_Naufraga nuestro navio, salen algunos á tierra en San Gabriel, y de
allí van á Buenos Aires y á la Asumpcion._
Navegamos de noche á cerca de las doce, y una hora antes de salir el sol
se levantó tan gran tempestad, que aunque vimos tierra á una legua ó
mas, no pudimos tomarla, ni echar anclas, ni hallar otro remedio que
hacer votos, é implorar la piedad divina. Pues en la misma hora se hizo
nuestra náo mil pedazos, y se ahogaron 15 españoles, de que nunca
pudimos hallar cadaver alguno, y 6 indios. Otros, asidos á algun madero,
se salvaron nadando: yo salí con 5 compañeros agarrados al árbol del
navio. Quedamos en tierra desnudos y sin comida, por haberlo perdido
todo; y teniendo que caminar 50 leguas por tierra, nos vimos precisados
á mantenernos de raicillas y otras frutas en el campo, hasta llegar al
puerto de San Gabriel, donde habia llegado 30 dias antes la otra nave
con Cabrera. El General, que entendido nuestro infortunio, andaba muy
triste con los suyos; y persuadiéndose que todos habiamos perecido,
mandó decir algunas misas por nuestras almas.
Lleváronnos á Buenos Aires, y el General procesó al capitan y piloto, y
queria ahorcarle: pero, por grandes intercesiones, fué solo condenado
por cuatro años á un bergantin.
Juntos todos en Buenos Aires, mandó el General despachar los
bergantines, y en ellos todos los soldados: hizo quemar las demas naves,
y guardar el hierro. Navegamos otra vez el rio Paraná arriba, y llegamos
á la ciudad de la Asumpcion, donde esperamos dos años las órdenes del
Rey.