OLIGIDES. — BRUMANDILON. — CELESTINA. — DRIONEA.

_Olig._ Brumandilon, vístete, irémos á casa de Celestina.

_Brum._ De la boca me lo quitaste. Anda allá, pediréle seis reales

que he menester.

_Olig._ ¿Cuándo determinas que se haga aquello que concertamos?

_Brum._ ¿Qué?

_Olig._ Lo del hurto.

_Brum._ ¡Oh, ya! esta noche en dexando á Lisandro acostado.

_Olig._ Sea así, y agora miremos bien por qué parte la podrémos

mejor saltear, y por dónde entrarémos más seguros que no nos sientan

los vecinos.

_Brum._ Señor Oligides, ¿oiste una valentía que hicieron dos agora

tres años á la boca de la rua?

_Olig._ Bien sonada fué, y áun se dijo que tú eras uno dellos. Así te

lleve el diablo.

_Brum._ Mirad, por mi vida, aunque más secreto se hizo, vino á

noticia de todos. Pero no me espanto, que tales hechos ¿quién

osaria acometer si Brumandilon no? Por vida de tal, eso me mueve

á irme fuera de aquí, porque no hay herido, no hay muerto, no hay

afrontado en la ciudad, que no digan, hasta los niños, Brumandilon le

acuchilló, Brumandilon le mató, Brumandilon le afrontó, todos piensan

que yo lo hago todo; y puesto que en lo más acierten, pero todavía me

pesa que me tengan por revoltoso. Por otro tanto me salí de Córdoba.

_Olig._ Escucha, que por mí sé que hablan del capellan que te conté.

_Cel._ ¿Y de eso te espantas, sobrina? pues óyeme otro donaire que

me acaeció siendo de tu edad con el confesor de aquella madre de

todas nosotras, que buen gozo haya al alma y reposo al cuerpo, que

pluguiese á Dios que en algo nos pareciésemos á ella. En mi alma,

cada vez que me acuerdo de ella, no puedo tener las lágrimas de ver

que despues acá ninguna ha llegado á su zapato. ¡Qué sábia, qué

diligente, qué astuta, qué artera, qué solícita era en todo lo que

sabía, qué osada para entrar y salir donde quiera, qué lengua tenía

para engañar áun á la serpiente maligna que engañó á nuestra madre

Eva! Que se le daba á ella mucho que la encorozasen, ó la emplumasen,

ó le diesen quinientos azotes; no lo estimaba todo en el baile del

rey don Alonso, ántes decia á los que la iban á consolar: mira qué

mal me han hecho, si me conocian diez, conoceránme agora ciento.

Siempre vamos, hija, descayendo de las costumbres de los pasados, de

rocin á ruin.

_Drion._ Pues ¿no dices, tia, lo que pasaste con aquel padre?

_Cel._ Ah, ah, que no me acordaba. Vino á mí una tardecica disfrazado

con su espada y capa, y su cabellera, á purgar sus pecados y malos

humores, y como estuviese en mi contemplacion haciendo penitencia de

sus malas obras y elevado, llama á la puerta Sempronio, mi amigo,

yo, turbada, no supe qué me hacer más de escondelle debaxo la cama.

Entra Sempronio, y no me hubo trastornado sobre la cama, cuando

ella se quiebra y se hunde; el otro, que debaxo estaba, viéndose

en tanto aprieto, por se descabullir ásesele la negra cabellera á

una aldabilla, y queda con su corona descubierta, él por se cubrir

apriesa y no ser conocido de Sempronio, arrebata, sin más mirar, de

mi vacineja, que tenía al rinconcillo de la cama, llena de meados, y

embrócasela sobre la cabeza, y párase cual la mala ventura.

_Drion._ Y Jesus, madre, ¿qué excusa toviste que buena fuese con que

encubrieses á Sempronio lo que hacias con el otro?

_Cel._ Bonita que eres, sí que me habia á mí de faltar; ce, Drionea,

corre, componte y atavíate, pára ese rostro lucio, que está aquí

Oligides.

_Olig._ Así creo yo, Brumandilon, que fue estotro.

_Brum._ Mirad qué dubda, entremos. Celestina, daca media docena de

reales que he menester para un broquel, que este mio ya está hecho

piezas y sin aros, en tu servicio.

_Cel._ A tu amo que te los dé, que yo no los tengo.

_Brum._ Por las tres furias infernales, si no fuera por no ensuciar

mis manos en tan ruin cosa, más bofetadas te diera que pelos tienes.

_Cel._ ¿Vos á mí? ¿vos á mí? toma para tus ojos, bellaco, rufian.

_Brum._ ¿No quieres callar, vieja, puta, deslenguada?

_Cel._ A la he ése oye sus defectos quien no calla los ajenos; pues

como nací para morir, que si voy á ese coro de la iglesia mayor, ó á

esas escuelas, yo traiga quien te hincha las medidas y te cargue de

leña.

_Brum._ Toma, toma, hechicera alcoholada, agora trae quien te vengue.

_Olig._ ¿Eso has de hacer, Brumandilon, en mi presencia? acaba ya,

suéltala.

_Cel._ Justicia, justicia, señores, que me mata este rufian.

_Olig._ Ora ya, Celestina, no vocees, que no te ha muerto.

_Cel._ Ay, amarga de mí, mezquina, que un colmillo solo que tenía me

ha derrocado; ¡ay! ¡ay!

_Drion._ ¿Estabas ahí, señor, y consentiste tal cosa?

_Olig._ Mis amores, no pude más.

_Drion._ Andar en hora mala, ¿es aquí mi tia terrero de necios?

_Brum._ Ea, vos, putilla, callad.

_Drion._ ¿Putilla? no me lo dijeras tú si yo tuviera quien

respondiera por mí.

_Olig._ Tampoco, Brumandilon, eso no es cosa de sufrir, que la

señora Drionea es mujer honesta y buena.

_Drion._ Mirad cuál se vino el cobarde fanfarron, ¿piensas que somos

acá algunas bandorrillas como con las quien tratas?

_Brum._ ¿Tomastes alas, señoreta?

_Cel._ Para el mundo que nos sostiene, don bellaco, desuella-caras,

mañana te haga enclavar la mano.

_Olig._ No fuiste cuerda en decir eso, ¿no sabes que cuando dos

hablan, si el uno se enoja y el otro no responde, aquél es más sabio,

que cuando uno no quiere, dos no barajan, ca de otra manera es dar de

estocadas al fuego y incitar al airado?

_Cel._ Anda, señor, que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en

la ajena, que no es buen seso traer el asno en peso; mas hágame miel

y comeránme moscas, y tanto es Pedro de bueno que no le medre Dios.

Los diablos á mí me lleven, si el Cabildo lo sabe, si no sea más

negra de lo que piensa; y que á él le amargue el caldo, así no ha de

haber nadie sin su alguacil.

_Olig._ Calla ya, Celestina, que tanto es lo de más como lo de ménos.

_Cel._ No puedo acaballo con este mi corazon ni puede templar cordura

lo que destempla mi negra ventura. Créeme, Oligides, que como no hay

virtud tan loada que no tenga vituperadores, y sólo el agradecimiento

tiene este previlegio, que todos, así bárbaros y rústicos como

sabios, lo loan, bien así el vicio de ingratitud es tan grave pecado,

que los romanos, segun dixo nuestro cura el domingo pasado, no

hallando igual pena que le dar, lo dexaron sin castigo. No hay hombre

tan perdido, ora sea ladron, ora traidor, ora homicida, que no tenga

alguna desculpa de su yerro. Sólo el ingrato carece de todo color y

especie con que colorar pueda la terrible maldad de su culpa, sólo

el negar le es refugio, y con todo esto veo que no hay vicio tan

de todos por palabras condenado, y que tan por las obras todos lo

aprueben y sigan. ¿Quién no me tuviera sobre sus ojos? ¿quién no me

tratára con mucha reverencia si de mí hobiera recebido lo que éste?

pero, mal pecado, perdida es la lexía en la cabeza del asno, nunca

lavé cabeza que no me saliese tiñosa.

_Olig._ Madre, no te pese por el bien que le has hecho, que, haz bien

y no cates á quién, dicen; más vale que tú le hayas á él sufrido,

como desconocido, que no él á tí sobrellevado como desagradecida;

cuanto más que peor mal es olvidar los beneficios recebidos que,

acordándose, no gratificallos, porque en lo primero hay menosprecio,

y en lo segundo memoria; yo sé que Brumandilon se acuerda del bien

que le has hecho, y tiene propósito de te lo servir, que aunque una

cosa tenga mala, muchas tiene buenas. No hay pega sin mancha negra,

ni hay mula sin uña.

_Brum._ Pese á tal, agora que me haces hablar, ¿quién salió estotra

noche tras los escolares y los hizo huir? ¿quién traxo su espada

cubierta de sangre? ¿quién destroza armas, quiebra espadas y hace

rizas de broqueles en tu servicio, sino yo? ¡Ah cuerpo de Dios!

decirse han las verdades, ¿cuál á cuál debe más?

_Cel._ Guayas, padre, que otra hija os nace; por un dia que acuchilló

el perro de mi vecina, que me ladraba á la puerta, dice que ha

derramado sangre por mi causa.

_Olig._ Celestina, ya este hombre tomaste por guarda de tu persona,

confórmate con él en lo más que pudieres, que la verdadera amistad

no es otra cosa que un sumo consentimiento, así en cosas divinas,

como humanas, con un buen querer y amor; y ¿qué dón es dado de Dios,

dice Tulio, mejor y más provechoso, fuera de la sabiduría á los

hombres, que la amistad? unos las riquezas, otros la sanidad, otros

la potencia, otros las honras, muchos los deleites anteponen á lo

demas y todos yerran, porque los deleites son propios de bestias,

las riquezas y los haberes, la buena disposicion del cuerpo, los

señoríos, las honras son bienes de fortuna caducos y inciertos, ahí

van donde la rueda los echa. Pero la amistad fundada en tregua y

consentimiento de voluntades, acompañada de virtud, es durable y

llena de mil suavidades; ¿qué dulce vivienda haber puede en esta

miserable vida que no esté en ella? ¿ni qué cosa más sabrosa que

tener uno con quién oses hablar como contigo mesmo y descubrille tu

corazon? que con alegre compañía se sufre la triste vida, con ella

las adversidades no se sienten, y sin ella las prosperidades no

valdrian nada. Todas las otras cosas fueron criadas solamente para un

efecto, la amistad sirve de muchos oficios, del fuego, del aire, del

agua no usamos tanto como de ella.

_Cel._ Hijo, bien lo veo, mas ¿qué quieres, que Brumandilon es tan

grosero que no hay quien lo maje? amigo de taza de vino, el pan

comido y la compañía deshecha. Nuestra amistad tiene fundamento de

arena y estriba en interes, y por esto con poco viento cae en suelo y

se deshace.

_Olig._ Él lo hará bien de hoy más.

_Cel._ Ni espero ni creo sino lo que veo.

_Olig._ Ce, ce, Celestina, dexando uno por otro, ¿quién son aquellas

dos rebozadas de los chapeos? mas qué polvo levantan con las haldas,

como colegiales con sus hopalandas.

_Cel._ Calla, que el polvo de las ovejas alcohol es para el lobo.

_Olig._ Por mi vida, que es bonita y salada la postrera. ¡Ah, señora

hermosa! ¿eres servida de un escudero? no me responde.

_Cel._ ¿No oiste que te motejó de frio?

_Olig._ ¿Qué dixo?

_Cel._ Que no hacia sol y que añublaba.

_Olig._ No te maravilles, hermosa, de eso, que si el sol en el cielo

se esconde allá en las nubes, es porque tú le quitas las veces en la

tierra.

_Brum._ Ya se traspuso.

_Olig._ ¿Conócesla, Celestina?

_Cel._ Mejor que á mí, á la delantera vendí por vírgen cuatro veces á

cuatro señores de la Iglesia, y la otra á un generoso.

_Olig._ ¿Harásme haber á la trasera?

_Cel._ Sí, y agora síguela, porque vea que haces cuenta della.

_Drion._ ¡Ah, don traidor! ¿tras ella vas? anda, anda; amor

trompetero, cuantas veo tantas quiero.

_Olig._ Por mi vida, mis amores, más estimo tu pié que su cara, no

voy sino por conocella.

_Drion._ Amor loco, yo por vos y vos por otro, en mi alma perdida es

quien tras perdido anda, bien dicen, ama á quien no te ama y andarás

carrera vana; bien lo oí todo.

_Olig._ Brumandilon, quédate tú, y mira bien lo que te dixe, y

aguárdame ahí, que luégo vengo.

_Brum._ Pues vén presto.

¶ ARGUMENTO DE LA CUARTA CENA DEL CUARTO ACTO.

Eubulo da diez remedios singulares á su amo para que se

aparte del amor; y al fin Lisandro, no sufriendo el buen

consejo de tan leal servidor, envíale á dar el conocimiento

á Celestina por desechalle de sí. Este acto es muy docto y

lleno de doctrina.

Tragicomedia de Lisandro y Roselia llamada Elicia, y por otro nombre cuarta obra y tercera Celestina. · 第 24 / 33 题