NUÑO. ¿Cuál de mis criados te parece más a propósito

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[Illustration: ZARAGOZA]

Heath's Modern Language Series

EL TROVADOR

POR

ANTONIO GARCÍA GUTIÉRREZ

_EDITED WITH NOTES AND VOCABULARY_

BY

H. H. VAUGHAN, PH. D.

YALE UNIVERSITY

D. C. HEATH & CO., PUBLISHERS

BOSTON NEW YORK CHICAGO

COPYRIGHT, 1908,

BY D. C. HEATH & CO.

Printed in U. S. A.

INTRODUCTION

Antonio García Gutiérrez was born in Chiclina, a small town in

Andalusia, July 5, 1813. His father wished him to become a doctor, but

his own tendency towards poetry was so strong that he soon gave up all

idea of a medical career and went to Madrid to seek his fortune. Here he

wrote _El Trovador_, which was promptly rejected by the dramatic

managers. After this disappointment he enlisted as a volunteer against

the Carlists, and was in the army when his play was finally produced.

Its success was instantaneous and overwhelming, and enabled the author

to leave the army and give all his time to his chosen occupation. Among

his other works may be cited _Simón Bocanegra_, _Venganza Catalana_, and

_Juan Lorenzo_. These plays were not as enthusiastically received as _El

Trovador_, and Gutiérrez regarded the public as unjust to him. In 1844

he went to Havana, and thence to Mérida de Yucatán; returning to Spain

after five years' absence. He died August 26, 1884.

_El Trovador_ is undoubtedly Gutiérrez' masterpiece. Interest in the

play is quickly aroused, and well sustained by the rapidity of the

action. Gutiérrez has not kept the classic unities of time and place,

but he has kept the one important unity, that of action; since, although

our interest may at times be divided between the protagonists of the

drama and a less important character, we never lose interest in the

former.

The characters, although well drawn, are not strong. Manrique is a

selfish and ambitious man, who well deserves his fate. Nuño is

unscrupulous and weak, but the weakest character of all is that of

Leonor, who, knowing her duty, has neither strength nor will to

accomplish it. Azucena is really the most interesting character in the

play. From her first sad notes of "Bramando está el pueblo indómito" to

her last despairing cry of "Ya estás vengada" we do not for a minute

lose sight of the mortal conflict in her soul between the vengeance

which she has sworn her mother and her love for Manrique.

The verse form of the drama is worthy of note. In general, scenes in

which subordinates or common people appear are in prose, while those

between nobles are in verse. When the action is of ordinary pitch, this

verse is very simple; but when the action reaches a high pitch, the

verse form becomes complicated. Examples of this are to be seen in Act

III, Scene V, and Act IV, Scenes V and VI.

_El Trovador_ was given operatic form by the great Italian composer

Giuseppi Verdi, and under its Italian title, _Il Trovatore_, is well

known throughout the world.

As great difference exists in the usage of the Spanish punctuation marks

at the present day, it has been thought advisable in this edition to

adopt in some cases what might be called mixed punctuation, that is,

when there is a question which is also an exclamation, attention is

called to the fact by the use of the interrogation point before and the

exclamation point after the phrase or sentence.

The editor wishes to extend his thanks to Professor J. D. M Ford and

Professor C. H. Grandgent of Harvard, Professor A. Le Duc and Mr. F. D.

Schnacke of the University of Kansas, and Professor C. P. Wagner of the

University of Michigan, who have rendered valuable assistance in the

preparation of this edition.

H. H. V.

ANN ARBOR, _Sept. 14, 1907_.

EL TROVADOR

DRAMA CABALLERESCO EN CINCO JORNADAS EN PROSA Y VERSO

PERSONAJES

DON NUÑO DE ARTAL, Conde de Luna[1]

DON MANRIQUE (El Trovador)

DON GUILLÉN DE SESÉ

DON LOPE DE URREA

DOÑA LEONOR DE SESÉ

DOÑA JIMENA

AZUCENA

GUZMÁN, criado del Conde de Luna

JIMENO, idem

FERRANDO, idem

RUIZ, criado de Don Manrique

UN SOLDADO

Soldados, sacerdotes y religiosas

_Aragón_[2]--_Siglo XV_

EL TROVADOR

JORNADA PRIMERA

EL DUELO

Zaragoza:[3] sala corta[4] en el palacio de la Aljafería[5]

ESCENA PRIMERA

GUZMÁN, JIMENO, _y_ FERRANDO, _sentados_

JIMENO. Nadie mejor que yo puede saber esa historia;

como que hace muy cerca de cuarenta años que estoy al

servicio de los Condes de Luna.

FERRANDO. Siempre me lo han contado de diverso modo.

GUZMÁN. Y como se abultan tanto las cosas...

JIMENO. Yo os lo contaré tal como ello pasó por los

años de 1390. El Conde don Lope de Artal vivía regularmente

en Zaragoza, como que siempre estaba al lado de

su Alteza. Tenía dos niños: el uno que es don Nuño,

nuestro muy querido amo, y contaba entonces seis meses,

poco más o menos, y el mayor, que tendría dos años, llamado

don Juan. Una noche entró en la casa del Conde una de

esas vagabundas, una gitana con ribetes de bruja, y sin

decir una palabra se deslizó hacia la cámara donde dormía

el mayorcito. Era ya bastante vieja...

FERRANDO. ¿Vieja y gitana? Bruja sin duda.

JIMENO. Se sentó a su lado, y le estuvo mirando largo

rato, sin apartar de él los ojos ni un instante; pero los

criados la vieron y la arrojaron a palos.[6] Desde aquel día

empezó a enflaquecer el niño, a llorar continuamente, y

por último, a los pocos días cayó gravemente enfermo; la

pícara de la bruja le había hechizado.

GUZMÁN. ¡Diantre!

JIMENO. Y aún su aya aseguró que en el silencio de la

noche había oído varias veces que andaba alguien en su

habitación, y que una legión de brujas jugaban con el niño

a la pelota, sacudiéndole furiosas contra la pared.

FERRANDO. ¡Qué horror! Yo me hubiera muerto de

miedo.

JIMENO. Todo esto alarmó al Conde, y tomó sus medidas

para pillar a la gitana; cayó efectivamente en el

garlito, y al otro día[7] fue quemada públicamente, para

escarmiento de viejas.

GUZMÁN. ¡Cuánto me alegro! ¿Y el chico?

JIMENO. Empezó a engordar inmediatamente.

FERRANDO. Eso era natural.

JIMENO. Y a guiarse por mis consejos,[8] hubiera sido

también tostada la hija, la hija de la hechicera.

FERRANDO. ¡Pues por supuesto![9]... Dime con quién

andas[10]...

JIMENO. No quisieron entenderme, y bien pronto tuvieron

lugar de arrepentirse.

GUZMÁN. ¿Cómo!

JIMENO. Desapareció el niño, que estaba ya tan rollizo

que daba gusto verle; se le buscó por todas partes, ¿y

sabéis lo que se encontró? Una hoguera recién apagada

en el sitio donde murió la hechicera, y el esqueleto achicharrado

del niño.

FERRANDO. ¡Cáspita! ¿Y no la atenacearon?

JIMENO. Buenas ganas teníamos todos de verla arder

por vía de ensayo para el infierno; pero no pudimos atraparla,

y sin embargo si la viese ahora...

GUZMÁN. ¿La conoceríais?

JIMENO. A pesar de los años que han pasado, sin duda.

FERRANDO. Pero también apostaría yo cien florines a

que el alma de su madre está ardiendo ahora en las parrillas

de Satanás.

GUZMÁN. Se entiende.

JIMENO. Pues... mis dudas tengo en cuanto a eso.

GUZMÁN. ¿Qué decís?

JIMENO. Desde el suceso que acabo de contaros no ha

dejado de haber lances diabólicos... Yo diría que el

alma de la gitana tiene demasiado que hacer para irse tan

pronto al infierno.

FERRANDO. ¡Jum!... ¡Jum!...

JIMENO. ¿He dicho algo?

FERRANDO. Preguntádmelo a mí.

GUZMÁN. ¿La habéis visto?

FERRANDO. Más de una vez.

GUZMÁN. ¿A la gitana?

FERRANDO. ¡No, qué disparate; no...! Al alma de

la gitana; unas veces bajo la figura de un cuervo negro; de

noche regularmente en búho. Ultimamente, noches pasadas,

se transformó en lechuza.

GUZMÁN. ¡Cáspita!

JIMENO. Adelante.

FERRANDO. Y se entró en mi cuarto a sorberse el aceite

de mi lámpara; yo empecé a rezar un _Padre nuestro_ en voz

baja... ni por ésas;[11] apagó la luz y me empezó a mirar

con unos ojos tan relucientes;[12] se me erizó el cabello; tenía

un no sé qué de diabólico[13] y de infernal aquel espantoso

animalejo. Ultimamente, empezó a revolotear por la

alcoba... yo sentí en mi boca el frío beso de un labio

inmundo; di un grito de terror exclamando: _¡Jesús!_ y la

bruja espantada lanzó un prolongado chillido, precipitándose

furiosa por la ventana.

GUZMÁN. ¡Me contáis cosas estupendas! Y en pago

del buen rato que me habéis hecho pasar, voy a contaros

otras no menos raras y curiosas, pero que tienen la ventaja

de ser más recientes.

FERRANDO. ¿Cómo!

GUZMÁN. Se entiende que nada de esto debe traslucirse,

porque es una cosa que sólo a mí, a mí particularmente

se me ha confiado.

JIMENO. ¿Pero de quién?

GUZMÁN. De otro modo me mataría el Conde.

FERRANDO _y_ JIMENO. ¡El Conde!

GUZMÁN. Pero todo ello no es nada, nada; travesuras de

la juventud. ¿No sabéis que está perdidamente enamorado

de doña Leonor de Sesé?

GUZMÁN. La hermana de don Guillén, de ese hidalgo

orgulloso...

FERRANDO. La más hermosa dama del servicio de la

reina.

GUZMÁN. Seguro.

FERRANDO. Y que está tan enamorada de aquel trovador

que en tiempos de antaño[14] venía a quitarnos el sueño

por la noche con su cántico sempiterno.

GUZMÁN. Y que viene todavía.

JIMENO. ¿Cómo! ¿Pues no dicen que está con el

Conde de Urgel,[15] que en mala hora naciera, ayudándole a

conquistar la corona de Aragón?

GUZMÁN. Pues a pesar de eso...

FERRANDO. Atreverse a galantear a una de las primeras

damas de su Alteza. Un hombre sin solar, digo, que

sepamos.

JIMENO. No negaréis, sin embargo, que es un caballero

valiente y galán.

GUZMÁN. Sí, eso sí... pero en cuanto a lo demás[16]...

Y luego, ¿quién es él? ¿Dónde está el escudo de sus armas?

Lo que me decía anoche el Conde: «Tal vez será algún

noble pobretón, algún hidalgo de gotera.»

JIMENO. Pero al cuento.

GUZMÁN. Al cuento: ya sabéis que yo gozo de la confianza

del Conde; anoche me dijo, estando los dos solos

en su cuarto: «Escucha, Guzmán; quiero que me acompañes;

sólo a ti me atrevo a confiar mis designios, porque

siempre me has sido fiel; esta noche ha de ser fatal para

mí, o he de llegar al colmo de la felicidad suprema!» Sígueme,

añadió, y atravesó con paso precipitado las galerías,

instruyéndome en el camino de su proyecto.

JIMENO. ¿Y qué?

GUZMÁN. Su intento era entrar en la habitación de

Leonor, para lo cual[17] se había proporcionado una llave.

JIMENO. ¿Cómo!... ¿En palacio!... ¿Y se atrevió

al fin?

GUZMÁN. Entró efectivamente; pero en el momento

mismo, cuando lleno de amor y de esperanza se le figuraba

que iba a tocar la felicidad suprema, un preludio del laúd

del maldito trovador vino a sacarle de su delirio.

FERRANDO. ¡Del trovador!

GUZMÁN. Del mismo; estaba en el jardín. Allí, dijo

don Nuño con un acento terrible, allí estará también ella;

y bajó furioso la escalera. La noche era oscurísima; el

importuno cantor, que nunca pulsó el laúd a peor tiempo,

se retiró creyendo sin duda que era mi amo algún curioso

escudero; a poco rato bajó la virtuosa Leonor, y equivocando

a mi señor con su amante, le condujo silenciosamente

a lo más oculto del[18] jardín. Bien pronto las atrevidas

palabras del Conde la hicieron conocer con quién se las

había[19]... la luna, hasta entonces prudentemente encubierta

con una nube espesísima, hizo brillar un instante el

acero del celoso cantor delante del pecho de mi amo; poco

duró el combate; la espada del Conde cayó a los pies de su

rival, y un momento después ya no había un alma en todo

el jardín.

JIMENO. ¿Y no os parece, como a mí, que el Conde

hace muy mal en exponer así su vida? Y si llegan a saber[20]

sus Altezas semejantes locuras...

GUZMÁN. Calle... parece que se ha levantado ya...

JIMENO. Temprano para lo que ha dormido.[21]

FERRANDO. Los enamorados, dicen que no duermen.

GUZMÁN. Vamos allá, no nos eche de menos.[22]

FERRANDO. Y hoy que estará de mala guisa.

JIMENO. Sí, vamos.

ESCENA II

Cámara de doña Leonor en el palacio

LEONOR, JIMENA, _y_ DON GUILLÉN[23]

GUILLÉN. Mil quejas tengo que daros,

si oírme, hermana, queréis.

LEONOR. Hablar, don Guillén, podéis,

que pronta estoy a escucharos.

Si a hablar del Conde venís,

que será en vano os advierto,

y me enojaré por cierto

si en tal tema persistís.

GUILLÉN. Poco estimáis, Leonor,

el brillo de vuestra cuna,

menospreciando al de Luna[24]

por un simple trovador.

¿Qué visteis, hermana, en él

para así tratarle impía?

¿No supera en bizarría

al más apuesto doncel?

¿A caballo, en el torneo,

no admirasteis su pujanza?

A los botes de su lanza...

LEONOR. Que cayó de un bote creo.

GUILLÉN. En fin, mi palabra di

De que suya habéis de ser,

y cumplirla he menester.

LEONOR. ¿Y vos[25] disponéis de mí?

GUILLÉN. O soy o no vuestro hermano.

LEONOR. Nunca lo fuerais,[26] por Dios,

que me dio mi madre en vos,

en vez de amigo, un tirano.

GUILLÉN. En fin, ya os dije mi intento:

ved cómo se ha de cumplir.

LEONOR. No lo esperéis.

GUILLÉN. O vivir

encerrada en un convento.

LEONOR. Lo del convento más bien.

GUILLÉN. ¿Eso tu audacia responde?

LEONOR. Que nunca seré del Conde...

nunca, ¿lo oís; don Guillén?

GUILLÉN. Yo haré que mi voluntad

se cumpla, aunque os pese a vos.

LEONOR. Idos, hermano, con Dios.

GUILLÉN. ¡Leonor!... a Dios os quedad.

ESCENA III

LEONOR _y_ JIMENA

LEONOR. ¿Lo oíste? ¡Negra fortuna!

Ya ni esperanza ninguna,

ningún consuelo me resta.

JIMENA. ¿Mas por qué por el de Luna

tanto empeño manifiesta?

LEONOR. Esa soberbia ambición

que le ciega y le devora

es ¡triste! mi perdición.

¡Y quiere que al que me adora

arroje del corazón!

Yo al Conde no puedo amar,

le detesto con el alma;

él vino ¡ay Dios! a turbar

de mi corazón la calma

y mi dicha a emponzoñar.

¿Por qué perseguirme así?

Desde anoche le aborrezco

más y más. Yo que creí

que era Manrique... ¡Ay de mí![27]

Todavía me estremezco.

Por él me aborrece ya.

JIMENA. ¿Don Manrique?

LEONOR. Sí, Jimena.

JIMENA. ¿De vuestro amor dudará?

LEONOR. Celoso del Conde está,

y sin culpa me condena... (_llora_)

JIMENA. ¿Siempre llorando, mi amiga?

No cesas...

LEONOR. Llorando, sí;

yo para llorar nací;

mi negra estrella enemiga,

mi suerte, lo quiere así.

Despreciada, aborrecida

del que amante idolatré,

¿qué es ya para mí la vida?

Y él creyó que envilecida

vendiera a otro amor mi fe.

No, jamás,... la pompa, el oro,

guárdelos el Conde allá;

ven, trovador, y mi lloro

te dirá cómo te adoro,

y mi angustia te dirá.

Mírame aquí prosternada;

ven a calmar la inquietud

de esta mujer desdichada;

tuyo es mi amor, mi virtud...

¿Me quieres más humillada?

JIMENA. ¿Qué haces, Leonor?

LEONOR. Yo no sé...

alguien viene.

JIMENA. ¡El es, por Dios!

¡Y dudabas de su fe!

LEONOR. ¡Jimena!

JIMENA. Te estorbaré...

solos os dejo a los dos.

ESCENA IV

LEONOR _y_ MANRIQUE, _rebozado_

LEONOR. ¡Manrique! ¿Eres tú?

MANRIQUE. Yo, sí...

No tembléis.

LEONOR. No tiemblo yo;

mas si alguno entrar te vio...

MANRIQUE. Nadie.

LEONOR. ¿Qué buscas aquí?

¿Qué buscas?... ¡Ah!... Por piedad...

MANRIQUE. ¿Os pesa de mi venida?[28]

LEONOR. No, Manrique, por mi vida.

¿Me buscáis a mí, es verdad?

Sí, sí... yo apenas pudiera

tanta ventura creer.

¿Lo ves? Lloro de placer.

MANRIQUE. ¿Quién, perjura, te creyera!

LEONOR. ¿Perjura?

MANRIQUE. Mil veces, sí...

Mas no pienses que insensato

a obligar a un pecho ingrato,

a implorarte vine aquí.

No vengo lleno de amor

cual un tiempo...

LEONOR. ¡Desdichada!

MANRIQUE. ¿Tembláis?

LEONOR. No, no tengo nada[29]...

mas temo vuestro furor.

¿Quién dijo, Manrique, quién,

que yo olvidarte pudiera

infiel, y tu amor vendiera,

tu amor, que es sólo mi bien!

¿Mis lágrimas no bastaron

a arrancar de tu razón

esa funesta ilusión?

MANRIQUE. Harto tiempo me engañaron.

Demasiado te creí

mientras tierna me halagabas

y pérfida me engañabas.

¡Qué necio, qué necio fui!

Pero no, no impunemente

gozarás de tu traición;

yo partiré el corazón

de ese rival insolente.

¡Tus lágrimas! ¿Yo creer

pudiera, Leonor, en ellas

cuando con tiernas palabras

a otro halagabas ayer?

¡No te vi yo mismo, di!

LEONOR. Sí, pero juzgué engañada

que eras tú, con voz pausada

cantar una trova oí.

Era tu voz, tu laúd;

era el canto seductor

de un amante trovador

lleno de tierna inquietud.

Turbada, perdí mi calma,

se estremeció el corazón,

y una celeste ilusión

me abrasó de amor el aúna.

Me pareció que te vía[30]

en la oscuridad profunda,

que a la luna moribunda

tu penacho descubría.

Me figuré verte allí

con melancólica frente,

suspirando tristemente

tal vez, Manrique, por mí.

No me engañaba... un temblor

me sobrecogió un instante...

era sin duda mi amante,

era ¡ay Dios! mi trovador.

MANRIQUE. Si fuera verdad, mi vida

y mil vidas que tuviera,

ángel hermoso, te diera.

LEONOR. ¿No te soy aborrecida?

MANRIQUE. ¿Tú, Leonor? ¿Pues por quién

así en Zaragoza entrara,

por quién la muerte arrostrara

sino[31] por ti, por mi bien?

¿Aborrecerte! ¿Quién pudo

aborrecerte, Leonor?

LEONOR. ¿No dudas ya de mi amor,

Manrique?

MANRIQUE. No, ya no dudo.

Ni así pudiera vivir;

me amas, ¿es verdad? Lo creo,

porque creerte deseo

para amarte y existir.

Porque me fuera la muerte

más grata que tu desdén.

LEONOR. ¡Trovador!

MANRIQUE. No más; ya es bien

que parta.

LEONOR. ¿No vuelvo a verte?

MANRIQUE. Hoy no, más tarde será.

LEONOR. ¿Tan pronto te marchas?

MANRIQUE. Hoy;

ya se sabe que aquí estoy;

buscándome están quizá.

LEONOR. Sí, vete.

MANRIQUE. Muy pronto fiel

me verás, Leonor, mi gloria,

cuando el cielo dé victoria

a las armas del de Urgel.

Retírate... viene alguno.

LEONOR. ¡Es el Conde!

MANRIQUE. Vete.

LEONOR. ¡Cielos!

MANRIQUE. Mal os curasteis mis celos...

¿Qué busca aquí este importuno?

ESCENA V

MANRIQUE _y_ DON NUÑO

NUÑO. ¿Qué hombre es éste?

MANRIQUE. Guárdeos Dios

muchos años, el de Luna.

NUÑO. (¡Pésia mi negra fortuna!)

MANRIQUE. Caballero, hablo con vos;

si porque encubierto estoy...

NUÑO. Si decirme algo tenéis,

descubrid...

MANRIQUE. ¿Me conocéis? (_Descubriéndose._)

NUÑO. ¡Vos, Manrique!

MANRIQUE. El mismo soy.

NUÑO. ¿Cuando a la ley sois infiel

y cuando proscripto estáis,

así en palacio os entráis

partidario del de Urgel?

MANRIQUE. ¿Debo temer, por ventura,

Conde, de vos?

NUÑO. Un traidor...

MANRIQUE. Nunca; vuestro mismo honor

de vos mismo me asegura.

Siempre fuisteis caballero.

NUÑO. ¿Qué buscáis, Manrique, aquí?

MANRIQUE. A vos, señor Conde.

NUÑO. ¿A mí?

Para qué saber espero.

MANRIQUE. ¿No lo adivináis?

NUÑO. Tal vez.

MANRIQUE. Siempre enemigos los dos

hemos sido.

NUÑO. Sí, por Dios.

MANRIQUE. Pensáislo con madurez.

NUÑO. Pienso que atrevido y necio

anduvisteis en retar

a quien débeos contestar

tan sólo con el desprecio.

¿Qué hay de común en los dos?

Habláis al Conde de Luna,

hidalgo de pobre cuna.[32]

MANRIQUE. Y bueno tal como vos.

¿En fin, no admitís el duelo?

NUÑO. ¿Y lo pudisteis pensar?

¿Yo hasta vos he de bajar?

MANRIQUE. No me insultéis, vive el cielo,

que si la espada desnudo

la vil lengua os cortaré.

NUÑO. ¿A mí, villano? No sé (_Saca la espada._)

cómo en castigarte dudo.

Mas tú lo quieres.

MANRIQUE. Salgamos.

NUÑO. Sacad el infame acero.

MANRIQUE. Don Nuño, fuera os espero;

cuidad que en palacio estamos.

NUÑO. Cobarde, no escucho nada.

MANRIQUE. Ved, Conde, que os engañáis...

¿Vos, vos cobarde llamáis

al que es dueño de esta espada?

NUÑO. La mía... Y lo sufro, no...

MANRIQUE. A recobrarla venid.

NUÑO. No; que no sois, advertid,

caballero como yo.

MANRIQUE. Tal vez os equivocáis.

Y habladme con más despacio

mientra estamos en palacio.

Os aguardo.

NUÑO. ¿Dónde vais?

MANRIQUE. Al campo, don Nuño, voy,

donde probaros espero

que, si vos sois caballero...

caballero también soy.

NUÑO. ¿Os atrevéis?...

MANRIQUE. Sí, venid.

NUÑO. Trovador, no me insultéis

si en algo el vivir tenéis.

MANRIQUE. Don Nuño, pronto, salid.

JORNADA SEGUNDA

EL CONVENTO

Cámara de don Nuño

ESCENA PRIMERA

DON NUÑO _y_ DON GUILLÉN

NUÑO. ¿Don Guillén?

GUILLÉN. Guárdeos el cielo.

NUÑO. ¿Qué hay de nuevo en la ciudad?

GUILLÉN. ¿Qué? ¿Aún no sabéis?

NUÑO. Asentad.

GUILLÉN. Todos lloran sin consuelo.

NUÑO. ¿Cómo!

GUILLÉN. La traición impía

que en yermo a Aragón convierte,

dio al Arzobispo la muerte.

NUÑO. ¿Qué decís? ¿A don García?

GUILLÉN. Ahora se acaba de hallar

su cadáver junto al muro,

que de la noche en lo oscuro

le debieron de matar.[33]

Murió como bueno y fiel...

NUÑO. Siempre lo fue don García.

GUILLÉN. Porque osado combatía

la pretensión del de Urgel.

NUÑO. ¡Infame y cobarde acción

que he de vengar, por quién soy!

GUILLÉN. Conde...

NUÑO. Sabed que desde hoy

soy Justicia de Aragón,

y si mi poder alcanza

a los traidores, os juro

por mi honor, como el sol puro,

que han de sentir mi venganza.

GUILLÉN. Pero dejando esto a un lado,

que importa más vuestra vida,

¿cómo os va de aquella herida?[34]

NUÑO. Me siento muy mejorado.

GUILLÉN. Ya era tiempo.

NUÑO. Un año hará

que la recibí, por Cristo;

muy cerca la muerte he visto,

mas bueno me siento ya.

GUILLÉN. La suerte al fin del trovador

os dio la venganza presto.

NUÑO. No me habléis, Guillén, en esto;

habladme de Leonor,

que hace un año, más de un año,

mientras me duró mi herida,

que no me habláis, por mi vida,

de vuestra hermana, y lo extraño.

GUILLÉN. ¡Don Nuño!...

NUÑO. Desque dejó

el servicio de su Alteza,

de contemplar su belleza,

dura también me privó.

¿Consiente al fin en unir

su suerte a la suerte mía?

¿Se muestra menos impía?

GUILLÉN. Conde, ¿qué os puedo decir?

En vano fue amenazar,

y nada alcanzó mi ruego;

esposa de Dios va luego

a postrarse ante el altar.

NUÑO. ¡Encerrarse en un convento!

¿Eso prefiere más bien?

GUILLÉN. En el de Jerusalén[35]

va a profesar al momento.

NUÑO. ¡Ingrata!

GUILLÉN. Cuando el rumor

llegó, don Nuño, a su oído

de que había sucumbido

en Velilla[36] el trovador,

desesperada, llorosa...

NUÑO. ¿Y no hay medio, don Guillén?..

GUILLÉN. Ninguno; ni ya está bien...

NUÑO. ¿Decís que aún no es religiosa?

GUILLÉN. Pero lo[37] será muy luego.

NUÑO. Iré yo a verla, yo iré;

si es fuerza, la rogaré...

GUILLÉN. Despreciará vuestro ruego.

NUÑO. ¿Tan en extremo enojada

está?

GUILLÉN. ¿No sabéis, señor,

que no hay tirano mayor

como la mujer rogada?

NUÑO. Pues bien, la arrebataré

a los pies del mismo altar;[38]

si ella no me quiere amar,

yo a amarme la obligaré.

GUILLÉN. ¡Conde!

NUÑO. Sí, sí... loco estoy,

no os enojéis; ni he querido

ofender...

GUILLÉN. Noble he nacido,

y noble, don Nuño, soy.

NUÑO. Basta; ya sé, don Guillén,

que es ilustre vuestra cuna.

GUILLÉN. Y jamás mancha ninguna

la oscurecerá.

NUÑO. Está bien;

dejadme.

GUILLÉN. ¿Quién más que yo

éste enlace estimaría?

Mas si amengua mi hidalguía,

no quiero tal dicha, no.

NUÑO. Decís bien.

GUILLÉN. Si os ofendí...

NUÑO. No; dejadme... fuera están

mis criados; a Guzmán

que entre[39] diréis.

GUILLÉN. Lo haré así.

ESCENA II

DON NUÑO, _después_ GUZMÁN

NUÑO. Gracias a Dios se fue ya,

que por cierto me aburría.

¡Qué vano con su hidalguía

el buen caballero está!

Si no me quiere servir

será diligencia vana:

o ha de ser mía su hermana,

o por ella he de morir.

GUZMÁN. ¿Señor?

NUÑO. Cierra esa puerta.

GUZMÁN. ¿Qué tenéis que mandarme?

NUÑO. Siéntate.

GUZMÁN. ¿En vuestra presencia, señor!

NUÑO. Sí; quiero darte esta prueba más de mi aprecio;

voy a encargarte de una comisión arriesgada... ¿te

atreverás a hacer lo que te diga?

GUZMÁN. A todo estoy pronto.

NUÑO. Piénsalo bien.

GUZMÁN. Aunque me costara la vida; podéis disponer

de mí.

NUÑO. Ya lo sé, Guzmán; nunca has dejado de serme

fiel.

GUZMÁN. Y lo seré siempre.

NUÑO. Yo también sabré recompensarte. Bien conoces

a doña Leonor de Sesé, y sabes lo que por ella he

padecido.

GUZMÁN. Demasiado, señor.

NUÑO. Y hoy la voy a perder[40] para siempre si no me

ayuda tu arrojo. Yo debía haberla olvidado; pero mi

corazón, y tal vez mi orgullo, se han resentido ya en extremo...

me es imposible no amarla. Cuando murió

Manrique en el ataque de Velilla, creí que resignándose

con su suerte, se tendría por muy dichosa en dar la mano

al Conde de Luna, en llevar un apellido noble y brillante;

me engañé... apenas podría creerlo; ha preferido encerrarse

con su orgullo en un claustro. Hoy mismo[41] debe

profesar en el convento de Jerusalén.

GUZMÁN. ¡Hoy mismo!

NUÑO. Sí; yo no quiero que este acto se verifique.

GUZMÁN. ¿Cómo estorbarlo?

NUÑO. ¿No comprendes?

GUZMÁN. Mandad.

NUÑO. Yo te prometo que nada te sucederá; el Rey

acaba de hacerme Justicia mayor de Aragón; de consiguiente,

contra ti no se hará justicia. El pueblo está

consternado con la muerte violenta que han dado los

rebeldes al Arzobispo; el Rey necesita de mí y de mis

vasallos en estos momentos críticos; todo nos favorece.

GUZMÁN. Cierto.

NUÑO. ¿Cuál de mis criados te parece más a propósito

para que vaya contigo?

GUZMÁN. Ferrando.

NUÑO. Dile que te acompañe; yo también le recompensaré.

GUZMÁN. ¿Oís? (_Tocan a la puerta._)

NUÑO. Abre.

ESCENA III

LOS MISMOS _y_ DON LOPE

LOPE. Su Alteza os manda llamar, Conde.

NUÑO. ¿Su Alteza?

LOPE. Parece que está algo alborotada la ciudad con

ciertas noticias que ha traído un corredor del ejército.

NUÑO. ¿Pues qué hay?

LOPE. Los rebeldes han entrado a saco[42] a Castellar[43] y

se suena también que algunos de ellos se han introducido

en Zaragoza, y que esta noche ha de haber revuelta.

NUÑO. Imposible.

LOPE. La ciudad está casi desierta; todos se han consternado;

pero lo más particular...

NUÑO. Así podrás con más facilidad... (_A parte a

Guzmán._)

GUZMÁN. Voy.

NUÑO. Escucha: supongo que no encontrarás resistencia;

si la hallares haz uso de la espada.

GUZMÁN. ¿En la misma iglesia?

NUÑO. En cualquier parte.

LOPE. Verdad es que en un tiempo en que se matan

arzobispos...

NUÑO. Me has entendido... adiós.

ESCENA IV

DON NUÑO _y_ DON LOPE

LOPE. Como decía, lo que más me ha admirado de todo

ello, y lo que a vos sin duda también os sorprenderá, es la

voz que corre de que el que acaudillaba a los rebeldes en

la entrada del castillo era un difunto.

NUÑO. ¡Don Lope!

LOPE. ¿No adivináis quién sea?

NUÑO. Yo... no conozco fantasmas.

LOPE. Pues bien le conocíais, y le odiabais muy particularmente.

NUÑO. ¿Quién?

LOPE. El trovador.

NUÑO. ¿Manrique! ¿No se encontró su cadáver en

el combate de Velilla?

LOPE. Así se dijo, aunque ninguno le conocía por su

persona.

NUÑO. ¿Si no era él!

LOPE. No sería, o como más bien creo...

NUÑO. ¿Qué?

LOPE. Debe de haber[44] en esto algo de arte del diablo.

NUÑO. ¡Silencio! ¿Os queréis burlar?

LOPE. No, por mi vida.

NUÑO. ¿Y está en el castillo?

LOPE. No, en Zaragoza.

NUÑO. ¿Aquí?

LOPE. Así lo ha dicho quien le vio a la madrugada

cerca de la puerta del Sol.[45]

NUÑO. Y él será tal vez el caudillo de la trama...

LOPE. Y es a lo menos el más osado, y por consiguiente

el más a propósito.

NUÑO. Pluguiera[46] a Dios que así fuese.

LOPE. Nadie lo duda en la ciudad.

NUÑO. ¿Decíais que me llamaba su Alteza?

LOPE. Seguramente.

NUÑO. Adiós, don Lope; esta noche los castigaremos

si se atreven. 20

LOPE. Yo lo espero...

ESCENA V

DON LOPE

LOPE. Pues no las tengo yo todas conmigo[47]... y si los

soldados son como el caudillo... ¡pardiez! un ejército de

fantasmas, una falange espiritual.

ESCENA VI

En el fondo del teatro se verá la reja del locutorio de un

convento; tres puertas, una al lado de la reja que comunica

con el interior del claustro, otra a la derecha que va a la iglesia,

y la otra a la izquierda, que figura ser la entrada de la calle.

_Se dejan ver algunas religiosas en el locutorio; la puerta que

está al lado de la reja se abre, y aparece_ LEONOR _apoyada

del brazo de_ JIMENA; _las rodean algunos sacerdotes y

religiosas_

LEONOR. ¡Jimena!

JIMENA. Al fin abandonas

a tu amiga.

LEONOR. Quiera[48] el cielo

hacerte a ti más feliz,

tanto como yo deseo.

JIMENA. ¿Por qué obstinarte?

LEONOR. Es preciso;

ya no hay en el universo

nada que me haga[49] apreciar

esta vida que aborrezco.

Aquí de Dios en las aras,

no veré, amiga, a lo menos,

a esos tiranos impíos

que causa de mi mal fueron.

JIMENA. Ni una esperanza...

LEONOR. Ninguna;

él murió ya.

JIMENA. Tal vez luego

se borrará de tu mente

ese recuerdo funesto.

El mal, como la ventura,

todo pasa con el tiempo.

LEONOR. Estoy resuelta; ya no hay

felicidad, ni la quiero,

en el mundo para mí;

sólo morir apetezco.

Acompáñame, Jimena.

JIMENA. Estás temblando.

LEONOR. Sí; tiemblo

porque a ofender voy a Dios

con pérfido juramento.

JIMENA. ¿Qué decís?

LEONOR. ¡Ay! Todavía

delante de mí le tengo,

y Dios, y el altar, y el mundo

olvido cuando le veo.

Y siempre viéndole estoy,

amante, dichoso y tierno...

mas no existe, es ilusión

que imagina mi deseo.

¡Vamos!

JIMENA. ¡Leonor!

LEONOR. Vamos pronto;

le olvidaré, lo prometo.

Dios me ayudará... sosténme,

que apenas tenerme puedo.

ESCENA VII

_Queda la escena un momento sola; salen por la izquierda_ DON

MANRIQUE _con el rostro cubierto con la celada, y_ RUIZ

RUIZ. Éste es el convento.

MANRIQUE. Sí,

Ruiz, pero nada veo.

¿Si te engañaron?

RUIZ. No creo...

MANRIQUE. ¿Estás cierto que era aquí?

RUIZ. Señor, muy cierto.

MANRIQUE. Sin duda

tomó ya el velo.

RUIZ. Quizá.

MANRIQUE. Ya esposa de Dios será,

ya el ara santa la escuda.

RUIZ. Pero...

MANRIQUE. Déjame, Ruiz;

ya para mí no hay consuelo.

¿Por qué me dio vida el cielo

si ha de ser tan infeliz?

RUIZ. ¿Mas qué causa pudo haber

para que así consagrara

tanta hermosura en el ara?

Mucho debió padecer.

MANRIQUE. Nuevas falsas de mi muerte

en los campos de Velilla

corrieron, cuando en Castilla

estaba yo.

RUIZ. De esa suerte...

MANRIQUE. Persiguiéronla inhumanos

que envidiaban nuestro amor,

y ella busca al Redentor

huyendo de sus tiranos.

Si supiera que aún existo

para adorarla... No, no...

Ya olvidarte debo yo,

esposa de Jesucristo...

RUIZ. ¿Qué hacéis? Callad...

MANRIQUE. Loco estoy...

¿Y cómo no estarlo ¡ay cielo!

si, infelice, mi consuelo

pierdo y mis delicias hoy?

No los perderé; Ruiz,

déjame.

RUIZ. ¿Qué vais a hacer?

MANRIQUE. Pudiérala acaso ver...

con esto fuera feliz.

RUIZ. Aquí el locutorio está.

MANRIQUE. Vete.

RUIZ. Fuera estoy.

ESCENA VIII

MANRIQUE, _después_ GUZMÁN _y_ FERRANDO

MANRIQUE. ¿Qué haré?

Turbado estoy... ¿Llamaré?

Tal vez orando estará.

Acaso en este momento

llora cuitada por mí.

Nadie viene... por aquí...

es la iglesia del convento.

FERRANDO. Tarde llegamos, Guzmán.

GUZMÁN. ¿Quién es este hombre?

FERRANDO. No sé.

(_Las religiosas cantarán dentro un responso; el canto no

cesará hasta un momento después de la concluida de la

jornada._)

GUZMÁN. ¿Oyes el canto?

FERRANDO. Sí, a fe.

GUZMÁN. En la ceremonia están.

MANRIQUE. ¿Qué escucho?... ¡Cielos! Es ella...

(_Mirando a la puerta de la iglesia._)

Allí está bañada en llanto,

junto al altar sacrosanto,

y con su dolor más bella.

GUZMÁN. ¿No es ésa la iglesia?

FERRANDO. Vamos.

MANRIQUE. Ya se acercan hacia aquí.

FERRANDO. Espérate.

GUZMÁN. ¿Vienen?

FERRANDO. Sí.

MANRIQUE. No; que no me encuentre... huyamos.

(_Quiere huir, pero deteniéndose de pronto se apoya vacilando

en la reja del locutorio. Leonor, Jimena y el séquito

salen de la iglesia y se dirigen a la puerta del claustro;

pero al pasar al lado de Manrique, éste alza la visera,

y Leonor, reconociéndole, cae desmayada a sus pies.

Las religiosas aparecen en el locutorio llevando velas

encendidas._)

GUZMÁN. Esta es la ocasión... valor.

LEONOR. ¿Quién es aquél? Mi deseo (_A Jimena_)

me engaña... ¡Sí, es él!

JIMENA. ¡Qué veo!

LEONOR. ¡Ah! ¡Manrique!...

GUZMÁN, FERRANDO. ¡El trovador! (_Huyen._)

JORNADA TERCERA

LA GITANA

Interior de una cabaña; Azucena estará sentada cerca de una

hoguera; Manrique a su lado de pie.

ESCENA PRIMERA

MANRIQUE _y_ AZUCENA

AZUCENA, _canta_. Bramando está el pueblo indómito,

de la hoguera en derredor;[50]

al ver ya cerca la víctima,

gritos lanza de furor.

Allí viene; el rostro pálido,

sus miradas de terror,

brillan de la llama trémula

al siniestro resplandor.[51]

MANRIQUE. ¡Qué triste es esa canción!

AZUCENA. Tú no conoces esa historia, aunque nadie

mejor que tú pudiera saberla.

MANRIQUE. ¿Yo?...

AZUCENA. Te separaste tan niño[52] de mi lado ¡ingrato!

Abandonaste a tu madre por seguir a un desconocido...

MANRIQUE. A don Diego de Haro,[53] señor de Vizcaya.[54]

AZUCENA. Pero que no te amaba tanto como yo.

MANRIQUE. Mi objeto era el de haceros feliz. Las

montañas de Vizcaya no podían suministrar a mi ambición

recursos para elevarme a la altura de mis ilusiones. Seguí

a don Diego hasta Zaragoza, porque se decidió a protegerme,

y yo decía para mí: «Algún día sacaré a mi madre

de la miseria»; pero vos no lo habéis querido.

AZUCENA. No, yo soy feliz; yo no ambiciono alcázares[55]

dorados; tengo bastante con mi libertad y con las montañas

donde vivieron siempre nuestros padres.

MANRIQUE. ¡Siempre!

AZUCENA. Pero, hijo mío, la pobreza tiene muchos

inconvenientes, y tu familia los ha experimentado muy

terribles.

MANRIQUE. ¿Mi familia?

AZUCENA. Nada me has preguntado nunca acerca de

ella.

MANRIQUE. No me he atrevido... no sé por qué se

me ha figurado que me habíais de contar alguna cosa

horrible.

AZUCENA. ¡Tienes razón, una cosa horrible!... Yo,

para recordarlo, no podría menos de estremecerme...

¿Ves esa hoguera? ¿Sabes tú lo que significa esa hoguera?

Yo no puedo mirarla sin que se me despegue la carne de los

huesos, y no puedo apartarla de mí, porque el frío de la

noche hiela todo mi cuerpo.

MANRIQUE. Pero, ¿por qué os habéis querido fijar en

este sitio?

AZUCENA. Porque este sitio tiene para mí recuerdos muy

profundos... desde aquí se descubren los muros de Zaragoza...

éste era, éste, el sitio donde murió.

MANRIQUE. ¿Quién, madre mía?

AZUCENA. Es verdad, tú no lo sabes, y sin embargo era

mi madre, mi pobre madre, que nunca había hecho daño a

nadie. ¡Pero dieron en decir[56] que era bruja!...

MANRIQUE. ¿Vuestra madre?

AZUCENA. Sí; la acusaron de haber hecho mal de ojo[57]

al hijo de un caballero, de un Conde. No hubo compasión

para ella, y la condenaron a ser quemada viva.

MANRIQUE. ¡Qué horror!... Bárbaros... ¿Y lo consumaron?

AZUCENA. En este mismo sitio, donde está esa hoguera.

MANRIQUE. ¡Gran Dios!

AZUCENA. Yo la seguía de lejos, llorando mucho; como

quien llora por una madre. Llevaba yo a mi hijo en los

brazos, a ti; mi madre volvió tres veces la cabeza para mirarme

bendecirme. La última vez cerca del suplicio...

allí me miró haciendo un gesto espantoso, y con una voz

ahogada y ronca me gritó: «¡Véngame!» Aquella palabra...

no la puedo olvidar... aquella palabra se grabó en

mi alma, en todos mis sentidos, y yo juré vengarla de una

manera horrorosa.

MANRIQUE. Sí, ¿y la vengasteis... es verdad? Tendría

un placer en saberlo. Mil crímenes, mil muertes no

eran bastantes.

AZUCENA. Pocos días después tuve ocasión de conseguirlo.

Yo no hacía otra cosa que[58] rodear la casa del

Conde que había sido causa de la muerte de aquella desgraciada...

un día logré introducirme en ella y le arrebaté

al niño, y dos minutos después ya estaba yo en este sitio,

donde tenía preparada la hoguera.

MANRIQUE. ¿Y tuvisteis valor?

AZUCENA. El inocente lloraba y parecía querer implorar

mi compasión... Tal vez me acariciaba,... Dios mío,

yo no tuve valor... yo también era madre... (_Llorando._)

MANRIQUE. ¿Y en fin?

AZUCENA. Yo no había olvidado, sin embargo, a la

infeliz que me había dado el ser; pero los lamentos de

aquella infeliz criatura me desarmaban, me rasgaban el

corazón. Esta lucha era superior a mis fuerzas, y bien

pronto se apoderó de mí una convulsión violenta... yo

oía confusamente los chillidos del niño y aquel grito que me

decía: «¡Véngame!» Pero de repente, y como en un

sueño, se me puso delante de los ojos aquel suplicio, los

soldados con sus picas, mi madre desgreñada y pálida, que

con paso trémulo caminaba despacio, muy despacio, hacia

la muerte, y que volvía la cara para mirarme, para decirme:

«¡Véngame!» Un furor desesperado se apoderó de mí, y

desatentada y frenética, tendí las manos buscando una

víctima; la encontré, la así con una fuerza convulsiva, y la

precipité entre las llamas. Sus gritos horrorosos ya no

sirvieron sino para sacarme de aquel enajenamiento mortal...

abrí los ojos, los tendí a todas partes... la hoguera

consumía una víctima, y el hijo del Conde estaba allí. (_Señalando

a la izquierda._)

MANRIQUE. ¡Desgraciada!

AZUCENA. Había quemado a mi hijo.

MANRIQUE. ¡Vuestro hijo! ¿Pues quién soy yo, quién?...

Todo lo veo.

AZUCENA. ¿Te he dicho que había quemado a mi

hijo?... No... he querido burlarme de tu ambición...

tú eres mi hijo; él del Conde, sí, él del Conde era él que

abrasaban las llamas... ¿No quieres tú que yo sea tu

madre?

MANRIQUE. Perdonad.

AZUCENA. ¡Ingrato! ¿No te he prodigado una ternura

sin límites?

MANRIQUE. Perdonad; merezco vuestras reconvenciones.

Mil veces dentro en mi corazón, os lo confieso, he deseado

que no fueseis mi madre, no porque no os quiera con toda

el alma, sino porque ambiciono un nombre, un nombre que

me falta. Mil veces digo para mí, si yo fuese un Lanuza,

un Urrea...

AZUCENA. ¡Un Artal![59]...

MANRIQUE. No, un Artal, no, es apellido que detesto;

primero el hijo de un confeso. Pero, a pesar de mi ambición,

os amo, madre mía; no... yo no quiero sino ser

vuestro hijo. ¿Qué me importa un nombre? Mi corazón

es tan grande como él de un rey... ¿Qué noble ha

doblado nunca mi brazo?

AZUCENA. Sí, sí. ¿A qué ambicionar más?

MANRIQUE. Aún no viene. (_Llegándose a la puerta._)

AZUCENA. Pero sin embargo, estás muy triste... ¿Te

devora algún pesar secreto? ¿Sientes tú haber nacido de

unos padres sí humildes? No temas, yo no diré a nadie

que soy tu madre, me contentaré con decírmelo a mí propia,

y en vanagloriarme interiormente. ¿Estás contento?

ESCENA II

LOS MISMOS _y_ RUIZ

MANRIQUE. Ahí está.

AZUCENA. ¿Esperabas a ese hombre?

MANRIQUE. Sí, madre.

AZUCENA. No temas, no me verá. (_Se aparta a un lado._)

RUIZ. ¿Estáis pronto?

MANRIQUE. ¿Eres tú, Ruiz?

RUIZ. El mismo; todo está preparado.

MANRIQUE. Marchemos.

ESCENA III

AZUCENA

AZUCENA. Se ha ido sin decirme nada, sin mirarme siquiera.

¡Ingrato! No parece sino que conoce mi secreta...

¡Ah! Que no sepa nunca[60]... Si yo le dijera: «Tú

no eres mi hijo, tu familia lleva un nombre esclarecido, no

me perteneces...» me despreciaría y me dejaría abandonada

en la vejez. Estuvo en poco que no se lo descubriera[61]...

¡Ah! No, no lo sabrá nunca. ¿Por qué le

perdoné la vida sino para que fuera mi hijo?

ESCENA IV

_El teatro representa una celda; en el fondo, a la izquierda, habrá

un reclinatorio, en el cual estará arrodillada_ LEONOR; _se

ve un crucifijo pendiente de la pared delante del reclinatorio_

LEONOR. Ya el sacrificio que odié

mi labio trémulo y frió

consumó... perdón, Dios mío,

perdona si te ultrajé.

Llorar triste y suspirar

sólo puedo; ay, Señor, no...

tuya no debo ser yo,

recházame de tu altar.

Los votos que allí te hiciera

fueron votos de dolor,

arrancados al temor

de un alma tierna y sincera.

Cuando en el ara fatal

eterna fe te juraba

mi mente ¡ay Dios! se extasiaba

en la imagen de un mortal.

Imagen que vive en mí,

hermosa, pura y constante...

No, tu poder no es bastante

a separarla de aquí.

Perdona, Dios de bondad;

perdona, sé que te ofendo;

vibra tu rayo tremendo,

y confunde mi impiedad.

Mas no puedo en mi inquietud

arrancar del corazón

esta violenta pasión,

que es mayor que mi virtud.

Tiempos en que amor solía

calmar piadoso mi afán,

¿qué os hicisteis?[62] ¿Dónde están

vuestra gloria y mi alegría?

¿De amor el suspiro tierno

y aquel placer sin igual,

tan breve para mi mal

aunque en mi memoria eterno?

Ya pasó... mi juventud

los tiranos marchitaron,

y a mi vida prepararon

junto al altar el ataúd.

Ilusiones engañosas,

livianas como el placer,

no aumentéis mi padecer...

¡Sois por mi mal tan hermosas!

(_Una voz, acompañada de un laúd, canta las siguientes

estrofas después de un breve preludio, Leonor manifiesta

entre tanto la mayor agitación._)

Camina orillas del Ebro

caballero lidiador,

puesta en la cuja la lanza

que mil contrarios venció.

Despierta, Leonor,

Leonor.

Buscando viene anhelante

a la prenda[63] de su amor,

a su pesar consagrada

en los altares de Dios.

Despierta, Leonor,

Leonor.

LEONOR. Sueños, dejadme gozar...

no hay duda... él es... Trovador...

(_Viendo entrar a_ MANRIQUE.)

¿será posible?...

MANRIQUE. ¡Leonor!

LEONOR. ¡Gran Dios! Ya puedo espirar.

ESCENA V

MANRIQUE _y_ LEONOR

MANRIQUE. Te encuentro al fin, Leonor.

LEONOR. Huye; ¿qué has hecho?

MANRIQUE. Vengo a salvarte, a quebrantar osado

los grillos que te oprimen, a estrecharte

en mi seno, de amor enajenado.

¿Es verdad, Leonor? Dime si es cierto

que te estrecho en mis brazos, que respiras

para colmar hermosa mi esperanza,

y que extasiada de placer me miras.

LEONOR. ¡Manrique!

MANRIQUE. Sí; tu amante que te adora

más que nunca feliz.

LEONOR. ¡Calla!...

MANRIQUE. No temas;

todo en silencio está como el sepulcro.

LEONOR. ¡Ay! Ojalá que en él feliz durmiera

antes que delincuente profanara,

torpe esposa de Dios, su santo velo.

MANRIQUE. ¡Su esposa tú!... Jamás.

LEONOR. Yo desdichada,

Yo no ofendiera con mi llanto al cielo.[64]

MANRIQUE. No, Leonor; tus votos indiscretos

no complacen a Dios; ellos le ultrajan.

¿Por qué temes? Huyamos; nadie puede

separarme de ti... ¿Tiemblas?... ¿Vacilas?

LEONOR. ¡Sí; Manrique!... ¡Manrique!... Ya no puede

ser tuya esta infeliz; nunca... mi vida,

aunque llena de horror y de amargura,

ya consagrada está, y eternamente,

en las aras de un Dios omnipotente.

Peligroso mortal, no más te goces

envenenando ufano mi existencia;

demasiado sufrí, déjame al menos

que triste muera aquí con mi inocencia.

MANRIQUE. ¡Esto aguardaba yo! ¡Cuando creía

que más que nunca enamorada y tierna

me esperabas ansiosa, así te encuentro,

sorda a mi ruego y a mis halagos fría!

¿Y tiemblas, di, de abandonar las aras

donde tu puro afecto y tu hermosura

sacrificaste a Dios...? ¡Pues qué![65]... ¿No fueras

antes conmigo que con Dios perjura?

Sí; en una noche...

LEONOR. ¡Por piedad!

MANRIQUE. ¿Te acuerdas?

En una noche plácida y tranquila...

¡Qué recuerdo, Leonor! Nunca se aparta

de aquí, del corazón; la luna hería

con moribunda luz tu frente hermosa,

y de la noche el aura silenciosa

nuestros suspiros tiernos confundía.

«Nadie cual yo te amó,» mil y mil veces

me dijiste falaz: «Nadie en el mundo

como yo puede amar»; y yo, insensato,

fiaba en tu promesa seductora,

y feliz y extasiado en tu hermosura,

con mi esperanza allí me halló la aurora.

¡Quimérica esperanza! ¡Quién diría

que la que tanto amor así juraba,

juramento y amor olvidaría!

LEONOR. Ten de mí compasión; si por ti tiemblo,

por ti y por mi virtud, ¿no es harto triunfo?

Sí; yo te adoro aún; aquí, en mi pecho,

como un raudal de abrasadora llama

que mi vida consume, eternos viven

tus recuerdos de amor; aquí, y por siempre,

por siempre aquí estarán, que en vano quiero,

bañada en lloro, ante el altar postrada,

mi pasión criminal lanzar del pecho.

No encones más mi endurecida llaga;

si aún amas a Leonor, huye, te ruego;

libértame de ti.

MANRIQUE. ¡Que huya me dices!...

¡Yo, que sé que me amas!

LEONOR. No, no creas...

no puedo amarte yo... si te lo he dicho,

si perjuro mi labio te engañaba,

¿lo pudiste creer?... Yo lo decía,

pero mi corazón... te idolatraba.

MANRIQUE. ¡Encanto celestial! Tanta ventura

puedo apenas creer.

LEONOR. ¿Me compadeces?...

MANRIQUE. Ese llanto, Leonor, no me lo ocultes;

deja que ansioso en mi delirio goce

un momento de amor; injusto he sido,

injusto para ti... vuelve tus ojos,

y mírame risueño y sin enojos.

¿Es verdad que en el mundo no hay delicia

para ti sin mi amor?

LEONOR. ¿Lo dudas?...

MANRIQUE. Vamos...

pronto huyamos de aquí.

LEONOR. ¡Si ver pudieses

la lucha horrenda que mi pecho abriga!

¿Qué pretendes de mí? ¿Que infame, impura,

abandone el altar, y que te siga

amante tierna a mi deber perjura?

Mírame aquí a tus pies, aquí te imploro

que del seno me arranques de la dicha;

tus brazos son mi altar, seré tu esposa,

y tu esclava seré; pronto, un momento,

un momento pudiera descubrirnos

y te perdiera entonces.

MANRIQUE. ¡Ángel mío!

LEONOR. Huyamos, sí... ¿No ves allí en el claustro

una sombra?... ¡Gran Dios!

MANRIQUE. No hay nadie, nadie...

fantástica ilusión.

LEONOR. ¡Ven, no te alejes;

tengo un miedo! No, no... te han visto... vete...

pronto, vete por Dios... mira el abismo

bajo mis pies abierto; no pretendas

precipitarme en él.

MANRIQUE. Leonor, respira,

respira por piedad; yo te prometo

respetar tu virtud y tu ternura.

No alienta; sus sentidos trastornados...

me abandonan sus brazos... no, yo siento

su seno palpitar... Leonor, ya es tiempo

de huir de esta mansión, pero conmigo

vendrás también. Mi amor, mis esperanzas,

tú para mí eres todo, ángel hermoso.

¿No me juraste amarme eternamente

por el Dios que gobierna el firmamento?

Ven a cumplirme, ven, tu juramento.

ESCENA VI

Calle corta;[66] a la izquierda se ve la fachada de una iglesia

RUIZ _y un momento después_ UN SOLDADO

RUIZ. ¡Es mucho tardar! Me temo que esta dilación...

¡Oiga! ¿Quién va?

SOLDADO. ¿Ruiz?

RUIZ. El mismo. ¡Ah! ¿Eres tú? ¿Ha llegado la

gente?

SOLDADO. Ya está cerca del muro, la puerta está guardada.

RUIZ. ¿Cómo! ¡Alguno nos ha vendido tal vez?

SOLDADO. El Rey ha salido esta noche de la ciudad.

RUIZ. Algo ha sabido.

SOLDADO. Sin duda. ¿Con cuántos hombres podemos

contar dentro de la ciudad?

RUIZ. Apenas llegan a ciento.

SOLDADO. Bastan para atacar la puerta si nos ayudan

los de fuera.

RUIZ. Dices bien.

SOLDADO. Vamos.

RUIZ. (¿Y don Manrique?)

SOLDADO. ¿Temes?

RUIZ. ¡Yo!... No; pero queda mi señor todavía en el

convento.

SOLDADO. ¡Diablo! Ya... pero es cosa de un momento;

un ataque imprevisto por la espalda y por la frente[67]...

después ya no corre peligro.

RUIZ. Vamos.

ESCENA VII

LEONOR _y_ MANRIQUE

MANRIQUE. Alienta; en salvo estamos.

LEONOR. ¡Ay!

MANRIQUE. Ya vuelve[68]...

LEONOR. ¿Dónde estoy?

MANRIQUE. En mis brazos, Leonor. (_Se oye dentro

ruido lejano de armas._)

LEONOR. ¿Qué rumor es ése?...

MANRIQUE. ¡Cielos!... Tal vez...

LEONOR. ¿Adonde me llevas? Suéltame por Dios...

¿no ves que te pierdes?

MANRIQUE. ¿Qué me importa, si no te pierdo a ti?

LEONOR. ¿Pero qué significa ese ruido?

MANRIQUE. No es nada, nada.

LEONOR. Ese resplandor... esas luces que se divisan

a lo lejos.

MANRIQUE. Es verdad, pero no temas, estoy a tu lado...

LEONOR. ¿No oyes estruendo de armas?

MANRIQUE. Sí, confusamente se percibe.

LEONOR. ¿Si vienen en nuestra busca?

MANRIQUE. No puede ser.

LEONOR. Pero esos hombres que se acercan... he distinguido

los penachos.

MANRIQUE. No temas.

LEONOR. ¿Qué van a hacer contigo? Huye, huye por

Dios.

MANRIQUE. Si fueran mis soldados...

LEONOR. Vete; se acercan... ¿No lo ves? ¡Es el

Conde!

MANRIQUE. Don Nuño. ¡Es verdad...! ¡Gran Dios!

¿Y he de perderte? (_Se oye tocar a rebato._)

LEONOR. ¿Escuchas?

MANRIQUE. Sí; ésta es la señal.

DENTRO. Traición, traición.

MANRIQUE. Estamos libres. (_Desenvainando la espada._)

DENTRO. ¡Traición!

LEONOR. ¿Qué haces?

ESCENA VIII

_En este momento salen por la izquierda_ DON NUÑO, DON

GUILLÉN, DON LOPE _y_ SOLDADOS _con luces, y por la

derecha_ RUIZ _y varios soldados que se colocan al lado de_

DON MANRIQUE, _éste defenderá a_ LEONOR, _ocultándose

entre los suyos[69] y peleando con_ DON GUILLÉN _y_ DON

NUÑO; _entre tanto no cesarán de tocar a rebato._

MANRIQUE. Aquí, mis valientes.

NUÑO. El es.

GUILLÉN. Traidor.

LEONOR. Piedad, piedad.

JORNADA CUARTA

LA REVELACIÓN

El teatro representa un campamento con varias tiendas; algunos

soldados se pasean por el fondo.

ESCENA PRIMERA

DON NUÑO, DON GUILLÉN, _y_ JIMENO

NUÑO. Bien venido, don Guillén;

ya cuidadoso esperaba

vuestra vuelta... ¿Qué habéis visto?

GUILLÉN. Como mandasteis, al alba

salí a explorar todo el campo.

y me interné en la montaña.

NUÑO. ¿No encontrasteis los rebeldes?

GUILLÉN. Encerrados nos aguardan

en Castellar.

NUÑO. ¿Nos esperan!

GUILLÉN. A tanto llega su audacia.

NUÑO. ¿Sabéis si está don Manrique?

GUILLÉN. Don Manrique es quien los manda.

NUÑO. Albricias, don Guillén, hoy

recobraréis vuestra hermana.

GUILLÉN. No sabéis cuál lo deseo,

por lavar la torpe mancha

que esa pérfida ha estampado

en el blasón de mis armas.

Allí con su seductor...

no quiero pensarlo... ¡infamia

inaudita! Y está allí...

¿y yo no voy a arrancarla

con el corazón villano

el torpe amor que la abrasa?

NUÑO. Sosegáos.

GUILLÉN. No; no sosiega

el que así de su prosapia

ve el blasón envilecido...

Honrado nací en mi casa,

y a la tumba de mis padres

bajará mi honor sin mancha.

NUÑO. Sin mancha, yo os lo prometo.

GUILLÉN. ¡El traidor! ¡Que se escapara[70]

la noche que en Zaragoza

entre el rumor de las armas,

la arrancó del claustro!

NUÑO. En vano

perseguirle procuraba;

se me ocultó entre los suyos[71]...

GUILLÉN. Que bien pagaron su audacia.

NUÑO. Que levanten esas tiendas

para ponernos en marcha

al instante... ¡Nos esperan!

¿Tienen mucha gente?

GUILLÉN. Basta

para guardar el castillo

la que he visto... y bien armada.

Catalanes[72] son los más,

y toda gente lozana.

El trovador · 第 1 / 5 段