el ojo isquierdo.... ¿Qué ago con él?
--Deja caer por allí al insecto hasta donde alcance el cordón; pero ten
mucho cuidado de no dejar escapar el otro extremo.
--Listo, patrón. Fasilito pasó la cucaracha por el aujero... aora
¡cuidao con el bicho ayá abajo!
Durante todo este coloquio nada podía descubrirse de la persona de
Júpiter; pero el insecto, que había dejado descender, veíase ahora al
extremo del cordón, brillando como un globo de oro bruñido a los
últimos rayos del sol poniente que iluminaban todavía débilmente la
eminencia en que nos encontrábamos. El escarabajo oscilaba libremente
fuera de las ramas y, de soltarlo, habría caído a nuestros pies. Legrand
cogió la hoz al punto y desmontó un espacio circular de tres o cuatro
pies de diámetro, exactamente debajo del insecto; cumplido lo cual
ordenó a Júpiter soltar el cordón y descender del árbol.
Clavando en el suelo una estaca con gran esmero, en el punto preciso
donde cayó el animal, sacó mi amigo del bolsillo una cinta de medida.
Asegurando uno de sus extremos al tronco por el sitio más cercano a la
estaca, la desenrolló hasta alcanzar este punto, continuando la
operación hasta la distancia de cincuenta pies siguiendo la dirección
establecida por los dos puntos del tronco y la estaca. Júpiter abría
camino en la maleza con la hoz. Llegando al sitio determinado en esta
forma, enclavó de nuevo otra estaca y, tomándola como eje, describió un
círculo de cuatro pies de diámetro aproximadamente. Cogiendo entonces
una azada para sí y dando una a Júpiter y otra a mí, nos encareció
ponernos a cavar con la mayor actividad posible.
A decir verdad, no tenía yo especial afición por este entretenimiento en
ningún caso, y habría declinado gustoso la invitación en semejante
momento, porque la noche caía y me sentía muy fatigado con todo el
ejercicio que habíamos llevado a cabo; pero no vi modo alguno de
escapar, temiendo alterar la ecuanimidad de mi pobre amigo con una
negativa. Si hubiera podido contar con la ayuda de Júpiter, no habría
vacilado en intentar el regreso del lunático a la casa, aun cuando fuera
por fuerza; pero sabía muy bien las disposiciones del viejo negro para
esperar que quisiera sostenerme, en cualesquiera circunstancias, en
lucha personal contra su amo. No dudaba yo que éste se hubiera
contagiado con alguna de las innumerables supersticiones del sur con
respecto a dinero enterrado, y que tal fantasía se confirmara en su
mente por el hallazgo del escarabajo o, quizá también, por la
obstinación de Júpiter en asegurar que este insecto era "un animal de
oro verdadero." Una mente predispuesta a la locura pronto se dejaría
arrastrar por tales sugestiones, especialmente si concordaban con ideas
favoritas preconcebidas, lo que me hizo recordar que el pobre muchacho
llamaba al escarabajo "la base de su fortuna." Encontrábame tristemente
vejado e impresionado, pero al fin resolví hacer de necesidad virtud y
cavar con entusiasmo para convencer más pronto al visionario, con
demostración ocular, de la falsedad de sus opiniones.
Encendimos las linternas y nos pusimos todos a la obra con ardor digno
de mejor causa. No pude menos de pensar, observando el resplandor que
iluminaba nuestras personas e instrumentos, en el grupo tan pintoresco
que debíamos formar, y cuán extraña y sospechosa parecería nuestra labor
a cualquiera que por casualidad se hubiera acercado a los alrededores.
Cavamos de firme durante dos horas. Apenas hablábamos; y nuestra
preocupación principal consistía en los ladridos del perro que tomaba
interés extraordinario en nuestros procedimientos. Alcanzaron por último
tal diapasón que temimos pudiera dar la alarma a cualquier vagabundo en
las cercanías; mejor dicho, tales eran las aprensiones de Legrand, pues
en cuanto a mí habría acogido con placer cualquiera interrupción que me
permitiera hacer regresar a casa al extraviado. El ruido fué dominado al
fin muy eficazmente por Júpiter que, saliendo del agujero con aire de
inflexible determinación, ató el hocico del perro con uno de sus
tirantes, volviendo luego a su tarea con risa ahogada de satisfacción.
Cuando expiró el tiempo indicado habíamos llegado a una profundidad de
cinco pies sin que aparecieran indicios de tesoro alguno. Siguió una
pausa general y comencé a esperar que estuviéramos al final de la farsa.
Sin embargo, Legrand, aunque visiblemente desconcertado, enjugó
pensativo su frente y se puso de nuevo a la obra. Habíamos excavado
completamente el círculo de cuatro pies de diámetro y ensanchamos algo
aquel límite ahondando dos pies más de profundidad. Nada apareció. El
buscador de oro, a quien compadecía yo sinceramente, trepó al fin del
fondo del hoyo con la decepción más amarga impresa en sus facciones y
procedió pausadamente y a más no poder a endosar su chaqueta que había
arrojado al comenzar su labor. Yo no hacía observación alguna. Júpiter
comenzó a reunir las herramientas a una señal de su amo. Hecho esto, y
quitada la mordaza al perro, nos encaminamos a casa en profundo
silencio.
Habríamos andado quizá una docena de pasos en aquella dirección cuando
Legrand se dirigió violentamente a Júpiter con un gran juramento
sacudiéndolo por el cuello.
--¡Canalla!--exclamó, silbando las palabras entre sus dientes
apretados.--¡Infernal negro bellaco! ¡Habla, te digo! ¡respóndeme al
instante sin superchería! ¿Cuál, cuál es tu ojo izquierdo?
--¡Oh, misericordia, patrón! ¿No é éte mi ojo isquierdo?--aulló el
aterrorizado Júpiter, colocando la mano sobre su órgano visual _derecho_
y manteniéndola allí con pertinacia como si temiera que su amo intentara
arrancárselo.
--¡Así me lo figuraba! ¡Estaba seguro de ello! ¡hurra!--vociferó
Legrand, dejando escapar al negro y ejecutando una serie de saltos y
cabriolas con gran admiración del criado quien, levantándose de donde
había caído arrodillado, miraba enmudecido de su amo a mí y de mí a su
amo.
--¡Venid! Tenemos que regresar,--dijo éste último;--la partida no está
terminada aún.--
Y de nuevo nos condujo hasta el árbol de tulipán.
--¡Júpiter,--dijo cuando llegamos al pie,--ven acá! ¿Estaba clavado el
cráneo en el árbol con la cara hacia afuera o con la cara contra la
rama?
--La cara etaba pá juera, patrón; así que los gallinasos se pudieron
come los ojos con descanso.
--Bien; entonces, ¿soltaste el insecto por este ojo o por
éste?--preguntó Legrand tocando ambos ojos de Júpiter.
--Jué por ete ojo, patrón... el ojo isquierdo... el mimo que uté me
dijo;--y el negro señalaba su ojo derecho.
--Así puede arreglarse; tenemos que ensayar otra vez.
Entonces mi amigo, en cuya locura veía yo ahora o imaginaba ver ciertas
indicaciones de método, movió la estaca que marcaba el sitio donde cayó
el escarabajo tres pulgadas al oeste de su primera posición. Tomando
luego como antes la medida desde el punto más cercano del tronco hasta
la estaca, y siguiendo aquella dirección en línea recta hasta la
distancia de cincuenta pies, quedó indicado un sitio separado por
algunas yardas del lugar en donde habíamos verificado la excavación.
Describiendo ahora un círculo algo mayor que la primera vez alrededor
del punto así indicado, principiamos de nuevo a trabajar con las azadas.
Yo estaba horriblemente fatigado, pero, aun sin comprender bien lo que
provocaba tal cambio en mis ideas, no sentía ya gran aversión por la
tarea que se me imponía. Estaba indeciblemente interesado; más aún,
excitado. Había algo en medio de la extravagancia de maneras de Legrand,
cierto aire de previsión, de deliberación que me impresionaba. Ahondaba
con empeño, y de vez en cuando me sorprendí a mí mismo buscando, con
modo que se asemejaba mucho a la expectación, el fantástico tesoro cuya
visión había trastornado a mi infortunado compañero. En cierto momento
en que los vagares de mi imaginación se habían apoderado de mí por
completo, y cuando habríamos trabajado quizá hora y media, nos
interrumpieron otra vez violentos ladridos del perro. Su inquietud en el
primer caso había sido evidentemente tan sólo el resultado de un juego o
de un capricho, pero ahora asumía tono más grave e insistente. Cuando
Júpiter intentó amordazarlo de nuevo, manifestó furiosa resistencia y
lanzándose en el agujero púsose a cavar frenéticamente con las uñas. En
pocos segundos descubrió un montón de huesos humanos que formaban dos
esqueletos completos, entremezclados con varios botones de metal y algo
que parecía residuos de lana apolillada. Uno o dos golpes de azada
descubrieron la hoja de una gran daga española, y ahondando un poco más
salieron a luz tres o cuatro piezas de oro sueltas.
A la vista de las monedas apenas pudo Júpiter refrenar su alegría, pero
el aspecto de su amo demostraba profunda decepción. Insistió, sin
embargo, para que continuáramos los esfuerzos, y no había terminado de
pronunciar aquellas palabras cuando yo tropecé y caí hacia adelante, con
la punta de la bota cogida en un gran anillo de hierro que yacía medio
oculto entre la tierra removida.
Trabajamos entonces ansiosamente, y jamás he pasado diez minutos de
excitación tan intensa como aquéllos. En este intervalo descubrimos una
caja oblonga de madera que, a juzgar por su conservación perfecta y
maravillosa solidez, había sido sometida a algún proceso de
petrificación, quizá por el bicloruro de mercurio. Aquella arca tenía
tres pies y medio de largo, tres pies de ancho y dos pies y medio de
altura. Estaba fuertemente asegurada con bandas de hierro forjado,
remachadas y formando una especie de tejido que cubría el conjunto. A
los costados de la caja, cerca de la cubierta, había tres anillos de
hierro, seis en total, que ofrecían seguro agarradero para que seis
personas pudieran levantarla con comodidad. Nuestros mayores esfuerzos
reunidos alcanzaron apenas a remover ligeramente el cofre en su mismo
sitio. Al momento pudimos comprobar la imposibilidad de levantar peso
tan enorme. Afortunadamente, la única cerradura de la tapa consistía en
dos cerrojos que descorrimos temblando y palpitantes de ansiedad. En un
instante brillaron ante nuestros ojos tesoros de valor incalculable. Al
caer dentro del hoyo los rayos de las linternas relampaguearon chispas y
dorados resplandores que partían de un confuso montón de oro y joyas
deslumbrando por completo nuestras miradas.
No intentaré describir las sensaciones que me acometieron mientras
contemplaba todo aquello. El asombro predominaba por supuesto. Legrand
parecía exhausto por la emoción y pronunció muy pocas palabras. El
rostro de Júpiter revistió durante algunos minutos palidez tan mortal
como, dada la naturaleza de las cosas, es posible asumir al rostro de un
negro. Parecía estupefacto, herido por el rayo. A poco cayó de rodillas
en el agujero, y enterrando hasta el codo en el oro sus desnudos brazos
permaneció así como saboreando la voluptuosidad de un baño. Al cabo, con
un profundo suspiro, exclamó como en soliloquio:
--¡Y todo eto po la cucaracha de oro! ¡la linda cucaracha de oro! ¡la
pobre cucarachita de oro que yo maltrataba como un bestia! ¿No tiene
vergüensa de ti, negro? ¡Contesta!--
Fué necesario al fin que yo hiciera despertar a amo y criado a la
necesidad de levantar el tesoro. Hacíase tarde, e importaba apresurarnos
para transportar todo a la casa antes del amanecer. Era difícil decidir
lo que debía hacerse, y transcurrió mucho tiempo en deliberación, tan
confusas se hallaban nuestras ideas. Finalmente aligeramos la caja
sacando dos terceras partes de su contenido y sólo entonces logramos con
bastante trabajo sacarla del hoyo. Ocultamos entre la maleza los
artículos extraídos del cofre dejando a su cuidado al perro con órdenes
estrictas de Júpiter de no abandonar su puesto bajo ningún pretexto ni
abrir la boca hasta nuestro regreso. Luego nos encaminamos
apresuradamente a la casa llevando la caja, y llegamos con seguridad,
pero con excesivo trabajo, a la una de la mañana. Rendidos de cansancio
como nos encontrábamos era humanamente imposible hacer más por el
momento. Descansamos hasta las dos y tomamos algún alimento, regresando
inmediatamente a las colinas armados de tres sólidos sacos que por
suerte encontramos en la casa. Poco antes de las cuatro llegamos a la
excavación, dividimos el botín en partes aproximadamente iguales y
dejando los hoyos abiertos nos dirigimos de nuevo a la cabaña donde
depositamos por segunda vez nuestra dorada carga cuando empezaban
justamente a brillar hacia el oriente sobre la copa de los árboles los
primeros y débiles rayos del alba.
Nos sentíamos deshechos; pero la intensa agitación del momento nos
privaba del reposo. Después de un sueño intranquilo, que se prolongó
tres o cuatro horas, nos levantamos como si lo hubiéramos concertado de
antemano para examinar nuestros tesoros.
La caja había estado llena hasta el borde, y pasamos todo el día y gran
parte de la noche siguiente en examinar su contenido. No había señales
de orden alguno en el arreglo; todo se había arrojado a la ventura.
Separando todo por grupos cuidadosamente nos encontramos dueños de un
tesoro mucho mayor de lo que creímos al principio. En moneda acuñada
había más de cuatrocientos o quinientos mil dólares, a lo que pudimos
juzgar, estimando el valor de las piezas tan aproximadamente como era
posible según las tablas del período a que pertenecían. No había una
sola partícula de plata. Todo era oro de fecha antigua y de gran
diversidad: monedas francesas, inglesas y alemanas, algunas guineas
inglesas y algunas fichas de las cuales jamás habíamos visto antes
ningún ejemplar. Había varias monedas muy grandes y muy pesadas, y tan
gastadas que no pudimos descubrir las inscripciones. Nada de moneda
americana. Encontramos más difícil estimar el valor de las joyas. Había
diamantes, algunos extraordinariamente grandes y hermosos, ciento diez
en total, y ninguno de ellos pequeño; dieciocho rubíes de reflejos
admirables; trescientas diez esmeraldas, todas muy bellas; veintiún
zafiros y un ópalo. Estas piedras habían sido arrancadas de su engaste y
arrojadas sueltas en el cofre. Los engastes, que encontramos entre otras
piezas de oro aparecían desfigurados a martillazos como para evitar su
identificación. Además de todo esto, había gran número de joyas de oro
macizo: cerca de doscientos anillos y pendientes; ricas cadenas, treinta
de ellas, si bien recuerdo; ochenta y tres crucifijos muy grandes y
pesados; cinco incensarios de oro de gran valor; una maravillosa
ponchera de oro ricamente cincelada y ornamentada de hojas de vid y
figuras de bacanal; dos empuñaduras de espada exquisitamente realzadas,
y muchos otros artículos menudos que no me es dado recordar. El peso de
estas alhajas excedía de trescientas cincuenta libras corrientes; no
habiendo incluído en esta apreciación ciento noventa y siete magníficos
relojes de oro, tres de los cuales valían cada uno quinientos dólares
por lo menos. Muchos de aquellos relojes eran extremadamente antiguos e
inútiles para medir el tiempo, habiéndose descompuesto su mecanismo en
mayor o menor proporción; pero todos estaban montados en ricas joyas y
en cajas de gran valor. Estimamos esa noche en millón y medio de dólares
el contenido del cofre; pero después de haber dispuesto de las joyas y
adornos, separando algunas para nuestro uso particular, encontramos que
habíamos tasado muy bajo nuestros tesoros.
Cuando, al cabo, concluído el inventario, y apaciguada en cierto modo la
intensa excitación de los primeros momentos, vió Legrand que moría yo
de impaciencia por la solución de este enigma extraordinario, entró en
la relación detallada de todas las circunstancias que con ello se
relacionaban.
--Recordaréis,--dijo,--aquella noche en que os alargué el bosquejo que
hice del escarabajo. Recordaréis asimismo que me sentí ofendido ante
vuestra insistencia en decir que mi dibujo parecía una calavera. La
primera vez que formulasteis aquella aserción creí que bromeabais; pero,
rememorando luego las manchas peculiares que el insecto tenía en el
lomo, convine conmigo mismo en que tal observación tenía en efecto
alguna apariencia de razón. Con todo, me irritaba la fisga hecha a mis
habilidades gráficas, porque en general se me considera buen artista; y
por consiguiente, cuando me devolvisteis la tira de pergamino estuve a
punto de estrujarla y arrojarla al fuego.
--¿La hoja de papel, queréis decir?--indiqué.
--No; tenía la apariencia de papel, y yo había creído al principio que
lo era; pero cuando quise dibujar en ella descubrí al momento que era en
realidad un trozo de pergamino muy fino. Estaba completamente sucio,
como recordaréis. Bien; en el momento mismo de estrujarlo y arrojarlo al
fuego cayeron mis ojos sobre el dibujo que habíais estado contemplando
y, ¡juzgad de mi sorpresa cuando advertí, en efecto, la figura de una
calavera precisamente en el mismo sitio en que yo creía haber dibujado
el escorzo del insecto! Por un instante quedé tan atónito que apenas
podía razonar con claridad. Sabía perfectamente que mi dibujo era muy
diferente de aquél en los detalles, aun cuando existía cierta
similaridad en las líneas generales. Entonces cogí una bujía y
sentándome al otro extremo de la habitación procedí al escrutinio
minucioso del pergamino. Volviéndolo del otro lado descubrí mi propio
dibujo por el revés, exactamente tal como lo había delineado. Mi primera
idea en aquel momento fué simplemente de sorpresa ante la extraordinaria
semejanza del diseño, ante la extraña coincidencia de que, sin saberlo
yo, hubiera una calavera al otro lado del pergamino precisamente debajo
de la figura de mi escarabajo y de que, no sólo en sus líneas sino en su
tamaño, aquella calavera tuviera con mi dibujo semejanza tan notable.
Decía que la singularidad de esta coincidencia me dejó estupefacto por
algunos instantes. Tal es el efecto ordinario de ciertas coincidencias.
La imaginación lucha por establecer alguna relación, alguna sucesión de
causa y efecto; y en la incapacidad de realizarlo sufre una especie de
parálisis temporal. Mas, al recobrarme de este estupor, despertóse
gradualmente dentro de mí una convicción que me impresionó más
hondamente aún que la misma coincidencia. Positiva, distintamente
comencé a recordar que _no_ había dibujo alguno en el pergamino cuando
hice mi diseño del escarabajo. Estaba ahora perfectamente seguro de
ello; porque rememoré que había vuelto primero un lado del pergamino y
después el otro en busca del sitio más limpio. Si la calavera hubiese
estado allí era imposible que hubiera yo dejado de advertirlo. Existía
un misterio que me encontraba incapaz de explicar; pero, sin embargo,
desde el primer momento comenzó a brillar débilmente y a intermitencias,
como una luciérnaga en las celdas más remotas y secretas del
pensamiento, la concepción de aquella verdad que la aventura de anoche
ha demostrado con tan gran magnificencia. Me levanté entonces, y
poniendo en lugar seguro el pergamino deseché toda reflexión sobre el
asunto hasta que pudiera hallarme a solas.
Tan luego que partisteis y que Júpiter se quedó dormido me dediqué a una
investigación metódica del suceso. En primer lugar estudié la forma en
que el pergamino había llegado a mi poder. El sitio en que descubrí el
escarabajo era en la costa del continente, aproximadamente a una milla
al este de la isla y a muy corta distancia de la señal de la marea alta.
Al cogerlo sentí una aguda picadura que me obligó a dejarlo caer.
Júpiter, con su prudencia habitual, antes de cazar al insecto que había
volado en su dirección, buscó una hoja o algo por este estilo que le
permitiera cogerlo con seguridad. En aquel momento sus miradas y las
mías cayeron sobre el pedazo de pergamino que entonces creí papel.
Estaba medio enterrado en la arena, con una esquina saliente. Cerca del
paraje donde lo encontramos observé los despojos del casco de algo que
parecía haber sido la falúa de algún barco. Los restos del naufragio
demostraban hallarse en aquel sitio por mucho tiempo, pues apenas podía
descubrirse su semejanza con el maderamen de los buques.
Bien; Júpiter recogió el pergamino, envolvió al insecto dentro y me lo
pasó. Poco después, regresando a casa, encontramos al teniente G----. Le
mostré el escarabajo, y él me suplicó dejárselo para llevarlo al fuerte.
Obtenido mi consentimiento, lo metió en el bolsillo de su chaleco sin el
pergamino en que había estado envuelto, el cual conservé yo en las manos
durante su inspección. Quizá si temió que cambiara yo de idea y prefirió
apoderarse del insecto inmediatamente; sabéis bien cuan entusiasta es
por todo lo que se refiere a la historia natural. Al mismo tiempo, debo
haber depositado yo inconscientemente el pergamino en mi faltriquera.
Recordaréis que cuando me dirigí a la mesa con el propósito de hacer el
esbozo del insecto, no encontré papel en el sitio donde lo guardo
generalmente. Miré en el cajón y tampoco lo había. Busqué en mis
bolsillos esperando encontrar alguna carta inútil, y mi mano tropezó con
el pergamino. Detallo con tanta minuciosidad la manera precisa en que
este documento llegó a mi poder, porque aquellas circunstancias me
impresionaron con fuerza singular.
Indudablemente me creeréis fantástico, pero ya había establecido yo una
especie de _conexión_. Había unido dos eslabones de una gran cadena. Un
barco había naufragado en una costa, y no lejos del barco había un
pergamino, _no un papel_, con el dibujo de una calavera. Preguntaréis,
por supuesto, que dónde existe la conexión. Respondo que el cráneo o
calavera es el emblema muy conocido de los piratas. En todas sus
escaramuzas enarbolan una bandera que ostenta una calavera.
He dicho que la hoja era pergamino y no papel. El pergamino es durable,
casi indestructible. Asuntos de poca monta rara vez se consignan en
pergamino, puesto que no se adapta tan bien como el papel para los fines
ordinarios del dibujo o la escritura. Esta reflexión prestaba algún
significado, alguna importancia, al diseño de la calavera. Tampoco dejé
de observar la _forma_ del pergamino. Aun cuando una de sus esquinas
aparecía destruída por cualquier accidente, podía advertirse que era
oblonga su forma original. Era precisamente la clase de hoja que se
hubiera elegido para memorándum, para consignar algo que debiera
recordarse mucho tiempo y guardarse cuidadosamente.
--Pero,--interrumpí yo,--habéis dicho que la calavera no estaba en el
pergamino cuando hicisteis el dibujo del escarabajo. ¿Cómo encontráis
entonces la conexión entre el barco y la calavera, puesto que ésta,
según admitís vos mismo, debe haber sido dibujada, Dios sabe cómo y por
quién, en algún período subsecuente al diseño que hicisteis del insecto?
--¡Ah! Ahí yace todo el misterio; aunque en este punto tuve
relativamente poca dificultad para solucionar el enigma. Mis pasos eran
seguros y sólo podían conducir a un resultado. Razoné, por ejemplo, de
esta manera: Cuando dibujé el escarabajo, no había calavera visible en
el pergamino. Al terminar mi trabajo, os pasé el dibujo observándoos
fijamente hasta que me lo devolvisteis. Por consiguiente, no fuisteis
_vos_ quien hizo el diseño de la calavera ni había nadie presente que
pudiera hacerlo. Luego, no apareció allí por acción humana; y sin
embargo, estaba en el pergamino.
Al llegar a este punto de mis reflexiones, traté de recordar y _recordé_
en efecto, con entera lucidez, todos los incidentes que ocurrieron en
aquel período de tiempo. La temperatura estaba fría ¡oh, circunstancia
rara y feliz! y el fuego ardía en la chimenea. Yo me sentía acalorado
con el ejercicio y me senté cerca de la mesa; pero vos habíais
arrastrado una silla al lado de la chimenea. En el preciso instante en
que yo os había dado el pergamino y os encontrabais vos a punto de
inspeccionarlo, entró Wolf, el terranova, y se lanzó sobre vuestros
hombros. Mientras le acariciabais con la mano izquierda tratando de
alejarlo, vuestra mano derecha que sostenía el pergamino caía
descuidadamente entre vuestras rodillas y quedaba muy próxima al fuego.
Por un momento creí que la llama le hubiera alcanzado y estaba a punto
de preveniros; pero antes de que yo hablara habíais recogido la hoja y
os dedicabais a examinarla. Cuando hube considerado todos estos
detalles, no tuve la menor duda de que el _calor_ había sido el agente
que trajo a luz la calavera que figuraba en el pergamino. Sabéis bien
que existen y han existido desde tiempo inmemorial ciertas
preparaciones químicas por medio de las cuales es posible escribir sobre
papel o vitela en forma de que los caracteres se hagan visibles
solamente cuando se les somete a la acción del fuego. El zafre, hervido
a fuego lento en _aqua regia_ y diluído en una cantidad de agua que
represente su peso cuatro veces, se emplea a veces con este objeto:
resulta una tinta verde. El régulo de cobalto, disuelto en espíritu de
nitro, produce tinta roja. Estos colores desaparecen en tiempo más o
menos largo cuando se enfría el material con que se ha escrito; pero se
hacen visibles nuevamente por la aplicación del calor.
Procedí luego al minucioso escrutinio de la calavera. Las líneas
exteriores, es decir, las extremidades del dibujo que quedaban más
próximas al borde de la vitela, aparecían mucho más _precisas_ que las
otras. Era evidente que la acción del calor había sido imperfecta o
desigual. Inmediatamente encendí fuego y sometí todo el pergamino a un
vivo calor. Al principio, el único efecto obtenido fué que se reforzaran
las líneas débiles de la calavera; pero, insistiendo en el experimento,
hízose visible en la esquina de la hoja, diagonalmente opuesta al sitio
en que aparecía delineada la calavera, una figura que de pronto imaginé
que representaba una cabra. Examen más detallado me convenció, sin
embargo, de que se había tratado de dibujar un cabrito.
--¡Ja! ¡ja! ¡ja!--exclamé yo,--seguramente que no tengo derecho de
reírme de vos: un millón y medio de dólares es asunto demasiado serio
para provocar esta clase de regocijo; pero no pretenderéis con esto
establecer el tercer eslabón de vuestra cadena; no encontraréis,
supongo, conexión especial entre vuestros piratas y una cabra. Los
piratas, como sabéis, nada tienen que hacer con cabras; estos animales
pertenecen a los intereses agrícolas.
--Pero acabo de decir precisamente que la figura _no_ representaba una
cabra.
--Bien, un cabrito entonces; más o menos la misma cosa.
--Más o menos, pero no exactamente,--repuso Legrand.--Quizá habréis oído
hablar de cierto _capitán_ Kidd.[2] En el acto consideré la figura del
animal como una especie de retruécano o firma en jeroglífico; y digo
firma, porque su posición en la vitela sugería esta idea. La calavera,
colocada en el extremo diagonalmente opuesto, afectaba asimismo el aire
de un sello o emblema. Pero me encontré tristemente desorientado por la
ausencia de algo más, del cuerpo de mi supuesto documento, del texto que
debía contener.
--Presumo que esperabais hallar una epístola entre el sello y la
firma....
--Algo de eso. El hecho es que, sin poder explicarme la razón, sentí el
presentimiento irresistible de una gran fortuna en perspectiva. Quizá si
era más bien el deseo que la certidumbre; pero ¿querréis creer que las
necias palabras de Júpiter de que el insecto era de oro macizo tuvieron
gran efecto sobre mi imaginación? Y luego, aquella serie de incidentes
y coincidencias, ¡era todo tan extraordinario! ¿No os llama la atención
lo extraño de que aquellos acontecimientos tuvieran lugar en el _único_
día de todo el año que estuvo suficientemente frío para que se
necesitara encender fuego; y que sin el fuego, o sin la intervención del
perro en el momento preciso en que apareció, jamás habría yo visto la
calavera ni habría sido, en consecuencia, el posesor de tal tesoro?
--Pero proseguid; estoy impaciente.
--Bien; habéis oído, por supuesto, los mil vagos rumores acerca de
tesoros enterrados por Kidd y sus asociados en alguna parte de la costa
del Atlántico. Aquellos rumores debían tener alguna base, en realidad. Y
el hecho de que existieran y se continuaran por tan largo tiempo podía
explicarse solamente, a mi entender, por la circunstancia de que el
tesoro estuviera _todavía_ sin descubrir. Si Kidd hubiera ocultado su
botín por cierto tiempo, recuperándolo más tarde, los rumores nunca
habrían llegado hasta nosotros en la misma e invariable forma.
Observaréis que todas las historias se refieren a buscadores de tesoros
y nunca a quienes los encuentran. Si el pirata hubiera recobrado su oro,
el asunto se habría agotado. Parecíame que cualquier incidente, la
pérdida del memorándum que indicaba su situación, por ejemplo, podía
haberle privado de los medios de recobrarlo, y que este accidente
hubiera llegado a conocimiento de sus adherentes que de otra manera
jamás habrían sabido nada de tal tesoro oculto; y cuyas inútiles
tentativas, iniciadas al acaso, hubieran hecho nacer y convertido en
moneda corriente los relatos que ahora son del dominio universal.
¿Habéis oído hablar alguna vez de que se haya descubierto algún tesoro
importante en estas costas?
--Jamás.
--Es bien sabido, sin embargo, que las riquezas acumuladas por ese Kidd
eran inmensas. Di por sentado, en consecuencia, que la tierra las
escondía aún; y no os sorprenderá el oírme decir que sentí la esperanza,
que casi podría llamarse certidumbre, de que el pergamino hallado de
manera tan extraña encerraba la dirección extraviada del lugar en que
habían sido depositadas.
--Pero ¿cómo os desenvolvisteis?
--Acerqué de nuevo la vitela al fuego después de aumentar la potencia
del calor, pero nada apareció. Me ocurrió entonces la posibilidad de que
la capa de polvo que cubría el pergamino tuviera algo que hacer con el
fracaso; así, lo lavé cuidadosamente echándole encima un poco de agua
templada, después de lo cual lo coloqué en una vasija de estaño con la
calavera hacia abajo, y puse la vasija en un brasero de carbón
encendido. Pasados algunos minutos, cuando la vasija estuvo del todo
caliente, levanté la hoja y con indecible alegría la encontré marcada en
varios puntos con algo que semejaba cifras dispuestas en líneas. Púsela
otra vez al fuego y la dejé permanecer allí por un minuto más. Al
retirarla, el contenido se había revelado por entero en la forma que
podéis ver ahora.--
Y Legrand, que había vuelto a calentar el pergamino, lo sometió a mi
investigación. Los siguientes caracteres aparecían allí rudamente
trazados en tinta roja, entre la calavera y la cabra:
53[crd][crd][crd]305))6*;4826)4[crd].)4[crd];806*;48[cr]8
¶60))85;I[crd](;:[crd]* 8[cr]83
(88)5*[cr];46(;88*96*?;8)*[crd](;485);5*[cr]2:*[crd](;4956*2(5*--4)8
¶8*; 4069285);6[cr]8) 4[crd][crd];I
([crd]9;48081;8:8[crd]I;48[cr]85;4) 485[cr]528806*81
([crd]9;48;(88;4([crd]?34;48)4[crd];161;:188;[crd]?;
{[cr] quiere decir un símbolo de una cruz. [crd] quiere decir un símbolo de
una cruz dobl. (nota del transcriptor)}
--Pues me encuentro tan a obscuras como antes,--dije yo, devolviéndole
el pergamino.--Aun cuando todos los tesoros de Golconda me aguardaran a
la solución de este enigma, estoy cierto de que me sería imposible
alcanzarlos.
--Sin embargo,--dijo Legrand,--la solución no es tan difícil como puede
hacerlo imaginar la primera y rápida inspección de estos caracteres.
Estos signos, como es fácil adivinar, constituyen una clave, es decir,
tienen un significado; mas, por lo que sabemos de Kidd, no suponía yo
que fuera capaz de construir cifras muy abstrusas. Me persuadí al
momento, en consecuencia, de que ésta era de la especie más sencilla,
pero bastante complicada, sin embargo, para aparecer completamente
insoluble a la ruda comprensión de un marinero.
--¿Y la descifrasteis en verdad?
--Muy fácilmente; he tenido ocasión de interpretar otras mucho más
abstrusas. Las circunstancias y cierta inclinación de temperamento me
han hecho interesarme siempre en esta clase de enigmas; y no hay razón
para creer que el ingenio humano bien aplicado no pueda resolver
enigmas de cierta naturaleza inventados por otro ingenio humano. Así,
una vez que hube sacado a luz caracteres conectados y legibles, no me
detuve a pensar en la simple dificultad de traducirlos en toda su
importancia.
En el caso actual, y verdaderamente en cualquier caso de escritura
secreta, la primera cuestión es resolver el _idioma_ de la clave; porque
el principio de la solución, especialmente tratándose de cifras
sencillas, depende y varía según el espíritu de la lengua en que están
redactadas. En general, para aquel que intenta la solución, no hay otra
alternativa sino ensayar, guiándose de probabilidades, todos los idiomas
conocidos hasta que tropiece con el verdadero. Mas toda dificultad
quedaba eliminada con la firma en la clave que tenemos ante los ojos. El
equívoco con la palabra _Kidd_ es apreciable solamente en inglés. A no
ser por esta consideración, habría ensayado primero el español y el
francés, por ser idiomas en que un pirata de los mares españoles hubiera
debido escribir naturalmente un secreto de tal naturaleza. Pero en este
caso di por sentado que el jeroglífico estaba combinado en inglés.
Observaréis que no existe división entre las palabras. De haberla, la
tarea habría sido fácil relativamente. Habría comenzado entonces por la
comparación y análisis de las palabras más cortas, y si alguna palabra
constaba de una sola letra como era muy probable, _a_ (un, una) o _I_
(yo), por ejemplo, habría dado inmediatamente la solución por vencida.
Mas no existiendo separación, mi primer movimiento fué deslindar tanto
los signos predominantes como los menos frecuentes. Contándolos todos,
formulé una tabla en esta forma:
Signos 8 figuraban 33 veces
; " 26 "
4 " 19 "
[crd]) " 16 "
* " 13 "
5 " 12 "
6 " 11 "
[cr]I " 8 "
o " 6 "
2 " 5 "
:3 " 4 "
? " 3 "
¶ " 2 "
--. " 1 "
Ahora bien, en inglés la letra que ocurre más frecuentemente es la e.
Luego, la sucesión sigue este orden: _a o i d h n r s t u y c f g l m w
b k p q x z_. La _e_ predomina en tan vasta escala que muy rara vez se
presenta una frase independiente, de cualquiera extensión, en que esta
letra no sea el signo más repetido.
De consiguiente, tenemos ancho campo desde el principio para dar forma a
algo más que una simple hipótesis. El uso general que puede hacerse de
esta tabla es evidente, pero en este caso tan sólo exigiremos de ella
servicios muy relativos. Como el signo principal es 8, comenzaremos
dando por sentado que corresponde a la _e_ del alfabeto regular. Para
comprobar esta suposición veamos si el 8 se presenta a menudo por pares,
puesto que la _e_ se escribe doble en inglés con mucha frecuencia, por
ejemplo en palabras como _meet_, _fleet_, _speed_, _seen_, _been_,
_agree_, etc. En esta clave la encontramos en grupos de dos no menos de
cinco veces, a pesar de que el jeroglífico es bien corto.
Supongamos entonces que el 8 es una _e_. Ahora bien, entre todas las
palabras del idioma inglés _the_ (el, la, los, las) es la más usada;
veamos si hay repetición de tres caracteres colocados en el mismo orden
en que el último sea _8_. Si descubrimos repetición de tales signos,
arreglados en esta forma, probablemente representan la palabra _the_.
Observando la clave descubriremos nada menos que siete grupos en esta
disposición, siendo los caracteres _;48_. De manera que podemos asumir
que el punto y como representa la _t_, el _4_ representa la _h_, y el
_8_ representa la _e_, estando la última letra perfectamente comprobada.
Así hemos avanzado un gran paso.
Por el hecho de haber descubierto esta sola palabra nos hallamos capaces
de dilucidar un punto de gran importancia; esto es, el principio y la
terminación de algunas otras palabras. Estudiemos, por ejemplo, la
penúltima vez que se presenta la combinación _;48_ no muy lejos del
final del manuscrito. Sabemos ya que el punto y como que le sigue
inmediatamente es el principio de otra palabra, y de los seis caracteres
que suceden a este _the_ conocemos cinco nada menos. Traduciendo dichos
caracteres a las letras que hemos descubierto que representan, y
dejando un espacio en blanco para el signo que desconocemos, resulta:
t eeth.
Descartamos al momento la _th_ del final, como parte independiente de la
palabra que comienza con la primera _t_, pues recorriendo el alfabeto
entero en busca de una letra que se adapte convenientemente al sitio
vacante, nos convencemos de que no existe en el idioma palabra de que
esta _th_ pueda formar parte. Quedamos así reducidos a:
t ee,
y recorriendo de nuevo el alfabeto como antes, si fuere necesario,
llegamos a la palabra _tree_ (árbol) como única traducción posible.
Entonces encontramos que hemos ganado otra letra, la _r_, representada
por el signo (, con las palabras _the tree_ (el árbol) a continuación.
Mirando a poca distancia de estas palabras, tropezamos de nuevo con la
combinación _;48_, y la empleamos esta vez como _terminación_ de la
palabra que la precede inmediatamente. Así ponemos en claro esta
disposición:
the tree;4([crd]?34 the,
o, substituyendo las letras ya conocidas, encontramos que dice:
the tree thr[crd]?3h the.
Ahora bien; si dejamos en blanco los caracteres desconocidos o los
substituímos con puntos, dice así:
the tree thr...h the,
en que la palabra _through_ (siguiendo, a través de, por medio de, a lo
largo de) salta inmediatamente por sí misma. Mas este nuevo
descubrimiento nos da tres letras más, la _o_, la _u_ y la _g_,
representadas por [crd], _?_ y _3_.
Estudiando luego minuciosamente la clave en busca de combinaciones de
los caracteres conocidos, encontramos esta disposición no muy lejos del
principio:
83(88, o sea egree,
que corresponde claramente a la conclusión de la palabra _degree_
(grado) y nos da una nueva letra, la _d_, representada por el signo
[cr].
Cuatro letras más allá de la palabra _degree_, advertimos la
combinación:
;46(;88.
Traduciendo los caracteres conocidos y reemplazando el otro con un punto
como hicimos antes, leemos lo siguiente:
th.rtee,
arreglo que sugiere inmediatamente la palabra _thirteen_ (trece), y nos
procura a su vez dos caracteres, la _i_ y la _n_, representados por el
_6_ y el *.
Volviendo ahora al principio del jeroglífico encontramos la combinación: