hoy nos llegaron cien lanzas
y seiscientos ballesteros,
que nos hacían gran falta.[73]
No se escaparán si Dios
quiere ayudar nuestra causa.
¿Qué ruido es ése?
(_Se oye dentro rumor y algazara._)
ESCENA II
LOS MISMOS _y_ GUZMÁN
GUZMÁN. ¿Señor?
NUÑO. ¿Qué motiva esa algazara?
¿Qué traéis?
GUZMÁN. Vuestros soldados,
que por el campo rondaban,
han preso a una bruja.
NUÑO. ¿Qué?
GUZMÁN. Sí, Señor, a una gitana.
NUÑO. ¿Por qué motivo?
GUZMÁN. Sospechan,
al ver que de huir trataba
cuando la vieron, que venga
a espiar.
NUÑO. ¿Y por qué arman
ese alboroto?[74] ¿Qué es eso?
(_Mirando adentro._)
GUZMÁN. ¿No veis como la maltratan?
NUÑO. Traédmela, y que ninguno
sea atrevido[75] a tocarla.
ESCENA III
LOS MISMOS _y_ AZUCENA, _conducida por_ SOLDADOS _y
con las manos atadas_
AZUCENA. Defendedme de esos hombres
que sin compasión me matan...
defendedme...
NUÑO. Nada temas;
nadie te ofende.
AZUCENA. ¿Qué causa
he dado para que así
me maltraten?
GUILLÉN. ¡Desgraciada!
NUÑO. ¿A dónde ibas?
AZUCENA. No sé...
por el mundo; una gitana
por todas partes camina,
y todo el mundo es su casa.
NUÑO. ¿No estuvisteis en Aragón
nunca?
AZUCENA. Jamás.
JIMENO. ¡Esa cara!
NUÑO. ¿Vienes de Castilla?
AZUCENA. No;
vengo, Señor, de Vizcaya,
que la luz primera vi
en sus áridas montañas.
Por largo tiempo he vivido
en sus crestas elevadas,
donde, pobre y miserable,
por dichosa me juzgaba.
Un hijo solo tenía,
y me dejó abandonada;
voy por el mundo a buscarle,
que no tengo otra esperanza.
¡Y le quiero tanto! El es
el consuelo de mi alma,
Señor, y el único apoyo
de mi vejez desdichada.
¡Ay! Sí... Dejadme, por Dios,
que a buscar a mi hijo vaya,
y a esos hombres tan crueles
decid que mal no me hagan.
GUZMÁN. Me hace sospechar, don Nuño.
NUÑO. Teme, mujer, si me engañas.
AZUCENA. ¿Queréis que os lo jure?
NUÑO. No;
mas ten cuenta que te habla
el Conde de Luna.
AZUCENA. ¡Vos! (_Sobresaltada._)
¿Sois vos? (¡Gran Dios!)
JIMENO. ¡Esa cara!
Esa turbación...
AZUCENA. Dejadme...
permitidme que me vaya...
JIMENO. ¿Irte?... Don Nuño, prendedla.
AZUCENA. Por piedad, no... ¡Qué! ¿No bastan
los golpes de esos impíos,
que de dolor me traspasan?
NUÑO. Que la suelten.
JIMENO. No, don Nuño.
NUÑO. Está loca.
JIMENO. Esa gitana
es la misma que a don Juan,
vuestro hermano...
NUÑO. ¿Qué oigo!
AZUCENA. ¡Calla!
No se lo digas, cruel,
que si lo sabe me mata.
NUÑO. Atadla bien.
AZUCENA. Por favor,
que esas cuerdas me quebrantan
las manos... ¡Manrique, hijo,
ven a librarme!
GUILLÉN. ¿Qué habla?
AZUCENA. Ven, que llevan a morir
a tu madre.
NUÑO. ¡Tú, inhumana,
tú fuiste!
AZUCENA. No me hagáis mal,
os lo pido arrodillada...
Tened compasión de mí.
NUÑO. Llevadla de aquí... Apartadla
de mi vista.
AZUCENA. No fui yo;
ved, don Nuño, que os engañan.
ESCENA IV
LOS MISMOS, _menos_ AZUCENA _y los_ SOLDADOS
NUÑO. Tomad, don Lope, cien hombres,
y a Zaragoza llevadla;
vos de ella me respondéis
con vuestra cabeza.
GUILLÉN. ¿Marcha
el campo?
NUÑO. Sí, a Castellar.
¡Es hijo de una gitana!...
¿No lo oisteis, don Guillén,
que a Manrique demandaba?
GUILLÉN. Sí, sí...
NUÑO. Pronto a Castellar,
que esta tardanza me mata...
yo os prometo no dejar
una piedra en sus murallas.
ESCENA V
Habitación de Leonor en la torre de Castellar, con dos puertas
laterales.
LEONOR _y_ RUIZ
RUIZ. ¿Qué mandarme tenéis?
LEONOR. ¿Y don Manrique?
RUIZ. Aún reposando está.
(_Leonor hace una seña, y se retira Ruiz._)
LEONOR. Duerme tranquilo,
mientras rugiendo atroz sobre tu frente
rueda la tempestad, mientras llorosa
tu amante criminal tiembla azorada.
¿Cuál es mi suerte? ¡Oh Dios! ¿Por qué tus aras
ilusa abandoné? La paz dichosa
que allí bajo las bóvedas sombrías
feliz gozaba tu perjura esposa...
¿Esposa yo de Dios? No puedo serlo;
jamás, nunca lo fui... tengo un amante
que me adora sin fin, y yo le adoro,
que no puedo olvidar sólo un instante.
Y con eternos vínculos el crimen
a su suerte me unió... nudo funesto,
nudo de maldición que allá en su trono
enojado maldice un Dios terrible.
ESCENA VI
LEONOR _y_ MANRIQUE
LEONOR. ¡Manrique! ¿Eres tú?
MANRIQUE. Sí, Leonor querida.
LEONOR. ¿Qué tienes?
MANRIQUE. Yo no sé...
LEONOR. ¿Por qué temblando
tu mano está? ¿Qué sientes?
MANRIQUE. Nada, nada.
LEONOR. En vano me lo ocultas.
MANRIQUE. Nada siento.
Estoy bueno... ¿Qué dices? ¿Que temblaba
mi mano?... No... ilusión... nunca he temblado.
¿Ves cómo estoy tranquilo?
LEONOR. De otra suerte
me mirabas ayer... tu calma fría
es la horrorosa calma de la muerte.
¿Pero qué causa, dime, tus pesares?
MANRIQUE. ¿Quieres que te lo diga?
LEONOR. Sí, lo quiero.
MANRIQUE. Ningún temor real; nada que pueda
hacerte a ti infeliz ni entristecerte
causa mi turbación... mi madre un día
me contó cierta historia, triste, horrible,
que no puedes saber, y desde entonces
como un espectro me persigue eterna
una imagen atroz... no lo creyeras,
y a contártelo yo,[76] te estremecieras.
LEONOR. Pero...
MANRIQUE. No temas, no; tan sólo ha sido[77]
un sueño, una ilusión, pero horrorosa...
un sudor frío aún por mi frente corre.
Soñaba yo que en silenciosa noche,
cerca de la laguna que el pie besa
del alto Castellar, contigo estaba.
Todo en calma yacía; algún gemido
melancólico y triste
sólo llegaba lúgubre a mi oído.
Trémulo como el viento, en la laguna
triste brillaba el resplandor siniestro
de amarillenta luna.
Sentado allí en su orilla y a tu lado
pulsaba yo el laúd, y en dulce trova
tu belleza y mi amor tierno cantaba,
y en triste melodía
el viento, que en las aguas murmuraba,
mi canto y tus suspiros repetía.
Mas súbito, azaroso, de las aguas
entre el turbio vapor, cruzó luciente
relámpago de luz que hirió un instante
con brillo melancólico tu frente.
Yo vi un espectro que en la opuesta orilla
como ilusión fantástica vagaba
con paso misterioso
y un quejido lanzando lastimoso
que el nocturno silencio interrumpía,
ya triste nos miraba,
ya con rostro infernal se sonreía.
De pronto el huracán cien y cien truenos
retemblando sacude,
y mil rayos cruzaron,
y el suelo y las montañas
a su estampido horrísono temblaron.
Y envuelta en humo la feroz fantasma,
huyó, los brazos hacia mí tendiendo.
«¡Véngame!» dijo, y se lanzó a las nubes;
«¡Véngame!» por los aires repitiendo.
Frío con el pavor tendí los brazos
a donde estabas tú... tú ya no estabas,
y sólo hallé a mi lado
un esqueleto, y al tocarle osado,[78]
en polvo se deshizo, que violento
llevose al punto retronando el viento.
Yo desperté azorado; mi cabeza
hecha estaba un volcán, turbios mis ojos;
mas logro verte al fin, tierna, apacible,
y tu sonrisa calma mis enojos.[79]
LEONOR. ¿Y un sueño solamente
te atemoriza así?
MANRIQUE. No; ya no tiemblo,
ya todo lo olvidé... mira, esta noche
partiremos al fin de este castillo...
no quiero estar aquí.
LEONOR. Temes acaso...
MANRIQUE. Tiemblo perderte; numerosa hueste
del rey usurpador viene a sitiarnos,
y este castillo es débil con extremo;
nada temo por mí, mas por ti temo.
ESCENA VII
LOS MISMOS _y_ RUIZ
MANRIQUE. ¿Qué me vienes a anunciar?
RUIZ. Señor, ya el Conde marchando
con la gente de su bando
se dirige a Castellar.
Todo lo lleva a cuchillo[80]
y por los montes avanza,
sin duda con la esperanza
de poner cerco al castillo.
MANRIQUE. No osarán, que son traidores,
y es cobarde la traición.
RUIZ. Estas las noticias son
que traen nuestros corredores.
Demás, por lo que advirtieron,
añaden que esta mañana
han cogido una gitana
que venir hacia acá vieron.
MANRIQUE. ¿Una gitana?... ¿Y quién era?
RUIZ. ¿Quién puede saberlo... pues...?
MANRIQUE. ¡Cielos!
RUIZ. Vieja dicen que es,
con sus puntas de hechicera.[81]
MANRIQUE. (¡Es ella!... ¿Y podré salvarla?...)
Avisa que a partir vamos...
ármense todos... (Corramos
a lo menos a vengarla.)
LEONOR. ¿Qué dices?... Partir...
MANRIQUE. Sí, sí...
¿qué te detiene?
RUIZ. Señor...
MANRIQUE. Pronto, o teme mi furor.
LEONOR. ¿Y me dejarás aquí?
ESCENA VIII
MANRIQUE _y_ LEONOR
MANRIQUE. Un secreto, Leonor...
sé que vas a despreciarme;
ya era tiempo... esa gitana,
ésa, Leonor, es mi madre.
LEONOR. ¡Tu madre!
MANRIQUE. Llora si quieres;
maldíceme porque infame
uní tu orgullosa cuna
con mi cuna miserable.
Pero déjame que vaya
a salvarla si no es tarde;
si ha muerto, la vengaré
de su asesino cobarde.
LEONOR. ¡Eso me faltaba!...
MANRIQUE. Sí;
yo no debía engañarte
por más tiempo... Vete, vete;
soy un hombre despreciable.
LEONOR. Nunca para mí.
MANRIQUE. Eres noble,
y yo, ¿quién soy? Ya lo sabes.
Vete a encerrar con tu orgullo
bajo el techo de tus padres.
LEONOR. ¡Con mi orgullo! Tú te gozas,
cruel, en atormentarme.
Ten piedad...
MANRIQUE. Pero soy libre
y fuerte para vengarme...
Y me vengaré... ¿Lo dudas?
LEONOR. Si necesitas mi sangre,
aquí la tienes.
MANRIQUE. ¡Leonor!
¡Qué desgraciada en amarme
has sido! ¿Por qué, infeliz,
mis amores escuchaste?
¿Y no me aborreces?
LEONOR. No.
MANRIQUE. ¿Sabes que presa mi madre
espera tal vez la muerte?
¡Venganza infame y cobarde!
¿qué espero yo...?
LEONOR. Ven... No vayas...
Mira, el corazón me late,
y fatídico me anuncia
tu muerte.
MANRIQUE. ¡Llanto cobarde!
Por una madre morir,
Leonor, es muerte envidiable.
¿Quisieras tú que temblando
viera derramar su sangre,
o si salvarla pudiera
por salvarla no lidiase?
LEONOR. Pues bien, iré yo contigo;
allí correré a abrazarte
entre el horror y el estruendo
del fratricido[82] combate.
Yo opondré mi pecho al hierro
que tu vida amenazare;
sí, y a falta de otro muro,
muro será mi cadáver.
MANRIQUE. Ahora te conozco, ahora
te quiero más.
LEONOR. Si tú partes,
iré contigo; la muerte
a tu lado ha de encontrarme.
MANRIQUE. Venir tú... no; en el castillo
queda custodia bastante
para ti... ¿Escuchas? Adiós.
(_Suena un clarín._)
El clarín llama al combate.
LEONOR. Un momento...
MANRIQUE. Ya no puedo
detenerme ni un instante.
ESCENA IX
LEONOR
LEONOR. Manrique, espera... Partió
sin escucharme... ¡Inhumano!
¿Por qué con delirio insano
mi corazón le adoró?
¿Y es éste tu amor? ¡Ay! Ven...
No burles así tu suerte,
que allí te espera la muerte,
y está en mis brazos tu bien.
Ya no escuchas el clamor
de aquella Leonor querida...
(_Vuelve a sonar el clarín._)
¡Gran Dios! Protege su vida,
te lo pido por tu amor.
JORNADA QUINTA
EL SUPLICIO
Inmediaciones de Zaragoza; a la izquierda vista de uno de
los muros del palacio de la Aljafería, con una ventana cerrada
con una fuerte reja.
ESCENA PRIMERA
LEONOR _y_ RUIZ
RUIZ. Ya estamos en Zaragoza
y es bien entrada la noche;
nadie conoceros puede.
LEONOR. Ruiz di, ¿No es ésta la torre
de la Aljafería?
RUIZ. Sí.
LEONOR. ¿Están aquí las prisiones?
RUIZ. Ahí se suelen custodiar
los que a su rey son traidores.
LEONOR. ¿Trajiste lo que te dije?
RUIZ. Aquí está;
(_Saca un pomo de plata, que entrega a Leonor._)
por un jarope
que no vale seis cornados[83]...
LEONOR. El precio nada te importe.
Toma esa cadena tú.
RUIZ. Judío al fin.
LEONOR. No te enojes.
RUIZ. Diez maravedís de plata
me llevó el Iscariote.
LEONOR. Vete ya, Ruiz.
RUIZ. ¿Os quedáis
sola aquí? No, que me ahorquen
primero...
LEONOR. Quiero estar sola.
RUIZ. Si os empeñáis... Buenas noches.
ESCENA II
LEONOR
LEONOR. Esa es la torre; allí está,
y maldiciendo su suerte
espera triste la muerte,
que no está lejos quizá.
¡Esas murallas sombrías,
esas rejas y esas puertas,
al féretro sólo abiertas,
verán tus últimos días!
¿Por qué tan ciega le amé?
¡Infeliz! ¿Por qué, Dios mío,
con amante desvarío
mi vida le consagré?
Mi amor te perdió, mi amor...
yo mi cariño maldigo,
pero moriré contigo
con veneno abrasador.
¡Si me quisiera escuchar
el Conde!... Si yo lograra
librarte así, ¿qué importara?...
Sí; voy tu vida a salvar.
A salvarte... No te asombre
si hoy olvido mi desdén.
UNA VOZ, _dentro_. Hagan bien para hacer bien
por el alma de este hombre.[84]
LEONOR. Ese lúgubre clamor...
¿O tal vez lo escuché mal?
No, no... ¡Ya la hora fatal
ha llegado, trovador!
Manrique, partamos ya,
no perdamos un instante.
DENTRO. ¡Ay!
LEONOR. Esa voz penetrante...
¡Si no fuera tiempo ya!
(_Al querer partir se oye tocar un laúd; un momento después
canta dentro Manrique._)
Despacio viene la muerte,
que está sorda a mi clamor;
para quien morir desea
despacio viene, por Días.
¡Ay! Adiós, Leonor,
Leonor.
LEONOR. ¡El es; y desea morir
cuando su vida es mi vida!
¡Si así me viera afligida
por él al cielo pedir!...
MANRIQUE, _dentro_. No llores si a saber llegas
que me matan por traidor,
que el amarte es mi delito,
y en el amor no hay baldón.
¡Ay! Adiós, Leonor,
Leonor.
LEONOR. ¡Que no llore yo, cruel!
No sabe cuánto le quiero.
¡Que no llore, cuando muero
en mi juventud por él!
Si a esa reja te asomaras
y a Leonor vieras aquí,
tuvieras piedad de mí
y de mi amor no dudaras.
Aquí te buscan mis ojos,
a la luz de las estrellas,
y oigo, a par de tus querellas,
el rumor de los cerrojos.
Y oigo en tu labio mi nombre
con mil suspiros también.
UNA VOZ, _dentro_. Hagan bien para hacer bien
por el alma de este hombre.
LEONOR. No, no morirás; yo iré
a salvarte; del tirano
feroz la sangrienta mano
con mi llanto bañaré.
¿Temes? Leonor te responde
de su cariño y virtud.
¿Aún dudas con inquietud?
(_Apura el pomo._)
Ya no puedo ser del Conde.[85]
ESCENA III
Cámara del Conde de Luna; éste estará sentado cerca de
una mesa y don Guillén a su lado de pie.
DON NUÑO _y_ DON GUILLÉN
NUÑO. ¿Visteis, don Guillén, al reo?
GUILLÉN. Dispuesto a morir está.
NUÑO. ¿Don Lope?
GUILLÉN. Presto vendrá.
NUÑO. Que al punto llegue deseo.
No quiero que se dilate
el suplicio ni un momento;
cada instante es un tormento
que mi paciencia combate.
GUILLÉN. ¿Le avisaré?
NUÑO. No, esperad...
Tardar no puede en venir.
Para ayudarle a morir
a un religioso avisad.
Y despachaos con presteza.
GUILLÉN. ¡El hijo de una gitana!
NUÑO. Cierto; diligencia es vana.
GUILLÉN. ¿Mas no dais cuenta a su Alteza?
NUÑO. ¿Para qué? Ocupado está
en la guerra de Valencia.[86]
GUILLÉN. Si no aprueba la sentencia...
NUÑO. Yo sé que la aprobará.
Para aterrar la traición
puso en mi mano la ley...
mientras aquí no esté el Rey,
yo soy el Rey de Aragón.
Mas... ¿vuestra hermana?
GUILLÉN. Yo mismo
nada de su suerte sé;
pero encontrarla sabré
aunque la oculte el abismo.
Entonces su torpe amor
lavará con sangre impura...
Sólo así el honor se cura,
y es muy sagrado el honor.
NUÑO. Ni tanto rigor es bien
emplear.
GUILLÉN. Mi ilustre cuna...
NUÑO. Si algo apreciáis al de Luna,
no la ofendáis, don Guillén.
GUILLÉN. ¿Tenéis algo que mandar?
NUÑO. Dejadme solo un instante.
ESCENA IV
DON NUÑO, _después_ DON LOPE
NUÑO. Leonor, al fin en tu amante
tu desdén voy a vengar.
Al fin en su sangre impura
a saciar voy mi rencor;
también yo puedo, Leonor,
gozarme de tu desventura.
Fatal tu hermosura ha sido
para mí, pero fatal
también será a mi rival,
a ese rival tan querido.
Tú lo quisiste; por él
mi ternura despreciaste...
¿Por qué, Leonor, no me amaste?
Yo no fuera tan cruel.
Ángel hermoso de amor,
yo como a un Dios te adoraba,
y tus caricias gozaba
un oscuro trovador.
Harto la suerte envidié
de un rival afortunado;
harto tiempo despreciado
su ventura contemplé.
¡Ah! Perdonarle quisiera...
no soy tan perverso yo.
Pero es mi rival... no, no...
es necesario que muera.
LOPE. Vuestras órdenes, Señor,
se han cumplido; el reo espera
su sentencia.
NUÑO. Y bien, que muera,
pues a su Rey fue traidor.
¿A qué aguardáis?
LOPE. Si así os plugo[87]...
NUÑO.. ¿No fue perjuro a la ley
y rebelde con su Rey?
Pues bien, ¿qué espera el verdugo?
Esta noche ha de morir.
LOPE. ¿Esta noche? ¡Pobre mozo!
NUÑO.. Junto al mismo calabozo...
¿entendéis?
LOPE. No hay más decir.
NUÑO.. ¿La bruja?...
LOPE. Con él está
en su misma prisión.
NUÑO.. Bien.
LOPE. ¿Pero ha de morir?
NUÑO.. También.
LOPE. ¿De qué muerte morirá?
NUÑO.. Como su madre,[88] en la hoguera.
LOPE. ¿Por último confesó
que a vuestro hermano mató?
Maldiga Dios la hechicera.
NUÑO.. Molesto, don Lope, estáis...
idos ya.
LOPE. Señor, si pude
ofenderos...
NUÑO. No lo dude.
LOPE. Mi deber...
NUÑO. Es que os vayáis.
(_Hace don Lope que se va y vuelve._)
LOPE. Perdonad; se me olvidaba
con la maldita hechicera.
NUÑO. ¡Don Lope!
LOPE. Señor, ahí fuera
una dama os aguardaba.
NUÑO. ¿Y qué objeto aquí la trae?
¿Dice quién es?
LOPE. Encubierta
llegó, Señor, a la puerta
que al campo de Toro cae.
NUÑO. Que entre, pues; vos despejad.
LOPE. El Conde, Señora, espera.
NUÑO. Vos os podéis quedar fuera,
y hasta que os llame aguardad.
ESCENA V
DON NUÑO _y_ LEONOR
LEONOR. ¿Me conocéis? (_Descubriéndose._)
NUÑO. ¡Desgraciada!
¿Qué buscáis, Leonor, aquí?
LEONOR. ¿Me conocéis, Conde?
NUÑO. Sí,
por mi mal, desventurada,
por mi mal te conocí.
¿A qué viniste, Leonor?
LEONOR. Conde, ¿dudarlo queréis?
NUÑO. ¡Todavía el trovador!...
LEONOR. Sé que todo lo podéis,
y que peligra mi amor.
Duélaos, don Nuño, mi mal.
NUÑO. ¿A eso vinistes, ingrata,
a implorar por un rival?
¡Por un rival! ¡Insensata!
Mal conoces al de Artal.
No; cuando en mis brazos veo
la venganza apetecida,
cuando su sangre deseo...
Imposible...
LEONOR. No lo creo.
NUÑO. Sí, creedlo por mi vida.
Largo tiempo también yo
aborrecido imploré
a quien mis ruegos no oyó,
y de mi afán se burló;
no pienses que lo olvidé.
LEONOR. ¡Ah! Conde, Conde, piedad.
(_Arrodillándose._)
NUÑO. ¿La tuviste tú de mí?
LEONOR. Por todo un Dios.[89]
NUÑO. Apartad.
LEONOR. No, no me muevo de aquí.
NUÑO. Pronto, Leonor, acabad.
LEONOR. Bien sabéis cuanto le amé;
mi pasión no se os esconde...
NUÑO. ¡Leonor!
LEONOR. ¿Qué he dicho? No sé,
no sé lo que he dicho, Conde;
¿queréis?... le aborreceré.
¡Aborrecerle! ¡Dios mío!
Y aún amaros a vos, sí,
amaros con desvarío
os prometo... ¡Amor impío,
digno de vos y de mí!
NUÑO. Es tarde, es tarde, Leonor.
¿Y yo perdonar pudiera
a tu infame seductor,
al hijo de una hechicera?
LEONOR. ¿No os apiada mi dolor?
NUÑO. ¡Apiadarme! Más y más
me irrita, Leonor, tu lloro,
que por él vertiendo estás;
no lo negaré, aún te adoro,
mas perdonarle... jamás.
Esta noche, en el momento...
Nada de piedad.
LEONOR, _con ternura_. ¡Cruel!
¡Cuando en amarte consiento!
NUÑO. ¿Qué me importa tu tormento,
si es por él, sólo por él?
LEONOR. Por él, don Nuño, es verdad;
por él con loca impiedad
el altar he profanado.
¡Y yo, insensata, le he amado
con tan ciega liviandad!
NUÑO. Un hombre oscuro...
LEONOR. Sí, sí...
nunca mereció mi amor.
NUÑO. Un soldado, un trovador...
LEONOR. Yo nunca os aborrecí.
NUÑO. ¿Qué quieres de mí, Leonor?
¿Por qué mi pasión enciendes,
que ya entibiándose va?
Di que engañarme pretendes,
dime que de un Dios dependes,
y amarme no puedes ya.
LEONOR. ¿Qué importa, Conde? ¿No fui
mil y mil veces perjura?
¿Qué importa, si ya vendí
de un amante la ternura,
que a Dios olvide por ti?
NUÑO. ¿Me lo juras?
LEONOR. Partiremos
lejos, lejos de Aragón,
do felices viviremos,
y siempre nos amaremos
con acendrada pasión.
NUÑO. ¡Leonor... delicia inmortal!
LEONOR. Y tú en premio a mi ternura...
NUÑO. Cuanto quieres.
LEONOR. ¡Oh, ventura!
NUÑO. Corre, dile que el de Artal
su libertad le asegura,
pero que huya de Aragón,
que no vuelva, ¿lo has oído?
LEONOR. Sí, sí...
NUÑO. Dile que atrevido
no persista en su traición,
que tu amor ponga en olvido.
LEONOR. Sí... lo diré... (Dios eterno,
tu nombre bendeciré!)
NUÑO. Cuidad, que os observaré.
LEONOR. (Ya no me aterra el infierno,
pues que su vida salvé.)
ESCENA VI
_Calaboso oscuro con una ventana con reja a la izquierda y una
puerta en el mismo lado; otra ventana alta en el fondo, cerrada.
Debajo de la ventana, y en un escaño, estará recostada_
AZUCENA; _en el lado opuesto_ MANRIQUE, _sentado_
MANRIQUE. ¿Dormís, madre mía?
AZUCENA. No... bastante lo he deseado, pero el sueño
huye de mis ojos.
MANRIQUE. ¿Tenéis frío tal vez?
AZUCENA. No... te he oído suspirar a menudo... ven
aquí... ¿Qué tienes?[90] ¿Por qué no me confías todos tus
padecimientos? ¿Por qué no los depositas en el seno de una
madre? Porque yo soy tu madre, y te quiero como a mi vida.
MANRIQUE. ¡Mis padecimientos!
AZUCENA. He orado por ti toda la noche; es lo único
que puedo hacer ya.
MANRIQUE. Descansad un momento.
AZUCENA. Yo quisiera escaparme de aquí, porque me
sofoca el aire que aquí respiro... porque van a matarme.
Pero tú me defenderás, tú no consentirás que te roben a
tu madre.
MANRIQUE. ¡Gran Dios!
AZUCENA. Pero estoy afligiéndote, ¿es verdad?
MANRIQUE. No; decid, decid lo que queráis.
AZUCENA. Tú no podrás socorrerme; vendrán muchos
contra ti, y tus fuerzas se agotarán; pero no temas por mí,
yo estoy libre de su furor.
MANRIQUE. ¿Vos?
AZUCENA. Sí; los tiranos no mandan sobre el sepulcro,
ni el verdugo puede martirizar una carne que no siente.
Acércate... Mira esta frente pálida; ¿no está pintada en
ella la muerte?
MANRIQUE. ¿Qué decís?
AZUCENA. Sí; desde esta mañana he sentido que me
abandonaban las fuerzas, que mis miembros se torcían; un
velo de sangre ha ofuscado más de una vez mis ojos, y un
zumbido espantoso ha resonado continuamente en mis
oídos... se me figuraba que oía el llamamiento a la eternidad...
¡La eternidad! Y ya voy a salir de esta vida
con el alma emponzoñada...
MANRIQUE. Por favor.
AZUCENA. Y van a matarme...
MANRIQUE. ¡A mataros! ¿Y por qué? ¡Porque sois
mi madre, y yo soy la causa de vuestra muerte! ¡Madre
mía, perdón!
AZUCENA. No temas. ¿A qué llorar por mí? No, no
tendrán el placer de tostarme como a mi madre; siento que
mi vida se acaba por instantes,[91] pero quisiera morir pronto.
¿No es verdad que se llenarán de rabia cuando vengan a
buscar una víctima y encuentren un cadáver, menos que
un cadáver... un esqueleto? ¡Ja... ja... ja...!
Quisiera yo verlo para gozarme de su desesperación. Cuando
vean mis ojos quebrados, cuando toquen mi mano seca y
fría como el mármol...
MANRIQUE. ¡No me atormentéis, por piedad!
AZUCENA. ¿Oyes? ¿Oyes ese ruido? Mátame...
pronto, para que no me lleven a la hoguera. ¿Sabes tú
qué tormento es el fuego?
MANRIQUE. ¿Y tendrán valor?
AZUCENA. Sí; lo tuvieron para mi madre; debe ser
horroroso ese tormento...¡La hoguera! Y siempre la
tengo delante, y siempre con sus llamas que queman, que
quitan la vida con desesperados tormentos.
MANRIQUE. No más, no más. 5
AZUCENA. Me acuerdo de cuando achicharraron a tu
abuela; iba cubierta de harapos; sus cabellos, negros como
las alas del cuervo, ocultaban casi enteramente su cara; yo,
tendida en el suelo, arañando frenética mi rostro, había
apartado mis ojos de aquel espectáculo, que no podía suportar;
pero mi madre me llamó, y yo corrí hasta los pies
del cadalso... los verdugos me rechazaron con aspereza,
no me dejaron darla siquiera un beso, y la metieron en el
fuego... Todavía retiembla en mi oído el acento de aquel
grito desesperado que le arrancó el dolor... Debe ser
horrible, precisamente horrible ese suplicio; aquel grito
desentonado expresaba todos los tormentos de su cuerpo, y
los verdugos se reían de sus visajes, porque la llama había
quemado sus cabellos, y sus facciones contraídas, convulsas,
y sus ojos desencajados, daban a su rostro una expresión
infernal...¡Y esto les hacía reír!
MANRIQUE. ¿No podéis olvidar todo eso? ¿Por qué
no procuráis descansar?
AZUCENA. Sí; eso querría, pero...¿y la hoguera?
¿Y si durmiendo me llevan a la hoguera?
MANRIQUE. No, no vendrán.
AZUCENA. ¿Me lo prometes tú?
MANRIQUE. Os lo ofrezco, madre mía; podéis reposar
un momento.
AZUCENA. ¡Tengo mucha necesidad de dormir! ¡He
estado despierta tanto tiempo! Dormiré, y luego nos iremos;
¿qué razón hay para que no nos dejen ir? Cuando
sea de día[92]... Pero aquí no se sabe cuando es de día...
Aunque sea de noche, a cualquier hora, sí, porque quiero
respirar; aquí me ahogo.
MANRIQUE. (¡Qué tormento!)
AZUCENA. Y correremos por la montaña, y tú cantarás
mientras yo estaré durmiendo, sin temor a esos verdugos
ni a ése suplicio de fuego.
MANRIQUE. Descansad.
AZUCENA. Voy... pero calla... calla... (_Se queda
dormida; un momento de silencio._)
MANRIQUE. Duerme, duerme, madre mía,
mientras yo te guardo el sueño,
y un porvenir más risueño
durmiendo allá te sonría.
Al menos ¡ay! mientras dura
tu sueño, no acongojado
veré tu rostro bañado
con lágrimas de amargura.
ESCENA VII
MANRIQUE, LEONOR, _y_ AZUCENA
LEONOR. ¡Manrique!
MANRIQUE. ¿No es ilusión!
¿Eres tú?
LEONOR. Yo, sí... yo soy;
a tu lado al fin estoy,
para calmar tu aflicción.
MANRIQUE. Sí; tú sola mi delirio
puedes, hermosa, calmar;
ven, Leonor, a consolar
amorosa mi martirio.
LEONOR. No pierdas tiempo, por Dios...
MANRIQUE. Siéntate a mi lado, ven.
¿Debes tú morir también?
Muramos juntos los dos.
LEONOR. No, que en libertad estás.
MANRIQUE. ¿En libertad!
LEONOR. Sí; ya el Conde...