_Brum._ No sé; voto á tal, cómo mi nombre no es mentado por toda
Castilla, pues mi fama vuela hasta las Italias. Claro está,
Celestina, que si Lisandro no viera en mí demasiada fortaleza y una
furiosa braveza, mis valentísimas fuerzas y valerosas hazañas, que no
me recibiera por principal hacedor en el trance de sus peligros.
_Cel._ Pues qué, ¿estás con él?
_Brum._ Despues que me fuí de aquí voyme á su casa, y como habia
sabido no sé qué muertes que he hecho por ese mundo adelante muy
esforzadamente, rogóme que le sirviese para acompañarle de noche
cuando saliere fuera; y agora envíame á saber de tí que si has ya
hablado á esa Roselia.
_Cel._ Anda allá, vamos, que ya está todo negociado, diréselo.
_Brum._ Vamos.
_Cel._ ¿Así que me dices que te recibió?
_Brum._ Y áun rogado, que fué más. Creo que tú piensas que se hace
hecho bueno en la ciudad sin mí, ó revuelta ó ruido que no sea yo
llamado para ello. Soy como el buen oficial, que nunca le falta que
hacer, tantos son ya los rebatos en que me he visto, que no ménos
que el buen capitan tengo en mi cámara los blasones de mis hechos
dignos de perpétua y recordable memoria, con otras insignias de mis
victorias; donde verás pintados más miembros de hombres acuchillados
por mis manos que dias hay en el año, piernas, brazos, piés, manos,
muslos, quixadas, huesos, costillas, pedazos de hombres, cascos,
cabezas, ancas, espaldas enteras, lomos, tripas hilvanadas, sesos,
corazones sacados, pechos atravesados, orejas cercenadas, astillas
arrancadas, y así otros que dexo de contar; y muchas veces oyo
patadas de aquellos por mí muertos, pero por eso no me quitan el
sueño esas pocas noches que allá duermo.
_Cel._ Así medres como tú has muerto alguno.
_Brum._ ¿Qué dices?
_Cel._ Digo que dexes ya esa mala vida, que Dios consiente y no para
siempre; perro que lobos mata, lobos le matan.
_Brum._ ¿No sabes que los malos no han menester más de ocasion para
mal hacer? Con media palabra de descortesía me sube la cólera, y mato
tantos, que tienen bien que entender en abrir sepulturas la gente del
cordelejo.
_Cel._ Sancto Dios, vuelve, vuelve la cabeza, verás á Oligides
sangriento.
_Brum._ ¿Qué es esto? ¿qué es esto, Oligides? Dímelo luégo quién te
hirió, que no será más su vida de lo que tú tardarás en decírmelo.
_Cel._ No le dés pena, que no te reponderá. ¡Ay Sancta María, que
Beliseno le habrá muerto!
_Brum._ Cuerpo de tal, ase dél, llevémosle en brazos á curar, pues no
me dice quién son; traba de ese brazo.
_Olig._ Hi, hi, hi, estad quedos, que no es nada.
_Cel._ Doite á Satanas, que así me turbaste.
_Brum._ No lo creo, ase dél, ¿no ves la sangre que se le va?
_Olig._ Si me quisieses tú dar á entender lo que á un truhan sus
amigos, segun cuenta Poggio, persuadieron que estaba muerto, el cual
fué llevado á enterrar, aunque en las andas no dejó de responder á
los que daban gracias á Dios por su muerte, que juraba á Dios que si
vivo estuviera, como iba muerto, que ellos se la pagáran.
_Brum._ Destápate y creerte hemos. ¿Qué diablo es eso que traes al
cuello atado?
_Olig._ Oidme, contaréos un chiste que pasé con Carmisa, la amiga del
bachiller, de que mucho reiréis, y no lo sepa Drionea, Celestina.
_Cel._ Di qué, no hayas miedo.
_Olig._ Salido de tu casa, como no hallase á Brumandilon.....
_Brum._ Fuí llamado á gran priesa para ser padrino en cierto desafío.
_Olig._ Fuíme derecho á Carmisa, y estando ella y yo en muchos
placeres y regocijos, héos aquí llama á la puerta el bachiller su
amigo; yo en esto estaba sin sayo, baxas las calzas, y quiso más
nuestra desventura que al tiempo que él llegó daba yo una gran
carcajada de risa, contando de allá del tu capellan metido en el
arca; de suerte que sintió hombre en casa, y mientra más nos oia
reir y las voces que teniamos, él más priesa se daba á llamar.
Entónces Carmisa, cortada de la muerte, no supo qué se hacer más de
esconderme en baxo de una cesta de colar, que como soy de esta marca
cagada, cupe en ella. El bachiller, como no le abrieron tan presto
como queria, vase y trae consigo sus popilos armados para derrocar la
puerta y matar á Carmisa y á mí. En este medio la vieja, su madre,
como más sábia y astuta, sospechó á lo que iria, y mata de presto
un pato, y hinche con la sangre el gaznate, y rebózamelo por este
cuello; y da una tijerada en la morcilla y brota la sangre, y párame
cual veis. En esto llega el bachiller á quebrar las puertas, la vieja
comienza á dar gritos de arriba. Escóndete, señor, escóndete, que
viene la justicia; torna luégo á replicar: ¡ay! que no es, está quedo
y curarémoste. Corre, baxa tú, Carmisa, abre al señor bachiller, que
bien puede entrar él solo. Y todo esto decia la buena madre á voz
alta que la oyese el otro. Viene Carmisa y abre disimulando otra
turbacion de la que tenía con estas palabras: ¡ay! mi señor, que
tenemos acá un herido, el cual dexa por muerto á un lacayo del Conde,
y pensamos que eras tú la justicia que venía tras él, y por eso nos
tardamos en abrir mientra le escondiamos. El bachiller, puesta la
punta de la espada en sus pechos, díxole que mentia, que aquellas
risadas no eran de hombre herido. Carmisa responde: ¡desdichada
yo! sube, verlo has, que como se le iba la sangre por la garganta
donde le hirieron, por quexarse, de dolor graznaba como pato, y
tú pensarias que se reia. Entónces el bachiller sube á ver si era
verdad, y como me vió lleno de sangre, creyólo, y díceme, ¿hermano,
quieres algo? Yo, tapado siempre porque no me conociese, grazno
como que no podia hablar, y hacia señas con los ojos al cielo. El
bachiller no me entendiendo pregunta lo que diria yo. Ella dice: que
llames al zurujano, para que con este achaque él fuese, hecho necio,
á llamarlo, y yo tuviese lugar de me ir sin saber él quién yo era; y
así me vine corriendo cual me veis.
_Brum._ ¿Y qué dirá despues que traiga al zurujano y no te halle?
_Olig._ Quien hace un cesto hace ciento; como supieron urdir esta
mentira, tramarán otras cuarenta, dándole á entender de cielo cebolla.
_Cel._ Fácil cosa es engañar al que ama, el cual no ménos ligero es
para creer lo que no lleva piés ni cabeza, que ciego para no ver lo
más claro que la luz, y aguijemos.
_Brum._ Dentro estamos.
_Olig._ ¿Traes buenas nuevas, Celestina?
_Cel._ Rebuenas, ya hecho es.
_Olig._ Pues suba Brumandilon á decir que estás aquí, que yo voyme á
lavar y limpiar de esta sanguaza, y mudaré otros vestidos.
_Brum._ Subo, que morador soy ya de casa.
_Olig._ ¿Cómo así?
_Brum._ Despues te lo contaré; albricias, albricias, señor.
_Lis._ ¿Qué es, amigo Brumandilon, que todo es tuyo?
_Brum._ Pues Roselia es toda tuya.
_Lis._ No te creo. ¿Qué es de Celestina?
_Brum._ Héla aquí entra.
_Lis._ ¡Oh canas honradas! ¡Oh venerable senetud! abrázame ¿Qué es
esto que oyo, madre Celestina? ¿es verdad? ¿confírmaslo tú?
_Cel._ Así lo digo, que por mi industria y buenas mañas de esta
pecadora y pobre Celestina, Roselia queda por tuya, y te ama más que
á sí mesma, y queda encendida en el fuego de tu querer, y desea más
verte que vivir.
_Lis._ ¡Oh Dios! si verdad es no me trocaria por un bienaventurado
del cielo.
_Cel._ Así tuviese yo ciertas cien doblas como ello es verdad.
_Lis._ Toma estas diez piezas de oro por agora, que despues que la
alcance te daré lo que te prometí para en casamiento de esas dos tus
sobrinas.
_Cel._ Mientra la vida me duráre jamas olvidaré las mercedes que me
haces, y aunque mi ventura y tiempo se mude, nunca mi voluntad para
servirte.
_Lis._ Pues, ¿qué me cuentas de mi señora, madre mia?
_Cel._ ¿Qué? que en la fragua de tu amor se acendra su corazon, donde
se apura más que oro en crisol sin mezcla de otro pensamiento sino
en tí, ni otra cosa en él se aposenta sino tu memoria; y cuanto tu
ausencia le lastima, tanto tu presencia la hará alegre.
_Lis._ ¿Y qué? ¿de cierto me saldrá á hablar esta noche?
_Cel._ Sin falta, y por tanto, entre doce y una irás, no por las
ventanas de la torre, sino por el jardin; y lleva tus escalas para
entrar dentro, que ella saldrá á los miradores que caen al huerto, y
no seas negligente ó vergonzoso para subirte do ella está, y aunque
te parezca empachada y que la sientes esquiva, no por esos dexes de
hacer lo que debes, que ella se holgará que seas tú desenvuelto.
_Lis._ Es tan alta la merced que mi señora me hace, que juzgándome
indigno de tan crecido beneficio, dubdo si es posible lo que me
dices, que los oidos no acostumbrados á recibir tan divinas palabras,
rechazan por alto lo que nunca pensaron oir, seyendo de ello
incrédulos.
_Cel._ Condicion es de los firmes enamorados, lo más dudoso y
contrario creer más ayna, y lo que más desean, tener por ménos
cierto. Esto es lo que dixo mi tia, que Dios perdone, que nunca el
corazon lastimado de deseo toma la buena nueva por cierta ni la mala
por dubdosa. Señor, lo que dije digo otra vez, y por no alargar los
testigos, esta noche experimentarás por las obras más de lo que agora
oyes.
_Lis._ Pues, ¿por qué no salió ayer?
_Cel._ Lo que yo adevino es, ó que Beliseno la estorbó, que ni sé en
qué ni en qué no se anduvo, segun me apuntó Melisa, ó no osó salir de
empacho. Pero agora que ajeno señorío manda su voluntad, no será en
su mano dexar de salir.
_Lis._ Mas si vió á su hermano, que fasta cuasi las doce se detuvo
por allí con sus criados, y por eso dexó de salir.
_Cel._ Eso sería.
_Brum._ ¡Oh pese á tal! porque ahí no me hallé, que no creo en la
puta que me parió, si no le cortára las piernas y con ellas le diera
de palos.
_Cel._ Señor, pues todo queda hecho, loores á Dios, yo me voy y
mándame, que yo y aquella casilla pobre estamos á tu servicio; y ten
por encomendadas aquellas mis dos sobrinitas.
_Lis._ ¡Oh verdadera salud mia! ¿y vaste? pues suplícote que en
todas tus necesidades acudas acá, que de mí y de todo cuanto tengo
te puedes servir como cosa propria; desotro pierde cuidado, que muy
presto habrás recabdo.
_Cel._ En buena fe, mi señor, no con ménos voluntad de servirte que
de salvar mi ánima, haré lo que me mandáres, y quédate á Dios.
_Lis._ Mozos, acompañad á la señora hasta su casa. Oligides, Oligides.
_Olig._ Señor.
_Lis._ Aderecen luégo lo que he de cenar, que me quiero acostar
temprano; y tú tendrás cuidado de despertarme á las diez.
¶ ARGUMENTO DE LA PRIMERA CENA DEL CUARTO ACTO.
Recordado Lisandro de un sueño profundo y suave en que
se soñaba con su señora, comienza despierto á devanear,
contando por via de pregunta en lo que se habia visto entre
sueños. Va Lisandro con su gente. Velo Beliseno y quiérele
acometer, impídenle sus criados dándole á entender que era
la justicia. Métense para vello en una rinconada. Acaece
que Lisandro con los suyos se va tambien ahí á recoger por
no ser visto de Beliseno, y dice lo que ahí pasó. Sube
Lisandro por la escala al jardin, y vese con Roselia,
su señora. Beliseno, que acechaba lo que pasaba con su
hermana, vase muy enojado con propósito de matarlos á todos
la noche siguiente. Baxa Lisandro muy alegre y vase para su
casa.
OLIGIDES. — LISANDRO. — EUBULO. — BRUMANDILON. — BELISENO. —
GALFURRIO. — CASAJES. — DROMO. — REBOLLO. — MELISA. — ROSELIA.
_Olig._ Señor, recuerda, que las diez son dadas.
_Lis._ He, he; señora, he.
_Olig._ Oligides soy que te llamo. Jurare que se sueña con la otra.
_Lis._ Qué, he; sí.
_Olig._ ¡Ah señor! despierta, que es hora.
_Lis._ Aha, ay, ay. ¿Sueño es? ¿dormia? ¿Qué, no estaba yo agora con
Roselia? ¿No la tenía entre mis brazos apretada? ¿No hubieron ya
execucion mis deseos? ¿No subiste tú conmigo, Oligides, por el huerto?
_Olig._ No, que yo me acuerde.
_Lis._ ¿No? ¿No me pusistes las escalas de arriba para descendir
al jardin do mi señora baxó? ¿No la besé ahí con mil retozos entre
unos floridos jazmines y unas hermosas clavellinas? Los lirios, las
alegrías, los tréboles y alegres alhelíses, las frescas azucenas, las
olorosas albahacas, los toronjiles y artemisas, las rosas y violetas,
¿no fueron testigos de aquel azucarado rato? ¿No nos paseamos despues
asidas las manos junto á una fontecica con una dulcísima plática? ¿Y
cabe unos camuesos no nos despedimos con dos reverencias y sendos
besos, cuando los paxaritos mensajeros de la alborada comenzaban á
cantar con un suavísimo ruido, cuando la mañanica con sus arreboles
lo sombrío de los cipreses ilustraba y esclarecia y las hierbecicas
de rocío bordaba, cuando la aurora con sus rubios cabellos en su
bijugo carro sentada, vuelta daba á nuestro hemisferio, cuando los
lucidos planetas con sus doradas cernejas dieron lugar al dia y la
negra noche, rompida el alba, sus prietas haces cubrió, y se fué
ceñida con una cinta tachonada de rutilantes estrellas, cuando Febo
su inflamada cabeza de una radiante guirnalda coronar queria, y sus
haces rubicundas mostrar á la tierra, cuando el claro Jubar á las
cosas daba color, y las obscuras tinieblas de su claridad huian,
cuando Titan, bañado en las oceánicas ondas, acababa dar de beber á
sus blancos caballos en el Océano, y las sus refulgentes ruedas del
su cuadrijugo carro con su resplandor á las cumbres amagaba?
_Olig._ Hecho está un poeta nuestro amo; mas no se te vuelva el sueño
del perro. Ea, señor, que no pende tu remedio de esas imaginaciones,
y di qué armas quieres.
_Lis._ Descuelga esas corazas, y armaos todos.
_Brum._ Quítame allá ese embarazo de rodela, que yo con espada y capa
haré más que cuatro hechos reloxes.
_Olig._ Eubulo, por huir más liviano lo hace.
_Eub._ Ya lo veo, déxale.
_Olig._ Señor, á punto estamos.
_Lis._ Pues vamos.
_Bel._ Hélos dó vienen, apercebíos, poneos en órden.
_Galf._ Muchos son los contrarios, compañeros. Démosle á entender que
no son ellos.
_Cas._ Déxame á mí hablar. Señor, mira lo que haces, no sea la
justicia, que no es bien acometer á nadie sin saber de cierto si es
el enemigo. Escondámonos en esta rinconada, que de aquí los verémos
pasar, y sabrémos quién son.
_Bel._ Meteos, pues, en esa calleja, yo aquí me quedo en este canton.
_Drom._ ¡Oh! qué bien has dicho, Casajes, y qué á buen tiempo.
_Reb._ No pudo ser mejor dicho; entremos.
_Olig._ Señor, mientra da las doce metámonos en este apartamiento,
no pase Beliseno y nos vea, aunque no sé qué gente parece que está
dentro.
_Lis._ Bien dices.
_Galf._ Hermanos, que entran á matarnos, huyamos, huyamos.
_Cas._ ¡Oh poderoso Dios! salgamos, ántes que nos tomen la entrada.
_Reb._ Dexa la adarga, Dromo, que yo todo lo dexé.
_Drom._ Corre, corre, que ya la eché, y la capa tambien.
_Cas._ Galfurrio, vuelve la cabeza á ver si vienen tras nosotros.
_Galf._ ¡Oh sancto Dios! ¿ves el peligro en que vamos y dícesme eso?
No me digas nada, aguija, aguija, que me parece que nos alcanzan.
_Cas._ Vírgen María, metámonos aquí en esta pocilga, puesto que uno
veo acullá delante que nos va á cercar.
_Drom._ Espera, Rebollo, entraré yo.
_Reb._ Al diablo el que tal aguardase.
_Brum._ He, he, ay, cansado estoy de correr, en mi seso me estuve
de tomar armas livianas, si los piés no me valieran, este fuera mi
dia. Valientes hombres son Galfurrio y Casajes, y los demas que
luégo que nos vieron entrar en la rinconada dieron tras nosotros,
desalados venian en mi alcance, en mí solo queria descargar; hi de
puta, si me cogieran los mancebos, como alanos se encarnizáran en mi
persona; bien está, que si ellos corrian tras mí, yo volaba. Doite
gracias, Señor, que me heciste ligero y desenvuelto á tales tiempos,
hágome cuenta que hoy me nací. Quiero agora ir á buscar á Lisandro, y
diréle que los iba á atajar. Mas, ¿qué es esto que veo? armas y capas
son; mirad, por mi vida, si lo habian dexado todo por me alcanzar,
quién los aguardára. ¿Aquél es Lisandro y sus criados? creo que sí,
quiérolo mirar bien, no me engañe, y me maten si son los otros; él
es, bien está, algo te iba en ello, Brumandilon, saberlo.
_Olig._ Cata dó viene Brumandilon, señor, esgrimiendo con la espada
desnuda, cargado viene, no sé qué se trae debaxo del sobaco.
_Brum._ Oh venturosos hombres, si no tomaran calzas de Villadiego y
pusieran piés en polvorosa, como me ofrecieron estos despojos, me
ofrecieran tambien las vidas.
_Lis._ Acá no pensamos, Brumandilon, sino que habias huido tú de
ellos, y ellos de nosotros.
_Brum._ Sobre eso, señor, me mataria con quien tal dixese de mejor
gana que me iba á matar con éstos que huyeron, no creo en las
obscuras y sombrías lagunas do los dioses jurar tremian, si no me
adelanté, porque no se me fuesen por piés, y todavía, en viéndome
que volvia á ellos, hurtáronme el cuerpo y desaparecieron, dexándome
esto que ves porque no impidiese su huida. ¡Qué hombre yo para
huir! descreo de tal si aunque otros tantos fueran más, á todos no
desarmára, como hice á éstos. Yo, señor, como me he visto en algunos
arrebates y refriegas, cierto más que estos mis compañeros, sé mejor
en qué manera se han de cazar los fugitivos. El aire me dió que
habian de huir, y por ende les atajé los pasos.
_Lis._ Estémonos aquí fasta que dé la hora.
_Bel._ Mozos, ¿qué es de vosotros? ¿dónde venis?
_Galf._ ¿Dónde venimos, pese á tal? en pos de uno que sentimos ser de
la cuadrilla.
_Cas._ ¡Oh! estoy por arrancarme las barbas pelo á pelo de ver que se
nos escapó por piés.
_Drom._ Por los sanctos de Palermo, que por aguijar más ayna y asirle
no se nos escabullese, dejé allá mi capa y espada con lo demas.
_Reb._ ¡Oh, derreñego de la leche que mamé! que otro tanto hice yo y
no me aprovechó.
_Bel._ Ce, aquéllos son sin duda, acometámosles.
_Galf._ Por Dios, señor, buenos estamos irnos á meter en las manos
de los enemigos, estando de ellos fatigados de correr, de ellos sin
armas.
_Cas._ Señor, mejor seso será acechar de aquí que no nos vean, y
mirar en qué anda este Lisandro, y qué es lo que pretende en sus
venidas á tal hora.
_Drom._ Muy bien dicho está, que si tu hermana tiene tambien la
culpa, agora lo verémos en lo que hace, si le sale á hablar ó no.
_Reb._ Y áun mi parecer es que otra noche vengamos con ballestas y
que todos mueran, porque no tengan lugar de huir, y así se escape
alguno como estotro.
_Bel._ ¿No veis que matarlos así es especie de traicion?
_Cas._ Anda, señor, que á un traidor dos alevosos; ¿no es mayor
traicion la que éste te trata?
_Bel._ Pues estad queditos y mirad bien lo que es.
_Lis._ Hora es; mozos, guardad ese paso. Vén tú conmigo, Oligides,
arrima esa escala.
_Olig._ Sube, señor, y tente no cayas.
_Lis._ Sígueme; tórnala á poner, baxaré al huerto.
_Olig._ Baxa, señor.
_Mel._ Albricias, señora, tu deseado viene.
_Ros._ ¿Dícesme verdad?
_Mel._ Sal y verlo has.
_Lis._ ¿Es mi señora?
_Ros._ ¿Quién es? Ay, mi señor, no subas acá si no quieres que me
vaya, que de ahí me podrás hablar.
_Lis._ No huyas, mi bien, si no quieres que me dexe caer destas
escalas abaxo.
_Ros._ ¡Oh, desdichada yo! no subas.
_Lis._ Perdona mi descortesía. ¡Oh mi señora y mi bien todo! Cuantos
dias há que deseaba tu presencia, de la cual, por juzgarme indigno,
nunca pensé gozar. Sabido habrás que en tu seguro puerto está surgida
la nao de mi deseo; en tí las firmes áncoras de mi esperanza están
echadas y anegadas despues de muchos vaivenes de desesperacion. ¡Oh,
cuánto te debo, única lumbre de mi vista! que si tú no hobieras
seido solícita ronda, diligente escucha, vigilante guarda, despierta
centinela de los adarves, baluartes y muros de mi ánima, y no
defendieras la entrada á mi muerte, presto feneciera en tus amores.
_Ros._ Por cierto, mi señor, ésa fué bastante causa, sin otras muchas
que hay, que á mí me movió para que no consintiese morir criatura tan
bella como tú eres.
_Lis._ Bien veo, mi señora, que soy indigno y no merecedor de esta
suavísima conversacion tuya, destos afables y dulzorados coloquios,
desta sonoridad y dulcedumbre de tus palabras; por ende, es más
sobrado y incomparablemente aventajado el beneficio y merced que
me haces en el más breve momento que aquí vuela, que no todos mis
servicios juntos. Tu encumbrada belleza, tus gracias divinas, tus
pujantes perfecciones, tus heroicas virtudes me han tenido cautivo
y me tendrán mientra los espíritus vitales rigieren mis miembros y
dieren vida á mi cuerpo.
_Ros._ De verdad, señor Lisandro, agora hallo, y por los ojos lo veo,
mucho más haber en tí de lo que me decian.
_Lis._ Todo lo que soy yo es tuyo, y si algo soy, por tí lo soy,
que tu hermosura es la que sustenta mi vida, y tu favor de todo el
mundo me hace vencedor. ¡Oh descanso mio! téngote en mis brazos y no
lo creo, porque más es mi gloria en verte, que mis trabajos para te
conocer.
_Ros._ Ea, señor, por mi vida, que estemos quedos, no seas descortés,
apártate allá, no llegues á mí.
_Lis._ Suplícote, señora, que tu favor dispense en mi osadía, y pues
Dios tan francamente en tí distribuyó sus gracias, ¿por qué eres
avarienta en las repartir con aquel que la vida estima en poco perder
en tu servicio?
_Ros._ ¡Ay, mi señor! estén quedas tus manos, no me deshonres.
_Lis._ ¡Ay de mí sin ventura! que más me valiera acabar luégo mis
tristes dias que no al fin de la jornada. ¡Oh, cruel señora! que
delante tus ojos y en tu acatamiento mi muerte ver quieres, que si
con sola la vista hieres, ¿quién se podrá escapar de tus manos? Mas
mi poco valor y tu mucho merecimiento debe causar mi desdicha, ya lo
veo, señora, y así te suplico perdones mis descorteses palabras y mis
desvergonzadas y atrevidas manos; á tus piés me echo para recebir de
tí perdon ó que hagas de mí justicia. Toma mi espada.
_Ros._ Levántate, ángel mio y mi señor; tuya soy, y por tuya me
entrego, y en tus manos me pongo, haz de mí lo que quisieres y
ordenáres; espera, mi vida, enviaré la doncella. Melisa, corre, véte
cabe la cámara, y no nos sientan levantadas.
_Mel._ Bien te entiendo, que desviada estoy.
_Ros._ Landre que te mate, que no es lo que piensas. Ay, amor mio,
así me tratas.
_Lis._ Hasta mi gloria un poco la porfía.
_Ros._ Ten cortesía, mi señor, no descubras aquellas partes que la
naturaleza no quiso que sin vergüenza se mostrasen.
_Lis._ Deja á mis sentidos por entero gozar de tí en mi
bienaventuranza, pues todos en mi pasion me tuvieron compañía.
Consiente que mis manos palpen y toquen tus delicados miembros, tus
lindas carnes, más blandas y amorosas que seda, permite á mis ojos
que vean tus piernas más blancas que copos de nieve; pues mi indigna
boca gustó de tus melifluos besos, y mis orejas se deleitan en oir
tus azucaradas y dulcísimas palabras.
_Bel._ ¡Oh Dios, y tal bellaquería pasa! y escalaron.
_Galf._ Detente, señor, no vayas, que son muchos y no ganarás honra
en lo que vas á hacer.
_Cas._ Sí, sí, señor, bien dice Galfurrio.
_Drom._ Pese á tal, y qué yerro se hiciera agora por no mirar.
Rebollo habló bien, que mueran asaeteados, porque no se escapen.
_Reb._ Así lo digo otra vez, que nos metamos en el huerto donde se
hace la fiesta, y ahí escondidos que no nos vean ni sientan, los
aguardemos con nuestras ballestas armadas.
_Bel._ Pues no falte ninguno, y vamos.
_Ros._ ¡Ay, amenguada de mí y deshonrada! ¡Oh dia de mi perdicion!
¡Oh hora donde perdí nombre y corona de vírgen!
_Lis._ ¡Oh cuitado de mí! señora, ¿así te amorteces? Torna en tí, mi
vida, cata que me moriré.
_Ros._ ¡Oh mi señor Lisandro, y mi corazon y mi alma! tenme en
adelante por tu sierva y captiva, y no te olvides de la que todo lo
aventuró en tu servicio y lo da por bien empleado.
_Lis._ No digas tal, perla preciosa, que es pecado, que el siervo
yo soy, y tú la señora. Que como algunos hay, dice el filósofo,
naturalmente siervos, á los cuales se les ensaya mejor el servir que
no el mandar, así es mi dichosa suerte servirte y tú mandarme, yo
obedecer y tú regirme.
_Mel._ Señora, ¿hate de amanecer ahí? despacio lo tomas, acaba ya,
que más hay dias que longanizas.
_Lis._ Media hora no es pasada, y ¿quiéresme llevar á mi Dios?
_Mel._ No se siente la sucesion y curso de tiempo con la embriaguez
del dulzor.
_Ros._ Pues nos es forzoso partirnos, contentémonos que mañana á la
mesma hora nos veamos aquí en este jardin, que yo baxaré por tus
escalas. Y pues sabes, mi señor, que la ausencia es enemiga de amor,
y quien léxos de ojos léxos de corazon, no tardes en tu venida. Por
agora el ángel custodio te me guarde y te acompañe.
_Lis._ Y el que te crió tan hermosa quede contigo. Pon esa escala.
_Olig._ Baxa, señor, que puesta está.
_Lis._ ¿Qué os parece, mozos, vengo mudada la color, pues desciendo
del paraíso?
_Olig._ Descolorido baxas.
_Lis._ ¿No me dais el parabien de los triunfos de mis fatigas
pasadas? Despléguense ya las encogidas banderas de mi tristeza,
levántese el pendon de mi alegría, y la devisa y blason de mis armas
sea esta victoria labrada en campo morado, los extremos bordados en
torno con este letrero:
Lisandro y su Roselia,
Dos amantes y uno son
En alma y en corazon.
¡Oh Piérides musas, si mi gloria á vuestros oidos veniese, cómo la
cantaríades desde el monte Parnaso y Helicon! ¡Oh si vivos fueran
el gran poeta Homero y Virgilio, como metrificáran con sus versos
heroicos el proceso de mis amores! ¡No acaeciera este mi hecho en
tiempo de Herodoto ó Thucídides, en tiempo de Salustio ó Tito Livio
para que su estilo elocuente lo empleára en materia tan copiosa!
_Eub._ Bobear.
_Brum._ Por vida de tal señor, que estamos acá hombres, sin ésos, que
sabrémos emplear nuestras fuerzas en tu servicio, y áun sustentaré
que soy para más que todos esos hombres de armas que has mentado.
_Lis._ Calla, que son historiadores coronistas.
_Brum._ Eso bien.
_Lis._ Cerrad esas puertas, y satisfagamos de sueño á las noches
pasadas.
¶ ARGUMENTO DE LA SEGUNDA CENA DEL CUARTO ACTO.
Disputa Eubulo, varon sabio, con su señor, dándole de
vestir, concluyéndole con muchos exemplos y razones que el
sumo bien no consiste en el deleite, lo contrario de lo
cual queria defender su amo.